
He hecho un esfuerzo personal brutal en los últimos meses: no ir a
Marshall’s. No ir y punto. Ni para la terapia de duelo ni para la
reinvención personal ni para la terapia pura (esta última, coger el
carrito, repasar minuciosamente toda la tienda seleccionando objetos
maravillosos, hasta exóticos, ridículamente económicos y, más tarde, atacuñarlo lleno de chucherías en la esquina más cercana para inmediatamente desaparecer de la tienda con esa ligereza de espíritu, ese sentido de libertad, esa paz interior.)
Fue mi mamá quien me introdujo a la cultura Marshall’s hace muchos
años. Ella siempre fue una compradora compulsiva y -ahora que soy
adulta y analizo mi propio comportamiento irracional- me consuelo
pensando que fue su culpa que yo lo heredara. O lo aprendiera, da
igual.
Mi madre podía quejarse hasta el cansancio de que no tenía dinero pero su visita al salón de belleza era una constante, por lo menos semanal. Cuando yo era chiquita y no existían los celulares, si no la encontraba en la oficina o en la casa, la llamaba al salón de belleza.Sus uñas siempre estuvieron impecablemente rojas, su pelo siempre sin
signos de crecimiento, y sus productos de la piel y maquillajes jamás eran de farmacia. Podía quejarse de la pelambrera pero sus artículos y rutinas de belleza entraban siempre en el presupuesto de las cosas básicas, casi de primera necesidad.
Era una mujer extremadamente hacendosa con su imagen y de un gusto refinadísimo aunque no era de ninguna manera ni rica ni comemierda. Por el contrario, fue la mujer más gregaria y campechana que yo -y mucha gente- haya conocido jamás; una fórmula de personalidad realmente rica y paradójica. Fue feminista hard core, independentista rabiosa y estudiante radical pero siempre hacía la cómica salvedad de que a ella, en esos tiempos, por más pobre que fue, nadie nunca la vio mal vestida ni despeinada. Nada de chancletas ni mahones ni camisas de franela. Nada de caras sin maquillaje ni uñas cortas ni melenas despeinadas.
Ella, que toda la vida compró –sin quejarse, como felizmente resignada- las cosas del hogar a los precios casi inmorales de Velasco y González Padín, apenas podía creer la oportunidad que se abría con la llegada de Marshall’s y sus "marcas famosas por mucho
menos". La misma conducta capitalista de los anteriores pero con los precios competitivos del neoliberalismo y la transnacionalidad. Lo que antes gastaba en una sola vajilla, ahora le daba para decorar la casa entera, vestirse, bañarse, cocinar y hacer regalos.
Para mí, fue toda una experiencia que ella me llevara a esa tienda por
primera vez. Yo era universitaria, salía a pasar una temporada en
otro país y ella me quería comprar alguna ropa. No fue sólo la
breve euforia de poder elegir tantas cosas bonitas por tan poco
dinero. Era esa sensación -entonces irreconocible- de tener a alguien
en el mundo. Alguien que te cuidaba. Que, sin preguntarte, sabía que
necesitabas ropa y zapatos y brasieres y te los compraba como si se
tratara de una gran aventura: "¡Mira qué bello ese color!”, “Nena, vas a matar con ese vestido”, “¡Cristo pelú de las patas largas! ¿Qué a ti te gusta eso?”.
Hace apenas dos años, cuando ya Mami estaba terminantemente enferma, pasando horas en la cama viendo novelas para olvidarse del cáncer, yo la estaba cuidando una noche y tenía que ir a comprarle algo a mi tía, que salía de viaje. "Mami, tengo
que ir a Marshall’s”, le dije. “Regreso super rápido". Le di un beso y, saliendo por la puerta de su cuarto, sentí que ella me seguía mirando. Cuando me volteé, en efecto, me sonreía con los ojos bien iluminados. Inspeccioné brevemente la connotación de esa mirada. "¿Tú quieres venir?", le pregunté con extrañeza y complicidad. "Sí", contestó sin pensarlo dos veces. "Pues vámonos que cierran a las nueve", dije, como sin que me preocupara que una persona en su estado saliera a comprar algo al mall más cercano. "Me voy así mismo, ¿verdad?", comentó ella de prisa, señalando su vestimenta de pantalón corto. Se puso unas sandalias, le cambié su tanque de oxígeno por uno portátil y, con una energía nueva, se montó en el auto y nos fuimos contentísimas por la noche como si nada extraordinario estuviera ocurriendo.
Quedaba justo una hora para que cerraran la tienda, cuando nos
estacionamos. Mami lo tenía bien claro y por eso, creo, organizó un
mapa mental de cómo debía hacer su recorrido para abarcarlo todo en 60
minutos. Tan pronto entramos, comenzó a andar acelerada e
independientemente. No parecía que le faltara el aire como de
costumbre o, por lo menos, si le faltaba, no le estaba causando un
problema mayor. Vi cómo peinaba cada departamento con visión y
agilidad, recogiendo objetos estupendos y tirándolos al carrito de
compras con un sentido asombroso de liberación. No me cabe duda de
que, en esa hora, fue la mujer más feliz del mundo. Lo elegía todo sin
medírselo: un vestido que usaría para un homenaje que iba a recibir en
esos días; unas sandalias para acompañarlo pues ya le era imposible
usar sus tacos altos; una cartera minúscula ahora que las cuentas las
llevaba otra persona y no tenía mucho que cargar; varios pantalones y
blusas para ir al médico y a sus laboratorios ahora que estaba tan
delgada; jabones, cremas hidratantes y varios regalos para sus
hermanas y las mías. Esta vez me di el gran gusto de comprárselo yo
todo, como ella había hecho tantas veces en mi vida.
Los objetos adquiridos fueron tema para varios días, mientras se los
mostraba a las hermanas y amigas que la visitaban. Llegado el día del
homenaje, se vistió y preparó con ese cierto sentido ceremonial y
placentero de las ocasiones importantes, de los ajuares planificados
con minucia y expectativa. Sé que se sintió bella, delgada, exitosa,
feliz. Sé que se sintió admirada, amada; que esa noche no le importó
el cáncer ni la muerte cercana ni sus inminentes despedidas.
Meses después, cuando habían pasado varias semanas desde su muerte, yo
necesitaba un descanso emocional y, al salir del trabajo, me fui a
la tienda en cuestión a ver cosas, a pensar en nada y despejarme de tanta
intensidad.
Pero qué va. El paseíto fue peor que si me hubiese sentado
sola en el mismo medio de su casa inhabitada. En cada departamento
había algo que ella hubiese comprado o deseado: una carterita en forma
de cajita de tabacos, un gel de lavanda, un set de ropa
interior con encajes, una pijama cómoda pero bonita para su vida en la
cama.
Ante el reflejo de una cacerola italiana traspuesta en la sección de las alfombras persa, me derrumbé. Había sobrevivido con entereza miles de minutos de agonía, un instante de separación, decenas de discursos hermosos, cientos de pésames, miles de besos y abrazos, y ahora me hacía nada, un pedacito de mujer, una niñita, un frágil animalito ante una cacerola de una tienda por departamentos.
Así ese lugar -a sólo pasos de mi trabajo- se convirtió en mi
terapia, ya no sólo de reinvención sino también de duelo. La gente,
por supuesto, me miraba extrañadísima cuando las lágrimas empezaban a
salírseme en silencio frente a un set de toallas o cortinas de baño
(ella me había regalado las mías cuando me fui a vivir por mi cuenta y luego también cuando me emparejé).
Pero ya no voy. Llevo meses sin acudir. No sólo para curarme del
consumismo irracional y economizar sino también para no seguir
llorando mi duelo y mi orfandad alrededor de las góndolas.
Temí que, un día cualquiera, viniera el gerente a sugerirme sutilmente
que fuera mejor al cementerio. En última instancia para eso están. ¿O
no?












