viernes, 16 de octubre de 2009

La vida en fast forward



Mari Mari Narváez
El mercado insiste en cambiar la naturaleza de las cosas. O cómo se explica esa manera de querer forzar el transcurrir del tiempo, de querer imponernos una nueva temporada sin siquiera habernos recuperado de la anterior.
Una entra a una tienda a finales de septiembre y se encuentra con una especie de mundo mágico donde conviven el regreso a clases con Halloween, Acción de gracias y Navidad. ¡Navidad! Si usted acude a las tiendas con cierta periodicidad sabrá que no estoy exagerando.
Entro. De primera instancia, me invade esa sensación de bienestar, de nostalgia y reinvención que provocan los adornos navideños y el olor a pino. Pienso muy fugazmente que mi vida volverá a cambiar, que el trabajo y las presiones cederán a ese espacio carnavalesco y melancólico; lleno y vacío, cálido y frío que trae consigo ese momento del año. Diez segundos después, sin embargo, me doy cuenta de todo. ¡Es un racket! Podrá oler a pino pero es un sentido absolutamente artificial de bienestar. Aún hay que trascender emocionalmente el verano, escribir y escribir cuanta cosa se les ocurre a las jefas para que los clientes estén felices; escribir para que la gente quiera a una más, para librar batallas campales con el ángel en la casa, ese demonio que nos paraliza ante la computadora y no nos deja ser.
Es un insulto que los comerciantes pretendan acelerar el tiempo con tal de vender bolas brillosas y copos de nieve plásticos. Confunden, alteran, frustran. No se detienen a apreciar las bondades del tiempo transcurrido naturalmente, simultáneo al paso mismo de la vida.
Para mí, la época navideña apenas comienza a anunciarse un día que siempre llega de la misma forma y siempre cuando menos me lo espero. Salgo a tiempo de la oficina con algo de apuro y obstinación. La mayor nimiedad se tiende entre mis pasos. Llevo las llaves en la mano y pienso en ese trayecto necesario hasta el hogar: reunión, supermercado, correo, farmacia; acaso un restaurante o la casa de un familiar. Abro la puerta hacia el estacionamiento y entonces la noticia me golpea la frente: El sol ha vuelto a cambiar. Literalmente, de un día para otro. Aquella claridad brillante de ayer y de los últimos meses a las seis en punto de la tarde ya no existe; comienza lenta pero consistente esa feliz oscuridad que siempre culmina en una gran fiesta de Navidad.
Ese día del cambio soy feliz de una extraña manera. De golpe viene primero esa tenue melancolía del tiempo transcurrido. Hay miles de formas de observar el tiempo, de atraparlo, de extrañarlo. Saber el día exacto en que el sol ha cambiado es una de ellas. Ayer ha cambiado. A las seis en punto de la tarde ya no era el mismo. Desde ayer, el sol es diferente y lo será hasta ese día en que, cuando menos me lo espere, volveré a tomar las llaves, volveré a entrar al ascensor como todos los días de mi vida. Volveré a dirigirme al estacionamiento pensando en el trayecto al hogar, en la cena, en las cuentas, en esas ganas de regresar a alguna parte. Ese día iré ensimismada en la nimiedad cuando abriré la puerta y sentiré una luz mucho más brillante que el día anterior. La tarde estará clara, un tanto caliente y ruidosa como si la ciudad entera no supiera la hora que es. Ese día, de golpe, volverá la tenue melancolía del tiempo transcurrido. Y luego de nuevo la alegría incierta de una nueva temporada.
Quién dice que no hay cambios de estación en Puerto Rico. Y cómo se le llama a ese cambio de luz, de actitud, de propósitos. Cómo se le llama a ese deseo, a esa familiaridad, a esas bondades que se intensifican en noviembre, diciembre y enero para luego regresar lenta, obstinada, renuentemente al tedio de la noticia diaria, a la escena de la economía privada, a la muerte súbita, a la alegría de imprevisto.
Pero no hay derecho. En un mundo en el que cada vez hay más regulaciones, más responsabilidades y menos ayuda y compasión para el individuo, sólo faltaba que también le quitaran a una el pasar del tiempo, que en última instancia es la medida de la vida.
Por suerte ahora sí, sin lugar a dudas ni probabilidad artificial, se acerca diciembre. Me dijo una amiga que en los primeros días de noviembre se quedó boba cuando, pasando por una calle, vio que, en un apartamento, una pareja montaba su árbol de Navidad con luces y todo. Cada quien hace lo que quiere, nada más faltaba que también fuéramos a prohibirles montar su árbol el día después de Halloween. Qué importa si son víctimas de los comerciantes precipitados. Seré sensata y me limitaré a desearles que les salga bueno el pino. Que el día del pavo no tengan que prohibir el paso alrededor del arbolito por aquello de que no se caigan las ramitas. Que el pobrecito no se les queme. Por lo menos no hasta que sea Nochebuena de verdad de verdad. El 24 quiero decir.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Sobre el libro de aquel gringo




Por Sofía Irene Cardona







“Smart people suffer!”
Irene Alberty
 Ya me habían parecido curiosas las alusiones en aquella novela en inglés a San Juan y el Caribe Hilton, pero el colmo fueron los insultos en español boricua del personaje de un bar en Nueva Orleans:  “¡Ay, qué pato!”.  Eso me lucía sospechoso.  Pocos días después de terminar la lectura de A Confederacy of Dunces, averigüé que su autor, John Kennedy Toole, había sido maestro de inglés en Buchanan entre 1961 y 1963.  Ah, eso lo explica todo, bueno, casi.
Fue en esos años, según testimonia su amigo Dave Kubach, que Ken comenzó a idear las aventuras del protagonista de esta novela, Ignatius Reilly.  Pantagruélico don Quijote, más bien sanchizado por glotón, avaro, embustero y pedorrero, deambula por las calles de Nueva Orleans, atrapado en la pequeñez de, entre muchas otras cosas, la apretada ideología anti-comunista norteamericana y el estrecho recinto hogareño que comparte con su apabullante mamá.  El Caballero de la Triste Figura aparece bastante pervertido, transformado en un enorme y cínico bambalán sureño.  Ni hablar de lo que hace el autor con la Dulcinea, esa Myrna Minkoff cuya voz se intercala en varias cartas a lo largo de la historia.  La “Minx”, una caricatura de las intelectuales feministas de la época, se pasa achacándole a traumas sexuales las dificultades de Ignacio.  Nada más lejos de la indescifrable amada del libro de Cervantes.  Por ahí rondan también otros personajes pintorescos, atravesados en el habla sureña de Nueva Orleans, para júbilo de los desocupados lectores que llegan a sus líneas, como el fracasado policía Angelo Mancuso y el cínico muchacho negro, Burma Jones, que enfrenta con divertida lucidez su inevitable destino.
Después de haber disfrutado la lectura de este libro, me resultó inquietante que un melancólico maestrito de inglés distrajera sus lecciones a reclutas puertorriqueños con el sardónico relato de las extravagantes peripecias de un intelectual incomprendido.  Ken habría comenzado a tecletear esta alucinante historia en la maquinilla de su amigo Dave Kubach, en las barracas de Buchanan.  Si afilamos un poco el lápiz (bueno, bastante) hasta podríamos convalidárnosla como una novela puertorriqueña.
Piensa, sin embargo, su más reciente biógrafo, Cory MacLauchlin, en su blog [kentoole.blogspot.com], que las cartas en las que habla de Puerto Rico no serían del agrado de los puertorriqueños.  A saber qué es lo que cuenta en ellas.  No debe ser un dechado de corrección política.  No hay más que pensar en el humor mordaz de Kennedy Toole, que derriba todo arquetipo a su paso, y sumarle la actitud de muchos jóvenes militares que vienen a hacer turismo a Puerto Rico, como para figurarse lo que hubiera hecho su ironía agringolada en las bases militares y los bares populares de la década del sesenta.  ¿Qué habrá pensado de aquel país a medias que se asomaba tras la ventana?  Como muchos jóvenes militares, no sabría ni siquiera por dónde andaba.  A mí, como me cae bien el ingenioso e infortunado Ken, mejor que no me revelen el contenido de esas cartas.  Aunque algo contará al respecto MacLauchlin en su libro, Butterfly in the Typewriter, de próxima aparición.
Pero bueno, lo que más lamento de esta historia, no es la opinión que pudo haber tenido el maestro de inglés de los reclutas puertorriqueños, sino su desastrada fortuna.

Sucedió que, una vez terminada la novela de la cual hablo, Ken se lanzó a buscar un editor y sólo encontró críticas y desaliento, como les pasa a muchos escritores.  Incapaz de enfrentar el rechazo y la soledad, entre otros conflictos personales largos de contar, se rindió para siempre, a los treintiun años de edad.  De vuelta de uno de sus viajes, se estacionó cerca del mar, escribió la usual nota de despedida y conectó con una manguera el mofle del carro al interior.  No esperó más.  Se había dado por vencido.  Once años más tarde, su madre logró, después de muchos esfuerzos, la publicación de su libro, galardonado con el Pulitzer en 1981.  Dicen que había encontrado una copia al carbón del manuscrito.  Chamba y empeño conspiraron a su favor.

En el verano de 1982, leía yo en Madrid una reseña de la traducción de A Confederacy of Dunces, La conjura de los necios, publicada por Anagrama.  Decidí que con ese libro inauguraría mis vacaciones.  Disfruté muchísimo esa primera lectura y recuerdo haber compartido el libro después con mis condiscípulos de entonces, en la Universidad de Massachusetts.  Tal vez el hecho de que la sociedad conservadora norteamericana, y en particular el mundo académico gringo, fuera la más importante de las víctimas de su ironía, tuvo mucho que ver con el gozo de aquella lectura.  Era aún perceptible en la traducción la aguda ironía crítica de la voz original. 

Este verano, en busca, precisamente, de un libro para las vacaciones, reencontré la novela, esta vez en inglés, extraviada en los anaqueles de una megalibrería en Bloomington, Indiana.  Habían pasado veintisiete años desde mi primer encuentro con el texto y yo misma había atravesado hacía poco el desesperante proceso de creación y edición de una obra de ficción.  Me conmovió sobremanera releer también sobre las peripecias del manuscrito, la impaciencia de su autor, la soledad de su empresa.  Traté de imaginar cómo habría sido su trabajo de escritura, el cuidado que habría puesto en sus descripciones, en la elaboración de los divertidos diálogos.  En fin, pensé en cómo habría juntado allí experiencias e intuiciones, vuelto su corazón en aquellos papeles, para después lidiar con la indiferencia de los editores, el ninguneo de los altos señores de los libros.

Los muy imbéciles de aquellos mandamases que vieron por primera vez la novela, decían que no había nada detrás de aquella historia.  Malos lectores al fin, veían sólo la cáscara, lo burdamente cómico y no la estela de melancolía que había detrás.  Tampoco vieron la aguda crítica que hace A Confederacy of Dunces al conservadurismo gringo que aún sirve de ancla a las expectativas más sublimes de esa sociedad.  En otras palabras, no vieron cómo aquel libro picaba y se extendía, aún más allá de la década del sesenta.  Pero ya quedaba dicho por Swift, en la misma frase que abre el libro:  “Cuando un verdadero genio aparece en el mundo, lo reconocerán por este signo:  todos los necios se conjuran contra él.”

Allí estaba, pues, la conjura nuevamente, esperándome para darme una nueva lección sobre la mirada extranjera, los intelectuales, el azar y la perseverancia.  Todo a la vez, como suele suceder.  El arte, me convenzo cada vez más, es para los obstinados.  Aunque a veces, ya sabemos, un desdichado se nos cuela.






viernes, 17 de julio de 2009

Si tan solo Pérez Reverte tuviera un ángel (cualquiera)


Mari Mari Narváez

Nada peor que un escritor casi sesentón con exceso de nostalgia y autoestima. Pobre del par de mujeres que le pase de frente y lo mire, porque el señor no pensará que lo observan dado que le reconocen por sus libros o por el periódico (o porque lleve un pedazo de espinaca atorado en un diente). No, el escritor nostálgico y confiado pensará que lo miran con pasión y sentido de posibilidad. Peor aún, cuando se acerque su próxima entrega periodística y no encuentre qué escribir, publicará una columna dominical sobre aquel par de mujeres inofensivas: “unas focas desechos de tienta que pasan junto a nosotros, vestidas con pantalón pirata, lorzas al aire y camiseta sudada; creyendo, las infelices, que nuestro ‘por allí resopla’ va con ellas”.

Sí, esas palabras son de Arturo Pérez Reverte, quien cuenta que paseaba con Javier Marías, otro escritor español, cuando ocurrieron los hechos que relata en la nota, titulada Mujeres como las de antes.

En su columna sindicada bajo el nombre Patente de corso y publicada en los diarios El País de España y La Nación de Argentina, el escritor se lamenta muchísimo de que las mujeres ya no sean como antes (o sea, como en sus tiempos).

“Mujeres de esas que pisaban fuerte y sentías temblar el suelo a su paso. Mujeres de bandera”, dice, y continúa explicando: Las que se ponían “esas medias con costura sobre zapatos de aguja, comenta Javier con sonrisa nostálgica. Esas siluetas, añado yo, gloriosas e inconfundibles: cintura ceñida, curva de caderas y falda de tubo ajustada hasta las rodillas. Etcétera”.

Dice el escritor que aquello no sólo se veía en el cine sino en la vida real (lo duro de la nostalgia irreversible, la del tiempo transcurrido, es que siempre glorifica patéticamente el pasado).

“Hasta las niñas, en el recreo, se recogían con una mano la falda del babi y procuraban caminar como las mujeres mayores, con suave contoneo condicionado por la sabia combinación de tacones, falda”, dice el escritor. “En aquel tiempo, las mujeres se movían como en el cine y como señoras porque iban al cine y porque, además, eran señoras”.

Ese caché ya no ocurre, insiste, pues “no se pasa así como así de sentarse despatarrada, el tatuaje en la teta y el piercing en el ombligo a unos zapatos de Manolo Blahnik y un vestido de Chanel o de Versace”.

Pero ojalá se quedara ahí no más el artículito. No. Tal parece que, ante la falta de experimentación en sus novelas, quiso compensar con esta columna, impregnándola con algo de shock, que está muy de moda.

Entonces remetió escribiendo que, en su paseo de ligones frustrados por la Puerta del Sol de Madrid, a él y a Marías se les cruzó "una rubia de buena cara y mejor figura, vestida de negro y con zapatos de tacón, que camina arqueando las piernas, toc, toc, con tan poca gracia que es como para, piadosamente -¿acaso no se mata a los caballos?-, abatirla de un escopetazo".

Imagínense. ¿No se suponía que los hombres de antes (como éste) tuvieran finos modales de caballeros? De seguro ya Pérez está muy viejo para aprenderlos, lo que no hace sino agudizar la ausencia de esa noción tan básica y valiosa que todo escritor debe aprender a manejar: el silencio.

Traducido a la hoja, la ausencia de sonido es un espacio vacío, una palabra no escrita, una idea enterrada, algo de lo que se puede prescindir. “El silencio es lo que no tiene precio mientras las palabras se abaratan de tanto usarse”, escribió el poeta Oliviero Girondo.

No se escribe todo lo que se piensa, Sr. Pérez. La censura es censurable, mas no así la autocensura, que es sólo una herramienta social de las más básicas. De hecho, yo creía que era instintiva pero veo que estaba equivocada. Entonces, señor Pérez, a ver si le repito para no dejar lugar a dudas: Mire, hay cositas tan y tan aberrantes que pasan por nuestras mentecitas que, no importa si se es el mejor escritor del mundo, cuando no es ficción lo que se está escribiendo, una se las queda.

¿Alguna vez ha escuchado ese lema central de la moda que dice ‘less is more’? (Permítame traducírselo por si no maneja usted el inglés: ‘Menos es más’). Pues sepa que el dicho de los diseñadores es también absolutamente pertinente para los escritores.

Sé que sería mucho pedirle que no pensara como un sicópata. En el mundo de la mente, como en el del corazón, no hay manipulación que valga. Pero un poco de silencio, don Arturo, tan solo eso, no le viene mal ni al artista más estrambótico.

La verdad, ahora que lo pienso, a mí me encantaría decir a los cuatro vientos y a nombre de todas mis amigas solteras que ya los hombres no son lo que eran. Una tiene que aguantar chocarse con ellos en las tiendas (ese espacio que solía ser de esparcimiento y respiro femenino) y pelearse en las góndolas por objetos que no se suponía que les pertenecieran (pinzas, cremas olorosas, productos para el cutis, correas, ¡hasta carteras!).

“Es la posmodernidad”, tiene una que decirse. “Y también los hombres tienen que liberarse”.

Me encantaría admitir públicamente que cada día es más cuesta arriba para las mujeres hallar aquella virilidad prometedora de las películas de Robert Redford. Pero me lo callo (oops!); primero porque mis maestros periodistas me enseñaron a evitar la generalización. Y segundo, porque soy una mujer de este tiempo, que es el único de mi vida. Si una no vive enamorada de su tiempo no veo cómo pueda enamorarse de un hombre en vida; y eso, honestamente, sería demasiado funesto para mi débil espíritu.

En los años 20 del siglo XX, Virginia Woolf escribió en su ensayo El ángel en la casa que, a la hora de escribir, las mujeres tenían un ángel detrás interponiéndose entre lo que pensaban y sentían y aquello que escribían. Si bien Woolf utilizó esa idea para explorar la represión emocional a la que estaban sometidas las mujeres, sobre todo las escritoras, cuando releo el ensayo, se me antoja preguntarme: ¿Qué pasó con el ángel de ciertos escritores?

Y es que vuelvo a ese párrafo homicida y me doy cuenta de que no tengo cuerpo pa’ eso, como dicen los españoles.

"Una rubia de buena cara y mejor figura, vestida de negro y con zapatos de tacón, que camina arqueando las piernas, toc, toc, con tan poca gracia que es como para, piadosamente -¿acaso no se mata a los caballos?-, abatirla de un escopetazo".

Díganme la verdad. ¿Qué es lo que le pasa al baboso este?

 

viernes, 3 de julio de 2009

Colchones para tiempos truculentos


Inevitables golosas

que ni labráis como abejas,

ni brilláis cual mariposas;

pequeñitas, revoltosas,

vosotras, amigas viejas,

me evocáis todas las cosas.

Antonio Machado, Las moscas



Sofía Irene Cardona

Investigadores de la Universidad de Washington han descubierto lo que mi madre siempre supo.  Señoras, señores: para tener buenas ideas hay que dormir suficiente.  Un equipo de investigadores determinó que el sueño “ayuda a dejar sitio en el cerebro a nuevos aprendizajes” (y ya sabemos que, en estos tiempos, lo nuevo tiene que ser bueno).  La alusión al asunto físico me asusta porque siempre pensé que aquello de que “no me cabe en la cabeza” era metafórico, en fin, que no me cabe en la cabeza tal concepto de cerebralidad.  Pero bueno, los científicos sabrán lo que hacen. 

Fueron a su laboratorio y (no sé cómo, pues el artículo no explica) pusieron a dormir a unas moscas fruteras.  Después de varias piruetas metodológicas que escapan a mi corta inteligencia, descubrieron que las moscas más dormilonas, recordaban mejor.  Lo que me dejó lela fue el fundamento para tales peripecias científicas:  el sueño de una mosca frutera, según los expertos, es similar al de los seres humanos.  ¿Cómo así?  Me imagino, pues a la mosca frutera cabeceando sobre una papaya a las once de la noche, a la mosca frutera saltando a las tres de la mañana porque se acuerda de algo, a la mosca frutera andando ojerosa sobre los guineos del desayuno.  En fin, qué quieren que les diga, no he dormido lo suficiente en estos días.

Ya se sabe que el sueño es promotor del aprendizaje, dice el parte de prensa, pero en esta investigación se descubre que, además, el aprendizaje aumenta la necesidad de dormir.  Lo que explicaría el aspecto de buena parte de los universitarios.  Esta parte del artículo se escapa nuevamente a mis pocas luces, aunque puede que estuviera cabeceando mientras leía.  Ya dije que adquirir conocimiento exige descanso.

El colmo del asunto viene en la culminación de la noticia, cuando el anónimo articulista advierte sobre la falta de sueño de los atribulados ciudadanos, presas de las crisis económicas actuales:  “Lo mejor que puede hacer para estar seguro de aumentar las posibilidades de conservar su trabajo es dormir lo suficiente”.  ¿Pero no habíamos establecido que las preocupaciones quitaban el sueño?  ¿Acaso las moscas fruteras no se lo han advertido?

De esas intrépidas moscas me acordé yo el otro día cuando escuché en la radio a un joven empresario quejarse de la crisis económica.  El pobre, como es negociante, no duerme nada.  Y no es que tenga remordimientos, ni deudas por pagar, es que le quita el sueño pensar que debe cesantear empleados.  Este empresario no tendrá buena salud, pero tiene buen corazón.  Solidario, al menos en espíritu, sufre con cada despido.  Pobrecito.

“Es que las cosas están bien malas”, dice.  Ya no podrá invertir en tal o cual proyecto que tenía pensado.  Deberá vender una de sus tres casas.  Ha movido cielo y tierra para asegurar al menos la mitad del capital que tiene y ha renunciado a los proyectos más alucinados que tanto le entusiasmaban.  Se quedará con los más seguros.  Recorte por aquí, despido por allá, y la crisis llega a casa un poco amortiguada.  No ganará tanto como antes, tendrá que prescindir de lujitos, modificar sus espectativas.  Por eso no duerme.

Tampoco duerme mi vecina.  Hace un año que está desempleada.  Subsiste con chiripitas aquí o allá y también le ha costado lo suyo modificar la costumbre de ir al cine los domingos por la tarde.  Pero la suerte que tiene mi vecina es que su infortunio no afecta a nadie más.   Sin embargo, igual se encuentra de madrugada con el empresario, en los quiméricos páramos de los insomnes.

Entre las alocadas investigaciones reseñadas en la prensa, se destaca el descubrimiento, esta vez por sabihondos de la Universidad de Michigan, de que los insomnes podrían ser suicidas.  Esto también pude habérselos dicho yo, mi querido Watson, por un módico precio, y se ahorraban molestar a las moscas, pero no tuve la ocasión.

Lo que sí valía la pena de los resultados de este estudio fue el descubrimiento de que, entre todas las posibilidades de falta de sueño, la tendencia más fuerte a conductas suicidas provenía de quienes despertaban antes de lo deseado.  Estos madrugadores están más en riesgo.  No dice si incluye a quienes, obligatoriamente, se levantan muy temprano para ir al trabajo.  Palo si boga, palo si no boga.

Me puse a rebuscar el tema en la internet y me sorprendió encontrar montones de artículos sobre la falta de sueño.  Así me enteré de que este mes de mayo es, oficialmente, el Mes para un Mejor Dormir.  No dice quién lo declara, pero el periódico explica que el propósito de tal celebración es elaborar una campaña educativa para ayudar a los “consumidores” (entiéndase, a los consumidores estadounidenses) a disfrutar (hay cierto gozo en esta dormida) de una buena noche de reposo sin estrés (como si hubiera noches de reposo con él).  Pero la chulería viene al final del párrafo:  el BSC (Better Sleep Council) y el CRN (Council for Responsible Nutrition) concluyen que “es fundamental que los estadounidenses se dediquen a seguir un estilo de vida sano”.  ¿Aprenderán de una vez?  Lo que no dicen la BSC y la CRN es que, si el resto del mundo no sigue un estilo de vida sano (que incluya no pasar hambre y, por supuesto, dormir bien en un buen colchón), tampoco ellos (los consumidores estadounidenses) se aseguran el sueño reparador.

En esa misma nota se reseña otra investigación de Oklahoma State University que prueba que dormir mal regularmente puede elevar los niveles de estrés (y, por lo tanto, según ya sabemos por los sabios de Michigan, llegar al suicidio).  Pero entérense de qué bueno está lo que sigue:  el estudio de la OSU reveló que el colchón desempeña un papel crítico en la relación sueño-estrés y la calidad del descanso.  ¡También lo sabía mi mamá!  A continuación aclara que la gente está “pasando apuros como resultado de la pérdida de empleos y los problemas económicos” y “un colchón cómodo proporciona una buena noche de descanso para que usted pueda dar su mejor rendimiento durante el día, aún durante tiempos difíciles”.  ¡Elemental, Watson, te lo dije!  Recomiendan, entonces, el reemplazo de los colchones nacionales cada cinco años más o menos y yo rebusco a ver qué compañía fabricadora de colchones auspicia la publicación.  Jmmm.  Y concluye: Advierte que ahora con el aumento del costo de los servicios médicos y de la tasa de desempleo, es más importante para la nación (Americana, claro) tomar medidas preventivas.  Es decir, discreto y prudentísimo señor Obama, invierta usted en infraestructura y al menos, cada cuatro años, cámbiele los colchones a la ciudadanía.  Ahora, le advierto, si no incluye fondos para ayudar en la provisión de colchones del resto de los países del mundo, ya puede ir preparando el arsenal de pastillas de dormir.  Mientras tanto, asegúrese de descansar lo suficiente.

En cuanto al joven empresario, ya sabe, que se busque tambien él (eso sí, con dineritos suyos), un buen colchón.  A ver si, con todo y los despidos, él y los otros, pueden dormir el sueño de los justos.  Tal vez alguna idea revuele sobre sus cabezas, como una mosca majadera.

 

domingo, 8 de marzo de 2009

De algo más que dos historias truculentas


Sofía Irene Cardona

“¡El cuento no es el cuento! ¡El cuento es quien lo cuenta!”

-Mandrake el Mago

Algunas historias que leemos en los periódicos parecen imaginadas por algún siniestro dios, travieso e irresponsable. La verdad es que el periodista las arma maliciosamente, a sabiendas de la potencia de los datos y los silencios. Sabe que insinúa mucho más de lo que dice, y lo que dice, en muchas ocasiones, no es suficiente para satisfacer la curiosidad del morboso público. La imaginación, entonces, vuela. Coloca detalles sugerentes, llena algunos vacíos, y el tranquilo paseante de los diarios transforma su lectura en una divagación alucinada. Esto es más dramático en los casos truculentos. ¡Algo sucede por fin en medio del tedio! ¡Conmoción, maravilla! Siempre es más fácil percibir un estallido, que notar el crecimiento de una grieta parsimoniosa.

Hace algún tiempo dejé anotadas por ahí, dos de esas historias truculentas. Me atraganté al leerlas y las he guardado para, un día como hoy, pensar en sus transformaciones. Aún leales al primer desconcierto que me produjeron, demuestran cuán siniestra puede ser la fatalidad que nos acecha día a día.

EN CUMPLIMIENTO DEL DEBER

Una mañana, leí en un titular que una mujer policía había sido exonerada “por encubrimiento y omisión en el cumplimiento del deber”. Eso nada más. La frase invitaba a precisar qué delito encubría la mujer y qué deber había omitido, pero no prometía ningún relato emocionante. No sé porqué continué leyendo, pero luego resultó que aquél era sólo un pedazo insignificante de la historia, un trozo de muchísimo menos valor dramático que el resto, oculto, quién sabe si maliciosamente, tras el lenguaje de trámite.

Decía la noticia que la mujer había protegido por más de seis meses al prófugo más buscado de la región, un asesino, del que se había enamorado irremediablemente. Ya aquí teníamos una historia singular. Cómo se conocieron la mujer y el prófugo, cuál era la verdad del crimen del que se le acusaba, si era un hecho de sangre o un ordinario tráfico de drogas, y qué pasó durante esos seis meses de aventuras, quedaba, desafortunadamente para las mentes noveleras, en el misterio absoluto. El periodista o no sabía o no quería averiguarlo.

Lo que sí decía era que un confidente había informado a la policía el paradero del prófugo y hasta allá habían ido a buscarlo. ¿Quién era ese misterioso personaje? Tampoco decía qué fuerza había inducido al delator a descubrir el amoroso amparo. ¿Celos, indignación, sentido del deber? Posiblemente fuera alguno de los que gravitaban en la cotidianidad, sin duda accidentada, de tan singular pareja. ¿Acaso un vecino impertinente, un familiar preocupado, un amante despechado? Los más sentimentales dirán, en resumidas cuentas, un traidor, como los que suelen aparecer en las más clásicas historias amorosas.

Sucedió que la mujer, confiada o desprevenida, salió a atender la puerta, y los policías, alegadamente para protegerla, la sacaron a la fuerza. Sus gritos alertaron al amante, que se escondía en el interior de la pequeña casa. El hombre, desesperado, sin un momento que perder, a sabiendas de que sería capturado, puso el arma en su sien y, pum, disparó.

La imagen de la mujer atribulada, los ojos bajos, la boca apretada en un puchero, resultaba sobrecogedora. Sin embargo, contrario al carácter novelesco de la anécdota, la protagonista de la historia resultó ser una joven rechoncha y blanda, de aspecto bastante común, cualquier mujer que espera con nosotras la guagua. La heroína no se parecía en nada a las actrices que hubieran representado su papel de amante arriesgada y confundida en cualquier novelón. Jamás la hubiéramos imaginado tan cercana, tan familiar, tan común. Así son, después de todo, las cosas de las que habla el periódico, en su mayoría próximas, ordinarias.

SÓLO HAY UNA

La otra historia que me intrigó a la hora del desayuno era mucho más compleja, tanto que la cuento con cierto pudor. A diferencia del suspenso del relato anterior, aquí se decía algo tremebundo en la primera oración. Una mujer se había despertado por la mañana y le había disparado tres veces a su hijo, un hombre de veintipico años de edad. Así de crudo.

Era evidente que el periodista quería que siguiéramos leyendo, pero, como verán, a medida que abultaba su historia, iba exhibiendo una perversidad narrativa que más le correspondía a un cuentista que a un reportero.

Aclaraba a continuación que, la noche anterior, había llegado la víctima a casa de su madre porque había vuelto a pelear con su esposa. El relator indicaba que el incidente solía repetirse con frecuencia desde hacía tres años, pero esta vez el hijo le había confesado a la madre que ahora sí estaba completamente determinado a matar a su esposa. Éste, imaginé yo, sería el punto culminante.

Como suele pasarle a tanta gente con tantas cosas, el muchacho, ya fuera por pereza, por indecisión o porque de veras no lo decía en serio, pospuso el crimen para la mañana siguiente. Cenó parsimoniosamente la comida que la silenciosa madre le había preparado, se dió un baño de agua fresca, se puso sus payamas y se acostó en su antigua cama de adolescente.

¿Qué razonamiento nocturno llevó a la señora a despertar al hijo no con uno ni dos, sino con tres disparos matutinos? ¿Contra qué espíritu maligno disparó ella esa madrugada? Nada se contaba de su delirio nocturno, no se decía si estuvo distante de la lucidez que dan algunas obsesiones. ¿A quién habría visto en la figura de la bestia en calma, del varón tendido en el reposo, determinado a matar a su compañera después del desayuno? Lo que sí aseguro es que la silueta del monstruo imaginado en nada se parecería a la criatura que alguna vez tuvo que levantar del suelo. ¿A quién defendía ella con la cruda ejecución? ¿A la otra mujer, a su hijo, a sí misma?

A manera de epílogo de tan truculenta historia, se contaba que el padrastro había llevado al muchacho hasta el hospital, donde, al momento del reportaje, permanecía convaleciendo de las heridas. Así nos enterábamos de que había otro personaje más en la novela, no menos importante. También se decía que la madre había ingresado a un hospital siquiátrico, por tercera o cuarta vez. Más episodios omitidos, la mente vuela. Algo había vivido esta mujer que aún no había terminado, alguna deuda le quedaba por saldar. Al concluir el texto, no se resolvía el desconcierto. Los lectores quedábamos en vilo.

BREVE COLOFÓN

Mucho tiempo después regresé a estas historias olvidadas entre mis notas de lectura, tragedias verdaderas, tan íntimas y privadas, y a la misma vez tan desgarradamente públicas. Fuera del minúsculo parte de prensa y del trago amargo de sus protagonistas, la verdad de estos asuntos quedaría vedada para siempre a los perezosos lectores de periódicos, no así a quienes aceptaran que el centro de una historia es siempre escurridizo, caleidoscópico y mudable, nunca verdadero, siempre mágico, una vez traspasa el umbral de la imaginación.

sábado, 7 de marzo de 2009

La isla bendita


Vanessa Vilches Norat

Con Omar volvió a pasar. Afloró el pensamiento infantil puertorriqueño. Lo peor de una amenaza de huracán para la isla no es ver la histeria colectiva del país traducida en largas filas por agua, salchichas, atún, gasolina, baterías. No, no es ver las góndolas vacías como si se tratara de un bombardeo. Tampoco es darse cuenta de la pobre infraestructura, de la falta de planificación nacional para una característica típica del clima tropical. Sí, porque un huracán es eso, un rasgo del clima de la región. Incluso, lo peor no es observar el circo político de turno por el “fenómeno climatólógico” por venir. Ni tan siquiera el chiste de la suspensión del IVU. Lo peor, el verdadero horror, la gran calamidad es padecer la vergüenza ajena al escuchar al otro día, cuando nos hemos dado cuenta que la amenaza de huracán, por suerte, no pasó de ser eso, una amenaza, la manoseada explicación “la verdad es que Puerto Rico es una isla bendecida”.

Una bofetada llega a la cara. Puerto Rico es una isla bendecida, que no bendita. La escuchamos a todas horas, en todas partes. Todas las bocas pronuncian el oráculo. La dice el cartero, la vecina, la maestra, el estudiante, el cura, el político, el ancla de las noticias, el reportero, el farmacéutico. Puerto Rico es una isla bendecida. La multitud de voces lo enuncia, lo repite, lo entona. A coro, gritan, elevan sus manos, agachan la cabeza, la menean. Convulsan por la nueva buena, la ley incomprensible. Puerto Rico es una isla bendecida. Lo tararea el radioescucha, lo asegura la psicóloga televisiva, lo informan los cazadores del tiempo. Puerto Rico es una isla bendecida. Lo entona el cantante, lo silba el caminante, lo impone el policía.

Alguien me explica exactamente, ¿qué significa Puerto Rico es una isla bendecida? A nadie se le ocurre pensar que el clima tropical es difícil de diagnosticar. Que en último momento cualquiera de los muchos elementos que determinan el paso de los huracanes- la velocidad de los vientos, la temperatura de la zona, las bandas de lluvias- afectan los recorridos de las tormentas. Pero la idea primitiva de que los huracanes no azotan la isla porque Puerto Rico está bendecido, da pena, ganas de llorar. ¿Qué clase de bendición es esa? ¿Qué dios arbitrario prefiere a Puerto Rico del resto del Caribe? No sé qué hemos hecho para merecer tanto. No conozco el pacto secreto que contrajimos con ese dios. Puerto Rico pasó directamente de ser la Isla del Encanto a ser la isla bendecida. Habría que pensar en lo maldito del destino de otras islas como Haití, República Dominicana y Cuba. Un calvinismo aflora en nuestra psiquis: Dios nos quiere porque nos exime de los huracanes. ¿Quién ha sido el chivo expiatorio? ¿Quién el cuerpo del sacrificio? ¿Qué sacerdote ha oficiado el ritual divino? Puede haber un pensamiento más elemental, más infantil, más inmaduro, más primitivo que ese.

Prefiero la explicación de Don Cholito. Como buen comediante usó para sí ese pensamiento infantil boricua. Ahí está a nuestra disposición, para consumo de todos: el tubo que chupa. Este simpático simiñoco parodiaba la idiosincrasia puertorriqueña pues se coloca en el mismo ojo de nuestra infantilidad. Ante cualquier amenaza de huracán, tormenta tropical o fuertes lluvias, Don Cholito montaba todo un espectáculo aludiendo a su poder de ahuyentar los huracanes con sólo activar la coclaina del tubo imaginario. Ese super tubo sí que me gustaba, el gigantesco extractor de tormentas tropicales, de maleficios divinos, de rayos y centellas de Don Cholito. Sólo bastaba llamarlo a su programa del mediodía y los televidentes expiábamos el horror. Don Cholito con su gracia de oficiante nos consolaba y nos aseguraba de la eficacia del tubo que chupa.

Yo tengo para mí que el tubo que chupa se vuelve imprescindible para sobrevivir el malestar puertorriqueño. Actívelo Don Cholito, hágalo funcionar.

Una pena que ese super tubo no se trague otros maleficios, otros huracanes, tormentas tropicales de otro tipo. Sería tan bueno arrasar con él la comedia de las elecciones, por ejemplo. Yo me suscribo a la inteligencia paródica de Don Cholito y lo cito “Como no explican…y cuando explican no entiendo”.

viernes, 20 de febrero de 2009

Remembranzas inútiles para volver a La Habana


Mari Mari Narváez

Ahora apenas respiro un aire vano, y mis pulmones gastados me devuelven, taimadamente, aquella sensación cálida y juvenil: y es que el olor perdido de La Habana me late en el pecho con la intensidad dolorosa de la novela que ha sido mi vida.
Leonardo Padura, La novela de mi vida.


Quién puede dejar de amar un país tan hermoso. Hermoso, digo, como son las cosas realmente bellas; un resultado perfecto de ciertos encantos e imperfecciones.
Apenas se vislumbran luces desde la ventana del avión al arribar a La Habana. La electricidad no es símbolo de nada en esta ciudad sino tan solo un recurso que se activa y se desactiva utilitariamente. Y sin embargo, no hay más que adentrarse un poco a la ciudad para empezar a evidenciar ese gran lugar común que gustan de compartir todas las revistas turísticas del mundo: ¨Aquí la vida palpita¨.

Pero palpita de verdad. Se ve en las calles encendidas, no de electricidad ni de automóviles sino de gente. Gente que camina, gente que observa o compra un boleto de entrada, gente que se besa, y se toca y luego toma algo, y espera una guagua, o pide botella, o juega el dominó en la cuadra o mira a los otros pasar, hacer.
Palpita La Habana en una vida cultural increíble, posiblemente tanto como la nuestra en Puerto Rico pero mucho más democratizada, expuesta, físicamente accesible. Palpita en la gente y hasta en el amor, que encuentro mucho menos solemne y contractual. Sí, tienen razón las revistas. Aquí la vida palpita.

No quiero pecar de ilusa, mucho menos de panfletera, pero la vida se siente diferente en una persona que no tiene miedo de enfermarse por no poder pagar un tratamiento. En los niños y las niñas, que a veces nos dan la impresión de ser casi genios cuando tan solo son parte de un sistema educativo sobresaliente. Lejos, muy lejos de ser un país casi perfecto, Cuba sigue siendo sin embargo -(y, de hecho, Sin Embargo)- el país que imagino cuando cierro los ojos y sueño con un futuro distinto.

No es que Puerto Rico no esté vivo. En el fondo, ese también es nuestro gran encanto, aún poder hallar esa espontaneidad que subyace en el fondo de tanta artificiosidad, de tanto plástico, cemento y miedo.
Pero Cuba es sin duda un país mucho más orgánico en todos los sentidos.
Es cierto que escribo desde la mayor subjetividad pues La Habana es mi ciudad favorita en el mundo (claro que me faltan decenas de miles de ciudades por recorrer pero soy persona que gusta de la exageración).

Ese olor que defino como una mezcla de tabaco negro y salitre, te golpea desde que pones el primer pie fuera del aeropuerto y ya no te abandona hasta que te vas. Su malecón es una de las grandes maravillas del mundo. Supone un ritual muy sencillo pero tan revolucionario: una camina a lo largo suyo, se deja mojar un poco por la espuma de las olas que rompen, observa el horizonte, inhala el salitre, siente el sol fuerte contra los ojos, contra la frente y los labios. Y al cabo de ese momento, es como si la vida cambiara para siempre. Una no es nunca la misma persona después de andar un buen rato por el malecón de La Habana.

En Puerto Rico tenemos un breve malecón en la entrada de San Juan. Una orilla hermosísima por donde casi no pasa gente, y apenas ocurren cosas. Es un lugar completamente subyacente, en contraste con el malecón cubano, que es realmente el corazón de la ciudad. Sin malecón no habría jamás Habana.
El recuerdo es un misterio. A distancia, los episodios de la vida cobran aún más matices, más recovecos emocionales. Lo que hoy parece ordinario mañana será hermoso. Hermoso o atroz.

Así es precisamente que empieza a sentirse un inevitable temor, algo que nace del conocimiento, la certeza de la fragilidad.
El amor por Cuba no es como el amor a la madre ni al padre ni como el de la patria propia, que son amores que se saben eternos. Es más bien parecido al amor por un hombre, así de frágil y vulnerable. Una apenas lo dice pero se sabe que el encanto de esta isla es tan orgánico como la vida. Se aprecia, tal vez incluso con más intensidad porque, en el fondo, se sabe que un día desaparecerá, como desaparecen en su momento los padres y las madres, como se alejan los amores, como muere la juventud.

A menos que nos sorprendamos volviéndonos nosotros hacia ella, con toda probabilidad será ella, como la conocemos, la que dejará de ser.
Hace unos años, visité Cartagena de Indias, otra ciudad que me deslumbró de principio a fin. Daba mi primera caminata por la ciudad vieja cuando, en medio de un callejón, sentí ese olor único, definitivo: “Huele a La Habana”, dije inmediatamente.
Entonces respiré hondo, muy hondo, con esa urgencia de cuando se quiere retomar lo perdido aunque sea un instante. Hela aquí, pensé. Esta es la forma de retomar La Habana si un día ella ya no está.

Reseña tardía a El arte de ser mujer


Ana T. Pérez-Leroux

Hace muchos años, mientras empacaba para irme al norte, Mami se asomó a la puerta de mi cuarto. “Te tengo algo. Para que te lo lleves.” Una copia nuevecita de la cuarta edición del libro de cocina de doña Adria de Mañón, titulado escuetamente Mujer. Yo había usado la copia sin portadas de Mami en alguna ocasión en que se me ocurrió hacer pudín de pan. El pudín quedó algo seco, pero no por esto deben atribuírsele a la obra fallos que empañen la venerable reputación de doña Adria. Sería mas honesto por mi parte admitir que la mediocridad del pudín reflejaba, no limitaciones en la receta, sino en mi habilidad para seguir instrucciones, tanto en la cocina como en la vida.

Le sonreí a Mami y le dije. “Gracias, a ver como le busco espacio”. Pasé un par de páginas y aparecieron, casi como poemas, las indicaciones para el sublime pionono, el delicado puré de yuca, el sancocho y el molondrón guisado. “Bueno. Del molondrón, paso. Pero el sancocho y las habichuelas sí que me van a hacer falta.” Y tras una breve inspección, extraje de la caja el texto de Introducción a la cultura dominicana, del Profesor Landolfi, para hacerle espacio al libro de cocina. La decisión no sorprenderá: la impenetrabilidad de la prosa del profesor era legendaria en la universidad. El primer día de cátedra advertía, sin exageración: “Bachilleres, para leer mi libro van a necesitar un diccionario. Y de los gordos.” Durante el período de la reforma universitaria de fines de los sesenta se dio cierto intercambio inolvidable. Yo conocía la historia a medias, de haberla escuchado cuando era niña, y luego la encontré en la biografía del siquiatra dominicano Antonio Zaglul. Ocurrió durante una de las interminables reuniones del consejo universitario, en las que se debatían los objetivos de la nueva universidad. Si recuerdo que en esa época nunca sabíamos a que hora regresaría papá. Aquel día el debate pasó de interminable a agrio, y varios participantes estaban a punto de darse a golpes.

“¡Se callan!”, gritó el Dr. Zaglul, quien moderaba la sesión. Los participantes de la discusión quedaron en silencio, sorprendidos del tono. Zaglul era universalmente conocido por su temperamento tranquilo y afable.“O les leo el “Poema a dos manos” de Ciriaco Landolfi,” amenazó con buen humor.

La batalla entre los dos libros era entonces desigual. Los vericuetos de las consideraciones teóricas de la construcción de la cultura en el período colonial resultarían tal vez mas sofisticados que los de la carne mechada, pero menos deliciosos.

Lo que no supe entonces era el tesoro antropológico que me llevaba.

Un día, de ocio, abrí el libro de doña Adria, sin prisas, y sin objetivos. En vez de irme directo al índice, me puse a repasar la introducción. Me sorprendió ver que la sección de cocina no comenzaba hasta la página ciento veinte y nueve. “Que curioso…” pensé. No recordaba que la copia de mamá tuviera tanta introducción. Me encaramé en la banqueta: esto merecía atención. No se trataba de que el libro de recetas tuviera una introducción, sino, que era un libro de seis partes, y entre las cuales la cocina era solo Sexta. Antes venían La Formación y Educación Espiritual de La Mujer; La Mujer en el Hogar; Normas Básicas para la Belleza de la Mujer; La Salud de la Familia; y Las Buenas Maneras. Los objetivos de la obra eran formidables: “En muchos capítulos de este libro encontrarás muchos consejos; con cuya práctica serás, si te lo propones, una mujer encantadora”.

Se puede inferir muchísimo sólo de la estructura: El alma y la belleza preceden el estomago. Antes de preparar los deliciosos platillos, hay que aprender a como conseguirse invitados que puedan venir a comérselos (por ejemplo, siguiendo las instrucciones impartidas en la sección de amigos, donde nos recuerda la autora que “Los familiares nos los da Dios, los amigos los escogemos nosotros”). También hay que aprender a como tratarlos cuando vengan. En esto es muy detallada la autora: explica hasta lo que hay que hacer si viene el obispo a visitarnos. Poco posible, pero una nunca sabe. Algunos aspectos de la organización revelan pura lógica. El libro no explica como encender la estufa, antes de enseñarte a como aliviar las quemaduras y la asfixia.

Ciertas secciones tenían títulos y contenidos verdaderamente apabullantes. El uso del teléfono, en donde no explicaba los detalles del uso de un celular sino que se aconsejaba no marcar sin antes estar una segura cual era el número. Recordé la madrugada que una mujer borracha me despertó preguntando por Robertico. Estaba tan bebida que en lugar de comprender que tenía el número equivocado, me pedía explicaciones de que hacía yo, otra mujer, en la casa de Robertico, y exigía que le dijera donde porras estaba el Robertico ese. Me costó mucho que la tipa entendiera que no andaba yo en la casa de Robertico, si no en la mía, y que no, tampoco sabía yo que hacía él a tales horas de la noche. “Durmiendo, señorita, espero, y ya me gustaría a mi hacer lo mismo.” A la novia de Robertico le hacían falta los consejos de doña Adria.

Descubrí, hojeando estas páginas, cosas que agradezco haber oído tantas veces de los labios de mamá, de los de las tías, y hasta los de la temible doña Belén. Una de dos posibilidades tenía que ser cierta. O estas mujeres en mi vida también habían leído las páginas de Mujer. O, doña Adria, sin pretensiones, había realizado una estupenda labor etnográfica, al publicar esta astuta colección del saber y costumbres de generaciones de mujeres de la isla: “Los favores, amiga mía, debes corresponderlos con favores.” “Y mucho cuidado con regalar amor, disfrazándolo de amistad…Amor es una cosa, amistad otra.” “La soberbia es abominable”. “Es imprescindible saber convivir”.

Nunca hubiera logrado encontrar, en el erudito libro de cultura que no entró en mi caja de mudanza, qué cuidados se le debe dar al cuerpo de una persona después de muerta, ni cómo escoger la forma apropiada de las cejas que vayan con la forma de la cara, ni cómo servir un coctel Dama Rosada. El valor de la obra de la señora Mañón no radica en la infalibilidad de los consejos (en fin, que nunca aprendí a ser bella y encantadora), sino en la mirada certera que le ha echado a nuestras vidas. Si Margaret Mead hubiera venido a Santo Domingo en la década de los cuarenta, en lugar de andar escuchando exageraciones de morbosos adolescentes en Samoa, no habría conseguido explicarnos mejor.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Pedrito y Silvia



Ana Teresa Pérez-Leroux


Para Mari, que quería oír una historia de amor.


Las damas daban vueltas a la glorieta del parque en una dirección. Como estaba estipulado, los jóvenes caballeros, potenciales pretendiente, circulaban en la dirección opuesta.  Silvia se unió a las primas Morales y sus amigas por primera vez esa tarde de domingo. Tenía dieciséis años, y su belleza era mas delicada que la de los encajes de holanda que adornaban su vestido de lino color hueso.   Tenía enormes ojos azules, cabellos finos y castaños, de suaves ondas. Llevaba puesto un collar de semillas de corozo enganchadas en plata. Delicada la belleza, y delicado el juicio.  No era dada al mal habla, pero tenía un juicio certero, que nunca dejó empañar ni por odios ni por deseos. 


En la tercera ronda al parque, la mirada directa de un hombre alto, de ojos oscuros y graves penetró el risueño revolotear del grupo femenino.  Desde ese entonces su mirada no se le apartó.  Pedro Leroux era bastante mayor que ella; ya hombre hecho, en edad de formar familia, y ya había forjado alianzas, y se le tenía en cuenta en la sociedad del pueblo de Puerto Plata.  Acababa de iniciar un gran proyecto: la construcción de una gran fábrica de hielo, la primera en el país.  Su acierto en las finanzas, su reputación de hombre honesto le había ganado la confianza de la gente, y el nombramiento de presidente del ayuntamiento. Al poco tiempo de aquel encuentro en el parque, le presentó la propuesta.  Silvia escuchó en silencio y prometió respuesta pronta.  Las primas trinaban alegres, que lo alto que era, que si era un buen pretendiente, que si era muy buen mozo, o tal vez lo sería, si tuviese el gesto menos serio y las orejas no tan grandes.  Que si sería difícil tener por cuñadas las formidables damas Leroux, que manejaban su hogar con manos de hierro que podrían ser la envidia de cualquier general de Napoleón. Que si decían los vecinos que en esa casa se mantenían las costumbres a la europea, y se enceraban las balaustradas de madera cada mañana. Silvia ignoró los comentarios y sonrió.  Daría el sí.  Toda las informaciones que requería las había recibido de la profunda mirada de esos ojos serios y castaños.


Comenzó el cortejo formal.  Las visitas tenían lugar sentados en la sala, acompañados por chaperona. La chaperona, generosa, siempre recordaba disculparse un minuto, dando ocasión a que la visita terminara con breves besos que olían a clavos y a lavanda. Una noche, tras la visita usual del pretendiente, la madre de Silvia se sentó en el balconcito, a ver las estrellas, lejanas como futuros, y a aspirar el aroma del pachulí, dulce y cercano. Entre el ruido de los grillos, y la música del parque central, creyó oir un pequeño ruidito.  Parecía un pequeño sollozo, o gemido agudo de un perro lejano. Se detuvo a atender. Por un momento el sonido desapareció, y luego se inició de nuevo. Descubrió que era una voz humana, como desde lejos. “…ayúdame…”.


Bajó corriendo las escaleras y salió a la calle. En lo negro de la noche, descubrió un bulto.  Gritó hacia la casa, “vengan, que pasa algo…” y se dirigió a la figura tirada al borde de la cuneta.  Era Pedrito, que todavía gemía, en tonos inaudibles.  Estaba cubierto de sangre. Salieron todos de la casa, y Silvia se arrodilló a su lado “Estoy aquí, Pedrito, ya estoy aquí.”  Luego contaban las tías, que su escrutinio minucioso en el ayuntamiento había dado luz sobre ciertas irregularidades, y a que a uno de los empleados le había requerido explicación acerca de un dinero faltante.  Nunca arrestaron a los hombres que lo habían esperado en la oscuridad de la calle para matarlo a palos, pero esos no le preocupaban, si no el que dio la orden. Sobrevivió casi por milagro, pero como no creía en tentar el destino, desde aquel día siempre caminó con un bastón negro ornamentado que ocultaba una sevillana, cuyo filo, plateado y mortal, fascinaría a los nietos cuarenta años mas tarde.  


Pedrito y Silvia se casaron, y tuvieron ocho hijos, uno atrás del otro.  Su amor sobrevivió los vaivenes, la perdida de Rosa María a los ocho años, y la enfermedad de Silvia. A los cuarenta y ocho años, atormentada por los sangramientos incesantes de su menopausia temprana, y el horror del asesinato del hermano, perdió el tino.  Pedro la llevó a capital, donde los tratamientos de electro-choque acabaron con lo poco que quedaba de su cordura, y quedó sumida en profunda depresión punteada por episodios de delirio y demencia.  En su mente fragmentada podía ver en un instante los hijos, amorosos y preocupados, y en el otro, los habitantes de sus pesadillas, los matones del régimen haciendo un circulo de odio sobre aquellos que tanto ella quería. A veces tomaba un cuchillo, para defenderlos de enemigos invisibles, y entonces uno de los hijos se acercaba y le quitaba suavemente el arma.  Pedro hizo sentar a los hijos y les explicó: su madre esta enferma, y la vamos a cuidar entre todos.  No permitió que a nadie sugiriera encerrarla, como se hacía con los locos en aquella época.  Seguía encargando que le trajeran perfumes y medias de seda de Paris, y cortejándola como en los días del collar de corozo y plata. Desesperado por la falta de mejoría, dejó los negocios a manos de los hermanos, y repartió los hijos entre tías y colegio de monjas, y se fue en el primer barco a Nueva York con Silvia. 


Cada semana de esa ausencia Pedro le escribió a su hija. “Querida hija, En esta ciudad fría, he descubierto que es mejor tener un buen amigo, que un millón de dólares.  Trabajo en la ciudad en la semana, y los sábados visito a tu mamá…” La había dejado en el hospital de Hartford. Allí le aliviaron los síntomas con terapia de trabajo, en la cual reaprendió a bordar y a hacer crochet, destrezas olvidadas de su juventud.  Al año regresaron a Puerto Plata, pero la normalidad solo retornó cuando las drogas contra la esquizofrenia entraron al mercado.  Vivieron juntos una madurez dulce.  Pedro logró pasar los años de la dictadura sin entregar su dignidad, y vivió en tranquilidad los años que la siguieron.  Murió a los setenta y ocho, tras breve enfermedad.  Silvia lo sobrevivió por mas de veinte años. Con los años y la artritis se había puesto muy pequeña, pero los ojos enormes, azules y límpidos eran los mismos del día del parque de la glorieta.  El día que se fue, sorprendió a las hijas cuando dijo, en tono lejano, sin nota de tristeza:  “Ah, sí, Pedrito. Tanto que me quiso.”


sábado, 22 de noviembre de 2008

Demasiada intimidad




Aurora Lauzardo

A Vanessa Vilches, belle dame sans merci

La mañana de las elecciones, como de costumbre, preparé el cafecito, encendí el cigarrito y me senté a leer mi correo electrónico con los perros aún desperezándose a mis pies. Una amiga me había escrito para que no dejara de leer las cuatro entrevistas a las cuatro compañeras de los candidatos a la gobernación. A la velocidad de un clic llegué a la página en cuestión y cuál no fue mi asombro a medida que mis ojos volaban sobre las palabras y mi cerebro, que aún no había alcanzado el nivel operacional de cafeína, trataba de procesar su sentido.

El título, Diálogo íntimo con ellas, anunciaba el tipo de entrevista que jamás se le habría hecho, no ya a Fortuño, Irizarry Mora, Figueroa o Acevedo Vilá como candidatos, sino a Krans o Cantero Frau en su papel de consortes o como se llame al marido de una gobernadora, que desde luego no será primer caballero.

Por algún misterio que mi flaco y mujeril entendimiento no alcanza a comprender, nos dicen que (parafraseo la entrevista) su condición de compañeras de los candidatos a la gobernación eleva a estas mujeres, a estas "damas” hermosas, inteligentes, determinadas, valientes y de indudable criterio, a una posición en que “impactan decisiones de consecuencias mucho más amplias que las nuestras”. Leo esto y pienso en las consecuencias de tanta decisión femenina importante que se toma a diario en esta isla fuera de los muros de La Fortaleza (en los quirófanos, los salones de clase, las oficinas). Me confunde la nomenclatura, el uso indistinto de las palabras mujer, dama, compañera, esposa y “en calidad de novia”.

Que las compañeras de los candidatos accedieran a participar en una entrevista en que la primera pregunta era si se habían hecho o se harían una cirugía plástica y por qué, se podría entender y hasta disculpar "en nombre del amor, de la admiración, de la solidaridad y, sobre todo, de la entrega incondicional a las aspiraciones de sus compañeros" (aunque me habría gustado conocer la amplitud de las consecuencias de que, justo antes de las elecciones, alguna de ellas hubiese tomado la impactante decisión de negarse a contestar). Pero en el contexto de unas elecciones locales en las que por primera vez se cuestionó la vigencia y pertinencia del puesto de Primera Dama y hubo hasta quienes tuvieron la valentía de proponer que se eliminara; en el contexto de un país en el que una Resolución 99 amenaza contra la dignidad y los derechos de tantas familias no tradicionales; me desconcierta que el periódico de mayor circulación del país haya realizado semejante entrevista y que la publicara, precisamente, el día de las elecciones.

Me pareció que las preguntas atentaban contra la inteligencia, no sólo de las entrevistadas, sino de las lectoras, que preferiríamos saber menos de la intimidad de los compañeros candidatos y más de lo que piensan estas mujeres tan poderosas sobre temas políticos, económicos y sociales; o de sus haberes profesionales; o de sus ideas y planes para el inevitable puesto de Primera Dama; o cuál fue el último libro que leyeron, cuál es su película favorita, qué tipo de música les gusta escuchar. La entrevista – idéntica para todas, como si se tratara de una versión puertorriqueñizada de las Stepford Wives  – las reducía a un universo doméstico que se fundamenta en la concepción más conservadora de la familia, el matrimonio heterosexual, el hogar perfecto compuesto por papá, mamá e hijos, portadores ellas y ellos de los más altos valores morales. Si no, ¿cómo se explica que les preguntaran cómo actuarían si su hijo les dijera que va a ser padre sin haberse casado? Así, sin matices, atenuantes ni agravantes. ¿Cómo se contesta a una pregunta como ésa? Pues, mire usted, dama, si mi hijo tuviera 9 años y me dijera que preñó a la vecinita me desmayaría; pero si tuviera 25 y estuviera feliz por ello, me lo comería a besos. ¿Cuál es el problema, la criatura que viene en camino o que los padres no estén casados? ¿Y si el hijo o la hija no creen en el matrimonio? ¿Y si el hijo o la hija son homosexuales, bisexuales o transexuales que quieren formar una familia no tradicional?

Para hablar de sexualidad e intimidad con ellas, ¿por qué no les preguntaron su opinión sobre la Resolución 99 y el derecho inalienable de cada cual de disfrutar de su intimidad como le parezca? ¿Por qué no les preguntaron su opinión sobre los derechos reproductivos de las mujeres? ¿Por qué no les preguntaron su opinión sobre la educación sexual en las escuelas? De verdad que nada aporta a mi vida ni a mi bienestar conocer las fantasías sexuales de las compañeras de los candidatos, ni saber lo que hacen sus compañeros para seducirlas, ni dónde se dieron el primer beso.  Aunque confieso que, después del martes, abrigo secretamente la esperanza de que el sentido del humor de nuestro gobernador electo le resulte tan seductor a la Legislatura como a la Primera Dama.

Si la intención del periódico era reforzar en los electores unos valores familiares tradicionales, por virtud de los cuales los hombres/compañeros/candidatos, en el peor de los casos, sacan la basura sin que los manden y, en el mejor, lavan, cocinan y friegan; o si  lo que perseguía era darle un toque femenino light a un panorama político y económico desolador, entonces puedo entender por qué se publicaron estas entrevistas el día de las elecciones. Y, si es así, por favor, permítanme sugerir sólo una preguntita más para las candidatas a Primera Dama, la pregunta número 17, no es una pregunta sexy pero es algo que inquieta a mi amiga Vanessa y, supongo, a muchas otras lectoras: ¿qué hacen cuando se les queman las habichuelas?

Diálogo íntimo con ellos: las 5 preguntas que todos queríamos hacerles a los candidatos a la gobernación de Puerto Rico (gracias a Yvette Torres y Vanessa Vilches Norat por las sugerencias). 

1.     ¿Ha usado o usaría Viagra alguna vez? ¿Por qué?

2.     ¿Qué marca de bolsas de basura recomienda a los esposos puertorriqueños?

3.     ¿Cuál es su secreto de belleza mejor guardado?

4.     ¿De qué color son los huevitos que el Conejito de Pascua les trae a sus hijos?

5.     Y la dama, ¿fue la primera?