domingo 9 de octubre de 2011

Duelo transnacional


He hecho un esfuerzo personal brutal en los últimos meses: no ir a
Marshall’s. No ir y punto. Ni para la terapia de duelo ni para la
reinvención personal ni para la terapia pura (esta última, coger el
carrito, repasar minuciosamente toda la tienda seleccionando objetos
maravillosos, hasta exóticos, ridículamente económicos y, más tarde, atacuñarlo lleno de chucherías en la esquina más cercana para inmediatamente desaparecer de la tienda con esa ligereza de espíritu, ese sentido de libertad, esa paz interior.)

Fue mi mamá quien me introdujo a la cultura Marshall’s hace muchos
años. Ella siempre fue una compradora compulsiva y -ahora que soy
adulta y analizo mi propio comportamiento irracional- me consuelo
pensando que fue su culpa que yo lo heredara. O lo aprendiera, da
igual.

Mi madre podía quejarse hasta el cansancio de que no tenía dinero pero su visita al salón de belleza era una constante, por lo menos semanal. Cuando yo era chiquita y no existían los celulares, si no la encontraba en la oficina o en la casa, la llamaba al salón de belleza.Sus uñas siempre estuvieron impecablemente rojas, su pelo siempre sin
signos de crecimiento, y sus productos de la piel y maquillajes jamás eran de farmacia. Podía quejarse de la pelambrera pero sus artículos y rutinas de belleza entraban siempre en el presupuesto de las cosas básicas, casi de primera necesidad.

Era una mujer extremadamente hacendosa con su imagen y de un gusto refinadísimo aunque no era de ninguna manera ni rica ni comemierda. Por el contrario, fue la mujer más gregaria y campechana que yo -y mucha gente- haya conocido jamás; una fórmula de personalidad realmente rica y paradójica. Fue feminista hard core, independentista rabiosa y estudiante radical pero siempre hacía la cómica salvedad de que a ella, en esos tiempos, por más pobre que fue, nadie nunca la vio mal vestida ni despeinada. Nada de chancletas ni mahones ni camisas de franela. Nada de caras sin maquillaje ni uñas cortas ni melenas despeinadas.

Ella, que toda la vida compró –sin quejarse, como felizmente resignada- las cosas del hogar a los precios casi inmorales de Velasco y González Padín, apenas podía creer la oportunidad que se abría con la llegada de Marshall’s y sus "marcas famosas por mucho
menos". La misma conducta capitalista de los anteriores pero con los precios competitivos del neoliberalismo y la transnacionalidad. Lo que antes gastaba en una sola vajilla, ahora le daba para decorar la casa entera, vestirse, bañarse, cocinar y hacer regalos.

Para mí, fue toda una experiencia que ella me llevara a esa tienda por
primera vez. Yo era universitaria, salía a pasar una temporada en
otro país y ella me quería comprar alguna ropa. No fue sólo la
breve euforia de poder elegir tantas cosas bonitas por tan poco
dinero. Era esa sensación -entonces irreconocible- de tener a alguien
en el mundo. Alguien que te cuidaba. Que, sin preguntarte, sabía que
necesitabas ropa y zapatos y brasieres y te los compraba como si se
tratara de una gran aventura: "¡Mira qué bello ese color!”, “Nena, vas a matar con ese vestido”, “¡Cristo pelú de las patas largas! ¿Qué a ti te gusta eso?”.

Hace apenas dos años, cuando ya Mami estaba terminantemente enferma, pasando horas en la cama viendo novelas para olvidarse del cáncer, yo la estaba cuidando una noche y tenía que ir a comprarle algo a mi tía, que salía de viaje. "Mami, tengo
que ir a Marshall’s”, le dije. “Regreso super rápido". Le di un beso y, saliendo por la puerta de su cuarto, sentí que ella me seguía mirando. Cuando me volteé, en efecto, me sonreía con los ojos bien iluminados. Inspeccioné brevemente la connotación de esa mirada. "¿Tú quieres venir?", le pregunté con extrañeza y complicidad. "Sí", contestó sin pensarlo dos veces. "Pues vámonos que cierran a las nueve", dije, como sin que me preocupara que una persona en su estado saliera a comprar algo al mall más cercano. "Me voy así mismo, ¿verdad?", comentó ella de prisa, señalando su vestimenta de pantalón corto. Se puso unas sandalias, le cambié su tanque de oxígeno por uno portátil y, con una energía nueva, se montó en el auto y nos fuimos contentísimas por la noche como si nada extraordinario estuviera ocurriendo.

Quedaba justo una hora para que cerraran la tienda, cuando nos
estacionamos. Mami lo tenía bien claro y por eso, creo, organizó un
mapa mental de cómo debía hacer su recorrido para abarcarlo todo en 60
minutos. Tan pronto entramos, comenzó a andar acelerada e
independientemente. No parecía que le faltara el aire como de
costumbre o, por lo menos, si le faltaba, no le estaba causando un
problema mayor. Vi cómo peinaba cada departamento con visión y
agilidad, recogiendo objetos estupendos y tirándolos al carrito de
compras con un sentido asombroso de liberación. No me cabe duda de
que, en esa hora, fue la mujer más feliz del mundo. Lo elegía todo sin
medírselo: un vestido que usaría para un homenaje que iba a recibir en
esos días; unas sandalias para acompañarlo pues ya le era imposible
usar sus tacos altos; una cartera minúscula ahora que las cuentas las
llevaba otra persona y no tenía mucho que cargar; varios pantalones y
blusas para ir al médico y a sus laboratorios ahora que estaba tan
delgada; jabones, cremas hidratantes y varios regalos para sus
hermanas y las mías. Esta vez me di el gran gusto de comprárselo yo
todo, como ella había hecho tantas veces en mi vida.

Los objetos adquiridos fueron tema para varios días, mientras se los
mostraba a las hermanas y amigas que la visitaban. Llegado el día del
homenaje, se vistió y preparó con ese cierto sentido ceremonial y
placentero de las ocasiones importantes, de los ajuares planificados
con minucia y expectativa. Sé que se sintió bella, delgada, exitosa,
feliz. Sé que se sintió admirada, amada; que esa noche no le importó
el cáncer ni la muerte cercana ni sus inminentes despedidas.

Meses después, cuando habían pasado varias semanas desde su muerte, yo
necesitaba un descanso emocional y, al salir del trabajo, me fui a
la tienda en cuestión a ver cosas, a pensar en nada y despejarme de tanta
intensidad.

Pero qué va. El paseíto fue peor que si me hubiese sentado
sola en el mismo medio de su casa inhabitada. En cada departamento
había algo que ella hubiese comprado o deseado: una carterita en forma
de cajita de tabacos, un gel de lavanda, un set de ropa
interior con encajes, una pijama cómoda pero bonita para su vida en la
cama.

Ante el reflejo de una cacerola italiana traspuesta en la sección de las alfombras persa, me derrumbé. Había sobrevivido con entereza miles de minutos de agonía, un instante de separación, decenas de discursos hermosos, cientos de pésames, miles de besos y abrazos, y ahora me hacía nada, un pedacito de mujer, una niñita, un frágil animalito ante una cacerola de una tienda por departamentos.

Así ese lugar -a sólo pasos de mi trabajo- se convirtió en mi
terapia, ya no sólo de reinvención sino también de duelo. La gente,
por supuesto, me miraba extrañadísima cuando las lágrimas empezaban a
salírseme en silencio frente a un set de toallas o cortinas de baño
(ella me había regalado las mías cuando me fui a vivir por mi cuenta y luego también cuando me emparejé).

Pero ya no voy. Llevo meses sin acudir. No sólo para curarme del
consumismo irracional y economizar sino también para no seguir
llorando mi duelo y mi orfandad alrededor de las góndolas.
Temí que, un día cualquiera, viniera el gerente a sugerirme sutilmente
que fuera mejor al cementerio. En última instancia para eso están. ¿O
no?

lunes 19 de septiembre de 2011

La penúltima travesía del almirante



Sofía Irene Cardona

La cara triste y manchada del personaje lleva tantos años sufriendo, dando tumbos por ahí, que tal vez no reconozca jamás su cuerpo. De vez en cuando sale a la luz, como una culpa secreta. De Cataño a Aguadilla, de Aguadilla a San Juan, podría escribirse la crónica de este cuerpo destrozado, como el rompecabezas de nuestro travieso presente.

No quieren ponerla en un lugar discreto. Tiene que ser, dice un alticolocado, “un lugar donde se pueda apreciar”. Se consideran para su emplazamiento el campo de golf (el antiguo vertedero, cómo no, sería apropiado), la laguna del Condado (como un remedo de la Estatua de la Libertad), la emblemática isla de Desecheo.

Los residentes de Moscú, mientras tanto, están locos por desterrar la estatua de Pedro el Grande de las aguas de su río. Ahora domina la línea del cielo moscovita, como dominaría la nuestra, para espanto de los recién llegados a Isla Verde, la estatua de Colón erguida sobre las aguas de la Laguna.

No sé si es la misma cabeza, pero se rumora que uno de los diez adefesios más horribles del mundo, el monumento naval al Zar Pedro el Grande, era originalmente una estatua de Colón que fue rechazada por Estados Unidos y España en 1992.

Dicen las malas lenguas que el ridículo monstruo que domina la línea del cielo moscovita desde 1998, fue originalmente un monumento al Almirante, supuestamente comisionado por los Estados Unidos y España para conmemorar el Quicentenario. Al parecer, el conjunto monumental era tan colosalmente espantoso, que los encargados rechazaron gentilmente el honor, ahorrándose grandes cantidades de dinero y muchos quebraderos de cabeza. Sin amilanarse por el rechazo internacional, el polémico escultor Zurab Tsereteli, se agenció otra comisión conmemorativa en Moscú, decapitó a Colón y colocó en su lugar la cabeza de Pedro el Grande. ¡Voilà! La figura del Zar, vestido de guerrero romano sobre tres calaveras, se colocó en medio del Río Moscova para celebrar los tres siglos de la fundación de la Marina Rusa en la ciudad que el dignatario había rechazado toda su vida. La oposición ciudadana fue tal, que un grupo radical, opuesto al entierro de Lenin, aprovechó el malestar popular para intentar volar el monumento al Zar con tres kilos de dinamita.

El escultor no es poca cosa. Zurab Tsereteli, presidente de la Academia de Artes de Rusia, cuenta, sin embargo, con una lamentable reputación de artista chapucero que, a decir de algunos, se ha dedicado a afear la ciudad de Moscú con sus terribles y grotescos figurines. Los artistas de New Jersey se refieren a él como “one of the world's blantant self-promoters” que le ha regalado homenajes de bronce hasta a Teresa de Calcuta. Para coronar su historia, se rumora que hasta algo tiene que ver con los alocados planes de un Disneyland ruso.

Tsereteli, acostumbrado a mercadear los productos de su imaginación desaforada, se las agenció para ofrecerles a varias administraciones el action figure que le sobraba del conjunto del Zar. Cuentan que cinco estados americanos rechazaron al Colón de Tsereteli por “monstruoso” y “coloso desproporcionado”, según dicen los documentos, hasta que, como saben, por piruetas del destino, uno de nuestros alcaldes, maravillado por las artes seductoras del mercader de bronces, se trajó de Rusia el souvenir del gigantesco Colón para dominar el skyline de Cataño.

Ya recordarán la historia de los tropiezos del desarticulado monumento. Varias veces ha amenazado con erguirse sobre el horizonte en distintos puntos de la isla. Hace poco se discutía la ubicación de la estatua desmembrada y parecía que, contario a los críticos ciudadanos moscovitas, varios políticos del patio consideraban el monumental adefesio un beneficio para su región.

El veterano escultor, sobreviviente del sistema comunista y muy amigo del alcalde de Moscú, conoce bien la necesidad de descollar que tienen algunos políticos: posar para la foto, grabar en letras de acero su firma, nombrar alguna calle, menganito was here. Y estamos en año pre-eleccionario. Hay que levantar algo grande, ya.

Rebuscando el espacio virtual, a ver si encontraba pistas del personajillo en cuestión, di con una entrevista publicada en Uruguay en la que Tsereteli anunciaba hace unos días, con bombos y platillos y sin asomo de dudas, la futura colocación de la polémica pieza en Puerto Rico a comienzos del 2012. Las razones que daba para el atraso eran, además de confusas, dignas de una novela de espionaje: que si había traído a Colón en piezas empacadas por separado, que si la aduana sospechaba contrabando de oro, que si falsas acusaciones contra él, que si infinitas revisiones, que si mucho tiempo perdido. En fin, nada decía del Amolao y los tropiezos del pobrecito Colón en aquella islita perdida en el mapa.

Nada decía tampoco del costo del ensamblaje, pero aseguraba que estaría aquí para atender el asunto personalmente: “Son 2.200 detalles, la estatua alcanza la altura de un edificio de 40 plantas.”

Saquen cuenta, queridos ciudadanos. ¡Artistas de Puerto Rico, alcen sus cabezas! ¡Pronto se levantará Colón sobre el cielo borinqueño! Según averigüé, los moscovitas están decididos a desterrar a Pedro el Grande y sacarlo, literalmente, de su vista, cueste lo que cueste, con crisis global y todo. Han considerado trozarlo en pedacitos, dinamitarlo, regalarlo, rifarlo. Treinta y tres millones de dólares les cuesta el desplazamiento, pero están decididos a salir de él.

Estamos a tiempo, señoras y señores. Tal vez no podamos arreglar muchas cosas, pero a este señor podríamos impedirle que se levantara. Que se quede para siempre en piezas, pasto del salitre y el sol tropical, desvaneciéndose sobre la tierra como suelen desvanecerse todos los mortales.

miércoles 24 de agosto de 2011

Lo duro que es ser Humphrey Bogart


Sofía Irene Cardona


Es curiosa su foto de 1949, por el fotógrafo Yousuf Karsh: cigarillo en mano, mira al cielo con los ojos apenados bajo su frente amplia. Dan ganas de ir a abrazarlo, pobrecito. El mundo parece que se le viene encima, pero no, él saldrá airoso al final, seguro. No en balde lo imitaba el ingenioso y frentudo canario Piolín, simpre victimario del inocentón gato Silvestre, mi primer contacto con Bogart.

Hay varias versiones de la historia de su cicatriz, como varias fechas para su nacimiento, por obra y gracia de las manipulaciones de los estudios de Hollywood, según cuentan los biógrafos. La cicatriz sobre su labio podría haber sido producto de un honroso incidente de guerra, una torpeza de soldado incauto, un golpe del padre castigador. Épica. comedia o drama, la cicatriz de Humphrey Bogart se disimula en su rostro pero no en su leyenda, como parte de su indumentaria heroica: traje, sombrero, gesto, cigarillo, misterioso pasado. Algo debían inventarse para un hombre que vendría a encarnar uno de los más populares arquetipos de masculinidad en el siglo xx.

El mayor encanto de Humphrey, al menos el que más continuidad tiene en los personajes masculinos de imaginación, es, precisamente, el carácter de hombre misterioso y duro, el cínico que, sorpresivamente, y en el mejor momento de la historia, muestra su lado noble, casi cruzando el límite de lo masculino: el tipo que ilumina con su inesperada ternura la última escena.
Su carácter era perfecto para el cine de entonces: un liberal que detestaba las pretensiones, el falso glamour y la fanfarria del espectáculo, un rebelde elegante que, a pesar de desafiar el comportamiento convencional y la autoridad, lucía nítidos modales, como todo un señorito. Algunos llegarían, sin embargo, a tildarlo de flojo en época del macartismo, pues, después de un primer gesto de solidaridad, reculó a la hora de la verdad y se distanció de sus colegas comunistas para asegurar su lugar en Hollywood, como tantos otros. Para ser héroe, en la vida real, se necesita más que el gesto y la indumentaria.

Como buen hombrecito, mantuvo siempre fama de jaquetón, aparentemente muy a su pesar; así dice: I can't get in a mild discussion without turning it into an argument. There must be something in my tone of voice, or this arrogant face - something that antagonizes everybody. Nobody likes me on sight. I suppose that's why I'm cast as the heavy. La fabricación de su persona parece haber mezclado historia, actuación e imitación de hombres terribles de su época, como el famoso Baby Face Nelson, un bandido colérico que mataba a troche y moche como los bigshotes de nuestros barrios, pero que, paradójicamente (a juicio de sus biógrafos), era un devoto padre de familia que cargaba con sus hijos y su mujer hasta cuando andaba fugado por el quinto infierno. Este personaje histórico fue el que le sirvió de modelo para los gángster que lo llevaron, finalmente, a moldear el equívoco carácter de hombre duro y vulnerable que se convirtió en arquetipo del mismo Bogart. Así pues, Bogart se forjó como el arquetipo del hombre atribulado, cínico, vulnerable, honrado y encantador al que le sigue toda una caterva de héroes masculinos del cine contemporáneo.

Lo irónico es que no vivió lo suficiente para ayudar a hacerse hombre a su primogénito, Stephen, su hijo mayor, que lo recuerda muy vagamente. A los cincuenta y siete años, un cáncer acabó con él. La vida de un alcohólico fumador suele ser corta. El hijo escapó de la familia y del escrutinio que traía su nombre. What a shadow to live in, le dice un entrevistador. El hijo lo recuerda, de hecho, como una sombra y según salía en las películas: con la misma indumentaria, los mismos gestos. A los ocho años se confunden las cosas. Sin embargo, está seguro de que aquel que aparece en la pantalla es genuinamente él, así mismito. El propio Humphrey habría dado la clave de este fenómeno al hablar de la necesidad de verdad en la actuación: “An actor needs something to stabilize his personality, something to nail down what he really is, not what he is currently pretending to be.” Bogart siempre es Bogart.

Ya mayor, después de pasar por los duros años de adolescencia y juventud, el hijo, atribulado por no haber conocido a su padre, decidió investigar su biografía y averiguar quién había sido realmente. Como tantas búsquedas del padre, después de un largo viaje por documentos y testimonios, Stephen terminó por descubrir que era más parecido a su progenitor de lo que él sospechaba, como si siempre hubiera estado allí.

Y tal vez siempre estuviera. Era casi como mirarse en el espejo.

Al menos él, como pocos, pudo reconstruir a retazos el carácter de un padre soñado, hecho más de figuraciones e historias ajenas, que de memorias propias y verdaderas, y, como buen espectador de cine, decidió creer lo que veía.

Lo que nunca sospechó Stephen Bogart fue que muchos otros espectadores también fueron hijos del feo pero sublime Bogart: una raza de varones desencantados que desearían, sobre todo, reivindicar su dureza en un último instante, con un acto sorpresivo de nobleza. Por lo visto, parece decir el fantasma del padre ausente, también es duro ser un hombre como Dios manda, hasta para el mismísimo Bogart.

domingo 22 de mayo de 2011

Sentir a Jesús en la 65 de Infantería


Mari Mari Narváez


Todo empezó con unos anuncios de radio que me parecieron sumamente sospechosos. Una en medio de un tapón espeso, o acaso luchando por la subsistencia en medio de este Kabul caribeño, cuando de momento escuchas aquella promesa absurda vuelta publicidad radial: “Sienta la presencia de Jesús cuando nos visite”.

Hay cosas que una simplemente no tiene las herramientas para procesar. Está claro que este sitio famoso de cremación de cadáveres deseaba asegurarles a los más estrictos en la fe que su método es perfectamente viable con el más allá. Asegurar la aprobación afectiva del mismísimo Jesús les pareció una buena estrategia. De hecho, lo ponen todo de lo más genérico porque “todas, o casi todas las religiones lo aceptan”, o al menos eso aseguran estos empresarios de la ceniza.

El asunto es que así fue como comenzó mi suspicacia con este lugar. “Sienta la presencia de Jesús cuando nos visite”. ¿En serio? Era como para llamar a esa estrella que es el secretario de DACO. ¿Cómo puede alguien garantizar semejante sensación al poner pie en los huevuchos de cemento que, junto a la gran chimenea industrial, forman ese extrañísimo lugar en plena 65 de Infantería, en el mismo corazón de “walk-uplandia”? Yo no me creo que Jesús vaya a dejarse sentir por esos lares. Y aunque se dejara, me gustaría saber cómo es que iba una a “sentirlo”. Siempre me quedé con esa incógnita.

Pero en fin. Lo que digo es que eso fue lo que me despertó la curiosidad. Luego me tocó ir un par de veces a estos velatorios “modernos” que se llevan a cabo en ese lugar. Una experiencia realmente única. Primero, al doblar por la 65, entre el Plaza Gigante y el JF Montalvo, una ve esa chimenea enorme que -para qué negarlo- impresiona. Pero todo bien hasta ahí. Si por impresión fuera una a detenerse yo no movería un dedo. Me impresionan tantas cosas: unas pupilas dilatadas, por ejemplo; las cicatrices de las varicelas, los ombligos brotados de las embarazadas.

En fin, que una estaciona su carro, se baja. El lugar consiste de dos edificaciones realmente incomprensibles. Cómo explicarlas. Arquitectónicamente, el engendro es una especie de stupa budista pero con una estética estrictamente carolinense. No obstante, no pueden pasar desapercibidos los memorables intentos de incorporar ciertas influencias del estilo Disney World (véase la esfera con el nombre del lugar). Vamos, una cosa arquitectónicamente bien…compleja, digamos. Pero peores cosas hemos visto todos y todas a lo largo y ancho de este extrañísimo país. Así que una entra. De nuevo, no hay que dejarse impresionar.

Mandan a una debajo de una carpa y entonces tienes tiempo para leer el estricto reglamento del lugar, que yace bien grande en un letrero. No se permiten mascotas ni menores de doce años (¿Exactamente cuál es la relación entre ambos? ¿Los niños y las mascotas son casi lo mismo? ¿Como los “dogs” y los “niggers” en los años cincuenta?). Bueno, qué se hace con los niños de la familia del difunto, desconozco. Pero a la hora en punto, se escucha una voz por unas bocinas. Una mira a todas partes, buscando el origen de esa voz profunda, casi como del más allá. Pero ni se ocupe porque nunca encontrará la fuente del sonido. Es uno de los misterios de este lugar.

En un tono demasiado autoritario para tratarse de un sitio donde se cuecen tantas emociones, te exigen que de inmediato pases a la capilla para dar inicio al acto fúnebre. Adentro hay toda una serie de ujieres uniformados que le indican a una dónde tiene que sentarse y qué ruta debe tomar hasta su asiento. Cuando la capilla se llena a una capacidad que no sé cómo determinan ellos, se cierra la puerta y ya nadie más puede entrar. Ni por equivocación. Sin distinciones. Si el viudo o la hija que vive en la Florida llegó tarde y quiere entrar, alguien entonces tiene que salir y dejarle su lugar (si no fuera por lo de la arquitectura, pensaría que son suecos o algo por el estilo los dueños de esto).

Eso sí -y es que hay que decir las cosas como son- tienen la gentileza de transmitir el acto por las bocinas de afuera. Así los que no pueden entrar, al menos pueden escuchar. No sé si eso aliviana o exacerba el dolor de la pérdida.

El funeral dura exactamente una hora y primero -gústele o no a la familia del difunto- hay que escuchar el sermón de un religioso (usted escoge la denominación del culto) y unos cánticos genéricos, acompañados por un guitarrista muy pero que muy promedio. Si la familia del difunto no puede decir todo lo que quiere en los minutos que viene teniendo disponible después de la intervención institucional, pues lo lamentan mucho. Porque, a la hora indicada, sin excepciones, hay que recoger e irse. Se lo anuncian al público por las mismas bocinas omnipresentes.

¿Cómo tengo estos detalles? Pues resulta que cada visita me aterrorizaba más pero -sobre todo- me provocaba aún más curiosidad de conocer acerca de este lugar, su filosofía detrás de todo este comportamiento tan…excéntrico para el difícil ritual de la muerte.

Había escuchado muchos rumores pero a mí me gusta saber las cosas de primera mano. Soy muy responsable con mis lectores. Por eso decidí llamar. Se hace todo tipo de cosas en este oficio. Cuando una tiene que parir una columna casi semanal durante años y años, llega un punto en el que no se escatima en la recopilación de información. Así que llamé, con la excusa de que quería orientarme para cuando llegara el momento de mi partida (tampoco iba a achacarle la investigación a algún otro futuro moribundo, no señor). Ahí fue que -con espanto- confirmé todas mis teorías.

Me explicaron las alternativas. “Pues mire, lo creman por $750 dólares”, me decía la señora utilizando el masculino como para no tener que abordar directamente el escenario de mi muerte.

“¿Y si yo quiero, por ejemplo, que me velen primero y me cremen después?”, pregunté. “Ay, nena pero pa’ qué tú quieres gastar todo ese dinero. ¡Te va a salir carísimo!”.
-Ah, bueno...
-El acto es aparte. 350 dólares por una hora más cien para el oficiante y el guitarrista.
-¿Cómo así? ¿Y si yo tengo mi propio cura, mis propios guitarristas?
-No. Tiene que usar los de aquí.
-¿Pero cómo va a ser? ¿Y si yo soy de una religión particular?
-La que usted quiera. Tenemos oficiantes para cualquier religión.
-Y si no tengo ninguna, si no creo en Dios, ¿también me van a obligar a tener al sermonero de ustedes?
-No, si le ponemos a alguien que no hable de religión.
-¿Y los cánticos?
-Pues le ponemos cánticos que tampoco sean religiosos…
-¿Pero cómo me van a prohibir llevar a mis discursantes, a mis músicos?
-No se lo prohibimos. Los puede traer y que canten una o dos canciones, que digan alguna cosa. Pero tienen que estar nuestros oficiantes y nuestros cantantes, que son los que están acostumbrados a venir aquí. Y de todos modos tiene que pagar los cien dólares.
(Son cincuenta para el oficiante, cincuenta para el guitarrista, según le dijeron una vez a una amiga mía).
En este momento yo me quedo muda, pensando en todo este absurdo, cuando la señora entonces remata:
-“Mira, mi’ja, tú no te ocupes. Si aquí los actos quedan bien solemnes, bien espirituales. La gente sale bien contenta... Tú vas a ver”.

Yo voy a ver…

El otro día se murió uno de los mejores amigos de mi mamá (Lorenzo Piñeiro, hijo). Lo velaron en una funeraria en Bayamón. A las siete de la noche, nos metimos todos a la capilla y, ante su cuerpo, cantamos varias canciones de El Topo y contamos anécdotas de su vida. Ahí estuvimos horas, desenvainando el recuerdo, desahogando los dolores. Lloramos, también nos reímos muchísimo y luego volvimos a llorar. Todo el que quiso, habló. Desde sus hijas hasta su esposa, sus sobrinos, sus amigos y hasta un pana de la escuela superior que hacía años que no sabía de él. Los que estábamos allí no queríamos irnos porque cada cuento, cada interpretación del carácter de nuestro amigo Lorenzo, cada inventario de sus convicciones, de sus manías y amores, nos consolaba, nos devolvía algo, nos hacía volver a creer en la perfección de la vida.

Decía Roland Barthes que en cada ceremonia funeraria estamos asistiendo a nuestro propio funeral. Por suerte están los empresarios de la ceniza que, no sólo te harán polvo (como en la Biblia, como en la poesía, que es lo mismo: “polvo serán, mas polvo enamorado”) sino que, en una hora, te resuelven el problemita de tu bendita mortalidad.

lunes 2 de mayo de 2011

Montañas sin historias



Ana Teresa Pérez-Leroux

Isabel de Torres y Diego de Ocampo
Se quieren casar
Lo malo es que nunca se pueden juntar


En nuestros países jóvenes, la geografía le gana a la historia. Cuando Chuck Fergus visitó Islandia, le maravilló encontrar que los nombres de lugares estaban conectados con las sagas medievales. Islandia, otra nación isleña, registró toda su historia temprana en las sagas. Estas narrativas exuberantes cuyo lujo de detalles darían envidia a cualquier comadre de pueblo, anticipan la narrativa moderna por medio milenio. En Islandia los nombres cuentan, y La Ensenada del Ahogado no es un capricho toponímico: es una referencia de cuatro siglos.

Nuestra toponimia es una mezcla de olvidos taínos, deslices africanos, e importaciones ibéricas de poca originalidad: Cupey, Engombe y Santiago. A veces revelan un humor genial: Quijá Quieta, aldea del oeste, llamada así porque decían sus residentes que eran tan pobres, que las mandíbulas no tenían ni que moverse. Por eso me sorprendía siempre el nombre de Isabel de Torres, tan digno y señorial. Debería venir con historia un nombre de tal calibre, pero si existió nunca nadie supo contármela, así que quedé libre de imaginarme una infanta de Romancero, doña Isabel de las trenzas largas. Lo único que escuché al respecto fue la rima espúrea de las dos montañas del norte.

Puerto Plata, el pueblito encantado, descansaba a las faldas de la noble Isabel. Puerto Plata, decía Mamá, nunca fue arrasada por ciclón. Temblores, si, piratas a veces pero nunca un ciclón. Uno de los episodios registrados incluía un tal Aoun Leroux, que en el siglo dieciocho avasalló el puerto a traición, y se acomodó para desde allí asaltar media costa norte. Nunca logramos averiguar si era familia o no, así que me quedé con la divertida duda de si nos corre sangre de piratas por las venas. Es posible que la inmunidad climática se la otorgue a Puerto Plata la protección de la cordillera, cuya hija suelta ampara la bahía. Desde el mar ofrece una imagen imponente, peluda de árboles de hojas plateadas que tal vez prestaron nombre al Puerto. Unos ochocientos metros de altura, con laderas verdes que al ascender se convierten en selva húmeda tropical. Cada tarde de verano se cubría de niebla el pico de la loma, ocultando sus blancas manchas de derrumbe. Inevitablemente, a la media hora de esto empezaba a llover en el pueblo.


Mamá un día me pasó un manuscrito mecanografiado. Venía con una introducción firmada por uno de sus antepasados, donde contaba que había encontrado unos folios en las cuevas del Cupey, en la ladera sur de Isabel, y para preservarlos había transcrito todo a maquinilla. La introducción aseguraba la autenticidad dieciochezca de la narrativa, donde se contaba el romance de una criolla y un español inmigrante. Mamá me lo prestó para que dijera que me parecía. “Un novelón”, fue el veredicto de mi análisis literario. “¿Y tiene autenticidad?”, me preguntó Mamá. “El tío dice que la encontró en un baúl en la cueva.” “Lo dudo, Mami. Esto no suena a español del dieciocho, y además, en la clase de literatura nos explicaron que es un recurso literario, eso de comenzar el cuento con un testimonio de la autenticidad de la historia.”

Años después desee haberme equivocado. Es mejor que tengan historias las montañas. De Sintra en Portugal cuentan que en su interior yace la antigua ciudad de Atlantis y que cuando llegue el fin del mundo se abrirá la montaña y podremos ver en su interior la maravillosa ciudad intacta. Sintra también posee en un pico el Castillo del Moro, fortaleza derruida que le recuerda a Lusitania su periodo islámico. En el otro, el castillo encantado que María de Portugal mando a hacer para su príncipe consorte, por el mismo constructor que le hizo en Baviera el castillo a Ludovico el Loco. En Isabel no tenemos más cuento que el de la construcción del funicular, y el Cristo Redentor, productos ahistóricos de los años de Balaguer, líder de inspiración mas instrumental que épica. También estaba la historia de cuando dejaron de usar la carretera porque se mataron cinco, incluyendo una parienta, en un accidente que demostró la futilidad de mantener la vía en funcionamiento, con eso de las lluvias diarias, y los frecuentes derrumbes.

Cuando Pablito tenía siete años, dijo que quería subir la montaña en el funicular. Mi tío nos llevo a la base, y nos prestó su celular. “Ustedes se quedan cuanto quieran, y me llaman cuando bajen.” A la subida unas turistas españolas encuestaban un chulo criollo. “¿Las mujeres aquí son celosas?” “Mucho.” ¿Y los hombres?” “No, los hombres no.” “¿Y si su mujer se interesa por otro?” “Ella no se atrevería porque sabe que le pego dos tiros en la barriga.” Mi marido, en su feliz inocencia lingüística, se ocupaba de admirar los cambios en la vegetación al subir la elevación. A veces es mejor no hablar español.

El parque encima de la loma es precioso, y la vista abre la quijada. Mi marido, botanista de afición y oficio, exclamaba al identificar especies que sólo conocía en invernaderos. Dimos muchas vueltas, y en una de esas, dimos con la antigua carretera. ¡Que impresionante! Caminamos unos diez metros, maravillados por flora y fauna. Diez mas, y vimos aves desconocidas. Diez mas, y pasamos un milpiés jurásico, de una pulgada de ancho y doce de largo. Al rato de seguir bajando se nos ocurrió que la ladera era tan empinada, que sería muy difícil subir de vuelta. ¿Y qué?, se me ocurrió, podemos bajar la loma a pié, y llamar al tío a que nos recoja del lado del Cupey. Nunca he estado, algo nuevo que ver.

Bajamos rápido, empujados por la gradiente asesina de la carretera abandonada. Las maravillas continuaban con cada doblar del camino. Abajo, cansados y sudorosos descubrimos que no había recepción celular: la antena estaba en el pico de la loma, y la loma misma era el obstáculo. Pasamos campos desiertos y bohíos cerrados, burros pastando solitarios, y guaraguaos vigilantes. Llegamos a un cruce, y seguimos por el camino real. Un joven en motor se detiene curioso. Queremos ir a Puerto Plata, explico. “Pero van por el camino equivocado.” Devuélvanse y tomen esa ruta al lado del pastizal que ven ahí. “¡Pero eso no es carretera, es una vereda de burros!”. “Si, pero por este lado no van a llegar, son muchos kilómetros.” “¿Quieren que los lleve?” Cuatro en motor, dominicanisíma imagen. “No gracias, seguimos andando”. Cinco kilómetros mas adelante, las ampollas immobilizaron a Pablito, y tuvimos que turnarnos para llevarlo a cuestas. La carretera volvió a acercarse a la montaña, y de nuevo perdimos la esperanza de obtener recepción celular. Pasó otro motor, y esta vez pedimos nosotros que nos llevara. Pasamos una posa de río llena de niños risueños, unos árboles aun mas inmensos que los de la loma, un prostíbulo en el medio de la nada, con mujeres lánguidas esperando al son de una vellonera infernal desperdigando sus decibeles por la desierta campiña. El camino de burros se convirtió en carretera, y se llenó de casitas en cada curva. De repente entramos en la autopista, y al poco rato, nos bajamos en el edificio de mi tío. Eran las tres de la tarde, muy pasada la hora de la comida “¿Y que les pasó? No me llamaron.” Preguntó el tío al abrirnos la puerta. Contamos la aventura, terminando con la historia del paseo en motor. “¡En un motor! ¡Los tres apretujados con un hombre en un motor!” “¿Y qué va a decir la gente?”.
Pensé con cuidado. Es un pueblo pequeño, y aun todavía encuentro alguien en la calle que me pregunta que de cual de las muchachas Leroux soy hija. “No te preocupes, Tío. No sabrán que soy tu sobrina. Dirán que eran unos gringos locos…”

miércoles 27 de abril de 2011

Buenas maestras del mundo, saluden



En la foto, Gisela (QEPD), junto a Fermín Segarra Cordero, quien hoy es violinista de la Orquesta Sinfónica de la Escuela Libre de Música.

Sofía Irene Cardona

A Gisela García Casillas (1973-2005)


En muchas ocasiones comparto mi entusiasmo por las clases grupales de violín que toma mi hija Irene en el Conservatorio de Música de Puerto Rico, en particular cuando la conversación llega al tema de la falta de esperanza, la necesidad de compromiso, la educación de las nuevas generaciones. Yo les cuento de una maestra muy especial de mi hija Irene, Gisela García Casillas. Su rigor, su alegría, su compromiso, son ejemplares. Más de una vez he hablado de esta experiencia para demostrar que no todo está perdido; hay modestos proyectos que poco a poco sostienen el espíritu de este país.

Hace unas semanas, mientras la maestra convalecía de una operación, se me ocurrió escribir este pequeño homenaje. Como sucede a menudo, nunca pude compartir este escrito: el pasado jueves 24 de marzo Gisela murió súbitamente a los treintidós años, salvándose de una dolorosa agonía y sumiéndonos a todos en una tremenda pena.


Hay personas que son de veras un regalo para el mundo. Llegan sin avisar, cuando nadie los espera, envueltos en cintas y colores brillantes, sospechosamente abultados y graciosamente dedicados a nuestra felicidad. Son personas que nos sorprenden con el encanto de su buena mano para cosernos una herida, con la elegancia de su perfil, con su magnífica voz. A veces no son curanderos ni actores ni cantantes, a veces son algo más próximo o doméstico: un buen cocinero, una secretaria diligente, una ingeniosa maestra de violín. Conviene recordar este dato tan evidente.

He tenido la suerte de encontrarme últimamente muchos de estos regalos, pero sin duda el más sorpresivo, la más envuelta en cintas, la más brillante y (esto le hará mucha gracia) la más abultada y graciosamente dedicada, es la magnífica Gisela.
Gisela es maestra de violín del Programa Suzuki en el Conservatorio de Música de Puerto Rico. Parece un ser inventado especialmente para encantar a mi hija Irene y su amigo Sebastián: irónica, dramática, talentosa y sabia, no los chiquitea jamás. Es rigurosa y los hace trabajar muchísimo, pero sabe bien cómo hacerlos reir, cómo hacerlos sentir poderosos. Es la maestra que quisiéramos para nuestros hijos en todas las materias. Es un regalo, sin duda.

Los padres tenemos la fortuna de estar obligados a asistir a su clase grupal. Llega Gisela con sus motetes, los niños se alínean para que les afine el violín; ella trajina mientras nos distrae con sus comentarios irónicos, divertidos, algunos destinados a los niños, otros destinados a los padres. Una vez preparados los instrumentos, acomodados los niños, se para frente a ellos con el violín bajo el brazo, los revisa a todos con una mirada silenciosa que simula ser severa: tuerce los ojos para aquí, tuerce los ojos para allá, disimula una sonrisa bajo su pretendida gravedad, arregla la colocación de algún alumno, vuelve a su lugar, toma aire y se inclina: saluden: todos se han inclinado simultáneamente, saludan. Se colocan en posición para tocar: el violín sobre el hombro izquierdo, la cabeza un poco ladeada, el arco sobre las cuerdas, la mirada expectante. Gisela vuelve a tomar aire y comienza la introducción de la pieza en su violín. A un gesto de la maestra los niños aspiran al unísono y comienzan a tocar. Suena un minuet de Bach.

Mi hija de siete años está entre los niños. La veo de espaldas, muy erguida junto a los otros, la mirada concentrada en Gisela; parece que un hilo los mueve a todos a la vez. Mi niña es un arquero dispuesto a embestir contra cualquier calamidad. Los observo, los escucho y siento que el mundo se salva por un instante.

Gisela se sonrojará con este escrito y pensará que escribo esto porque tengo miedo de perderla, porque está muy enferma y la echamos de menos. La verdad es que lo escribo porque quisiera que otros se contagiaran con sus virtudes. Confío en que si aplaudimos suficientemente su ejemplo, tal vez alguna joven talentosa, aún vacilante, decida por fin dedicarse a la enseñanza. Clamo por ellas. Porque si es cierto que quiero para mi hija lo mejor, quiero entonces para ella una legión de Giselas que la instruyan y le demuestren cómo la belleza de lo que hacemos puede servir de antídoto para cualquier hecatombe.

Si Gisela supiera que cuando leo sobre las terribles miserias, las tristes fatalidades y las tremebundas crisis que nos asolan por todos lados, su recuerdo frente a los niños, violines al hombro, inclinadas las cabezas y los arcos dispuestos a tocar, me salva de todo pesimismo. Y ya saben, para como están las cosas, la esperanza es la locura más necesaria de los tiempos.
Así de poderosa es una buena maestra. He dicho. Buenas maestras del mundo, saluden.

martes 26 de abril de 2011

¿Cómo se venga una muerte? Preguntas de después de otra marcha



Mari Mari Narváez

Hablo de ese vacío, esa impotencia, su humillación incorporada y, ante todo, esa pregunta incisiva que se repite, que ataca y ataca y ataca, que se multiplica adentro en la ampliación imaginaria de una escena atroz y bella.

Se sale a la calle (a la calle Chardón) y se escucha esa máxima como si fuera un consuelo: esa de que su muerte será vengada. Cuántas muertes, me pregunto. La venganza no cabe en los corazones de los verdaderos revolucionarios. Y revolucionarias. Queda la oración incierta, queda la ambigüedad de la palabra, si será literal, simbólica o hasta literaria. O pura retórica de piquete.

¿Cómo se venga una muerte? ¿Con un arma que me lleve directamente a un calabozo del Patriot Act? Si es así, tengo que practicar bastante el tiro al blanco, no vaya a ser que me encierren sin siquiera haber rozado al guardia, Capitán. ¿O debe ser un agente, un juez, un marino, algún jefe de algo? ¿Cerraré los ojos cuando dispare? ¿Qué hago con el temblor en las manos? ¿A dónde debo dirigir el tiro? ¿Cómo huyo de la escena, dónde me escondo? ¿Qué hago entonces con mi vida? ¿Espero mi arresto?
¿O se venga una muerte escribiendo? Entre tanta letra que circula por el mundo, ¿hará eso alguna diferencia? ¿Qué se escribe para vengar una muerte? ¿Se escribe de nuestra condición, de uno, dos, cinco, cientos de asesinatos, de una emboscada y su ilegalidad? ¿Se envía un e-mail que solicite su propia continuidad en cadena? “Si usted no reenvía este mail, no tiene corazón”, puedo ponerle en el subject. ¿Y luego qué?

Tal vez sea mejor luchar, esa cosa tan abstracta. ¿Y cómo lucho? ¿Yendo junto a los compañeros y las compañeras a todas las marchas que convoquen, pegando stickers, reuniéndome? ¿Acudo a convencer a alguien en algún residencial, en alguna urbanización, en alguna escuela? Yo nunca he convencido a nadie de nada, ni siquiera a mí misma de muchas cosas de las que me gustaría convencerme, pero, digamos que lo logro en alguna instancia. ¿Qué les digo entonces que hagan? Los convenzo, ¿y qué les pido? ¿Que también acudan a una marcha, al piquete, a la vigilia? ¿Que se miren y se vuelvan a saludar y griten consignas entre sí? Que casi se vuelvan una familia infinita de tanta compartidera y de tanta marchadera y de tanto acto de solidaridad. Que miren los periódicos y se quejen de todo antes de irse a la cama. ¿Y luego de la última marcha qué? ¿Nos tomamos unas cervezas y comemos algo?

Qué se hace cuando se está muy tranquila, muy moderada, muy ponderada; cuando se es una más y se quiere ser una más y, de repente, te declaran una guerra; una guerra que siempre fue de tus padres y sus amigos. Aparte de acudir a la protesta y volver a llorar y tomarse unas cervezas con los amigos ¿qué se hace con aquel llanto imprevisto sobre una lozeta, con el llanto nuevo de Sara Marina, a quien ya le declararon también su guerra; con el llanto de todos y de todas cuando el doctor, allí frente a la Corte Federal dijo que el Comandante Ojeda murió desangrado?

¿Cómo se venga una muerte? ¿Qué se hace? ¿Sigue una montada en su 4 x 4 yendo de tienda en tienda? ¿Le tira el auto al primer transeúnte que se acerque? ¿Lo quema en un acto de indignación, en una respuesta a la gran provocación de la vida? ¿Dejas de pagarlo todo, de limpiarlo todo, de escribirlo todo y te declaras combatiente enemiga? ¿Gritas un poco en el piquete, te subes a un árbol, te amarras ahí y manifiestas así tu cansancio, tu locura, manifiestas así tu rebelión? Tu famosa, tu histórica, tu cíclica rebelión.

martes 29 de marzo de 2011

Guerra suprema contra la humedad: de gimnasias, magnesias y el gran crimen matrimonial


Mari Mari Narváez

(ilustración es obra de Iván Figueroa Luciano)

Y yo que me estaba riendo. A carcajadas. Aquella noticia trágica de la apóstola atacando a Ricky Martin me causaba, sí, bastante ira. Pero -cómo explicarlo- también me daba risa. Así, mientras esta “apóstola” (¡es que hasta el nombre que se pone es lo más cómico del mundo!) insultaba tenazmente al Papi Chulo Nacional por vivir fuera del clóset, yo me reía. Porque me parecía todo tan absurdo, tan infantil y alocado. La apóstola es una caricatura del siglo XVII. Y digo caricatura porque, en ese siglo, en el Nuevo Mundo, la homosexualidad no sólo se practicaba sino que, en las esferas privadas, se toleraba. En ese entonces no se le llamaba homosexualidad sino sodomía. Pero la sodomía era mucho más, porque envolvía no sólo actos homosexuales sino cualquier relación sexual oral o anal entre las personas que fueran, ¡y hasta relaciones sexuales con animales!
En la época de la Conquista hubo mucha persecución selectiva contra mucha gente mediante el “móvil” de la sodomía. Pero hay estudiosos que entienden que fue más la tolerancia, porque tanto entre los conquistadores como entre los indígenas, se practicaba la homosexualidad. En ciertas regiones indígenas llegó incluso a existir un ‘berdache’, una figura masculina travestida que servía como receptor del sexo anal. Según sus estudiosos, el ‘berdache’ incluso gozaba de reconocimiento y prestigio social (aunque los indígenas rechazaban la “pasividad” sexual entre los hombres, también otorgaban gran valor a la feminidad).
Pero, volviendo al tema. En el fondo, acepto que me reía porque pensaba que toda aquella sarta de idioteces que decía la Apóstola eran porque estaba loca. De atar.
Y en eso -zas- llegó la noticia como un hielo enorme bajando por una espalda seca y tibia. Tres de los supuestos jueces supremos ratificaron mediante sentencia una disparatadísima decisión del Apelativo. Establecen que la Ley 54 no protege a mujeres que estén en relaciones “adulterinas”.
Lo que hace el Juez Kolthoff es manipular inconcebiblemente el texto y las supuestas intenciones de la ley de violencia doméstica, incorporando el nuevo concepto de la “familia legal” versus las “familias ilegales” (serio problema para el Departamento de la Familia). Y lo hace de la manera más ilógica y desfachatada, con argumentos y presunciones tan burdas y traídas por los pelos, que no son sino prueba contundente del código moralista, religioso y plano que pretende imponer. Como dijo la profesora de Derecho Érika Fontánez, la sentencia “tiene tantos errores de lógica y falsos silogismos tan obviamente absurdos, que no sirven ni para confundir en un examen del LSAT”.

¿Qué tiene que ver la gimnasia con la magnesia?

El lenguaje de la Ley 54 no es misterioso ni ambiguo. La Ley define la violencia doméstica como: “Un patrón de conducta constante de empleo de
fuerza física o violencia psicológica, intimidación o persecución contra una persona
por parte de su cónyuge, ex cónyuge, una persona con quien cohabita o haya cohabitado, con quien sostiene o haya sostenido una relación consensual o una persona con quien se haya procreado una hija o un hijo, para causarle daño físico a su persona, sus bienes o a la persona de otro o para causarle grave daño emocional”.
En ningún lugar la Ley condiciona su protección al estado civil de la víctima. La clave es la relación consensual, un concepto muy amplio y flexible, evidentemente con la intención de que todo tipo de pareja pudiera ser incluida en la ley.
En todo caso, lo más que podemos cuestionarnos es qué tiene que existir para que una relación sea consensual. Consensual sólo habla de un consenso. ¿Pero un consenso de qué, cómo? ¿De palabra, de acción, o puede ser un consenso de fantasía? ¿Requiere intercambio de fluidos o una mediación de palabra puede ser suficiente? (Después de todo, hay palabras y hay palabras…) ¿Y si -comprensiblemente- requiriera de ese intercambio húmedo, cabría preguntarse: ¿la saliva, viene siendo suficiente? Un dedo que se esparza feliz y libre por algún espacio escondido, irrestricto, ¿produce una relación consensual? ¿Y cuán rápido? ¿Al entrar o al salir del dedo?
Estos, a mi entender, son los únicos cuestionamientos válidos en torno al concepto de relación consensual. Lo demás está dado en la tremenda y hermosa elasticidad del término.
Pero no. El Juez Kolthoff, tratando de reducir absurdamente lo ya estiradísimo, sostiene que “sin un claro mandato legislativo, no podemos expandir la definición de ‘relación consensual’ para abarcar relaciones que son ilegales en nuestra jurisdicción”. Se refiere a las relaciones en adulterio, un delito antiquísimo, absurdo y moralista que desde hace muchos años está en desuso.
¿Pero qué tiene que ver la gimnasia con la magnesia? La mujer en cuestión, ¿sostenía una relación consensual con el agresor? Sí (de hecho, la mujer alegó que convivía con el agresor. Es decir, que posiblemente estaba separada de su esposo, como tantas personas que, por diversidad de razones, no pueden divorciarse rápido y empiezan relaciones nuevas en el proceso).
La mujer en cuestión, ¿fue agredida por la persona con la que sostenía la relación consensual? Sí. La mujer en cuestión, ¿estaba casada con alguien? Sí. ¿Y qué importa? Siempre y cuando se pueda comprobar la relación consensual con el agresor, su estado civil es completamente irrelevante ya que no es elemento del delito.
El Lcdo. Hiram Meléndez Juarbe lo explicó muy bien: “El que A dispare a B mientras B comete un delito, no hace el acto de A menos ilegal. Castigar a A por su delito no equivale a validar lo que hizo B”.
Yo añado que si el delito de ‘A’ es de carácter “doméstico”, el hecho de que ‘B’ gozara de dos domesticidades no hace el delito menos doméstico. La vida está llena de historias de personas (algunas muy dignas y decentes) que mantienen dos hogares, dos familias, relaciones o ámbitos domésticos al mismo tiempo. Para algunos, es una acción deplorable. Para otros, es algo válido, una salida airosa a la situación cada vez más compleja que propone el amor a largo plazo para ciertas personas. Incluso, sabemos que existen miles de parejas autoproclamadas “abiertas”: esposos que se aman y se entienden pero que se permiten tener actividades sexuales, o incluso afectivas, con otras personas porque entienden que es posible desear o querer a más de una persona. Estos ciudadanos, ¿no merecen la protección de la ley de violencia doméstica en caso de una agresión de parte de alguna de sus parejas? ¿Por qué el Estado tiene que exigirles la compostura de su predilección en la administración del amor? Nuestra vida íntima tiene que estar sujeta a nuestra propia ideología del amor. Nadie puede decirnos cómo vivir, amar y sentir.


El matrimonio como móvil del crimen

Lo más paradójico de todo es que, en su afán por proteger el matrimonio (como un sacramento casi y no como un estado civil quebrantable, que es lo que es), estos “jueces supremos” están tornándolo más peligroso. Cualquiera puede pensar: el matrimonio es lo que impide que la Ley de Violencia Doméstica me proteja, entonces el problema es el matrimonio, ¿no es cierto? O sea, que si no me caso, puedo vivir como quiera. A las desconfiadas que, como yo, ya sospechábamos que nada bueno podía tener el meter al Estado en tu cama, esto sólo nos confirma nuestra teoría de que el matrimonio, al menos tal y como existe hoy día en nuestra sociedad, es una perversidad, fácilmente comparable a una muerte lenta. Y no creo que, con decisiones como ésta, personas como yo vayamos a sentir más respeto por el contrato matrimonial*.

Esto ha sido una declaración de guerra del Tribunal Supremo de Puerto Rico. Y como guerreras es que tenemos que combatirlo. Pase lo que pase.


*Esto no significa que ahora que salí del clóset en relación a mis ideas acerca del matrimonio, mis amigos deben dejar de invitarme a sus bodas. Quiero dejar claro que creo en el matrimonio de todos ustedes si ustedes mismos creen en él. Y -sobre todo-siempre gozo (y bebo) un montón en sus bodas. Creo en toda la parte celebratoria del amor (bodas y anti-bodas por igual). En lo que no creo es en la parte contractual pero esto sólo aplica a mi vida. Y defiendo el derecho al matrimonio como mismo defiendo el derecho de todo ser humano a equivocarse.

sábado 5 de marzo de 2011

Historia de otros inviernos



Mari Mari Narváez

Ya para aquel 30 de diciembre, estábamos hartas las unas de las otras. Por eso no hicimos más que montarnos en el tren y cada quien se abstrajo lo más que pudo. Camile se puso sus audífonos y cerró los ojos; yo quedé sumida en un gran libro cuyo recuerdo todavía me emociona (Canción de amor para los hombres, de Omar Cabezas). Camile y yo siempre rememoramos el cuaderno de Paula: un huevo frito pintado en la tapa, y ella escribiendo con obsesión. Ahora, casi diez años después, recordamos entre risas nuestra perversidad de entonces, cómo nos mofamos de ella. Hasta un mínimo muy básico de envidia pudo haber sido. Éramos estudiantes graduadas y, desde el primer día de aquel viaje europeo, habíamos vivido las aventuras más bizarras. Pero ya llevábamos tres semanas de intenso viaje y Paula nos tenía harta con sus locuras. Las mismas locuras que habían estrechado para siempre nuestra amistad unos meses antes, ahora en la convivencia nos fastidiaban.

Así que nos estábamos riendo de ella, sí, con cierta sed de venganza, con más cinismo del que aguantaban nuestros veinticuatro años de entonces. Y es que la conocíamos; se las estaba dando de gran escritora allí sentada en el tren, asumía esta pose, con sus espejuelos, agarrándose por momentos el moño de pelo largísimo y negro que ella sabía era su arma mortal. Escribía con la concentración de una gran filósofa. Y -por supuesto- fumaba; con esa misma intensidad de estampa. Nosotras nos burlábamos, un poco para romper el hielo que se estaba cuajando prematuramente (aún nos faltaban dos semanas de viaje). Pero también porque sabíamos que lo que estaba escribiendo eran tonterías de amor a un catalán que acababa de conocer y dejar atrás. Si por ella hubiese sido, nos habríamos quedado en Barcelona todo el viaje después de haber conocido al catalán este en un encuentro nada novelesco. En su momento fuimos comprensivas y extendimos la estadía allí para que disfrutara de su idilio pero, al cabo de diez días, nos impusimos, hicimos maletas y decretamos que ya era hora de seguir nuestro rumbo. Ella tuvo que obedecer porque éramos mayoría. Pero entonces asumió una actitud de brazos caídos.

Cuando llegamos a la estación para comprar los boletos del tren y salir rumbo a Italia, Paula estaba completamente ausente. Cargaba su mochila inmensa de un lado a otro, miraba a ninguna parte y, por supuesto, fumaba. Nosotras nos desesperábamos porque era incapaz de colaborar en las minucias del viaje y nos tocaba a Camile y a mí decidir y ejecutar toda la logística en uno de los inviernos más fríos de Europa y, por supuesto, con un presupuesto de estudiantes que se esfumaba con la velocidad de un tren.

“Estoy profundamente enamorada”, se justificaba ella muy risueña e incomprendida, y nosotras realmente hartas, muy poco conmovidas por su estado, habiéndole conocido en tres meses infinidad de esos amores, ninguno de los cuales llegaba nunca a ninguna parte.

El asunto es que pedí tres boletos a Italia.
-“La que sea” -dije- cuando la catalana me pidió que especificara ciudad.
Nos dijo que el tren expreso a Milán ya había salido, que nos tocaba entonces tomar el regular. Y como nosotras no sabíamos de trenes ni de nada, no nos preocupamos siquiera por descifrar aquel mensaje. Que ya para colmo el catalán nos tenía podridas. Nunca entendíamos nada de todos modos. Así que cogimos nuestros bártulos y “hacia Milán será”.

La estrategia de la abstracción mutua no nos duró demasiado pues muy pronto el viaje comenzó a tornarse en eso mismo: un inmenso viaje. Aquel tren tenía que ser de la época de la Segunda Guerra Mundial. No tenía absolutamente nada de calefacción, y con aquel frío, íbamos abrigadas como si estuviéramos en plena plaza pública: abrigo, sombrero, guantes, bufanda. Además, paraba en todas las estaciones posibles, por lo que pronto nos dimos cuenta de que tardaríamos un siglo antes de llegar a Milán.

Cuando empezó a llenarse nuestro vagón, comenzó una de las experiencias más alucinantes que hayamos tenido jamás. De momento, ya éramos un grupo: una jovencísima y tristísima chilena (pinochetista, por cierto) que viajaba por todo Europa completamente sola; un par de italianos simpatiquísimos que, en un ataque de sinceridad y con un alto sentido de orgullo, nos confesaron ser ladrones de profesión; un universitario colombiano que, espantado por la violencia de su país, se iba a Italia sin visa, sin permisos, completamente solo y sin dinero, a buscar mejor vida. Otro muchacho, argentino, que aspiraba a ser escritor, trataba de escapar literalmente del hambre (acababa de estallar el Corralito en su país).

Entonces estábamos nosotras. Paula, peruana, hablaba (todavía habla) de su país como algo que había dejado atrás para siempre: un lugar donde no había espacio para ella tras una historia violenta que la había hecho emigrar a los 16 años.
El frío y las condiciones en aquel tren eran tan espantosas que cada vez nos acercábamos más entre todos, buscando generar cierto calor. Eso nos otorgó una intimidad instantánea que se consolidó según fuimos entrando en una conversación cada vez más espesa. No había comida ni bebida, sólo nos teníamos entre sí, no sólo para discutir de política desde los dolores de cada quien sino para nombrar -tal vez por primera vez- las aspiraciones que sobrevivían a tantas frustraciones.

Ahora me doy cuenta de que, en cada historia cruenta, Camile y yo -las únicas puertorriqueñas- nos apartábamos sutilmente del resto. Por eso, durante horas a veces, escuchábamos no más. A lo sumo, preguntábamos pero, en efecto, callábamos sobre nosotras mismas. En ese grupo de jóvenes, éramos las únicas que no estábamos escapando de un lugar, de un país propio. Yo apenas huía de un amor, ella no sé de qué estaría evadiéndose en aquel invierno. Pero ambas teníamos un lugar donde regresar a construir algo y estábamos muy seguras de que así sería. Volveríamos a casa al cabo de nuestros estudios graduados y habría posibilidades para nosotras. Nadie nos perseguiría, no pasaríamos hambre y, mientras no nos juntáramos con maleantes ni nos metiéramos en sitios demasiado calientes ni nos casáramos con algún agresor, teníamos más o menos asegurada nuestra integridad física.

Aquella amistad compacta, cautiva, surtió una conversación interminable, por momentos dulce, por momentos densa; un inventario violento de testimonios muy íntimos, no desgarradores como decir la guerra sino sutilmente desgarradores: como decir el desamor, como decir la esterilidad, la desesperanza. Y -de fondo- una discusión política intermitente en la que nos tirábamos todos a matar, sin soltarnos ni un segundo de los brazos, la única calefacción posible.

Más de veinte horas después, amaneció el 31 de diciembre de 2001. Los que quedábamos en el vagón dormitábamos, todavía los unos encima de los otros, todavía con la leve ansiedad de que nuestros amigos pillos -quienes, en efecto, ya habían desaparecido- nos hicieran un tumbe (no lo hicieron). Cansados, hambrientos y casi muertos del frío, abrimos los ojos a uno de los paisajes más hermosos del mundo: una costa pedregosa ante un mar azulísimo, increíble, que nos pasaba demasiado aceleradamente por las ventanas, cada micro-segundo más impresionante. Nosotras tres –ya de nuevo queriéndonos, ya de nuevo necesitándonos- nos grabamos el nombre de aquel lugar: Ventimiglia, y nos juramos regresar un día.
Cuando llegamos a Milán y nos despedimos, me quedé para siempre con la sensación de haber hecho una larga vida con aquellos desconocidos.

Me he extendido haciendo esta historia a pesar de que una página no es suficiente para contar aquellas veinticuatro horas. Pero lo he hecho porque este recuerdo me ha venido a la mente constantemente en las últimas semanas y ayer en la tarde se me acrecentó mientras escuchaba por radio la cruel embestida -la tortura realmente- que ha emprendido la Policía contra nuestros jóvenes más talentosos y luchadores.

Algunos familiares tratan de consolarme asegurando que esta experiencia terminará de formarlos para siempre. Yo sólo pienso en el daño irreparable que se está causando a nuestra juventud. La Policía -y la desidia de un País- los está marcando para siempre. Algunos golpes, lo sabemos, cicatrizan. Otros dejan una herida blanda que, a la menor provocación, vuelve a abrirse. Porque hay heridas que nunca dejan de doler.

Recuerdo la anécdota del tren, aquel breve muestrario de jóvenes traicionados, abandonados de tantas formas, y pienso en la posibilidad de que uno de nuestros muchachos ocupe nuestro lugar en un tren como aquel. Creo que -hoy- su historia estaría lejos de parecerse a la nuestra. Hoy, me duele mucho pensar que la historia de dos estudiantes puertorriqueñas podría ser tan trágica y triste, tan desoladora como aquellas que en aquel tren de invierno hace casi diez años nos despedazaron, matándonos un poco.

martes 18 de enero de 2011

Hacer algo inútil



Sofía Irene Cardona

Un día me encontré, convocada por fuerzas mayores que no vienen al caso detallar, con la encomienda de escoger entre una manada de egresados de escuela superior, en consulta con otras dos personas, los merecedores del Premio al Más Virtuoso.

Los aspirantes al galardón debían probar, además de su destacada labor académica, un compromiso cívico. Pasé una jornada completa, en extraño tribunal, escuchando las historias de éxito y filantropía que habían preparado los candidatos para la ocasión. Uno tras otro fueron desfilando con cartapacios llenos de fotos y certificados, mostrando cuán activos habían estado en los últimos cuatro años y qué grandiosas metas tenían para el futuro: “Logré aquello, haré esto otro, seré doctor, salvaré el mundo. ¡Admírenme!” Parecían entrenados por el mismo diabólico funcionario, rey del lugar común, acérrimo defensor de los Valores Mayúsculos, esos que a nada saben ni nada dicen, pero qué bien le suenan los discursos, qué lindo habla, qué profundo. Eran una legión entrenada para el Éxito.

Aburrida de lo mismo y lo mismo, a la tercera hora empezaba a distraerme. Ponía cara interesada y se me iba la cabeza a flotar sobre la escena como cuando morimos en las películas, y me veía pequeña desde arriba, flotando mi conciencia sobre la tediosa realidad. Entonces fue que se me ocurrió la frase: “Quisiera hacer algo inútil.” Deseé que uno, al menos uno, me confesara que, a decir verdad, se dedicaba a hacer lo que le daba la gana y, a pesar de sus talentos para ser abogada, ingeniero o doctor, su mayor aspiración era hacer algo inútil, algo que no sirviera para absolutamente nada, algo que se hace sólo porque sí.

Ya habrán adivinado por dónde voy. Soy profesora de literatura española y, para muchos en estos lares, nosotros, los de Humanidades, sobramos en el Universo. Nuestras disciplinas no sirven más que para adornar la personalidad de los ociosos. Tal vez por eso deseaba que alguno declarara aquello, para abrir los brazos y recibirlo: “¡Ven, joven, te esperamos en la más inútil de las profesiones! ¡Sé catedrático, investiga, delira, piensa! No salvamos a nadie, pero tampoco nadie se nos muere. No hay grandes riesgos y, en treinta años, llegas a la jubilación.”
Pero eso era, como sabemos, en otros tiempos.


Últimamente, las criaturas que viven de las Humanidades, criaturas en peligro de extinción, tienen aspecto de náufragos. Las aguas suben, se agitan y en cada vuelco alguien perece ahogado por el agobio o el desencanto: emigran, cambian de oficio, o, como dicen ahora, “se reinventan”. Otros somos más afortunados y, a menos de una década del retiro, tratamos de pasar inadvertidos por la ola del caos, a ver si llegamos a la fecha cumbre sin caer al agua.

Tal vez por eso mucha gente no entiende que protestemos por las condiciones de trabajo. “¡Son unos quejones, con los tres meses que tienen de vacaciones!” Lo dicen con malévola envidia, sin indignarse por las escasas dos semanas que les conceden a ellos sus patronos, rabiando por la felicidad que imaginan en los dos meses de supuesto asueto. Ellos, esclavos en jornadas de doce horas, sí que producen en dólares y centavos. Tampoco consideran que dar cátedra no es, precisamente, hablar de lo que venga en gana, aunque me consta que hay colegas que, como en todos lados, desprestigian la profesión con prácticas chapuceras. Quemémoslos en la hoguera.

Así pues, algunos consideran a los catedráticos (aquellos con tarea completa, se entiende) como un grupo de “privilegiados”, parásitos de un arcaico sistema. Aunque debe decirse que también hay quien los tiene por venerables sabios, custodios del conocimiento. A saber.

Yo, como soy parte del gremio, no puedo verlo de ninguna de las dos maneras, pero últimamente ciertos vehementes comentarios me han puesto a pensar qué rayos somos nosotros y cuál es nuestro lugar en una institución que, como el mismo país, prefiero imaginar como un dragón amarrado en lugar de como un cerdo a la varita. La alegórica criatura se retuerce y sólo puede ser cochino o quimera según resulten las pretendidas reformas que se avecinan.

Y es que soy de quienes piensa que la UPR es todo lo fuerte y continua que la hagamos quienes la imaginamos: siempre más utopía que realidad, más deseo que fruto. Tal vez en eso es que somos verdaderamente privilegiados. Ése es el secreto que desconocían, en aquel momento, los muchachos talentosos. Queremos hacer algo inútil y sabemos cuán gozoso es el esfuerzo. Apuesto que entre los que entrevistamos ese día, más de uno hizo el viraje y por ahí anda, naúfrago como los otros, o intentando echarse a la mar, a pesar de todo.

Eso prefiero pensar. No tengo remedio.


POST SCRIPTUM
Mientras termino de escribir esto, me llega un email de mi Directora. Tenemos reunión de emergencia el viernes 21 de enero. La Administración Central de la UPR ha decidido poner nuestro Departamento de Estudios Hispánicos “en pausa”. ¡Alto la acción! Ya para cuando salga este artículo publicado habremos pasado los primeros momentos de la histeria. ¡Una gran ola mece con fuerza la barca! Ahora sí que convencer a estos laboriosos muchachos de las virtudes de nuestro oficio costará trabajo. Pero no puedo escribir más, llega la hora del cierre, debo enviar el escrito. A ver a dónde nos lleva el zarandeo...]

martes 23 de noviembre de 2010

Sometimiento bíblico en clave de reggaetón


Mari Mari Narváez


Juro que lo imaginaba todo: las siete mil hortensias perfectamente ubicadas por todas partes en evidente alusión a un estilo rococó, según afirmaron los expertos. Los dos bizcochos de boda, uno de once tortas con cristales Swarovski incrustados y 6,500 flores en papel dorado de pastillaje comestible.

“El otro, violeta y dorado, yacía en el salón contiguo ostentando una imponente corona”, leía la crónica en un elegante ejercicio de minucia periodística.

No les voy a decir que no sentí mis sospechas cuando supe del “pastor” que entraba a casar a la bella pareja de Jackie Guerrido y Don Omar, con su Biblia bajo el brazo. Ese pequeño libro, que podría ser tan rico e interesante, me causa un estupor inconcebible cuando viaja bajo el amparo de una axila.

Pero en fin, ahí estaba yo pendiente de todo, leyendo con mucha cautela (no les niego que andaba al acecho de un temita) cuando lo escuché: “Jackie, obedece y sométete a William”.

“Éase, hasta aquí llegó Jackie”, pensé.

Si les digo, cuando veo estas bodas estrambóticas, siempre sospecho que la novia está al borde de salir corriendo. No sé cómo se controlan, exactamente qué las detiene, pero estoy segura de que una boda de cientos y cientos de personas y decenas de miles de dólares es un evento que parece muy grandioso por fuera pero por dentro tiene que ser una tortura, un ejercicio truculento de hiper-conciencia y exceso de compostura (¿Acaso un gran ejercicio experimental para el matrimonio?).

“Se me dio”, dije. “¡Tremenda columna!”. Ya imaginaba a Jackie, su vestido vaporoso marcando el compás de su huída. Habría tirado bruscamente el ramo de flores para agarrarse bien la cola del vestido mientras corría escaleras abajo. De tanta estupefacción, ningún miembro del rito podría alcanzarla. Una vez en el vestíbulo, miraría a todos lados y optaría por la salida más orgánica: el mar. En un santiamén llegaría a la orilla pero no dejaría de correr porque aún no estaría a salvo. Se quitaría los zapatos y también el velo en algo así como el epílogo de su liberación. Y según se alejara de la escena, dejaría de ser la novia que escapa para convertirse en una ola blanca y lejana que se desvanece en el horizonte.

No sé ni cómo tuve tiempo de imaginar esta digna y brillante salida. Mientras inventaba mi historia, Jackie aceptaba la invitación bíblica, no con la serena resignación de los ritos inevitables sino con felicidad marcada y evidente. “Yess!”, dijo. “Yes!”. Como mi sobrinita cuando logra que la dejemos ir al cine con su grupito. “Yes!”. Con intención. Como si aquella fuera la línea definitoria del día, la razón de ser de aquella gran puesta en escena. “Yes!”, así con furia y con decisión, como si lo hubiese razonado y asumido hasta la saciedad.

En ese momento sólo recordé una de las conferencias a las que acudí en mis años de universitaria en la ciudad de Boston. Tenía 18 años y fui a la Universidad de Harvard a escuchar una charla sobre la feminista del siglo XIX, Elizabeth Cady Stanton, quien sostuvo lo siguiente en su libro Woman’s Bible (y la traducción es mía):

“Ninguna reforma es posible en un área de la sociedad si no avanza también en todas las demás. No se puede reformar la ley y otras instituciones culturales sin reformar también la religión bíblica, que reclama la Biblia como Escritura Sagrada. Dado que ‘todas las reformas son interdependientes’, una interpretación feminista crítica es un esfuerzo político necesario, aunque no sea oportuno. Si las feministas piensan que pueden desatender la revisión de la Biblia porque existen otros asuntos políticos de mayor envergadura, entonces no reconocen el impacto político que tienen las Escrituras sobre las iglesias y las sociedades, y también sobre las vidas de las mujeres”.

Recuerdo con mucha claridad la tarde de aquel viernes que asistí a esa charla extraña pero de alguna manera fascinante. Nevaba violentamente y, por no caminar entre tanto frío, me metí en un pequeño negocio de Harvard Square y pedí un café. Estaba deslumbrada con el pensamiento de aquella mujer pero yo no sabía mucho sobre feminismo, tan solo lo que escuchaba decir a mi madre, mayormente en referencia a los años setenta, a cosas que jamás pensé que fueran a aplicarme. No tenía ni idea de cuán marcada estaría en la vida por el hecho diminuto, casi fortuito de ser mujer.

A pesar de mi fascinación general por Elizabeth Cady Stanton, sus ideas con respecto a la revisión bíblica me parecían exageraciones. Pensaba que a las mujeres que por cuenta propia habían decidido someterse a la Iglesia, había que dejarlas tranquilas. Esa era su decisión. Aludía yo a una especie de respeto (realmente, indiferencia) a la libertad de púlpito y a todo lo que supone la religiosidad, algo que con los años se alejaría cada vez más de mi vida, aunque no por eso dejaba de existir.
Y ahora, viendo todo esto (“Jackie, obedece y sométete a William”) en primera plana; sin nadie que se queje ni se levante mientras la hermosa Jackie contesta con ese ‘yes’ cruento, ilusorio… La verdad, apenas ahora es que comienzo a comprender.


Comentarios a: marinarvaez@gmail.com

sábado 20 de noviembre de 2010

Ellas


Ana Teresa Pérez Leroux

But even slight distinctions made
set earth and heaven far apart.
Hsing Ming, Song of Mind

La primera cosa que la gente pregunta, cuando ve a un bebito, es que si es hembra o varón. Tan importante nos parece la distinción, que la gente hasta paga por que le adelanten la respuesta. Salen a buscar expertos las embarazadas que no se conforman con las creencias populares (si tienes la barriga en punta, será macho; si es redonda, hembra). Tío Raúl contaba de un doctor, famoso en todo el Cibao, que nunca se equivocaba al predecir el sexo del niño. Un día cuestionó al colega acerca de su método. “Muy sencillo. Digo lo que me parece, y con frecuencia acierto. Pero siempre anotó en el record lo contrario de lo que dije. A los que vienen a quejarse les enseño lo que esta anotado, y piensan que se equivocaron ellos.”

¿Por qué es tan importante, tan principal, esta clasificación? Dicen los sicólogos que los seres humanos somos naturalmente esencialistas. Es decir, que sin que nadie nos lo diga postulamos que los individuos pertenecen a categorías, determinadas por su naturaleza esencial, invisible, dictada por su origen, o su historia. El género, en nuestras culturas, es un principio organizador y principal divisor de la humanidad. Seremos los buenos, o los malos, o tal vez los feos. Pero mucho antes, mucho primero, somos ellos y ellas.

Cuando las cosas se pierden en la oscuridad de la confusión, y en los pueblos reina la violencia, y los corazones quedan ciegos, se renuevan las condenas de diferencia. En la guerra, las mujeres se convierten en víctimas especiales; la violación un arma étnica. En la falta de balance de un futuro que no comprenden, las familias en China practican el aborto selectivo, y veinte millones de jóvenes no conseguirán esposa. La locura se suelta en Montreal y un seis de diciembre, quedan catorce masas ensangrentadas, debajo de la pizarra. El asesino entró al salón de una clase en la Ecole Polytechnique, e hizo salir a los hombres antes de comenzar a disparar. En otro año, en completa privacidad, cuando los celos se apoderaron de su mente enferma, Leo acorraló a Elisa, y con una navaja la desangró a cortes. Tales pesadillas andan sueltas, y su horror nos atrapa la imaginación. Pero el horror es arma de doble filo: por la puerta del miedo pueden también salir el desafío, y la dignidad.

La vulnerabilidad puede estar hecha de acero.

Dos hermanas rebeldes, y una abnegada, cruzaron La Cumbre un veinticinco de noviembre, hace cincuenta años. Iban a Puerto Plata. La mayor, Patria se suponía que no estuviera, pero a último minuto insistió en ir, tal vez pensando en servirle de protección a sus hermanas. Minerva y Maria Teresa, las dos más jóvenes, a visitar a sus maridos en la cárcel . Disidentes también, habían conocido la prisión, y eso no había servido mas que para templarles el espíritu. Hermosas, queridas, fuentes de inspiración para muchos, revoloteaban llenas de luz, y rechazando las voces del miedo. Por cierto tiempo aumentaban los rumores “Y cada vez más tétricos”, cuenta en su libro Dedé, la sobreviviente, muchos años mas tarde. Todos sentían que las miras de los asesinos del régimen se apuntaban hacia ellas. “A las muchachas que no vayan. Que la orden de matarlas está dada.” “Dile a Minerva que la voz del pueblo es la voz de Diós. Es para matarlas que las hacen viajar.” El día que se fueron, dijo Minerva, tratando de alegrar el momento“…Ese paisaje cuando una sube la montaña, ¡Que cosa mas bella!” Hicieron cosas normales. Minerva se entretuvo cosiendo unas camisas que quedaron sin terminar. Salieron de Conuco conducidas por Rufino de la Cruz. Pararon en Salcedo a comunicar su salida en la oficina de los caliés, que es como les decían a los chivatos del servicio, poco secreto. En Puerto Plata llegaron, y se reposaron en casa de don Chujo Pimentel, que les ofreció su casa con solidaria valentía. La visita a la fortaleza comenzó a las dos de la tarde, y terminó a las cuatro. Se despidieron de don Chujo, y salieron de nuevo rumbo a Salcedo. Unos testigos contaron que un carro las seguía a la salida de la carretera.

De esa noche terrible, cuenta Dedé: “Casi no pude dormir, preocupada, pensando si habrían llegado las muchachas. Mamá y Antonia amanecieron despiertas, esperando.” Antonia dice que esa noche sintió a Patria, pidiéndole que le cuidara al hijo. La mañana trajo la desoladora novedad, y luego el telegrama: “Murieron en accidente Patria Mirabal, Maria Teresa Mirabal, Rufino de la Cruz, y otra no identificada.” Dedé comenta en su libro, la voz autorial vacilando entre el desgarro y el desprecio: “No se atrevieron a escribir Minerva Mirabal.” Cuenta como por meses no pudo comer carne, recordando el olor de la morgue, y como sintió el impulso de conservar las cosas ensangrentadas de la cartera de Patria, y la hermosa y larga trenza de María Teresa. Hoy en día quedan conservadas en la Casa-Museo, donde llegan los escolares ansiosos de historia en peregrinaje.

Muchos dominicanos de la época recordarían mas tarde esa noticia como el principio del fin del régimen. Yo recuerdo a los cinco años, haciendo el viaje de Santiago a Puerto Plata por la misma ruta. Papá detenía el carro para señalarnos el lugar donde echaron el carro para simular el accidente. Ningún accidente vehicular resulta en tres desnucamientos, quien se iba a creer eso. Las mataron a palos. Todos los esfuerzos de preservar las apariencias salieron en vano. La voz se corrió instantáneamente, y nadie prestó atención a la mentira oficial, por más esmero que se pusieron en propagarla. La iniquidad sin fines de los matones los impulsó a exigirle a la familia un documento en que declaraban que los rumores eran falsos, y que la muerte había sido accidental. Pero fue en vano. Una voz detrás de la otra comunicaba el luto nacional, y la verdad le dio tres vueltas a la Isla. “Mataron las mariposas”. “¡Las mató!” lloraba doña Chea Reyes de Mirabal por las calles de su pueblo. Y todos sabían de quien se hablaba.


" Si me matan...
Yo sacaré mis brazos de la tumba
y seré mas fuerte"
Minerva Mirabal


Post scriptum

No se si esta cita de Minerva es fidedigna. La encontré en el Internet, donde si Ud. busca lograra ver graffiti en la ciudad vieja “Minerva, Patria y María Teresa”, expresando a brocha gorda la admiración que les tiene el pueblo dominicano a sus mariposas caídas. Pero me hace pensar en las esencias invisibles, en que distingue a un héroe de un villano, en si hay algo especial en algunas personas, y en porque esa muerte, entre tantas, causó lo que causó. Lo que sé de las hermanas Mirabal lo escuché primero en casa. Tia Nini era amiga de Sina, otra heroína compañera de cárcel de las muchachas. Papá, como muchos, tenía hacia ellas, y hacia Manolo, un respeto especial, y cuando estuvo en la cárcel al mismo tiempo que ellas, les talló unas crucecitas en hueso. En Febrero pasado visité la Casa Museo y tuve el privilegio de conocer a Doña Dedé. Me convertí en admiradora de la señora al instante: su mirada limpia, su férrea labor a favor de la verdad, sus esfuerzos por darle a cada muerto su duelo propio, por contrarrestar las mentiras. Por años el poder trató de ofuscar este evento cuyo estruendo todavía nos resuena en los oídos. El último batir de las alas de estas mariposas desencadenó una tormenta en la historia.

Fuentes recomendadas

Vivas en mi jardín. Dedé Mirabal. Santo Domingo, Aguilar, 2008.
In the time of the butterflies. Julia Alvarez. Chapel Hill: Algonquin Books, 1994. (ficción)
Code Name: Butterflies. Cecilia Domeyko, 2010. (documental) http://www.codenamebutterflies.org/

jueves 11 de noviembre de 2010

Historias de pizarras para tiempos de crisis


Sofía Irene Cardona

En el principio era el lápiz. Un palito amarillo relleno de carbón, afilado con un cuchillo o contra la mesa del pupitre. Algunos privilegiados tenían sacapuntas portátiles, con cámara colectora para las falditas tricolores que despedían en el afilamiento. El lápiz boto era un problema, letra ilegible, trazo inseguro, revelaba una actitud displicente y a veces rebelde en la escuela. Las niñas aplicadas solían tener puntas siempre afiladitas, y las más pudientes, lápiz mecánico. Hasta en eso había diferencias de clases. Ésa era toda la tecnología escolar (al menos la que yo alcancé a ver), hasta que empezaron a aparecer las calculadoras portátiles y, décadas después, las computadoras personales y demás cachivaches enchufables.

Ahora no podemos vivir sin ellos. Cuando pensábamos haber llegado a la cumbre del confort, apareció la internet, que ahorra importunos viajes a la biblioteca y engorrosas consultas papeleras, además de tener muchísimo caché. Ilusoriamente acomodados en el futuro, continúan desfilando ante nosotros maravillas que transforman, si no la vida, al menos el salón de clases. Cualquier colegio o institución educativa que se precie, debe contar con una división de tecnología que asegure la potenciación de las habilidades estudiantiles. Un maestro preparado y un buen libro no parecen ser suficientes. Que no. Ahora hasta las pizarras tienen que ser “inteligentes”.

Yo llegué a escribir sobre una pizarra de verdad, brutísima. No sé cómo llegó a casa, me imagino que como subproducto de una de las renovaciones que se hicieron a mediados de siglo pasado de la Facultad de Humanidades. Era una pizarra en ley, una pizarra como dios manda. Es decir, una piedra de pizarra, pesada y granítica, con textura de hierro, negra y lisa. Con ella, llegaron cachitos de tizas (hablo de antes de la crisis de los setenta, cuando el precio del petróleo las hizo escasear en la Universidad) y las larguísimas sesiones de jugar a la maestra. Yo era, por supuesto, la maestra, y mi hermana menor, hoy periodista, mi única estudiante. (Esto explica muchas de mis manías catedráticas, como mi tendencia a la amable tiranía.) Nosotras nos entusiasmamos enseguida con el nuevo artefacto que se colocó en la terraza de arriba, a la sombra de un árbol de mangó, aunque a ciertas horas recibía tanto sol que se calentaba peligrosamente. Allí, en medio de un mimero, hice mis primeros pininos en la cátedra, escribiendo en aquella pizarra primigenia.

Cuarenta años después de mi inicial experiencia pizarrera, cuando ya la ciencia humana había puesto un hombre en la luna, tuve la oportunidad de ver de cerca una pizarra inteligente. A diferencia del imponente pizarrón de mi infancia, esta superficie era pálida y frágil, como cáscara de huevo. Al menos esa impresión me dio. Tuvieron que ponerle notitas a ambos lados para que los profesores más distraídos no la escribieran con vulgares magic markers. Celebré muchísimo el encuentro, ante la mirada lela de mis incrédulos estudiantes. ¡Aquello parecía Ciencias Naturales! ¡Algo que se enchufa! Al otro día, sin embargo, tuve que volver al salón de la verde pizarra de siempre, al polvo familiar de la tiza blanca, a la prehistoria.

Debo confesar, sin embargo, mi escepticismo ante algunos prodigios de la tecnología y aprovechar la ocasión para desahogarme: no hay nada que me aburra más que una presentación en PowerPoint. Tal vez si me explicaran algo verdaderamente complejo agradecería los bosquejos y diagramas que acompañan estas presentaciones, pero suelen ser somníferas sesiones de redundantes discursos que bien podrían resumirse en una conversación de cinco minutos.

Sospecho que lo inventó alguien con fuerte sentido del ridículo. En cierto sentido, me identifico con el inventor. Hablar en público puede ser una verdadera tortura. Cuando más esfuerzo hacemos para explicar algo complejo o pesado, la gente se desconecta y comienza a dibujar en las esquinitas del papel, se contorsiona en las sillas y, lo que es peor, se distrae examinando al conferenciante. Le revisan la vestimenta, las manchas de la piel, los gestos inseguros y hasta los mocos de la nariz. El orador, completamente expuesto a la mirada escrutadora del público, debe hacer, de tripas, corazones, para no perderse también en la mirada estrábica de su interlocutor. El Powerpoint se convierte en tabla salvadora: se entretiene al público, y el conferenciante, mientras tanto: blablablá y ¡chachán! Misión cumplida. Tal vez por eso, cada vez que voy a una de esas presentaciones me parece que me están tomando el pelo.

Pero, en fin, el proceso de renovación tecnológica es irreversible y que para bien sea. Ya en los vetustos pasillos del benemérito cuadrángulo histórico de nuestro primer recinto universitario, comienzan a llegar, aún en plena crisis, algunos de estos portentos. Atrás quedará, no solamente la pizarra primitiva de mi infancia, sino también la verdosa superficie en la que a veces escribo para distraer a mi público.

En algún salón habrá muy pronto, seguramente, una de esas pizarras de cáscara de huevo y nos dirán que han hecho su trabajo. ¿No ven lo mucho que hemos progresado, lo súper modernos que estamos ahora? Es posible que no haya para darles contratos completos a muchos profesores, ni abrir más secciones de los cursos, que se jubilen prematuramente montones de colegas aún productivos, que emigren desencantados algunos universitarios recién doctorados, pero los que queden tendrán donde plasmar las geniales ideas que graviten sobre sus melancólicas cabezas: ahí, en las prodigiosas e imprescindibles pantallas que amueblen el futuro.

Pero, fíjense, aún después de la hecatombre habrá alguien de verdad, como al comienzo de mi historia, lápiz, tiza o puntero mágico en la mano.

El jíbaro y el catedrático (una historia del más allá)


Sofía Irene Cardona

Cuatro años antes de morir, a mi padre de ochenticuatro años lo entrevistó mi prima Patricia, como parte de un investigación sobre la memoria para su curso de psicología. Guardamos la grabación como un preciado tesoro, pues allí narra, por insistencia de mi prima, los datos más remotos de su biografía. Habla de su temprana orfandad, de sus años perdidos y, sobre todo, de cómo, a su juicio, superó sus orígenes campesinos y se convirtió, por esfuerzo propio, pero con la ayuda de gentes generosas que se encontró en su camino, en catedrático de la Universidad de Puerto Rico, donde laboró por cuatro décadas el siglo pasado.

Dice él que la idea de hacerse catedrático le vino de una peregrinación de su padre a Hormigueros. El abuelo, que era muy devoto, regresó contando sobre el elocuente discurso que había dado un catedrático, que después resultó ser el nacionalista Clemente Pereda. Era la primera vez que mi padre escuchaba el término y entonces le pareció la palabra más hermosa para un oficio: catedrático. Yo supongo que, más que al vocablo, su impresión se debería a la reverencia con la que lo habría pronunciado mi abuelo, cuyos planes de estudiar becado en Río Piedras en la Escuela Normal que después se convertiría en UPR, habían sido tronchados por la férrea oposición de su madre campesina. El muchacho se perdería, pensaba mi bisabuela. Mi padre aclara en la entrevista que mudarse, a principios del siglo XX, del Pepino a Río Piedras, era como irse “hoy” (a finales del siglo xx) a vivir a Moscú. Tal vez por eso puso tanto empeño en irse él.

Después de la muerte de su madre, mi padre había abandonado la escuela para “andar por ahí” con sus hermanos mayores hasta que se dio cuenta, a los dieciséis años, de que estaba malgastando el tiempo: “En mis años perdidos de adolescente, yo no pensaba en nada.” Me pregunto a veces qué hubiera sido de él si hubiera vivido en estos tiempos, cuál habría sido su historia si hubiera tenido que enfrentarse a las tentaciones que asechan hoy a los más jóvenes.

Con la ayuda de su maestro de quinto grado, “un tal señor García, que tenía una pierna más larga que otra”, emprendió la tarea de completar la escuela superior a través del Negociado de Estudios Libres y terminó graduándose en Lares, donde conoció al amigo de toda su vida, Juan Bautista Pérez.

Con él consultó, el último viernes del semestre, su futuro académico: “El hoy licenciado Juan Bautista Pérez fue mi compañero, y era tan pobre como yo. El viernes en la noche estábamos sentados en la plaza. Hablamos de dónde íbamos a estudiar. Allí decidimos que yo iría a Río Piedras y él a San Germán, donde se podía trabajar en el campo y estudiar. Yo decidí ir a Río Piedras porque yo quería ser catedrático, ya te lo dije. No sabía qué iba a hacer, pero iba a conseguir una licencia de maestro. Yo iba a hacer lo que mi padre no había hecho, porque mi abuela no lo había dejado.”

Me emociona imaginar esa noche de 1939 en la plaza del pueblo: los dos pobretes pensando a dónde irían a parar, qué sería de ellos. Setenta años después, el apenado Juan Bautista se presentó a darle el pésame a la familia, en el Centro Católico de la UPR. Aquel benemérito señor me abrazó con una pena de muchacho huérfano que no correspondía al duelo de un anciano. ¡Qué lejos habían llegado ambos! No puedo evitar pensar en ellos y su historia cuando escucho a los universitarios de hoy discutiendo sus planes de estudios en el extranjero, como si sólo tuvieran que coger una guagua.

Una vez en Río Piedras, tuvo que lidiar con la inmensa brecha entre su trasfondo campesino y los modos de la ciudad. “Tuve que aprender cómo se sentaba a la mesa, a mirar con el rabo del ojo lo que hacía el otro... la conversación. Tuve que aprenderlo todo. Ese primer año no sólo fue de estudios en la universidad, sino también de sociedad. Llegué, llegué a la universidad.” El recinto era entonces, a su parecer, un lugar poblado de gente adinerada, que escuchaba ópera, viajaba a Europa y vestía con elegancia. Entró a un grupo, según él, “muy distinguido”: Ricardito Alegría, Luisito Muñoz Lee, Gloria Arjona, John Bothwell y tantos otros. No estoy segura de que haya superado nunca esa sensación de estar como cucaracha en baile de gallinas.

En mis años universitarios, mi padre me mareaba con la misma cantaleta: lo privilegiada que yo era (en un sentido muy distinto a como lo entiende Fortuño) de entrar a la Universidad, lo poco que me había costado (y no se refería al dinero), el escaso esfuerzo que me requería (y no hablaba de capacidad intelectual). Tardé mucho tiempo en entender a qué se refería y ahora le repito yo lo mismo a sus nietos (y hasta a mis estudiantes) que me ponen a mí la misma cara de teléfono ocupado que yo le ponía a él. Confío en que ellos, como yo, algún día entenderán.

“Pocos saben de dónde vine”, dice en la grabación. Él se esforzó, hay que señalarlo, en ocultarlo. Sin embargo, al final de su vida, tuvo la suerte de librarse de esas trabas y asumir su identidad campesina como un gesto de liberación, completamente exento de pintoresquismo.

Disfrutaba bromear con eso. Le pasó una vez que, en medio de alguna labor de la finca, tuvo que salir a la carretera todo sudoroso y enfangado, el calzón enrollado sobre unas botas viejas, con un sombrero de paja, machete en mano. Un niño del vecindario se le acercó y le dijo, como si le hablara a un marciano: “Oiga, señor, ¿usted es un jíbaro?” Mi padre, divertido, le contestó que sí, que por supuesto, y se relamió de lo lindo repitiendo después la anécdota muchas, muchas veces, hasta el final de sus días, como lo hace en la entrevista de mi prima.

La historia grabada en la cinta no termina ahí. También cuenta lo que pasó después, de sus inicios como profesor, la vida en los hospedajes de Río Piedras y su primer viaje de estudios a París, en 1946, enviado por la misma Universidad, donde se hizo muy amigo del poeta Francisco Matos Paoli. La suya es la historia de muchos otros que en aquellos tiempos emprendieron la aventura de tales transformaciones, pero todo eso es largo de contar aquí.

Por el momento, escribo este cuento con final feliz, en ocasión de las recientes batallas universitarias, como una forma de convocar los buenos ánimos. Ya nos tocará rememorar la historia de estos tiempos y, con suerte, tal vez encontraremos a alguien escuchando.