jueves, 7 de mayo de 2015

Crimen perfecto (recuerdo pre-eleccionario)

Sofía Irene Cardona


   Les fastidiaron las escuelas, y levantaron los ojos al cielo en pacífica oración. Les quitaron los hospitales, y fueron humildemente a hacer cola, tarjetita en mano. Los dejaron sin trabajo, y decidieron buscarse el dinero por la izquierda. Les subieron el costo de la luz, y apagaron los interruptores. Los abarrotaron de malos administradores, peores servicios, largas filas, tremendos tapones, terrores callejeros, y se encerraron a gritarse unos a otros. Se enriquecieron a costa del erario público y, aún así, bailaron con los mandamases en la tarima al son de la victoria.

   Los políticos saben que sus víctimas lo olvidarán (eso concluyen sus estudios de mercado) y por eso les sonríen tan campantes desde los pasquines, en la televisión, tras los cristales oscuros, sobre la muchedumbre, bajo la siniestra sombra a puerta cerrada. Pronto empezará su carnaval, se están preparando:  banderas, tumbacocos, pegajosos jingles, mucha diversión. En estos días, aprovechando el furor de los indignados, las fiestas de disfraces y los cielos que anuncian las fiestas navideñas, recorrieron las avenidas escandalizando a bocinazos, tomándolas con la algarabía del carnaval. Se acercan los tiempos de la euforia.

   Los candidatos les aseguran que también ellos son “pueblo”. Tienen familias, deudas, planes, cicatrices. Se esforzarán en el intento. Algo les ofrecerán para distraerlos y asegurarles que el mundo está bien hecho:  un descuento, un cheque, una promesa, una ilusión, una gran fiesta. Invadirán las calles, las mañanas, los sueños, hasta el mismísimo cielo en avionetas.  No habrá cinta amarilla ni contingente policiaco ni vergüenza que los detenga, todo ser viviente será tablón de expresión pública.

   Ese es el plan que tienen: decretar, posar, repartir, ocupar el espacio del dominio sobre tierra, mar y cielo: cien por treinta y cinco, para la foto, para la historia, para el bolsillo, para la gloria. Cuentan con sus víctimas, las necesitan para seguir mandando, y habrá cómplices. 


   Ese es el plan, su democracia, crimen perfecto.

jueves, 8 de mayo de 2014

Porque desnudos nos ven, tal vez desnudos nos vean

Sofía Irene Cardona

La semana pasada una estudiante de la universidad causó revuelo por andar, como diría mi madre, despechugada, por los pasillos universitarios.  Cuando empecé a escribir esto, todavía no sabía que era la misma estudiante que había participado de la lectura poética la semana anterior en Humanidades, Charlene González De Jesús.  En aquella ocasión, nadie llamó a la policía.  El público, compuesto de estudiantes, profesores y decanos, escuchó su explicación, hizo un silencio respetuoso mientras ella se quitaba la camisa y escuchó el poema con igual solemnidad.   Luego de los corteses aplausos, la estudiante se retiró discretamente para darle paso al siguiente lector en turno.  Nadie más se enteró.  Estas cosas son posibles en nuestros pasillos, es cierto, y quien se escandalice, estaría fuera de lugar.  Más nos perturba la presencia de un policía armado con revólver y macana frente al Departamento de Lenguas Extranjeras, la verdad.  
“Mi cuerpo no debería ser ilegal.  No tengo vergüenza de mi cuerpo.”  Eso dijo el desesperado turista que, la misma semana del performance de Charlene, azorado por los guardias de la aduana, se puso en la pura pelota para pasme (o diversión) del resto de los pasajeros del aeropuerto de Portland.  A ver si ahora les parezco intimidante, habrá dicho mostrando sus rosadas nalgas.  A ver dónde puedo tener una bomba.  ¿Bomba dijo?  ¡Pa dentro!  A este pobre infeliz le costó caro su performance.  Unas horas en la cárcel y el retraso de su vuelo fueron el precio de su rapto de ira y espontáneo estriptís.  Bueno, pero obtuvo sus quince minutos de fama.  La noticia del viajero rebelde viajó los aires cibernéticos para plácemes de todo aquel que haya pasado por la seguridad de un aeropuerto.  Podríamos decir que John se desnudó por todos nosotros, los desesperados.
Se trataba de John Brennan; no se dice su oficio, pero sí su edad, cuarenta y ocho años llevados sin mucha gracia, a decir verdad.  No se hagan ilusiones, no es George Clooney.  El hombre sale en las fotos como su madre lo trajo al mundo, pero con una barba profusa y espejuelos azules.  Al día siguiente, retomó su camino, sin protestar ni llamar mucho la atención.  Me imagino lo que habrán pensado los guardias de la aduana cuando lo vieron pasar nuevamente por las rutinas de seguridad.  Ellos protestan, nosotros mandamos.
Así es casi siempre, pero a pesar de los incontables fracasos, continuamos protestando, desnudos o con ropa.  No renunciaremos jamás, como diría Mafalda, al derecho al pataleo; y si es desnudos, mejor.  Pues sucede que esto de las protestas nudistas es una fiebre global.  Ha habido desde protestas organizadas, como los días internacionales del ciclonudismo, hasta espontáneos estriptises como el de Brennan, y manifestaciones nudistas con ánimos más traviesos que reivindicadores, como la de los muchachos filipinos.  Los miembros de una de las fraternidades más prestigiosas de la Universidad de Manila, hacen su carrera nudista encapuchados, entre los chillidos entusiastas de las universitarias, cada vez por una causa distinta, cada diciembre: el cambio climático, la suciedad de los ríos, cosas así.  Aparecen en los vídeos con una siniestra capucha en la cabeza, pero con una rosa en la mano.  La imagen es algo perturbadora, más por el adorno en la cabeza que por la desnudez de los muchachos.
Más serias parecen ser las protestas frecuentes de ambientalistas mejicanos de Anima Naturalis (a las que, según cuentan, hasta los guardias están acostumbrados), y las protestas por causas específicas, como la que se hizo contra la explotación minera en el sector Frailejanas de Colombia, la de artistas de Caracas en abril del 2008, por la destitución del director del Museo Mateo Manure, la inglesa que hizo yoga en pura pelota sobre un taxi para protestar contra el envío de tropas a Afganistán o el muchacho que se desnudó el pasado 21 de mayo frente a los carabineros chilenos en Valparaíso y gritó:  “¡Libertad al cuerpo!”
En una página de nudistas venezolanos preguntan la opinión acerca de las protestas nudistas y responde un tal Hermán Malavé:  “Creo que es la manera más sincera de expresar una idea y demostrar que no se quiere violencia, que no se tiene nada que esconder”.  Eso mismo pensaba el pobre Brennan, y ya ven lo que pasó.  Sin embargo, no es del todo mala idea.  En plena huelga UPR, apareció la noticia de la carrera anual de los encapuchados jóvenes filipinos.  En esa ocasión recuerdo que a alguien se le ocurrió que tal vez la estrategia podía funcionar en Río Piedras: protestar desnudos y con capucha.  “Les aseguro que así llamamos la atención”, dijo el proponente.  Que se desnuden todos y entren al Recinto en la pura pelota y ya verán cómo tenemos la prensa (y entonces no sabía que, también, la policía) pendiente de nuestras palabras.  Imagínense el cuadro.
Recuerdo de niña haber escuchado sobre algún estríquin universitario.  Se había puesto de moda irrumpir corriendo desnudo en algún lugar público y escuché que tuvimos un estriqueador en la biblioteca general.  El muchacho pasó veloz por el mismo medio del refrigerado recinto para pasme de los laboriosos estofones.  No sé por qué protestaba, ni si en aquella ocasión lo arrestó la policía.  El cuento es un recuerdo muy remoto y no sé si me lo inventé, pero seguro que todo el que lo vio lo recuerda.
*  *  *
Una vez un profesor muy discreto me contó un sueño perturbador sobre la desnudez.  Soñaba que caminaba desnudo por la placita Antonia Martínez bajo un paraguas negro.  Lo extraño del sueño, contaba él, era que iba muy tranquilo y solemne, con su maletín en mano, saludando con naturalidad a la gente en su camino como todos los días.  Tardaba un rato en darse cuenta de que había olvidado vestirse, y de la tremenda vergüenza, se despertaba.
Me imagino que un sicólogo haría fiesta con ese sueño, que si el inconsciente, que si el sentido del ridículo, que si la madre, que si qué se yo.  Pero lo cierto es que, a juzgar por lo que he podido averiguar sobre el nudismo, individual o colectivo, con causa o sin ella, es un sueño común o más bien una aspiración de mucha gente atreverse a pasear desnuda por la calle.
Esta fantasía, por lo visto, universal, es la que aprovecha Spencer Tunick para sus impresionantes fotos de exteriores.  El artista nuyorquino arma imágenes con multitudes desnudas, aunque también con individuos solitarios, en espacios públicos, urbanos o salvajes.  Ha organizado sesiones fotográficas con miles de personas en los lugares más diversos:  ciudades, playas, escaleras, puentes, patios interiores, plazas urbanas, por todo el mundo:  Australia, Inglaterra, Hawaii, Irlanda, Venezuela, Brazil, y hasta en un glaciar suizo y en el Mar Muerto.  No parece ser, de hecho, una protesta, sino un acto artístico-poético de dimensiones más amplias que las de la solitaria Charlene o el espontáneo Brennan.
Sin duda, una multitud desnuda puede ser una imagen reveladora.  Es la protesta más pura, por qué no.  Desnudos se superan todas las barreras creadas por la civilización:  sin marcas, ni rastros.  Esto dicen los ciclonudistas españoles:  “Con la desnudez hacemos visible la fragilidad de nuestras carrocerías.”  Tal vez se trate de eso, de la fragilidad que queda al descubierto, sobre todo, en movimiento: cuerpo fugaz, cuerpo en huida, estríquin al fin, persiguiendo algo por rebeldía, por inspiración, por alegría, quién sabe qué, con sólo un abrigo de aire, con capucha o sin ella, en soledad o compañía:  puro vuelo y provocación.

(Abril, 2012)

domingo, 24 de noviembre de 2013

Bodine


Mari Mari Narváez

A Jennifer
Ahora sé que pasó bastante tiempo sin que yo supiera de Bodine. Es la belleza del Internet: pasan los años y no tienes que enterarte de lo que no te interesa. Vine a saber de este pequeño personaje muy recientemente, a propósito de una carta lúgubre que recibí de UBS. 
Cuando mi madre murió, separé parte del dinero de su breve herencia y abrí una cuenta pensando en la educación de mis sobrinas, a quienes no podíamos asegurarles una mejor vida que la nuestra. 
Al tener noticia oficial de mi pérdida de activos, quise encontrar respuestas. Mi inversión había sido moderada, ni siquiera riesgosa. El problema tendrá sus dimensiones pero alguien tiene que asumir el peso de las cosas. ¿No es por eso que se le paga una fortuna a cierta gente?
Recordé a aquel señor mayor que una vez vi montado en un deportivo rojo, y cuyas gafas oscurísimas y gesto imperturbable me resultaron inquietantes. Era el señor de UBS. 
Buscando su rendición de cuentas, encontré a la Lolita criolla. No le creí a una amiga cuando me dijo que aquella criatura que hablaba de celebrar sus 21 años con una fiestecita de Barbie era la novia de este señor. “No es mi asunto”, pensé, y seguí buscando, ya no por Bodine, que debe tener padre y madre que la encaminen, si es que eso todavía existe. Pero entonces me iba enterando de los viajes exóticos de esta singular pareja: Brasil, China, Nueva York, las fiestas, el champagne. Vi las fotos de su ‘felicidad’ antropológica: el señor siempre impasible, con una sonrisita a medias, como engomada en el fondo; la niña siempre sorprendida de su pequeño poder. 
Los mercados serán complejos. Pero no dejo de pensar en mi mamá: 20 años luchando con el cáncer, trabajando como leona en plena quimio, pidiendo prestado, perdiendo su casa, resolviendo como podía pero siempre pagando su seguro de vida.
Como comprenderán, aunque nadie se haga responsable de nada en este País, saber que esta niñita superdesarrollada tuvo su fiestecita de Barbie, me consuela mucho. Me parece verlos en el deportivo rojo, muy sonrientes, musitando: “Let them eat cake”.











jueves, 22 de agosto de 2013

Apretada en mi pecho


Por Mari Mari Narváez



No soporto más esta ira.

Siempre he sido de lo más moderada. Dentro del radicalismo silvestre que existe en toda independentista, siempre he evitado caer en fundamentalismos de cualquier tipo. Hasta le he reído las gracias a algún macharrán y he criticado en la intimidad del hogar a una que otra feminista ortodoxa. De hecho, últimamente sólo quiero la paz para el mundo (igual que las Misses y las primeras damas y las princesas) y desconozco cómo me he permitido esta rabia que me viene calentando desde anoche y que esta mañana me quiere explotar donde mejor puede: ante el teclado.
No me da la gana de aceptar que Miss Universo sea “la digna representante universal de la mujer” como repetía el gringo ese que estaba de maestro de ceremonia en el concurso de Miss Universo. Tampoco me da la gana de aceptar que Cynthia Olavarría haya hecho una “digna representación de la mujer puertorriqueña” como repiten todos (y todas) los que tocan el tema en la radio, en la prensa, en la televisión, en la esquina. Espero que mi madre, donde sea que esté, no haya interrumpido su paz, el eterno descanso ese del que hablan, escuchando esas imbecilidades. 
Tampoco me da la gana de aceptar que la belleza de las mujeres caribeñas deba utilizarse como atractivo turístico como dijo un periodista de mucho renombre esta mañana (no que no lo hayan hecho ya. Sólo hay que ver esos anuncios de las compañías de turismo con mujeres esbeltas y sólo un tin morenitas tomando piña colada frente al inmenso mar azul).
Los concursos son los concursos y me imagino que la mayoría de las mujeres que participa en ellos no se da cuenta o no le interesa o no cree que éstos perpetúan la estigmatización, la subestimación, estupidización y todos los ‘ción’ no sólo de ellas sino de todas las mujeres del mundo. Lamentablemente, es la vía que toman muchas jóvenes para coronar sus sueños de ser modelos, estrellas de la televisión, actrices, cantantes, ¡Hasta periodistas!
Sin embargo, no es sólo la mera existencia del concurso lo que me revienta sino las reacciones de los politólogos mañaneros y otros periodistas alabando la participación de la “beldad boricua” (¿alguien alguna vez utiliza esa palabra para algo que no sea una Miss?). No sólo la alaban físicamente, lo cual no me resultaría malo. La chica es muy bonita y todo lo que quieran. Esta mañana (escribo esto un día después del concurso) la alababan, veneraban, la felicitaban reiteradas veces por su “brillante participación”, por su “gran respuesta” a la pregunta de rigor que hacen a las últimas cinco finalistas.
Si la vergüenza me quería matar anoche… Lo siento pero no puedo evitarlo. Seré reaccionaria, conservadora, los posmodernos que me llamen como quieran pero, mientras la veía contestar la pregunta sobre qué frustración en su vida le había servido más como aprendizaje, me preguntaba qué pensarían las cientos de miles de mujeres que recientemente perdieron a sus hijos, a sus esposos, a sus amigas, a sus madres, en el tsunami que tomó desprevenida a Tailandia (país donde se celebró el concurso) y otros países vecinos en plena Navidad pasada. 
Mientras nuestra Miss contaba (en su inglés enredadísimo. ¿Alguien entendió todo lo que dijo?) con tanta solemnidad la gran frustración de su vida: perder en su primer concurso de Miss Puerto Rico, yo sólo sentía deseos de esconderme debajo de la sábana para que las mujeres de Tailandia, de la India, de Indonesia, Sri Lanka, todas las que sufren y sufrirán por siempre la tragedia natural más brutal de nuestros tiempos, no pensaran que, por estar viéndolo, yo celebraba la estupidez generalizada del maldito concurso ese que nunca ha debido existir. Y ahora que me perdonen la linda Dayanara, Marisol la 'zen', Denise la dulce y natural, Deborah la semi-inteligentona, todas me perdonan, no tengo nada en contra de ustedes, de sus famas, de sus carreras y sus sueños que son tan legítimos como los míos; no tengo nada personal en contra de quienes defienden a la Miss Universe porque exacerba nuestra puertorriqueñidad. Pero yo, tan moderada, tan poco dada al extremo o al fanatismo político, sólo tenía deseos de huir -así mismo, según estaba, en tishél, con el pelo enredao’, descalza, con la sábana amarrada al cuello como la mujer maravilla- hasta el coliseo tailandés y allí, en plena entrada y salida de los automóviles, acostarme en el piso con una pancarta enorme que leyera: ‘Muerte al concurso’, ‘¡Basta ya!’, ‘Dignidad ahora’. O lo que fuera. Cualquier cosa que expresara mi indignación, mi vergüenza ajena, mi rabia. Una frase escogida al azar de entre todas esas que se usan en todas partes. Algo que me tranquilizara, que me consolara, que me prometiera que al otro día volvería a mi micro-vida habitual donde las mujeres son sabias y respetables.
Pero mi situación empeoraba. Tanto, que comprendí mejor que nunca a los kamikazes. Para serles sincera, la afinidad fue tanta y tan repentina que me aterroricé. Y sólo la mera posibilidad de que me fuera a dar un ataque de mártir me devolvió a mi hermosa y cerradísima realidad: a mi mundo más próximo donde la gente me quiere por lo que soy, por lo que hago, y no por la ropa que me pongo para verme más flaca.  
Por eso, después de asegurar que ganaría la canadiense (sí, porque recuerden que la inteligencia y la elocuencia tienen su importancia en estos certámenes. Tanto, que sólo les permiten hablar a las últimas cinco finalistas), y esperar el desenlace (qué más da), me escondí completamente debajo de las sábanas y me dormí con Elfriede Jelinek -¡Viva por siempre Elfriede Jelinek!- apretada en mi pecho. Lo más apretada en mi pecho que pude.

jueves, 20 de junio de 2013

Si tan solo Pérez Reverte tuviera un ángel (cualquiera)



Mari Mari Narváez
Especial para En Rojo




Nada peor que un escritor casi sesentón con exceso de nostalgia y autoestima. Pobre del par de mujeres que le pase de frente y lo mire, porque el señor no pensará que lo observan dado que le reconocen por sus libros o por el periódico (o porque lleve un pedazo de espinaca atorado en un diente). No, el escritor nostálgico y confiado pensará que lo miran con pasión y sentido de posibilidad. Peor aún, cuando se acerque su próxima entrega periodística y no encuentre qué escribir, publicará una columna dominical sobre aquel par de mujeres inofensivas: “unas focas desechos de tienta que pasan junto a nosotros, vestidas con pantalón pirata, lorzas al aire y camiseta sudada; creyendo, las infelices, que nuestro ‘por allí resopla’ va con ellas”.

      Sí, esas palabras son de Arturo Pérez Reverte, quien cuenta que paseaba con Javier Marías, otro escritor español, cuando ocurrieron los hechos que relata en la nota, titulada Mujeres como las de antes.

      En su columna sindicada bajo el nombre Patente de corso y publicada en los diarios El País de España y La Nación de Argentina, el escritor se lamenta muchísimo de que las mujeres ya no sean como antes (o sea, como en sus tiempos).

      “Mujeres de esas que pisaban fuerte y sentías temblar el suelo a su paso. Mujeres de bandera”, dice, y continúa explicando: Las que se ponían “esas medias con costura sobre zapatos de aguja, comenta Javier con sonrisa nostálgica. Esas siluetas, añado yo, gloriosas e inconfundibles: cintura ceñida, curva de caderas y falda de tubo ajustada hasta las rodillas. Etcétera”.

      Dice el escritor que aquello no sólo se veía en el cine sino en la vida real (lo duro de la nostalgia irreversible, la del tiempo transcurrido, es que siempre glorifica patéticamente el pasado).

      “Hasta las niñas, en el recreo, se recogían con una mano la falda del babi y procuraban caminar como las mujeres mayores, con suave contoneo condicionado por la sabia combinación de tacones, falda”, dice el escritor. “En aquel tiempo, las mujeres se movían como en el cine y como señoras porque iban al cine y porque, además, eran señoras”.

      Ese caché ya no ocurre, insiste, pues “no se pasa así como así de sentarse despatarrada, el tatuaje en la teta y el piercing en el ombligo a unos zapatos de Manolo Blahnik y un vestido de Chanel o de Versace”.

      Pero ojalá se quedara ahí no más el artículito. No. Tal parece que, ante la falta de experimentación en sus novelas, quiso compensar con esta columna, impregnándola con algo de shock, que está muy de moda.

      Entonces remetió escribiendo que, en su paseo de ligones frustrados por la Puerta del Sol de Madrid, a él y a Marías se les cruzó "una rubia de buena cara y mejor figura, vestida de negro y con zapatos de tacón, que camina arqueando las piernas, toc, toc, con tan poca gracia que es como para, piadosamente -¿acaso no se mata a los caballos?-, abatirla de un escopetazo".

      Imagínense. ¿No se suponía que los hombres de antes (como éste) tuvieran finos modales de caballeros? De seguro ya Pérez está muy viejo para aprenderlos, lo que no hace sino agudizar la ausencia de esa noción tan básica y valiosa que todo escritor debe aprender a manejar: el silencio.

      Traducido a la hoja, la ausencia de sonido es un espacio vacío, una palabra no escrita, una idea enterrada, algo de lo que se puede prescindir. “El silencio es lo que no tiene precio mientras las palabras se abaratan de tanto usarse”, escribió el poeta Oliviero Girondo.

      No se escribe todo lo que se piensa, Sr. Pérez. La censura es censurable, mas no así la autocensura, que es sólo una herramienta social de las más básicas. De hecho, yo creía que era instintiva pero veo que estaba equivocada. Entonces, señor Pérez, a ver si le repito para no dejar lugar a dudas: Mire, hay cositas tan y tan aberrantes que pasan por nuestras mentecitas que, no importa si se es el mejor escritor del mundo, cuando no es ficción lo que se está escribiendo, una se las queda.

      ¿Alguna vez ha escuchado ese lema central de la moda que dice ‘less is more’? (Permítame traducírselo por si no maneja usted el inglés: ‘Menos es más’). Pues sepa que el dicho de los diseñadores es también absolutamente pertinente para los escritores.

      Sé que sería mucho pedirle que no pensara como un sicópata. En el mundo de la mente, como en el del corazón, no hay manipulación que valga. Pero un poco de silencio, don Arturo, tan solo eso, no le viene mal ni al artista más estrambótico.

      La verdad, ahora que lo pienso, a mí me encantaría decir a los cuatro vientos y a nombre de todas mis amigas solteras que ya los hombres no son lo que eran. Una tiene que aguantar chocarse con ellos en las tiendas (ese espacio que solía ser de esparcimiento y respiro femenino) y pelearse en las góndolas por objetos que no se suponía que les pertenecieran (pinzas, cremas olorosas, productos para el cutis, correas, ¡hasta carteras!).

      “Es la posmodernidad”, tiene una que decirse. “Y también los hombres tienen que liberarse”.

      Me encantaría admitir públicamente que cada día es más cuesta arriba para las mujeres hallar aquella virilidad prometedora de las películas de Robert Redford. Pero me lo callo (oops!); primero porque mis maestros periodistas me enseñaron a evitar la generalización. Y segundo, porque soy una mujer de este tiempo, que es el único de mi vida. Si una no vive enamorada de su tiempo no veo cómo pueda enamorarse de un hombre en vida; y eso, honestamente, sería demasiado funesto para mi débil espíritu.

      En los años 20 del siglo XX, Virginia Woolf escribió en su ensayo El ángel en la casa que, a la hora de escribir, las mujeres tenían un ángel detrás interponiéndose entre lo que pensaban y sentían y aquello que escribían. Si bien Woolf utilizó esa idea para explorar la represión emocional a la que estaban sometidas las mujeres, sobre todo las escritoras, cuando releo el ensayo, se me antoja preguntarme: ¿Qué pasó con el ángel de ciertos escritores?

      Y es que vuelvo a ese párrafo homicida y me doy cuenta de que no tengo cuerpo pa’ eso, como dicen los españoles.

      "Una rubia de buena cara y mejor figura, vestida de negro y con zapatos de tacón, que camina arqueando las piernas, toc, toc, con tan poca gracia que es como para, piadosamente -¿acaso no se mata a los caballos?-, abatirla de un escopetazo".

Díganme la verdad. ¿Qué es lo que le pasa al baboso este?

sábado, 11 de mayo de 2013

Todavía despierta ante tu muerte



Por Mari Mari Narváez

Esa última mirada no la recordamos pues todo fue un ir y venir, o un abrir y cerrar de esas miradas, la mayoría sorprendidas, hasta cierto punto desesperadas; cual víctimas de lo desprevenido; de lo desentendido podría ser. Entonces creo que nos escuchaste cuando murmurábamos con bastante inseguridad que respirabas, que a tus animales internos no les faltaba oxígeno sino vida.

Tratábamos de engañarte, de engañarnos, según se hacía esencial la resignación. Que si era breve el tiempo, que si breves también los sofocos, los destiempos de esos minutos larguísimos y a la vez tan rápidos. Minimizábamos la enorme y super conocida complejidad de ese desarraigo final. Pretendíamos subestimarlo todo: la mortalidad, el catéter; la transición, el sedante; el último deseo, la poquita sangre que te salía por un huequito. Subestimarlo todo porque, en la última instancia, ahí donde no quedan remedios, la gente se vuelve más simple y más dócil que nunca.

Entonces tú seguías asumiendo esa postura práctica de siempre que tan poca gente te conoce. Esa postura de lo natural. Hacer que se hace todo sin grandes dramatismos. Contrario a tu vida. Nada de últimos besos ni últimas palabras mordaces ni repasos de la vida al pie de la cama. Nada de grandes despedidas ni de demasiadas lágrimas; de explicaciones grandilocuentes ni salidas graduales ni últimas cenas. Tú, nosotras. Nada de manos juntas ni sudorosas. Como si no hubiesen últimas palabras individuales, como si la familia fuera una concha completa que no se divide en individuos.
Es absurdo, dijo alguien al aire cuando el hombre que no se movía de tu lado dijo que buscaría el no sé qué. Como quien dice que iba a buscar un café lo dijo. No lo sabíamos, pero ese no sé qué era una máquina todopoderosa que llegó más rápido de lo que se cuela un café. Habías cedido al fin al sedante. Primero no te tomaba la sangre. No te tomaba nada. Puedo dar fe de que usaste tu última partícula de energía. El hombre al principio dudaba pero se levantaba, y como un resorte, cogía vida, y coraje, y apretaba un botón y se aligeraba el paso de las gotas que te entraban por el brazo trazado de violeta.

Y entonces parecía que no pasaba nada pero pasaba. Y tú ibas cediendo y el sedante sedándote. Y tratabas de abrir los ojos pero él te los cerraba. Y poco a poco comenzabas a abandonar el papel de moribunda y tomabas el papel final y firme que en ti parecía el de la tregua. Una tregua triste -tristísima, se te notaba- pero justa, afrontada, profunda y absoluta.

Caíamos ya en la resignación aparente, en la languidez de la madrugada, cuando comenzó el escalofrío. Todavía podía tolerarse. Entré de nuevo. Sabía que seguirías dormida en tu tregua. Respirabas poco, lento. Nos lo decía la máquina todopoderosa. Ya todo lo tuyo lo dictaba ella; sin titubeos, sin ansiedades, sin conciencia ni recuerdos. Sin saber que la alfombra blanca iba en el baño y el agua en una copa de cristal, que el panty debía ser nuevo y el lápiz rojo, y de Christian Dior.

Respiraste menos. Tardabas. Los números de la máquina descendían suave, delicadamente. Tu pecho se movía pero luego se movía menos y luego apenas se movía y después no se movía hasta que no se movió más. Ella miró a todas partes con cuestionamiento en los ojos como las actrices cuando hacen de locas y un papelito blanco se disparó de la máquina igual que en las ATH cuando te sale el recibo que sabe todo sobre ti.

No te moviste ni respiraste ni miraste por última vez ni recomendaste nada. Con un magno escalofrío, intolerable, compartiste conmigo la tregua para que me fuera tranquila por la autopista y me durmiera como cada día. Como cada día, pero con tu pan repartido.

Lo demás es un gentío de voces que por suerte se va alejando a las doce en punto de la noche; tocar cada objeto de un cuarto y vaciar una casa inmensa; llorar con fiereza, llorar con soledad, llorar con descanso y con desorientación en el baño, en el auto, en el libro. Lo demás es volver a la vida, vivirla como tú, sentirla como tú.
Entonces una despierta nuevamente, se restrega los ojos y vuelve a ser estable, moderna, infinita. Y se desprende. En ese eterno regreso se vacían nuestras mariposas.


(Publicado en Fuera del quicio, En Rojo, en 2004).

jueves, 18 de octubre de 2012

Desde la crueldad de los botones

Sofía Irene Cardona


“¿Por qué se vive cuando se pasa de los sesenta? Yo no lo sé
Tendría que llegar allá.”
Noel Nicola

Doña Carmelita siempre terminaba sus conversaciones llorando. A mí me parecía simpática aquella matrona de ojos oscuros y melena blanca, siempre frente al televisor, como si hubiera nacido allí y todo le hubiera sucedido en los intervalos de levantarse a tomar agua. El tiempo la había ido sembrando en aquel trono, y, desde aquel sólido e inamovible sillón, reinaba. Si cierta cosa le desagradaba, mandaba a apagar la televisión, si necesitaba algo, la ordenaba a cualquiera de sus súbditos. Desde allí, recibía visitas, vaticinaba triunfos electorales, rememoraba tiempos mejores, preguntaba por los ausentes y, finalmente, lloraba. Nosotras, las jóvenes, nos sonreíamos, condescendientes, como ante una niña majadera. Qué fácil es enfrentarse a esa imagen cuando se tienen veinte años.

La cosa, para quienes vamos llegando a la cincuentena, es distinta. Los truenos anuncian la tormenta final, la nuestra, la inevitable. Los adultos que sostenían el mundo contra el que nos rebelábamos se fueron haciendo cada vez más vulnerables, cercados por las amenazas de la ancianidad. La suerte, la salud, la herencia, ha ido salvando a algunos para una lenta y pesada muerte natural. Sobreviven así a los vigorosos jóvenes que terminan abatidos por la enfermedad, el accidente o el inoportuno golpe. Los vemos reducirse lentamente a cierta inmovilidad que a veces parece sabiduría, y a veces, simplemente, cansancio. Los miramos quietos en sus sillas y, de momento, nos asusta imaginar que aquello es como un espejo. Me los he encontrado en todas partes: en Sabana Llana, en Capetillo, en Baldrich, en Vieques.

Seguramente no fui la única en incorporar a la memoria del paisaje de mi adolescencia, la imagen de otra señora en su umbral. A cualquier hora del día la encontraba allí, como a Carmelita, sentada a la puerta de su casa, una de esas construcciones hechas a retazos, con tablas de distintos colores y cemento sin empañetar. La puerta era tan estrecha y oscura que vista desde la avenida, la mujer parecía una siniestra muñeca en su ataúd. Un aire de tranquilidad, sin embargo, rodeaba a la inmóvil y taciturna anciana. Debió haber sido la sombra del árbol de pana, o la amplitud de su propia mirada sobre el reducido, pero cambiante, panorama que, desde su perspectiva, se presentaba ante sus ojos. Posiblemente, también ella me veía pasar día tras día frente a su casa y tomaba notas de mis transformaciones, paralelas a las suyas, que ya iban concluyendo. Pero qué sabía yo entonces.

Mi madre octogenaria, otrora mujer enérgica y firme, suele en estos días pasar el tiempo como aquella mujer, en silenciosa contemplación, “cultivando la nada”. Con la mirada puesta en otra dimensión, mi madre pasa las horas como si estuviera ahorrando energías para respirar. Ahora adopta la misma actitud, el mismo gesto, de muchos ancianos que he visto desde mi niñez.

Conservo esa imagen repetida en la memoria: la anciana desconocida que vivía vigilando la avenida desde un portal de Capetillo, doña Buena sentada en su balcón frente a mi casa, el anónimo señor siempre sentando en su terraza de la avenida Hostos, la mujer de nombre afrancesado que vigilaba la calle desde su sala en Vieques. Parecen miembros de una misma cofradía. No en balde, en muchas culturas los ancianos tienen a su cargo la comunicación con el más allá. Sin duda no están aquí, la mayoría del tiempo.

Hace unos días, sin embargo, unos amigos me enviaron la noticia del suicidio de Anastasia Khoreva. Contaba el periódico que esta rusa centenaria, debilitada como toda criatura que pasa a la alta ancianidad, harta del cuerpo que se resistía a morir, y abatida por las tristezas que se acumulan por decenios, se ahorcó con una soga. Al parecer, aun tenía habilidad y energía suficientes para tamaña empresa, destreza que muchas ancianas le envidiarían. (Como le escuché decir una vez a la octogenaria Elena Poniatoska, “los botones son crueles después de cierta edad”.) Para colmo, según se informaba, no era la primera vez que Anastasia lo intentaba. Solía decirle a su gente, con cierto retintín, que había vivido lo suficiente, y yo me imagino que los familiares, todavía con la gula de la longevidad, no le harían caso a la pobre Anastasia. Puede parecernos desde acá, ahora que somos saludables, que, cueste lo que cueste, una larga vida puede ser la gran cosa.

Lo curioso es que, a juzgar por lo que leí en la internet, la historia del suicidio de la centenaria Khoreva recorrió el mundo en todas las lenguas como todo un notición. Si Anastasia se hubiera quedado sumisamente esperando la muerte, en lugar de ir a su encuentro con ayuda de la soga, nadie, aparte de su obstinada familia, se habría enterado de su deceso.

Pero no sólo llegan a la prensa historias sobre centenarias suicidas. En aquellos mismos días se publicó la noticia de la proeza de otra mujer centenaria, una tal Mary Hardison, que se lanzó al vacío en parapente para celebrar sus ciento un añitos. La audaz bisabuela, rodeada de cuatro generaciones de descendientes, declaró para los reporteros de Reuters que “solo porque eres mayor no significa que tengas que estar sentada en tu trasero todo el día.” Precisamente por ese desafío, de acento distinto al de la malograda (y, a su manera, también habilidosa) Anastasia Khoreva, fue que el cumpleaños de doña Mary se convirtió en noticia.

Buena parte de los centenarios que la sobreviven, sin embargo – y contrario al consejo de la centenaria aventurera – optan por la melancólica quietud. Desde allí nos ven pasar, como si en lugar de esperar la muerte, esperaran a que el mundo les diera alcance. Posiblemente, con el tiempo y un poco de suerte, algunos tomemos su lugar, pero resignados o desafiantes, no nos libraremos de la crueldad de los botones.

domingo, 14 de octubre de 2012

Marista Boy Meets la Américo Miranda


Mari Mari Narváez

Sé que esto puede sonarles a que me he resignado y no es así. Créanme, estoy muy indignada. Abundaré sobre ello si me sobra el espacio pero ahora quiero desaprovecharlo para decirles que siento ansias locas por pasar cuanto antes al episodio en que Marista Boy meets la Iupi, AKA Memorias del subdesarrollo.

No voy a entrar en las razones que –como antropóloga espontánea– adjudico a Marista Boy para venir a reclamar a rajatabla su puestecito en el Recinto de Ciencias Médicas, y que trascienden su deseo de alcanzar su otro puestecito: el de la gobernación. Ambos le pertenecen por nacimiento pero tanto Time Share en la Florida que ha comprado este país, tanto paquete all-inclusive y coronita de Cinderella y aquí nadie entiende el mundo mágico de los príncipes y sus consortes.

No es lo mismo llamar a la célula madre que verla venir. Quiero ver a Ricky bregando con esa ausencia perenne, el abismal espacio en que nada está en la Universidad de Puerto Rico. El pobrecito, le observo esa mirada de gato del diablo (siempre desorientado) que heredó de su madre, y pienso que todavía no sabe (tal vez nunca lo sepa) lo que es un vuelo non-stop New England - Ave. Americo Miranda, parada Centro Médico.

Cuando el joven hasta ahora asistente de investigación tenga que sacar pecho y, en efecto, montar un banco de células, un laboratorio (algo tendrá que hacer para disimular que se estará usurpando el dinero hasta que Colón baje el dedo), y se dé cuenta de que las cosas no están dadas, hechas, que tiene que montarlo todo desde la nada y sin proyectos que surtan los contenidos. Cuando se entere de que los pocos científicos que investigan de verdad en la UPR tienen que hacer de tripas corazones para mantener un laboratorio contra todo pronóstico, aparte de pasarse horas largas haciendo el trabajo que nadie quiere hacer para –invariablemente– toparse con la mendicidad de una administración corrupta y mediocre. En ese momento tal vez no lo veremos pero el niñito de papá elevará un pensamiento a las buenas madres del mundo.

Encima, Ricky estará entrando a la Facultad ya severamente desprestigiado. ¿Quién podrá tenerle algún respeto profesional sabiendo que le regalaron el contrato? Yo quisiera verle la cara cuando tenga que enfrentarse a cualquiera de los científicos que llegaron a Ciencias Médicas porque construyeron una carrera académica en las mismas universidades prestigiosas del mundo pero con verdadero sacrificio. Aquellos y aquellas que están entregados a sus investigaciones porque realmente son sus proyectos de vida. Son pocos pero los hay.

Que el proceso de contratación del niño Rosselló fue completamente deshonesto, irrespetuoso y antiuniversitario es obvio y se ha comentado hasta la saciedad. Es un atentado más a la democracia, otro acto de violencia estructural. Que han inflado dramáticamente sus méritos y capacidades para proyectarlo como si fuera un genio, también. Alguna inteligencia debe tener el muchacho, eso no lo dudo. Tanta como tantos otros. Por lo demás, al menos productividad científica se sabe que no tiene todavía. Sólo cuenta con cuatro publicaciones y dos de ellas son sólo ‘reviews’. Tiene un índice H de 2*, que se considera bajo para un chico que ya pasó su etapa post doctoral. Si esto se suma a que él mismo ha declarado tener el anhelo de gobernar a Puerto Rico, entonces la sospecha de que viene a Centro Médico a coger un chequecito para poder mantenerse mientras hace campaña electoral es completamente coherente.

Súmese a esta nefasta historia aquella publicada aquí mismo en CLARIDAD la semana pasada sobre cómo la National Science Foundation ha tenido que congelar 52 millones de dólares destinados a la investigación científica de la Universidad de Puerto Rico porque, en lugar de dedicar los fondos a la producción, los administradores de la Universidad se han dedicado a inflar sus salarios y los de sus investigadores predilectos. Eso es lo más indignante: la hipocresía, no sólo de los administradores de la Universidad sino también del Gobernador y sus allegados.

Por un lado, se proyectan como los defensores acérrimos de las Ciencias como las herramientas más fundamentales para el desarrollo. Se pasan el cuatrienio balbuceando lugares comunes acerca de una economía del conocimiento que en realidad nunca apoyan, a menos que sea para aumentar el avance científico y la productividad de empresas extranjeras que vienen a explotar al País para luego llevarse sus más de 30,000 millones de dólares en ganancias sin invertir un ápice en la Isla, ni siquiera pagando las contribuciones que corresponderían. Han llevado muy lejos su ataque contra las Ciencias Sociales y las Humanidades para favorecer los campos técnicos y científicos que, según ellos, son los únicos importantes para ese desarrollo economómico. Como si el País no estuviera plagado de violencia, desigualdad social y neo-analfabetismo, entre tantos otros padecimientos y como si todo esto no incidiera en la economía y el desarrollo. Administradores y políticos se llenan la boca con discursos clichosos sobre cómo convertirán el Recinto de Río Piedras en uno graduado y especializado en investigación científica. ¿Para qué? ¿Para seguir robándose el dinero, suplementando sus salarios sin producir? (El dinero que la NSF no tiene planes de volver a darles, por cierto) ¿Para seguir invirtiendo en edificios millonarios, en bancos de nada, en laboratorios sin proyectos de investigación?

Yo, tan bruja, fastidiando con este nene y –después de todo– si el pobre no ha publicado algo sobre las células madre ha sido por una noble causa: ha estado sacrificándose todo este tiempo escribiendo esa promesa de libro titulado Un mejor Puerto Rico es posible, para cuya publicación urgente ha revivido la moribunda Editorial de la Universidad.

La verdad, con semejante productividad, ingenio y creatividad; con esa enorme capacidad que ya está demostrando para diferenciarse de su padre, me mata de emoción este muchacho.

domingo, 22 de abril de 2012

La despedida (casi una fábula)

Sofía Irene Cardona




Hay algunas personas que disfrutan la sensación de sentirse a salvo. Se topan con un accidente automovilístico en la carretera y, después de cerciorarse de que no hay ningún conocido, aceleran por el otro carril, aliviados de quedar intactos por la desgracia. Mi tía era una de esas personas hasta que pasó lo que pasó y que a continuación contaré.

Resulta que mi tía tenía tres hijas como tres soles, tal como las que aparecen en los cuentos: una grande, una mediana, una chiquita. Eran tres niñitas timoratas que jamás se metían en líos, pero como la prudencia no es suficiente para espantar los infortunios, mi tía siempre vivía en guardia, esperando la catástrofe.

En asunto de aviones mi tía era un caso antológico. Vivía aterradísima con los viajes aéreos de su parentela y cada vez que alguno de los suyos iba o venía, arrastraba a toda la familia a presentar sus penúltimos respetos, como si el viajero fuera a servir de bala de cañón. Allá iban mis primas, la grande, la mediana y la chiquita, tan avergonzadas como aburridas, a servir de parapeto a la angustia de mi tía.

Sus despedidas solían ser llorosas y solemnes. Ya todos conocían la ceremonia. Primero daba vueltas en silencio, mirando a lontananza, luego le daba los últimos consejos al viajero en cuestión, le echaba la bendición y culminaba el rito con un abrazo tan fuerte que dejaba los riñones estropeados. A manera de epílogo emprendía una sesión de discretos y melancólicos pucheros mientras el susodicho desaparecía en la multitud, cada vez más chiquito, cada vez más lejos de su aura protectora.

Cuentan que en el sesenta y ocho la mayor de mis primas decidió irse a estudiar a Los Ángeles para lo cual, evidentemente, debía tomar un avión. A mi tía no le quedó más remedio que atragantarse la angustia y, como solía, ir a despedirla al aeropuerto. Esta vez el asunto era distinto, pues una de sus polluelas alzaba, literalmente, el vuelo. Supongo que mil cosas pasarían por su mente: cómo encomendar su hija a los espíritus del aire, cómo asegurar la divina intervención en caso de desbalance o desperfecto. Lloró como una Magdalena, jirimiqueó y lagrimeó de lo lindo, pensando en el terror de la caída, en el susto de la distancia entre el cielo y el suelo, pero también en lo lejos que estaría ahora su muchacha, tan vulnerable ahora sin su protección.

Mi tía no podía evitar pensar, por otro lado, en el mundo que para entonces se revolvía asesinando presidentes, golpeando estudiantes, empujando multitudes con chorros de manguera. Era un mundo repleto de nombres impronunciables, de enemigos feroces, de ejércitos cubiertos de maleza y napalm. Su niña, tan inocente, tan empequeñecida en su condición femenina, iría a vivir sola a una ciudad llena de extraños. De cierta forma recreaba su mismo desamparo cuando llegó a Río Piedras veinte años antes con su maleta de cartón para ilustrarse en la Universidad. Tal vez por eso lloraba tanto esa mañana, porque lloraba por ella también, por los riesgos de crecer, por el tiempo jamás recobrado, por su propia fragilidad. En fin, estaba destrozada.

La gente miraba. Esto pasaba siempre. En la mente del público espectador, mi tía solía protagonizar alguna tragedia desgarradora con su expresión desencajada y aquel llanto tan lastimoso que sólo ella, y ninguna otra criatura mortal, producía en las despedidas.

En esas estaba cuando una señora se le acercó al verla tan compungida. Cuentan que la mujer también traía cara de pena. Le puso una mano delicadamente en el hombro, ya dispuesta a unirse al cuadro de virgen dolorosa, le buscó los ojos con la mirada y le dijo muy suavecito, como si le hablara a una niña perdida:

- ¿Qué? ¿Al suyo también se lo llevan?

Todos los que estaban a su alrededor desaparecieron como por encanto. Mi tía volvió a hundir la cabeza en el pecho y dejó de sollozar. La imagen de su muchacha, perdida en las calles de los Ángeles se le confundió tras las imágenes selváticas del noticiero de las cinco. No tuvo valor, sin embargo, para desmentir a la otra doña, de manera que ambas mujeres, una con verdadero dolor y la otra con no menos verdadera vergüenza, terminaron llorando abrazadas por los hijos que les llevaban a Vietnam.

Luego mis primas fueron y vinieron muchas veces hasta que se fueron quedando una a una por allá, la grande, la mediana y la chiquita, cada cual con su vida accidentada, difícil a veces y casi siempre afortunada, como en los cuentos. Mi tía nunca dejó de ir a despedirlas y recibirlas al aeropuerto cada vez, tampoco dejó de velar el peligro en todas las ocasiones, pero jamás, jamás, volvió a llorar en los aeropuertos.