jueves, 8 de mayo de 2014

Porque desnudos nos ven, tal vez desnudos nos vean

Sofía Irene Cardona

La semana pasada una estudiante de la universidad causó revuelo por andar, como diría mi madre, despechugada, por los pasillos universitarios.  Cuando empecé a escribir esto, todavía no sabía que era la misma estudiante que había participado de la lectura poética la semana anterior en Humanidades, Charlene González De Jesús.  En aquella ocasión, nadie llamó a la policía.  El público, compuesto de estudiantes, profesores y decanos, escuchó su explicación, hizo un silencio respetuoso mientras ella se quitaba la camisa y escuchó el poema con igual solemnidad.   Luego de los corteses aplausos, la estudiante se retiró discretamente para darle paso al siguiente lector en turno.  Nadie más se enteró.  Estas cosas son posibles en nuestros pasillos, es cierto, y quien se escandalice, estaría fuera de lugar.  Más nos perturba la presencia de un policía armado con revólver y macana frente al Departamento de Lenguas Extranjeras, la verdad.  
“Mi cuerpo no debería ser ilegal.  No tengo vergüenza de mi cuerpo.”  Eso dijo el desesperado turista que, la misma semana del performance de Charlene, azorado por los guardias de la aduana, se puso en la pura pelota para pasme (o diversión) del resto de los pasajeros del aeropuerto de Portland.  A ver si ahora les parezco intimidante, habrá dicho mostrando sus rosadas nalgas.  A ver dónde puedo tener una bomba.  ¿Bomba dijo?  ¡Pa dentro!  A este pobre infeliz le costó caro su performance.  Unas horas en la cárcel y el retraso de su vuelo fueron el precio de su rapto de ira y espontáneo estriptís.  Bueno, pero obtuvo sus quince minutos de fama.  La noticia del viajero rebelde viajó los aires cibernéticos para plácemes de todo aquel que haya pasado por la seguridad de un aeropuerto.  Podríamos decir que John se desnudó por todos nosotros, los desesperados.
Se trataba de John Brennan; no se dice su oficio, pero sí su edad, cuarenta y ocho años llevados sin mucha gracia, a decir verdad.  No se hagan ilusiones, no es George Clooney.  El hombre sale en las fotos como su madre lo trajo al mundo, pero con una barba profusa y espejuelos azules.  Al día siguiente, retomó su camino, sin protestar ni llamar mucho la atención.  Me imagino lo que habrán pensado los guardias de la aduana cuando lo vieron pasar nuevamente por las rutinas de seguridad.  Ellos protestan, nosotros mandamos.
Así es casi siempre, pero a pesar de los incontables fracasos, continuamos protestando, desnudos o con ropa.  No renunciaremos jamás, como diría Mafalda, al derecho al pataleo; y si es desnudos, mejor.  Pues sucede que esto de las protestas nudistas es una fiebre global.  Ha habido desde protestas organizadas, como los días internacionales del ciclonudismo, hasta espontáneos estriptises como el de Brennan, y manifestaciones nudistas con ánimos más traviesos que reivindicadores, como la de los muchachos filipinos.  Los miembros de una de las fraternidades más prestigiosas de la Universidad de Manila, hacen su carrera nudista encapuchados, entre los chillidos entusiastas de las universitarias, cada vez por una causa distinta, cada diciembre: el cambio climático, la suciedad de los ríos, cosas así.  Aparecen en los vídeos con una siniestra capucha en la cabeza, pero con una rosa en la mano.  La imagen es algo perturbadora, más por el adorno en la cabeza que por la desnudez de los muchachos.
Más serias parecen ser las protestas frecuentes de ambientalistas mejicanos de Anima Naturalis (a las que, según cuentan, hasta los guardias están acostumbrados), y las protestas por causas específicas, como la que se hizo contra la explotación minera en el sector Frailejanas de Colombia, la de artistas de Caracas en abril del 2008, por la destitución del director del Museo Mateo Manure, la inglesa que hizo yoga en pura pelota sobre un taxi para protestar contra el envío de tropas a Afganistán o el muchacho que se desnudó el pasado 21 de mayo frente a los carabineros chilenos en Valparaíso y gritó:  “¡Libertad al cuerpo!”
En una página de nudistas venezolanos preguntan la opinión acerca de las protestas nudistas y responde un tal Hermán Malavé:  “Creo que es la manera más sincera de expresar una idea y demostrar que no se quiere violencia, que no se tiene nada que esconder”.  Eso mismo pensaba el pobre Brennan, y ya ven lo que pasó.  Sin embargo, no es del todo mala idea.  En plena huelga UPR, apareció la noticia de la carrera anual de los encapuchados jóvenes filipinos.  En esa ocasión recuerdo que a alguien se le ocurrió que tal vez la estrategia podía funcionar en Río Piedras: protestar desnudos y con capucha.  “Les aseguro que así llamamos la atención”, dijo el proponente.  Que se desnuden todos y entren al Recinto en la pura pelota y ya verán cómo tenemos la prensa (y entonces no sabía que, también, la policía) pendiente de nuestras palabras.  Imagínense el cuadro.
Recuerdo de niña haber escuchado sobre algún estríquin universitario.  Se había puesto de moda irrumpir corriendo desnudo en algún lugar público y escuché que tuvimos un estriqueador en la biblioteca general.  El muchacho pasó veloz por el mismo medio del refrigerado recinto para pasme de los laboriosos estofones.  No sé por qué protestaba, ni si en aquella ocasión lo arrestó la policía.  El cuento es un recuerdo muy remoto y no sé si me lo inventé, pero seguro que todo el que lo vio lo recuerda.
*  *  *
Una vez un profesor muy discreto me contó un sueño perturbador sobre la desnudez.  Soñaba que caminaba desnudo por la placita Antonia Martínez bajo un paraguas negro.  Lo extraño del sueño, contaba él, era que iba muy tranquilo y solemne, con su maletín en mano, saludando con naturalidad a la gente en su camino como todos los días.  Tardaba un rato en darse cuenta de que había olvidado vestirse, y de la tremenda vergüenza, se despertaba.
Me imagino que un sicólogo haría fiesta con ese sueño, que si el inconsciente, que si el sentido del ridículo, que si la madre, que si qué se yo.  Pero lo cierto es que, a juzgar por lo que he podido averiguar sobre el nudismo, individual o colectivo, con causa o sin ella, es un sueño común o más bien una aspiración de mucha gente atreverse a pasear desnuda por la calle.
Esta fantasía, por lo visto, universal, es la que aprovecha Spencer Tunick para sus impresionantes fotos de exteriores.  El artista nuyorquino arma imágenes con multitudes desnudas, aunque también con individuos solitarios, en espacios públicos, urbanos o salvajes.  Ha organizado sesiones fotográficas con miles de personas en los lugares más diversos:  ciudades, playas, escaleras, puentes, patios interiores, plazas urbanas, por todo el mundo:  Australia, Inglaterra, Hawaii, Irlanda, Venezuela, Brazil, y hasta en un glaciar suizo y en el Mar Muerto.  No parece ser, de hecho, una protesta, sino un acto artístico-poético de dimensiones más amplias que las de la solitaria Charlene o el espontáneo Brennan.
Sin duda, una multitud desnuda puede ser una imagen reveladora.  Es la protesta más pura, por qué no.  Desnudos se superan todas las barreras creadas por la civilización:  sin marcas, ni rastros.  Esto dicen los ciclonudistas españoles:  “Con la desnudez hacemos visible la fragilidad de nuestras carrocerías.”  Tal vez se trate de eso, de la fragilidad que queda al descubierto, sobre todo, en movimiento: cuerpo fugaz, cuerpo en huida, estríquin al fin, persiguiendo algo por rebeldía, por inspiración, por alegría, quién sabe qué, con sólo un abrigo de aire, con capucha o sin ella, en soledad o compañía:  puro vuelo y provocación.

(Abril, 2012)

domingo, 24 de noviembre de 2013

Bodine


Mari Mari Narváez

A Jennifer
Ahora sé que pasó bastante tiempo sin que yo supiera de Bodine. Es la belleza del Internet: pasan los años y no tienes que enterarte de lo que no te interesa. Vine a saber de este pequeño personaje muy recientemente, a propósito de una carta lúgubre que recibí de UBS. 
Cuando mi madre murió, separé parte del dinero de su breve herencia y abrí una cuenta pensando en la educación de mis sobrinas, a quienes no podíamos asegurarles una mejor vida que la nuestra. 
Al tener noticia oficial de mi pérdida de activos, quise encontrar respuestas. Mi inversión había sido moderada, ni siquiera riesgosa. El problema tendrá sus dimensiones pero alguien tiene que asumir el peso de las cosas. ¿No es por eso que se le paga una fortuna a cierta gente?
Recordé a aquel señor mayor que una vez vi montado en un deportivo rojo, y cuyas gafas oscurísimas y gesto imperturbable me resultaron inquietantes. Era el señor de UBS. 
Buscando su rendición de cuentas, encontré a la Lolita criolla. No le creí a una amiga cuando me dijo que aquella criatura que hablaba de celebrar sus 21 años con una fiestecita de Barbie era la novia de este señor. “No es mi asunto”, pensé, y seguí buscando, ya no por Bodine, que debe tener padre y madre que la encaminen, si es que eso todavía existe. Pero entonces me iba enterando de los viajes exóticos de esta singular pareja: Brasil, China, Nueva York, las fiestas, el champagne. Vi las fotos de su ‘felicidad’ antropológica: el señor siempre impasible, con una sonrisita a medias, como engomada en el fondo; la niña siempre sorprendida de su pequeño poder. 
Los mercados serán complejos. Pero no dejo de pensar en mi mamá: 20 años luchando con el cáncer, trabajando como leona en plena quimio, pidiendo prestado, perdiendo su casa, resolviendo como podía pero siempre pagando su seguro de vida.
Como comprenderán, aunque nadie se haga responsable de nada en este País, saber que esta niñita superdesarrollada tuvo su fiestecita de Barbie, me consuela mucho. Me parece verlos en el deportivo rojo, muy sonrientes, musitando: “Let them eat cake”.











jueves, 22 de agosto de 2013

Apretada en mi pecho


Por Mari Mari Narváez



No soporto más esta ira.

Siempre he sido de lo más moderada. Dentro del radicalismo silvestre que existe en toda independentista, siempre he evitado caer en fundamentalismos de cualquier tipo. Hasta le he reído las gracias a algún macharrán y he criticado en la intimidad del hogar a una que otra feminista ortodoxa. De hecho, últimamente sólo quiero la paz para el mundo (igual que las Misses y las primeras damas y las princesas) y desconozco cómo me he permitido esta rabia que me viene calentando desde anoche y que esta mañana me quiere explotar donde mejor puede: ante el teclado.
No me da la gana de aceptar que Miss Universo sea “la digna representante universal de la mujer” como repetía el gringo ese que estaba de maestro de ceremonia en el concurso de Miss Universo. Tampoco me da la gana de aceptar que Cynthia Olavarría haya hecho una “digna representación de la mujer puertorriqueña” como repiten todos (y todas) los que tocan el tema en la radio, en la prensa, en la televisión, en la esquina. Espero que mi madre, donde sea que esté, no haya interrumpido su paz, el eterno descanso ese del que hablan, escuchando esas imbecilidades. 
Tampoco me da la gana de aceptar que la belleza de las mujeres caribeñas deba utilizarse como atractivo turístico como dijo un periodista de mucho renombre esta mañana (no que no lo hayan hecho ya. Sólo hay que ver esos anuncios de las compañías de turismo con mujeres esbeltas y sólo un tin morenitas tomando piña colada frente al inmenso mar azul).
Los concursos son los concursos y me imagino que la mayoría de las mujeres que participa en ellos no se da cuenta o no le interesa o no cree que éstos perpetúan la estigmatización, la subestimación, estupidización y todos los ‘ción’ no sólo de ellas sino de todas las mujeres del mundo. Lamentablemente, es la vía que toman muchas jóvenes para coronar sus sueños de ser modelos, estrellas de la televisión, actrices, cantantes, ¡Hasta periodistas!
Sin embargo, no es sólo la mera existencia del concurso lo que me revienta sino las reacciones de los politólogos mañaneros y otros periodistas alabando la participación de la “beldad boricua” (¿alguien alguna vez utiliza esa palabra para algo que no sea una Miss?). No sólo la alaban físicamente, lo cual no me resultaría malo. La chica es muy bonita y todo lo que quieran. Esta mañana (escribo esto un día después del concurso) la alababan, veneraban, la felicitaban reiteradas veces por su “brillante participación”, por su “gran respuesta” a la pregunta de rigor que hacen a las últimas cinco finalistas.
Si la vergüenza me quería matar anoche… Lo siento pero no puedo evitarlo. Seré reaccionaria, conservadora, los posmodernos que me llamen como quieran pero, mientras la veía contestar la pregunta sobre qué frustración en su vida le había servido más como aprendizaje, me preguntaba qué pensarían las cientos de miles de mujeres que recientemente perdieron a sus hijos, a sus esposos, a sus amigas, a sus madres, en el tsunami que tomó desprevenida a Tailandia (país donde se celebró el concurso) y otros países vecinos en plena Navidad pasada. 
Mientras nuestra Miss contaba (en su inglés enredadísimo. ¿Alguien entendió todo lo que dijo?) con tanta solemnidad la gran frustración de su vida: perder en su primer concurso de Miss Puerto Rico, yo sólo sentía deseos de esconderme debajo de la sábana para que las mujeres de Tailandia, de la India, de Indonesia, Sri Lanka, todas las que sufren y sufrirán por siempre la tragedia natural más brutal de nuestros tiempos, no pensaran que, por estar viéndolo, yo celebraba la estupidez generalizada del maldito concurso ese que nunca ha debido existir. Y ahora que me perdonen la linda Dayanara, Marisol la 'zen', Denise la dulce y natural, Deborah la semi-inteligentona, todas me perdonan, no tengo nada en contra de ustedes, de sus famas, de sus carreras y sus sueños que son tan legítimos como los míos; no tengo nada personal en contra de quienes defienden a la Miss Universe porque exacerba nuestra puertorriqueñidad. Pero yo, tan moderada, tan poco dada al extremo o al fanatismo político, sólo tenía deseos de huir -así mismo, según estaba, en tishél, con el pelo enredao’, descalza, con la sábana amarrada al cuello como la mujer maravilla- hasta el coliseo tailandés y allí, en plena entrada y salida de los automóviles, acostarme en el piso con una pancarta enorme que leyera: ‘Muerte al concurso’, ‘¡Basta ya!’, ‘Dignidad ahora’. O lo que fuera. Cualquier cosa que expresara mi indignación, mi vergüenza ajena, mi rabia. Una frase escogida al azar de entre todas esas que se usan en todas partes. Algo que me tranquilizara, que me consolara, que me prometiera que al otro día volvería a mi micro-vida habitual donde las mujeres son sabias y respetables.
Pero mi situación empeoraba. Tanto, que comprendí mejor que nunca a los kamikazes. Para serles sincera, la afinidad fue tanta y tan repentina que me aterroricé. Y sólo la mera posibilidad de que me fuera a dar un ataque de mártir me devolvió a mi hermosa y cerradísima realidad: a mi mundo más próximo donde la gente me quiere por lo que soy, por lo que hago, y no por la ropa que me pongo para verme más flaca.  
Por eso, después de asegurar que ganaría la canadiense (sí, porque recuerden que la inteligencia y la elocuencia tienen su importancia en estos certámenes. Tanto, que sólo les permiten hablar a las últimas cinco finalistas), y esperar el desenlace (qué más da), me escondí completamente debajo de las sábanas y me dormí con Elfriede Jelinek -¡Viva por siempre Elfriede Jelinek!- apretada en mi pecho. Lo más apretada en mi pecho que pude.

jueves, 20 de junio de 2013

Si tan solo Pérez Reverte tuviera un ángel (cualquiera)



Mari Mari Narváez
Especial para En Rojo




Nada peor que un escritor casi sesentón con exceso de nostalgia y autoestima. Pobre del par de mujeres que le pase de frente y lo mire, porque el señor no pensará que lo observan dado que le reconocen por sus libros o por el periódico (o porque lleve un pedazo de espinaca atorado en un diente). No, el escritor nostálgico y confiado pensará que lo miran con pasión y sentido de posibilidad. Peor aún, cuando se acerque su próxima entrega periodística y no encuentre qué escribir, publicará una columna dominical sobre aquel par de mujeres inofensivas: “unas focas desechos de tienta que pasan junto a nosotros, vestidas con pantalón pirata, lorzas al aire y camiseta sudada; creyendo, las infelices, que nuestro ‘por allí resopla’ va con ellas”.

      Sí, esas palabras son de Arturo Pérez Reverte, quien cuenta que paseaba con Javier Marías, otro escritor español, cuando ocurrieron los hechos que relata en la nota, titulada Mujeres como las de antes.

      En su columna sindicada bajo el nombre Patente de corso y publicada en los diarios El País de España y La Nación de Argentina, el escritor se lamenta muchísimo de que las mujeres ya no sean como antes (o sea, como en sus tiempos).

      “Mujeres de esas que pisaban fuerte y sentías temblar el suelo a su paso. Mujeres de bandera”, dice, y continúa explicando: Las que se ponían “esas medias con costura sobre zapatos de aguja, comenta Javier con sonrisa nostálgica. Esas siluetas, añado yo, gloriosas e inconfundibles: cintura ceñida, curva de caderas y falda de tubo ajustada hasta las rodillas. Etcétera”.

      Dice el escritor que aquello no sólo se veía en el cine sino en la vida real (lo duro de la nostalgia irreversible, la del tiempo transcurrido, es que siempre glorifica patéticamente el pasado).

      “Hasta las niñas, en el recreo, se recogían con una mano la falda del babi y procuraban caminar como las mujeres mayores, con suave contoneo condicionado por la sabia combinación de tacones, falda”, dice el escritor. “En aquel tiempo, las mujeres se movían como en el cine y como señoras porque iban al cine y porque, además, eran señoras”.

      Ese caché ya no ocurre, insiste, pues “no se pasa así como así de sentarse despatarrada, el tatuaje en la teta y el piercing en el ombligo a unos zapatos de Manolo Blahnik y un vestido de Chanel o de Versace”.

      Pero ojalá se quedara ahí no más el artículito. No. Tal parece que, ante la falta de experimentación en sus novelas, quiso compensar con esta columna, impregnándola con algo de shock, que está muy de moda.

      Entonces remetió escribiendo que, en su paseo de ligones frustrados por la Puerta del Sol de Madrid, a él y a Marías se les cruzó "una rubia de buena cara y mejor figura, vestida de negro y con zapatos de tacón, que camina arqueando las piernas, toc, toc, con tan poca gracia que es como para, piadosamente -¿acaso no se mata a los caballos?-, abatirla de un escopetazo".

      Imagínense. ¿No se suponía que los hombres de antes (como éste) tuvieran finos modales de caballeros? De seguro ya Pérez está muy viejo para aprenderlos, lo que no hace sino agudizar la ausencia de esa noción tan básica y valiosa que todo escritor debe aprender a manejar: el silencio.

      Traducido a la hoja, la ausencia de sonido es un espacio vacío, una palabra no escrita, una idea enterrada, algo de lo que se puede prescindir. “El silencio es lo que no tiene precio mientras las palabras se abaratan de tanto usarse”, escribió el poeta Oliviero Girondo.

      No se escribe todo lo que se piensa, Sr. Pérez. La censura es censurable, mas no así la autocensura, que es sólo una herramienta social de las más básicas. De hecho, yo creía que era instintiva pero veo que estaba equivocada. Entonces, señor Pérez, a ver si le repito para no dejar lugar a dudas: Mire, hay cositas tan y tan aberrantes que pasan por nuestras mentecitas que, no importa si se es el mejor escritor del mundo, cuando no es ficción lo que se está escribiendo, una se las queda.

      ¿Alguna vez ha escuchado ese lema central de la moda que dice ‘less is more’? (Permítame traducírselo por si no maneja usted el inglés: ‘Menos es más’). Pues sepa que el dicho de los diseñadores es también absolutamente pertinente para los escritores.

      Sé que sería mucho pedirle que no pensara como un sicópata. En el mundo de la mente, como en el del corazón, no hay manipulación que valga. Pero un poco de silencio, don Arturo, tan solo eso, no le viene mal ni al artista más estrambótico.

      La verdad, ahora que lo pienso, a mí me encantaría decir a los cuatro vientos y a nombre de todas mis amigas solteras que ya los hombres no son lo que eran. Una tiene que aguantar chocarse con ellos en las tiendas (ese espacio que solía ser de esparcimiento y respiro femenino) y pelearse en las góndolas por objetos que no se suponía que les pertenecieran (pinzas, cremas olorosas, productos para el cutis, correas, ¡hasta carteras!).

      “Es la posmodernidad”, tiene una que decirse. “Y también los hombres tienen que liberarse”.

      Me encantaría admitir públicamente que cada día es más cuesta arriba para las mujeres hallar aquella virilidad prometedora de las películas de Robert Redford. Pero me lo callo (oops!); primero porque mis maestros periodistas me enseñaron a evitar la generalización. Y segundo, porque soy una mujer de este tiempo, que es el único de mi vida. Si una no vive enamorada de su tiempo no veo cómo pueda enamorarse de un hombre en vida; y eso, honestamente, sería demasiado funesto para mi débil espíritu.

      En los años 20 del siglo XX, Virginia Woolf escribió en su ensayo El ángel en la casa que, a la hora de escribir, las mujeres tenían un ángel detrás interponiéndose entre lo que pensaban y sentían y aquello que escribían. Si bien Woolf utilizó esa idea para explorar la represión emocional a la que estaban sometidas las mujeres, sobre todo las escritoras, cuando releo el ensayo, se me antoja preguntarme: ¿Qué pasó con el ángel de ciertos escritores?

      Y es que vuelvo a ese párrafo homicida y me doy cuenta de que no tengo cuerpo pa’ eso, como dicen los españoles.

      "Una rubia de buena cara y mejor figura, vestida de negro y con zapatos de tacón, que camina arqueando las piernas, toc, toc, con tan poca gracia que es como para, piadosamente -¿acaso no se mata a los caballos?-, abatirla de un escopetazo".

Díganme la verdad. ¿Qué es lo que le pasa al baboso este?

sábado, 11 de mayo de 2013

Todavía despierta ante tu muerte



Por Mari Mari Narváez

Esa última mirada no la recordamos pues todo fue un ir y venir, o un abrir y cerrar de esas miradas, la mayoría sorprendidas, hasta cierto punto desesperadas; cual víctimas de lo desprevenido; de lo desentendido podría ser. Entonces creo que nos escuchaste cuando murmurábamos con bastante inseguridad que respirabas, que a tus animales internos no les faltaba oxígeno sino vida.

Tratábamos de engañarte, de engañarnos, según se hacía esencial la resignación. Que si era breve el tiempo, que si breves también los sofocos, los destiempos de esos minutos larguísimos y a la vez tan rápidos. Minimizábamos la enorme y super conocida complejidad de ese desarraigo final. Pretendíamos subestimarlo todo: la mortalidad, el catéter; la transición, el sedante; el último deseo, la poquita sangre que te salía por un huequito. Subestimarlo todo porque, en la última instancia, ahí donde no quedan remedios, la gente se vuelve más simple y más dócil que nunca.

Entonces tú seguías asumiendo esa postura práctica de siempre que tan poca gente te conoce. Esa postura de lo natural. Hacer que se hace todo sin grandes dramatismos. Contrario a tu vida. Nada de últimos besos ni últimas palabras mordaces ni repasos de la vida al pie de la cama. Nada de grandes despedidas ni de demasiadas lágrimas; de explicaciones grandilocuentes ni salidas graduales ni últimas cenas. Tú, nosotras. Nada de manos juntas ni sudorosas. Como si no hubiesen últimas palabras individuales, como si la familia fuera una concha completa que no se divide en individuos.
Es absurdo, dijo alguien al aire cuando el hombre que no se movía de tu lado dijo que buscaría el no sé qué. Como quien dice que iba a buscar un café lo dijo. No lo sabíamos, pero ese no sé qué era una máquina todopoderosa que llegó más rápido de lo que se cuela un café. Habías cedido al fin al sedante. Primero no te tomaba la sangre. No te tomaba nada. Puedo dar fe de que usaste tu última partícula de energía. El hombre al principio dudaba pero se levantaba, y como un resorte, cogía vida, y coraje, y apretaba un botón y se aligeraba el paso de las gotas que te entraban por el brazo trazado de violeta.

Y entonces parecía que no pasaba nada pero pasaba. Y tú ibas cediendo y el sedante sedándote. Y tratabas de abrir los ojos pero él te los cerraba. Y poco a poco comenzabas a abandonar el papel de moribunda y tomabas el papel final y firme que en ti parecía el de la tregua. Una tregua triste -tristísima, se te notaba- pero justa, afrontada, profunda y absoluta.

Caíamos ya en la resignación aparente, en la languidez de la madrugada, cuando comenzó el escalofrío. Todavía podía tolerarse. Entré de nuevo. Sabía que seguirías dormida en tu tregua. Respirabas poco, lento. Nos lo decía la máquina todopoderosa. Ya todo lo tuyo lo dictaba ella; sin titubeos, sin ansiedades, sin conciencia ni recuerdos. Sin saber que la alfombra blanca iba en el baño y el agua en una copa de cristal, que el panty debía ser nuevo y el lápiz rojo, y de Christian Dior.

Respiraste menos. Tardabas. Los números de la máquina descendían suave, delicadamente. Tu pecho se movía pero luego se movía menos y luego apenas se movía y después no se movía hasta que no se movió más. Ella miró a todas partes con cuestionamiento en los ojos como las actrices cuando hacen de locas y un papelito blanco se disparó de la máquina igual que en las ATH cuando te sale el recibo que sabe todo sobre ti.

No te moviste ni respiraste ni miraste por última vez ni recomendaste nada. Con un magno escalofrío, intolerable, compartiste conmigo la tregua para que me fuera tranquila por la autopista y me durmiera como cada día. Como cada día, pero con tu pan repartido.

Lo demás es un gentío de voces que por suerte se va alejando a las doce en punto de la noche; tocar cada objeto de un cuarto y vaciar una casa inmensa; llorar con fiereza, llorar con soledad, llorar con descanso y con desorientación en el baño, en el auto, en el libro. Lo demás es volver a la vida, vivirla como tú, sentirla como tú.
Entonces una despierta nuevamente, se restrega los ojos y vuelve a ser estable, moderna, infinita. Y se desprende. En ese eterno regreso se vacían nuestras mariposas.


(Publicado en Fuera del quicio, En Rojo, en 2004).

jueves, 18 de octubre de 2012

Desde la crueldad de los botones

Sofía Irene Cardona


“¿Por qué se vive cuando se pasa de los sesenta? Yo no lo sé
Tendría que llegar allá.”
Noel Nicola

Doña Carmelita siempre terminaba sus conversaciones llorando. A mí me parecía simpática aquella matrona de ojos oscuros y melena blanca, siempre frente al televisor, como si hubiera nacido allí y todo le hubiera sucedido en los intervalos de levantarse a tomar agua. El tiempo la había ido sembrando en aquel trono, y, desde aquel sólido e inamovible sillón, reinaba. Si cierta cosa le desagradaba, mandaba a apagar la televisión, si necesitaba algo, la ordenaba a cualquiera de sus súbditos. Desde allí, recibía visitas, vaticinaba triunfos electorales, rememoraba tiempos mejores, preguntaba por los ausentes y, finalmente, lloraba. Nosotras, las jóvenes, nos sonreíamos, condescendientes, como ante una niña majadera. Qué fácil es enfrentarse a esa imagen cuando se tienen veinte años.

La cosa, para quienes vamos llegando a la cincuentena, es distinta. Los truenos anuncian la tormenta final, la nuestra, la inevitable. Los adultos que sostenían el mundo contra el que nos rebelábamos se fueron haciendo cada vez más vulnerables, cercados por las amenazas de la ancianidad. La suerte, la salud, la herencia, ha ido salvando a algunos para una lenta y pesada muerte natural. Sobreviven así a los vigorosos jóvenes que terminan abatidos por la enfermedad, el accidente o el inoportuno golpe. Los vemos reducirse lentamente a cierta inmovilidad que a veces parece sabiduría, y a veces, simplemente, cansancio. Los miramos quietos en sus sillas y, de momento, nos asusta imaginar que aquello es como un espejo. Me los he encontrado en todas partes: en Sabana Llana, en Capetillo, en Baldrich, en Vieques.

Seguramente no fui la única en incorporar a la memoria del paisaje de mi adolescencia, la imagen de otra señora en su umbral. A cualquier hora del día la encontraba allí, como a Carmelita, sentada a la puerta de su casa, una de esas construcciones hechas a retazos, con tablas de distintos colores y cemento sin empañetar. La puerta era tan estrecha y oscura que vista desde la avenida, la mujer parecía una siniestra muñeca en su ataúd. Un aire de tranquilidad, sin embargo, rodeaba a la inmóvil y taciturna anciana. Debió haber sido la sombra del árbol de pana, o la amplitud de su propia mirada sobre el reducido, pero cambiante, panorama que, desde su perspectiva, se presentaba ante sus ojos. Posiblemente, también ella me veía pasar día tras día frente a su casa y tomaba notas de mis transformaciones, paralelas a las suyas, que ya iban concluyendo. Pero qué sabía yo entonces.

Mi madre octogenaria, otrora mujer enérgica y firme, suele en estos días pasar el tiempo como aquella mujer, en silenciosa contemplación, “cultivando la nada”. Con la mirada puesta en otra dimensión, mi madre pasa las horas como si estuviera ahorrando energías para respirar. Ahora adopta la misma actitud, el mismo gesto, de muchos ancianos que he visto desde mi niñez.

Conservo esa imagen repetida en la memoria: la anciana desconocida que vivía vigilando la avenida desde un portal de Capetillo, doña Buena sentada en su balcón frente a mi casa, el anónimo señor siempre sentando en su terraza de la avenida Hostos, la mujer de nombre afrancesado que vigilaba la calle desde su sala en Vieques. Parecen miembros de una misma cofradía. No en balde, en muchas culturas los ancianos tienen a su cargo la comunicación con el más allá. Sin duda no están aquí, la mayoría del tiempo.

Hace unos días, sin embargo, unos amigos me enviaron la noticia del suicidio de Anastasia Khoreva. Contaba el periódico que esta rusa centenaria, debilitada como toda criatura que pasa a la alta ancianidad, harta del cuerpo que se resistía a morir, y abatida por las tristezas que se acumulan por decenios, se ahorcó con una soga. Al parecer, aun tenía habilidad y energía suficientes para tamaña empresa, destreza que muchas ancianas le envidiarían. (Como le escuché decir una vez a la octogenaria Elena Poniatoska, “los botones son crueles después de cierta edad”.) Para colmo, según se informaba, no era la primera vez que Anastasia lo intentaba. Solía decirle a su gente, con cierto retintín, que había vivido lo suficiente, y yo me imagino que los familiares, todavía con la gula de la longevidad, no le harían caso a la pobre Anastasia. Puede parecernos desde acá, ahora que somos saludables, que, cueste lo que cueste, una larga vida puede ser la gran cosa.

Lo curioso es que, a juzgar por lo que leí en la internet, la historia del suicidio de la centenaria Khoreva recorrió el mundo en todas las lenguas como todo un notición. Si Anastasia se hubiera quedado sumisamente esperando la muerte, en lugar de ir a su encuentro con ayuda de la soga, nadie, aparte de su obstinada familia, se habría enterado de su deceso.

Pero no sólo llegan a la prensa historias sobre centenarias suicidas. En aquellos mismos días se publicó la noticia de la proeza de otra mujer centenaria, una tal Mary Hardison, que se lanzó al vacío en parapente para celebrar sus ciento un añitos. La audaz bisabuela, rodeada de cuatro generaciones de descendientes, declaró para los reporteros de Reuters que “solo porque eres mayor no significa que tengas que estar sentada en tu trasero todo el día.” Precisamente por ese desafío, de acento distinto al de la malograda (y, a su manera, también habilidosa) Anastasia Khoreva, fue que el cumpleaños de doña Mary se convirtió en noticia.

Buena parte de los centenarios que la sobreviven, sin embargo – y contrario al consejo de la centenaria aventurera – optan por la melancólica quietud. Desde allí nos ven pasar, como si en lugar de esperar la muerte, esperaran a que el mundo les diera alcance. Posiblemente, con el tiempo y un poco de suerte, algunos tomemos su lugar, pero resignados o desafiantes, no nos libraremos de la crueldad de los botones.

domingo, 14 de octubre de 2012

Marista Boy Meets la Américo Miranda


Mari Mari Narváez

Sé que esto puede sonarles a que me he resignado y no es así. Créanme, estoy muy indignada. Abundaré sobre ello si me sobra el espacio pero ahora quiero desaprovecharlo para decirles que siento ansias locas por pasar cuanto antes al episodio en que Marista Boy meets la Iupi, AKA Memorias del subdesarrollo.

No voy a entrar en las razones que –como antropóloga espontánea– adjudico a Marista Boy para venir a reclamar a rajatabla su puestecito en el Recinto de Ciencias Médicas, y que trascienden su deseo de alcanzar su otro puestecito: el de la gobernación. Ambos le pertenecen por nacimiento pero tanto Time Share en la Florida que ha comprado este país, tanto paquete all-inclusive y coronita de Cinderella y aquí nadie entiende el mundo mágico de los príncipes y sus consortes.

No es lo mismo llamar a la célula madre que verla venir. Quiero ver a Ricky bregando con esa ausencia perenne, el abismal espacio en que nada está en la Universidad de Puerto Rico. El pobrecito, le observo esa mirada de gato del diablo (siempre desorientado) que heredó de su madre, y pienso que todavía no sabe (tal vez nunca lo sepa) lo que es un vuelo non-stop New England - Ave. Americo Miranda, parada Centro Médico.

Cuando el joven hasta ahora asistente de investigación tenga que sacar pecho y, en efecto, montar un banco de células, un laboratorio (algo tendrá que hacer para disimular que se estará usurpando el dinero hasta que Colón baje el dedo), y se dé cuenta de que las cosas no están dadas, hechas, que tiene que montarlo todo desde la nada; cuando se entere de que los científicos que investigan de verdad en la UPR tienen que hacer de tripas corazones para mantener un laboratorio contra todo pronóstico, aparte de pasarse horas largas haciendo el trabajo que nadie quiere hacer para –invariablemente– toparse con la mendicidad de una administración corrupta y mediocre. En ese momento tal vez no lo veremos pero el niñito de papá elevará un pensamiento a las buenas madres del mundo.

Encima, Ricky estará entrando a la Facultad ya severamente desprestigiado. ¿Quién podrá tenerle algún respeto profesional sabiendo que le regalaron el contrato? Yo quisiera verle la cara cuando tenga que enfrentarse a cualquiera de los científicos que llegaron a Ciencias Médicas porque construyeron una carrera académica en las mismas universidades prestigiosas del mundo pero con verdadero sacrificio. Aquellos y aquellas que están entregados a sus investigaciones porque realmente son sus proyectos de vida.

Que el proceso de contratación del niño Rosselló fue completamente deshonesto, irrespetuoso y anti-universitario es obvio y se ha comentado hasta la saciedad. Es un atentado más a la democracia, otro acto de violencia estructural. Que han inflado dramáticamente sus méritos y capacidades para proyectarlo como si fuera un genio, también. Alguna inteligencia debe tener el muchacho, eso no lo dudo. Tanta como tantos otros. Por lo demás, al menos productividad científica se sabe que no tiene todavía. Sólo cuenta con cuatro publicaciones y dos de ellas son sólo ‘reviews’. Tiene un índice H de 2*, que se considera bajo para un chico que ya pasó su etapa post doctoral. Si esto se suma a que él mismo ha declarado tener el anhelo de gobernar a Puerto Rico, entonces la sospecha de que viene a Centro Médico a coger un chequecito para poder mantenerse mientras hace campaña electoral es completamente coherente.

Súmese a esta nefasta historia aquella publicada aquí mismo en CLARIDAD la semana pasada sobre cómo la National Science Foundation ha tenido que congelar 52 millones de dólares destinados a la investigación científica de la Universidad de Puerto Rico porque, en lugar de dedicar los fondos a la producción, los administradores de la Universidad se han dedicado a inflar sus salarios y los de sus investigadores predilectos. Eso es lo más indignante: la hipocresía, no sólo de los administradores de la Universidad sino también del Gobernador y sus allegados.

Por un lado, se proyectan como los defensores acérrimos de las Ciencias como las herramientas más fundamentales para el desarrollo. Se pasan el cuatrienio balbuceando lugares comunes acerca de una economía del conocimiento que en realidad nunca apoyan, a menos que sea para aumentar el avance científico y la productividad de empresas extranjeras que vienen a explotar al País para luego llevarse sus más de 30,000 millones de dólares en ganancias sin invertir un ápice en la Isla, ni siquiera pagando las contribuciones que corresponderían. Han llevado muy lejos su ataque contra las Ciencias Sociales y las Humanidades para favorecer los campos técnicos y científicos que, según ellos, son los únicos importantes para ese desarrollo economómico. Como si el País no estuviera plagado de violencia, desigualdad social y neo-analfabetismo, entre tantos otros padecimientos y como si todo esto no incidiera en la economía y el desarrollo. Administradores y políticos se llenan la boca con discursos clichosos sobre cómo convertirán el Recinto de Río Piedras en uno graduado y especializado en investigación científica. ¿Para qué? ¿Para seguir robándose el dinero, suplementando sus salarios sin producir? (El dinero que la NSF no tiene planes de volver a darles, por cierto) ¿Para seguir invirtiendo en edificios millonarios, en bancos de nada, en laboratorios sin proyectos de investigación?

Yo, tan bruja, fastidiando con este nene y –después de todo– si el pobre no ha publicado algo sobre las células madre ha sido por una noble causa: ha estado sacrificándose todo este tiempo escribiendo esa promesa de libro titulado Un mejor Puerto Rico es posible, para cuya publicación urgente ha revivido la moribunda Editorial de la Universidad.

La verdad, con semejante productividad, ingenio y creatividad; con esa enorme capacidad que ya está demostrando para diferenciarse de su padre, me mata de emoción este muchacho.

domingo, 22 de abril de 2012

La despedida (casi una fábula)

Sofía Irene Cardona




Hay algunas personas que disfrutan la sensación de sentirse a salvo. Se topan con un accidente automovilístico en la carretera y, después de cerciorarse de que no hay ningún conocido, aceleran por el otro carril, aliviados de quedar intactos por la desgracia. Mi tía era una de esas personas hasta que pasó lo que pasó y que a continuación contaré.

Resulta que mi tía tenía tres hijas como tres soles, tal como las que aparecen en los cuentos: una grande, una mediana, una chiquita. Eran tres niñitas timoratas que jamás se metían en líos, pero como la prudencia no es suficiente para espantar los infortunios, mi tía siempre vivía en guardia, esperando la catástrofe.

En asunto de aviones mi tía era un caso antológico. Vivía aterradísima con los viajes aéreos de su parentela y cada vez que alguno de los suyos iba o venía, arrastraba a toda la familia a presentar sus penúltimos respetos, como si el viajero fuera a servir de bala de cañón. Allá iban mis primas, la grande, la mediana y la chiquita, tan avergonzadas como aburridas, a servir de parapeto a la angustia de mi tía.

Sus despedidas solían ser llorosas y solemnes. Ya todos conocían la ceremonia. Primero daba vueltas en silencio, mirando a lontananza, luego le daba los últimos consejos al viajero en cuestión, le echaba la bendición y culminaba el rito con un abrazo tan fuerte que dejaba los riñones estropeados. A manera de epílogo emprendía una sesión de discretos y melancólicos pucheros mientras el susodicho desaparecía en la multitud, cada vez más chiquito, cada vez más lejos de su aura protectora.

Cuentan que en el sesenta y ocho la mayor de mis primas decidió irse a estudiar a Los Ángeles para lo cual, evidentemente, debía tomar un avión. A mi tía no le quedó más remedio que atragantarse la angustia y, como solía, ir a despedirla al aeropuerto. Esta vez el asunto era distinto, pues una de sus polluelas alzaba, literalmente, el vuelo. Supongo que mil cosas pasarían por su mente: cómo encomendar su hija a los espíritus del aire, cómo asegurar la divina intervención en caso de desbalance o desperfecto. Lloró como una Magdalena, jirimiqueó y lagrimeó de lo lindo, pensando en el terror de la caída, en el susto de la distancia entre el cielo y el suelo, pero también en lo lejos que estaría ahora su muchacha, tan vulnerable ahora sin su protección.

Mi tía no podía evitar pensar, por otro lado, en el mundo que para entonces se revolvía asesinando presidentes, golpeando estudiantes, empujando multitudes con chorros de manguera. Era un mundo repleto de nombres impronunciables, de enemigos feroces, de ejércitos cubiertos de maleza y napalm. Su niña, tan inocente, tan empequeñecida en su condición femenina, iría a vivir sola a una ciudad llena de extraños. De cierta forma recreaba su mismo desamparo cuando llegó a Río Piedras veinte años antes con su maleta de cartón para ilustrarse en la Universidad. Tal vez por eso lloraba tanto esa mañana, porque lloraba por ella también, por los riesgos de crecer, por el tiempo jamás recobrado, por su propia fragilidad. En fin, estaba destrozada.

La gente miraba. Esto pasaba siempre. En la mente del público espectador, mi tía solía protagonizar alguna tragedia desgarradora con su expresión desencajada y aquel llanto tan lastimoso que sólo ella, y ninguna otra criatura mortal, producía en las despedidas.

En esas estaba cuando una señora se le acercó al verla tan compungida. Cuentan que la mujer también traía cara de pena. Le puso una mano delicadamente en el hombro, ya dispuesta a unirse al cuadro de virgen dolorosa, le buscó los ojos con la mirada y le dijo muy suavecito, como si le hablara a una niña perdida:

- ¿Qué? ¿Al suyo también se lo llevan?

Todos los que estaban a su alrededor desaparecieron como por encanto. Mi tía volvió a hundir la cabeza en el pecho y dejó de sollozar. La imagen de su muchacha, perdida en las calles de los Ángeles se le confundió tras las imágenes selváticas del noticiero de las cinco. No tuvo valor, sin embargo, para desmentir a la otra doña, de manera que ambas mujeres, una con verdadero dolor y la otra con no menos verdadera vergüenza, terminaron llorando abrazadas por los hijos que les llevaban a Vietnam.

Luego mis primas fueron y vinieron muchas veces hasta que se fueron quedando una a una por allá, la grande, la mediana y la chiquita, cada cual con su vida accidentada, difícil a veces y casi siempre afortunada, como en los cuentos. Mi tía nunca dejó de ir a despedirlas y recibirlas al aeropuerto cada vez, tampoco dejó de velar el peligro en todas las ocasiones, pero jamás, jamás, volvió a llorar en los aeropuertos.

La tentación constante del melancólico profesor

Sofía Irene Cardona

Una vez tuve un profesor atravesado por la melancolía de quien siempre sospeché ciertas aspiraciones literarias. Así le llaman algunos al afán secreto por ingresar en el círculo apretadísimo de las letras.

Era un profesor desinflado. Había sido muy gordo y muy enérgico y, dicen los que lo conocieron trescientas libras antes, de mejor humor. Al parecer, el médico le recetó un régimen de vida o muerte y con la manteca perdió también la risa. Fue entonces que le dio con escribir, porque la pérdida de peso llegó acompañada de una pérdida de vigor juvenil y, tan lejos de su país, no le quedó más que soñarlo. Así que siempre estaba triste.

Caminaba por los pasillos balanceando la ceniza de un cigarillo que cargaba como cirio procesional mientras se desplazaba de oficina en oficina en misteriosas gestiones que debían más a su ansiedad que a verdaderas necesidades. Yo creo que, en realidad, mataba el tiempo para llegar a su hora de almuerzo, aunque el banquete fuera invariablemente una lata de atún con galletas y un puñado de pasas.

Afilaba todos los lápices con la misma angustia que paseaba su colilla y miraba a través de unos espejuelos de concha que casi siempre se balanceaban en la punta de su nariz, pero de vez en cuando le servían de diadema para su abundante pelo lacio. De más está decir que su recuerdo va acompañado del respeto y el cariño que todos sus estudiantes le profesábamos.

Así las cosas, Garriga, que así se llamaba, se encerraba por las tardes a escribir poesía. Muy pocos lo sabían con certeza, pero todos lo sospechábamos.

Sucede que Garriga, cuando hablaba de poesía se encumbraba y se encumbraba y nos trepaba con él a las vertiginosas nubes del lirismo hispanoamericano. Sólo alguien que ha vivido muy de cerca la poesía puede alcanzar tan altas cumbres metafóricas.

Allá arriba solía tropezar con las frases y confundirse de forma espectacular. En pleno éxtasis Garriga no distinguía las p de las b y las doble erres se le descosían en una sarta de lapsus que engordaban la antología de garrigazos que todavía hoy sus exalumnos rememoran divertidos. Eran geniales pero no los reproduzco aquí, porque desviaría la atención del asunto.

Me moría por saber qué poesía escribiría y un día me atreví a preguntarle. Después de todo, él apreciaba mi seriedad intelectual y seguramente me creyó cuando le prometí discreción absoluta. Garriga sacó de una gaveta de su escritorio un cartapacio azul prusia y me enseñó con aire confidencial sus obras completas.

Más bien se trataba de lo que restaba de ellas. Garriga había pasado tres décadas borrando y corrigiendo lo que había traído escrito de su país y le quedaban entonces sólo cuarenta y dos poemas brevísimos. Yo creo que fui la única privilegiada que accedí secretamente a los poemas de Garriga, pero seguramente él se los hubiera enseñado a cualquiera que se lo hubiera pedido.

Eran unos poemas alucinados que trataban de madrugadas y sombras, una oscuridad que se asociaba más a la distancia de la lucidez que a la cercanía de sí mismo. No creo que él pensara que eran la gran cosa, de otra manera los hubiera publicado (amigos editores no le faltaban), pero a mí me parecieron al menos dignos de ser vistos por otros ojos que no fueran los de las cucarachas.

Yo creo que Garriga sufría profundamente su afición a las letras, que hubiera sido más feliz si se hubiera entregado a su impulso creador. El pobre padecía resignado los avatares de la vida académica: la participación en comités, los tribunales de tesis, la asistencia a congresos, las reuniones de facultad. No había más que ver cómo arrastraba los pies los días de asamblea y la mirada de carnero enamorado que, en medio de las discusiones departamentales más memorables, Garriga le echaba al mundo a través de la ventana. Hubiera sido feliz en la biblioteca, atrincherado entre sus libros de Rubén Darío, con una resma de papel virgen y dos cajas de lápices afilados.

Yo recuerdo a Garriga con frecuencia, especialmente cuando debo corregir exámenes. Siempre hay algo mejor que hacer. Me acuerdo de libros que no he leído, de las historias que quisiera escribir, en fin, de las razones originales que me impulsaron a estudiar literatura. Hay veces en las que me escapo, aprovechando el despiste de uno de mis hijos, la fila del banco, la espera en el estacionamiento de la escuela, y escribo tonterías como ésta.

Sucede que hace dos meses me dieron la noticia de que Garriga había sufrido un derrame cerebral y estaba en coma. Lo fui a ver al hospital y lo encontré vagando como dentro de sí mismo, con el movimiento convulso de los que no despiertan jamás. Pregunté a su hija por los poemas, pero al parecer no sabía ella que su padre escribiera nada aparte de los memos de la oficina y las notas de sus estudiantes.

Desde entonces no he podido dejar de pensar en Garriga, pero sobre todo en lo que representa ser profesor de literatura: el gran placer de compartir una lectura, la mirada maravillada del estudiante que por fin entiende un intrincado razonamiento, el aspecto ávido del que desea explicar sus ideas, la tímida inteligencia del que nos ilumina desde su curiosidad.

Entonces entendí porqué Garriga insistía en encumbrarnos en la exégesis poética, porqué se obstinaba en hablarnos con rigor y claridad de las complejidades de Lezama, de la profunda simpleza de Martí, porqué se callaba inquieto a la espera de nuestros vacilantes comentarios. No hacía falta publicar sus cuarenta y dos poemas, porque Garriga publicaba todos los días su lectura. Para profesar la literatura, también se podía ser simplemente un profesor. Si Garriga despertara algún día, me gustaría decirle todas estas cosas y tal vez tendría el valor para preguntarle por sus poemas. Después de todo, el profesor, como solía decir él, también tiene su corazoncito.

Ahora que todos los que fuimos sus alumnos somos profesores, ahora que somos nosotros los que nos enredamos con las dobles erres, entendemos mejor la angustia y los paseos melancólicos de Garriga. Cuando nos avasalla la tentación de la literatura hay veces que nos resignamos a reproducir con nuestros estudiantes la avidez de otro menos melancólico que nosotros, que cedió al impulso y tomó el lápiz.

jueves, 12 de abril de 2012

Las certezas del profesor Teeuw


Por Mari Mari Narváez

Me conmueven los científicos cuando salen de sus laboratorios para anunciar hecatombes sobre las cuales tienen tantas certezas como incertidumbres. “Ocurrirán cosas terroríficas”, aseguran, y cuando parece que se darán la vuelta para regresar a sus cálculos y fórmulas, levantan el dedo índice levemente como quien recién recuerda un detalle importante, y lanzan su último comentario:
“Es inminente que ocurrirán. Lo que no sabemos cuándo”.

Básicamente eso dijo el profesor británico Richard Teeuw recientemente al avisar sobre la enorme posibilidad de que haya un tsunami en el Caribe: “El detonante probablemente será un gran terremoto tras la temporada de huracanes, que trae fuertes lluvias y una gran erosión costera”. El Inglés explicó que esto ocurriría como consecuencia de un terremoto que anteriormente causó el colapso del antiguo flanco del volcán Morne aux Diables.“Ese terremoto fue probablemente mucho más violento que cualquier otro ocurrido históricamente en el área en torno a Dominica. Si fue así, esto tiene implicaciones muy graves, porque incrementa la posibilidad de un catastrófico tsunami en el Caribe”.

El señor Teeuw subraya su incertidumbre en los momentos más tensos de la noticia, cuando asegura que esto “podría pasar dentro de cien años, o la próxima semana”.

Siempre que los señores científicos hacen una aseveración atroz, de inmediato añaden: “No hay que ser alarmistas” (es una cita del profesor Teeuw quien, en este punto, comienza a demostrar una nueva e inaudita ligereza al hablar). “No hay que pensar en un gran tsunami que alcanzará todo el Caribe”, continúa diciendo, como si a estas alturas pudiera prevenir el pánico. “La isla de Guadalupe actuaría como un frontón y el único efecto añadido podría ser una vuelta de las olas a Dominica”.

En este momento, ya me he comido las uñas y arrancado varios mechones de pelo de raíz. Él lo dice como quien, de hecho, vive a miles de millas de distancia de Guadalupe. Es más, lo dice casi como si Guadalupe no existiera o no fuera a circular esta nota de cable por las páginas de sus diarios. En fin, que después que Guadalupe y Dominica queden destrozadas, todo seguirá muy bien. No entiendo nada pero tampoco es el propósito de esta columna llegar a comprender la compleja psíquis de un geólogo francés. Que diga, inglés.

Estas son aparentemente las circunstancias. O mejor dicho, nuestras circunstancias (que no las del profesor Teeuw). Bien.

He sentido tres temblores fuertes en los últimos meses. En el primero, me metí debajo de la cama. Mientras escuchaba las ventanas retumbando y llamaba a mis familiares para despedirme, me percaté de que podía caer al primer piso de la casa, fracturarme gran parte de mi cuerpo, y tanto la cama como el techo del segundo piso me caerían encima de todos modos.
En el segundo temblor, salí corriendo al patio trasero, que queda junto a un barranco. Allí parada, me preocupó que la casa se nos cayera encima. En el tercero, por aquello de variar la táctica, corrí escaleras abajo, salí frente a la casa y me metí dentro del carro, donde seguramente también podría caerme encima, si no la casa, al menos varios árboles gigantes que la rodean. Ni hablar de los cables eléctricos.

El asunto es que aquí nadie sabe lo que tendría que hacer en caso de un terremoto, empezando por mí, y a pesar de que he buscado compulsivamente información por Internet cada vez que he sentido la tierra moverse. Hasta he llegado al absurdo de pensar que la razón por la que el Gobierno no mueve un dedo por educarnos sobre los pasos a seguir en caso de un terremoto, es porque tal vez no existan tales pasos. Mientras más analizo lo que debería hacer ante una tragedia natural como ésta, más sospecho que será sólo cuestión de suerte pues todas las alternativas me parecen malas. Ni hablar de ese mito de pararse debajo del marco de una puerta. Lo siento, pero no confío. (Nadie nunca ha podido explicarme la lógica de esta medida).

De todos modos, sí tenemos certeza de algo, y es que los servicios de emergencias en Puerto Rico van de mal en peor. El otro día fallecieron dos hombres ahogados en Playa Escondida, Fajardo. La novia de uno de ellos por poco se ahoga también pero pudo liberarse de la corriente marítima que la había atrapado al igual que a su novio y su amigo. Se salvó ella sola, me lo contó un grupo de amigos que se encontraba allí y que fueron los responsables de llamar al 911. Sin embargo, los rescatistas del Gobierno se adjudicaron ante la Prensa el haberle salvado la vida a la joven. Mintieron, no sé con qué propósito.

Cuando la primera unidad llegó a la playa, la muchacha ya estaba fuera. También llegaron tarde. Tardísimo. Y sin los instrumentos adecuados para rescatar gente en el mar. De hecho, la lancha y el helicóptero llegaron una hora después de la llamada, tan sólo a tiempo para recoger uno de los cadáveres (el otro no apareció sino hasta varios días después).

Fueron los paramédicos los primeros en llegar a la escena, treinta minutos después de la llamada al 911 y tras haber llamado de vuelta un par de veces preguntando si los pacientes “se encontraban fuera del agua pues nosotros no podemos mojarnos”.
Cuando finalmente llegaron, a pesar de que eran varios, lamentablemente eran todas personas obesas o en sobrepeso, y apenas podían caminar por la playa pues carecían de la agilidad y condición física para ello. Los paramédicos llegaron a tiempo para observar cómo los dos hombres terminaban de ahogarse. Ninguno se tiró al agua. Quienes único lo hicieron fueron unos empleados de Recursos Naturales que, con una soga y una tabla, se tiraron con todo y mahones (lo que dificulta su movimiento en el agua) pero no pudieron dar con los hombres pues sus cabezas ya no se veían.

Mis amigos, traumatizados, me revelaron sus fuertes sospechas de que, si nosotros los ciudadanos no estamos preparados para un terremoto o tsunami, mucho menos lo están los servicios de emergencias del País.

Ante esta brutal certeza, me pregunto qué tendría que decir el profesor Teeuw.

domingo, 9 de octubre de 2011

Duelo trasnacional



Por Mari Mari Narváez

He hecho un esfuerzo personal brutal en los últimos meses: no ir a Marshall’s. No ir y punto. Ni para la terapia de duelo ni para la reinvención personal ni para la terapia pura (esta última, coger el carrito, repasar minuciosamente toda la tienda seleccionando objetos maravillosos, hasta exóticos, ridículamente económicos y, más tarde, atacuñarlo lleno de chucherías en la esquina más cercana para inmediatamente desaparecer de la tienda con esa ligereza de espíritu, ese sentido de libertad, esa paz interior).

Fue mi mamá quien me introdujo a la cultura Marshall’s hace muchos años. Ella siempre fue una compradora compulsiva y -ahora que soy adulta y analizo mi propio comportamiento irracional- me consuelo pensando que fue su culpa que yo lo heredara. O lo aprendiera, da igual.

Mi madre podía quejarse hasta el cansancio de que no tenía dinero pero su visita al salón de belleza era una constante, por lo menos semanal. Cuando yo era chiquita y no existían los celulares, si no la encontraba en la oficina o en la casa, la llamaba al salón de belleza. Sus uñas siempre estuvieron impecablemente rojas, su pelo siempre sin
signos de crecimiento, y sus productos de la piel y maquillajes jamás eran de farmacia. Podía quejarse de la pelambrera pero sus artículos y rutinas de belleza entraban siempre en el presupuesto de las cosas básicas, casi de primera necesidad.

Era una mujer extremadamente hacendosa con su imagen y de un gusto refinadísimo aunque no era de ninguna manera ni rica ni comemierda. Por el contrario, fue la mujer más gregaria y campechana que yo -y mucha gente- haya conocido jamás; una fórmula de personalidad realmente rica y paradójica. Fue feminista hard core, independentista rabiosa y estudiante radical pero siempre hacía la cómica salvedad de que a ella, en esos tiempos, por más pobre que fue, nadie nunca la vio mal vestida ni despeinada. Nada de chancletas ni mahones ni camisas de franela. Nada de caras sin maquillaje ni uñas cortas ni melenas despeinadas.

Ella, que toda la vida compró –sin quejarse, como felizmente resignada- las cosas del hogar a los precios casi inmorales de Velasco y González Padín, apenas podía creer la oportunidad que se abría con la llegada de Marshall’s y sus "marcas famosas por mucho menos". La misma conducta capitalista de los anteriores pero con los precios competitivos del neoliberalismo y la transnacionalidad. Lo que antes gastaba en una sola vajilla, ahora le daba para decorar la casa entera, vestirse, bañarse, cocinar y hacer regalos.

Para mí, fue toda una experiencia que ella me llevara a esa tienda por primera vez. Yo era universitaria, salía a pasar una temporada en otro país y ella me quería comprar alguna ropa. No fue sólo la breve euforia de poder elegir tantas cosas bonitas por tan poco dinero. Era esa sensación -entonces irreconocible- de tener a alguien en el mundo. Alguien que te cuidaba. Que, sin preguntarte, sabía que necesitabas ropa y zapatos y brasieres y te los compraba como si se
tratara de una gran aventura: "¡Mira qué bello ese color!”, “Nena, vas a matar con ese vestido”, “¡Cristo pelú de las patas largas! ¿Qué a ti te gusta eso?”.

Hace apenas dos años, cuando ya Mami estaba terminantemente enferma, pasando horas en la cama viendo novelas para olvidarse del cáncer, yo la estaba cuidando una noche y tenía que ir a comprarle algo a mi tía, que salía de viaje. "Mami, tengo que ir a Marshall’s”, le dije. “Regreso super rápido". Le di un beso y, saliendo por la puerta de su cuarto, sentí que ella me seguía mirando. Cuando me volteé, en efecto, me sonreía con los ojos bien iluminados. Inspeccioné brevemente la connotación de esa mirada. "¿Tú quieres venir?", le pregunté con extrañeza y complicidad. "Sí", contestó sin pensarlo dos veces. "Pues vámonos que cierran a las nueve", dije, como sin que me preocupara que una persona en su estado saliera a comprar algo al mall más cercano. "Me voy así mismo, ¿verdad?", comentó ella de prisa, señalando su vestimenta de pantalón corto. Se puso unas sandalias, le cambié su tanque de oxígeno por uno portátil y, con una energía nueva, se montó en el auto y nos fuimos contentísimas por la noche como si nada extraordinario estuviera ocurriendo.

Quedaba justo una hora para que cerraran la tienda, cuando nos estacionamos. Mami lo tenía bien claro y por eso, creo, organizó un mapa mental de cómo debía hacer su recorrido para abarcarlo todo en 60 minutos. Tan pronto entramos, comenzó a andar acelerada e independientemente. No parecía que le faltara el aire como de costumbre o, por lo menos, si le faltaba, no le estaba causando un problema mayor. Vi cómo peinaba cada departamento con visión y agilidad, recogiendo objetos estupendos y tirándolos al carrito de compras con un sentido asombroso de liberación. No me cabe duda de que, en esa hora, fue la mujer más feliz del mundo. Lo elegía todo sin medírselo: un vestido que usaría para un homenaje que iba a recibir en esos días; unas sandalias para acompañarlo pues ya le era imposible usar sus tacos altos; una cartera minúscula ahora que las cuentas las llevaba otra persona y no tenía mucho que cargar; varios pantalones y
blusas para ir al médico y a sus laboratorios ahora que estaba tan delgada; jabones, cremas hidratantes y varios regalos para sus hermanas y las mías. Esta vez me di el gran gusto de comprárselo yo todo, como ella había hecho tantas veces en mi vida.

Los objetos adquiridos fueron tema para varios días, mientras se los mostraba a las hermanas y amigas que la visitaban. Llegado el día del homenaje, se vistió y preparó con ese cierto sentido ceremonial y placentero de las ocasiones importantes, de los ajuares planificados con minucia y expectativa. Sé que se sintió bella, exitosa, feliz. Sé que se sintió admirada, amada; que esa noche no le importó el cáncer ni la muerte cercana ni sus inminentes despedidas.

Meses después, cuando habían pasado varias semanas desde su muerte, yo necesitaba un descanso emocional y, al salir del trabajo, me fui a la tienda en cuestión a ver cosas, a pensar en nada y despejarme de tanta intensidad.

Pero qué va. El paseíto fue peor que si me hubiese sentado sola en el mismo medio de su casa inhabitada. En cada departamento había algo que ella hubiese comprado o deseado: una carterita en forma de cajita de tabacos, un gel de lavanda, un set de ropa interior con encajes, una pijama cómoda pero bonita para su vida en la cama.

Ante el reflejo de una cacerola italiana traspuesta en la sección de las alfombras persa, me derrumbé. Había sobrevivido con entereza miles de minutos de agonía, un instante de separación, decenas de discursos hermosos, cientos de pésames, miles de besos y abrazos, y ahora me hacía nada, un pedacito de mujer, una niñita, un frágil animalito ante una cacerola de una tienda por departamentos.

Así ese lugar -a sólo pasos de mi trabajo- se convirtió en mi terapia, ya no sólo de reinvención sino también de duelo. La gente, por supuesto, me miraba extrañadísima cuando las lágrimas empezaban a salírseme en silencio frente a un set de toallas o cortinas de baño (ella me había regalado las mías cuando me fui a vivir por mi cuenta y luego también cuando me emparejé).

Pero ya no voy. Llevo meses sin acudir. No sólo para curarme del consumismo irracional y economizar sino también para no seguir llorando mi duelo y mi orfandad alrededor de las góndolas. Temí que, un día cualquiera, viniera el gerente a sugerirme sutilmente que fuera mejor al cementerio. En última instancia para eso están. ¿O no?

lunes, 19 de septiembre de 2011

La penúltima travesía del almirante



Sofía Irene Cardona

La cara triste y manchada del personaje lleva tantos años sufriendo, dando tumbos por ahí, que tal vez no reconozca jamás su cuerpo. De vez en cuando sale a la luz, como una culpa secreta. De Cataño a Aguadilla, de Aguadilla a San Juan, podría escribirse la crónica de este cuerpo destrozado, como el rompecabezas de nuestro travieso presente.

No quieren ponerla en un lugar discreto. Tiene que ser, dice un alticolocado, “un lugar donde se pueda apreciar”. Se consideran para su emplazamiento el campo de golf (el antiguo vertedero, cómo no, sería apropiado), la laguna del Condado (como un remedo de la Estatua de la Libertad), la emblemática isla de Desecheo.

Los residentes de Moscú, mientras tanto, están locos por desterrar la estatua de Pedro el Grande de las aguas de su río. Ahora domina la línea del cielo moscovita, como dominaría la nuestra, para espanto de los recién llegados a Isla Verde, la estatua de Colón erguida sobre las aguas de la Laguna.

No sé si es la misma cabeza, pero se rumora que uno de los diez adefesios más horribles del mundo, el monumento naval al Zar Pedro el Grande, era originalmente una estatua de Colón que fue rechazada por Estados Unidos y España en 1992.

Dicen las malas lenguas que el ridículo monstruo que domina la línea del cielo moscovita desde 1998, fue originalmente un monumento al Almirante, supuestamente comisionado por los Estados Unidos y España para conmemorar el Quicentenario. Al parecer, el conjunto monumental era tan colosalmente espantoso, que los encargados rechazaron gentilmente el honor, ahorrándose grandes cantidades de dinero y muchos quebraderos de cabeza. Sin amilanarse por el rechazo internacional, el polémico escultor Zurab Tsereteli, se agenció otra comisión conmemorativa en Moscú, decapitó a Colón y colocó en su lugar la cabeza de Pedro el Grande. ¡Voilà! La figura del Zar, vestido de guerrero romano sobre tres calaveras, se colocó en medio del Río Moscova para celebrar los tres siglos de la fundación de la Marina Rusa en la ciudad que el dignatario había rechazado toda su vida. La oposición ciudadana fue tal, que un grupo radical, opuesto al entierro de Lenin, aprovechó el malestar popular para intentar volar el monumento al Zar con tres kilos de dinamita.

El escultor no es poca cosa. Zurab Tsereteli, presidente de la Academia de Artes de Rusia, cuenta, sin embargo, con una lamentable reputación de artista chapucero que, a decir de algunos, se ha dedicado a afear la ciudad de Moscú con sus terribles y grotescos figurines. Los artistas de New Jersey se refieren a él como “one of the world's blantant self-promoters” que le ha regalado homenajes de bronce hasta a Teresa de Calcuta. Para coronar su historia, se rumora que hasta algo tiene que ver con los alocados planes de un Disneyland ruso.

Tsereteli, acostumbrado a mercadear los productos de su imaginación desaforada, se las agenció para ofrecerles a varias administraciones el action figure que le sobraba del conjunto del Zar. Cuentan que cinco estados americanos rechazaron al Colón de Tsereteli por “monstruoso” y “coloso desproporcionado”, según dicen los documentos, hasta que, como saben, por piruetas del destino, uno de nuestros alcaldes, maravillado por las artes seductoras del mercader de bronces, se trajó de Rusia el souvenir del gigantesco Colón para dominar el skyline de Cataño.

Ya recordarán la historia de los tropiezos del desarticulado monumento. Varias veces ha amenazado con erguirse sobre el horizonte en distintos puntos de la isla. Hace poco se discutía la ubicación de la estatua desmembrada y parecía que, contario a los críticos ciudadanos moscovitas, varios políticos del patio consideraban el monumental adefesio un beneficio para su región.

El veterano escultor, sobreviviente del sistema comunista y muy amigo del alcalde de Moscú, conoce bien la necesidad de descollar que tienen algunos políticos: posar para la foto, grabar en letras de acero su firma, nombrar alguna calle, menganito was here. Y estamos en año pre-eleccionario. Hay que levantar algo grande, ya.

Rebuscando el espacio virtual, a ver si encontraba pistas del personajillo en cuestión, di con una entrevista publicada en Uruguay en la que Tsereteli anunciaba hace unos días, con bombos y platillos y sin asomo de dudas, la futura colocación de la polémica pieza en Puerto Rico a comienzos del 2012. Las razones que daba para el atraso eran, además de confusas, dignas de una novela de espionaje: que si había traído a Colón en piezas empacadas por separado, que si la aduana sospechaba contrabando de oro, que si falsas acusaciones contra él, que si infinitas revisiones, que si mucho tiempo perdido. En fin, nada decía del Amolao y los tropiezos del pobrecito Colón en aquella islita perdida en el mapa.

Nada decía tampoco del costo del ensamblaje, pero aseguraba que estaría aquí para atender el asunto personalmente: “Son 2.200 detalles, la estatua alcanza la altura de un edificio de 40 plantas.”

Saquen cuenta, queridos ciudadanos. ¡Artistas de Puerto Rico, alcen sus cabezas! ¡Pronto se levantará Colón sobre el cielo borinqueño! Según averigüé, los moscovitas están decididos a desterrar a Pedro el Grande y sacarlo, literalmente, de su vista, cueste lo que cueste, con crisis global y todo. Han considerado trozarlo en pedacitos, dinamitarlo, regalarlo, rifarlo. Treinta y tres millones de dólares les cuesta el desplazamiento, pero están decididos a salir de él.

Estamos a tiempo, señoras y señores. Tal vez no podamos arreglar muchas cosas, pero a este señor podríamos impedirle que se levantara. Que se quede para siempre en piezas, pasto del salitre y el sol tropical, desvaneciéndose sobre la tierra como suelen desvanecerse todos los mortales.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Lo duro que es ser Humphrey Bogart


Sofía Irene Cardona


Es curiosa su foto de 1949, por el fotógrafo Yousuf Karsh: cigarillo en mano, mira al cielo con los ojos apenados bajo su frente amplia. Dan ganas de ir a abrazarlo, pobrecito. El mundo parece que se le viene encima, pero no, él saldrá airoso al final, seguro. No en balde lo imitaba el ingenioso y frentudo canario Piolín, simpre victimario del inocentón gato Silvestre, mi primer contacto con Bogart.

Hay varias versiones de la historia de su cicatriz, como varias fechas para su nacimiento, por obra y gracia de las manipulaciones de los estudios de Hollywood, según cuentan los biógrafos. La cicatriz sobre su labio podría haber sido producto de un honroso incidente de guerra, una torpeza de soldado incauto, un golpe del padre castigador. Épica. comedia o drama, la cicatriz de Humphrey Bogart se disimula en su rostro pero no en su leyenda, como parte de su indumentaria heroica: traje, sombrero, gesto, cigarillo, misterioso pasado. Algo debían inventarse para un hombre que vendría a encarnar uno de los más populares arquetipos de masculinidad en el siglo xx.

El mayor encanto de Humphrey, al menos el que más continuidad tiene en los personajes masculinos de imaginación, es, precisamente, el carácter de hombre misterioso y duro, el cínico que, sorpresivamente, y en el mejor momento de la historia, muestra su lado noble, casi cruzando el límite de lo masculino: el tipo que ilumina con su inesperada ternura la última escena.
Su carácter era perfecto para el cine de entonces: un liberal que detestaba las pretensiones, el falso glamour y la fanfarria del espectáculo, un rebelde elegante que, a pesar de desafiar el comportamiento convencional y la autoridad, lucía nítidos modales, como todo un señorito. Algunos llegarían, sin embargo, a tildarlo de flojo en época del macartismo, pues, después de un primer gesto de solidaridad, reculó a la hora de la verdad y se distanció de sus colegas comunistas para asegurar su lugar en Hollywood, como tantos otros. Para ser héroe, en la vida real, se necesita más que el gesto y la indumentaria.

Como buen hombrecito, mantuvo siempre fama de jaquetón, aparentemente muy a su pesar; así dice: I can't get in a mild discussion without turning it into an argument. There must be something in my tone of voice, or this arrogant face - something that antagonizes everybody. Nobody likes me on sight. I suppose that's why I'm cast as the heavy. La fabricación de su persona parece haber mezclado historia, actuación e imitación de hombres terribles de su época, como el famoso Baby Face Nelson, un bandido colérico que mataba a troche y moche como los bigshotes de nuestros barrios, pero que, paradójicamente (a juicio de sus biógrafos), era un devoto padre de familia que cargaba con sus hijos y su mujer hasta cuando andaba fugado por el quinto infierno. Este personaje histórico fue el que le sirvió de modelo para los gángster que lo llevaron, finalmente, a moldear el equívoco carácter de hombre duro y vulnerable que se convirtió en arquetipo del mismo Bogart. Así pues, Bogart se forjó como el arquetipo del hombre atribulado, cínico, vulnerable, honrado y encantador al que le sigue toda una caterva de héroes masculinos del cine contemporáneo.

Lo irónico es que no vivió lo suficiente para ayudar a hacerse hombre a su primogénito, Stephen, su hijo mayor, que lo recuerda muy vagamente. A los cincuenta y siete años, un cáncer acabó con él. La vida de un alcohólico fumador suele ser corta. El hijo escapó de la familia y del escrutinio que traía su nombre. What a shadow to live in, le dice un entrevistador. El hijo lo recuerda, de hecho, como una sombra y según salía en las películas: con la misma indumentaria, los mismos gestos. A los ocho años se confunden las cosas. Sin embargo, está seguro de que aquel que aparece en la pantalla es genuinamente él, así mismito. El propio Humphrey habría dado la clave de este fenómeno al hablar de la necesidad de verdad en la actuación: “An actor needs something to stabilize his personality, something to nail down what he really is, not what he is currently pretending to be.” Bogart siempre es Bogart.

Ya mayor, después de pasar por los duros años de adolescencia y juventud, el hijo, atribulado por no haber conocido a su padre, decidió investigar su biografía y averiguar quién había sido realmente. Como tantas búsquedas del padre, después de un largo viaje por documentos y testimonios, Stephen terminó por descubrir que era más parecido a su progenitor de lo que él sospechaba, como si siempre hubiera estado allí.

Y tal vez siempre estuviera. Era casi como mirarse en el espejo.

Al menos él, como pocos, pudo reconstruir a retazos el carácter de un padre soñado, hecho más de figuraciones e historias ajenas, que de memorias propias y verdaderas, y, como buen espectador de cine, decidió creer lo que veía.

Lo que nunca sospechó Stephen Bogart fue que muchos otros espectadores también fueron hijos del feo pero sublime Bogart: una raza de varones desencantados que desearían, sobre todo, reivindicar su dureza en un último instante, con un acto sorpresivo de nobleza. Por lo visto, parece decir el fantasma del padre ausente, también es duro ser un hombre como Dios manda, hasta para el mismísimo Bogart.

miércoles, 27 de abril de 2011

Buenas maestras del mundo, saluden



En la foto, Gisela (QEPD), junto a Fermín Segarra Cordero, quien hoy es violinista de la Orquesta Sinfónica de la Escuela Libre de Música.

Sofía Irene Cardona

A Gisela García Casillas (1973-2005)


En muchas ocasiones comparto mi entusiasmo por las clases grupales de violín que toma mi hija Irene en el Conservatorio de Música de Puerto Rico, en particular cuando la conversación llega al tema de la falta de esperanza, la necesidad de compromiso, la educación de las nuevas generaciones. Yo les cuento de una maestra muy especial de mi hija Irene, Gisela García Casillas. Su rigor, su alegría, su compromiso, son ejemplares. Más de una vez he hablado de esta experiencia para demostrar que no todo está perdido; hay modestos proyectos que poco a poco sostienen el espíritu de este país.

Hace unas semanas, mientras la maestra convalecía de una operación, se me ocurrió escribir este pequeño homenaje. Como sucede a menudo, nunca pude compartir este escrito: el pasado jueves 24 de marzo Gisela murió súbitamente a los treintidós años, salvándose de una dolorosa agonía y sumiéndonos a todos en una tremenda pena.


Hay personas que son de veras un regalo para el mundo. Llegan sin avisar, cuando nadie los espera, envueltos en cintas y colores brillantes, sospechosamente abultados y graciosamente dedicados a nuestra felicidad. Son personas que nos sorprenden con el encanto de su buena mano para cosernos una herida, con la elegancia de su perfil, con su magnífica voz. A veces no son curanderos ni actores ni cantantes, a veces son algo más próximo o doméstico: un buen cocinero, una secretaria diligente, una ingeniosa maestra de violín. Conviene recordar este dato tan evidente.

He tenido la suerte de encontrarme últimamente muchos de estos regalos, pero sin duda el más sorpresivo, la más envuelta en cintas, la más brillante y (esto le hará mucha gracia) la más abultada y graciosamente dedicada, es la magnífica Gisela.
Gisela es maestra de violín del Programa Suzuki en el Conservatorio de Música de Puerto Rico. Parece un ser inventado especialmente para encantar a mi hija Irene y su amigo Sebastián: irónica, dramática, talentosa y sabia, no los chiquitea jamás. Es rigurosa y los hace trabajar muchísimo, pero sabe bien cómo hacerlos reir, cómo hacerlos sentir poderosos. Es la maestra que quisiéramos para nuestros hijos en todas las materias. Es un regalo, sin duda.

Los padres tenemos la fortuna de estar obligados a asistir a su clase grupal. Llega Gisela con sus motetes, los niños se alínean para que les afine el violín; ella trajina mientras nos distrae con sus comentarios irónicos, divertidos, algunos destinados a los niños, otros destinados a los padres. Una vez preparados los instrumentos, acomodados los niños, se para frente a ellos con el violín bajo el brazo, los revisa a todos con una mirada silenciosa que simula ser severa: tuerce los ojos para aquí, tuerce los ojos para allá, disimula una sonrisa bajo su pretendida gravedad, arregla la colocación de algún alumno, vuelve a su lugar, toma aire y se inclina: saluden: todos se han inclinado simultáneamente, saludan. Se colocan en posición para tocar: el violín sobre el hombro izquierdo, la cabeza un poco ladeada, el arco sobre las cuerdas, la mirada expectante. Gisela vuelve a tomar aire y comienza la introducción de la pieza en su violín. A un gesto de la maestra los niños aspiran al unísono y comienzan a tocar. Suena un minuet de Bach.

Mi hija de siete años está entre los niños. La veo de espaldas, muy erguida junto a los otros, la mirada concentrada en Gisela; parece que un hilo los mueve a todos a la vez. Mi niña es un arquero dispuesto a embestir contra cualquier calamidad. Los observo, los escucho y siento que el mundo se salva por un instante.

Gisela se sonrojará con este escrito y pensará que escribo esto porque tengo miedo de perderla, porque está muy enferma y la echamos de menos. La verdad es que lo escribo porque quisiera que otros se contagiaran con sus virtudes. Confío en que si aplaudimos suficientemente su ejemplo, tal vez alguna joven talentosa, aún vacilante, decida por fin dedicarse a la enseñanza. Clamo por ellas. Porque si es cierto que quiero para mi hija lo mejor, quiero entonces para ella una legión de Giselas que la instruyan y le demuestren cómo la belleza de lo que hacemos puede servir de antídoto para cualquier hecatombe.

Si Gisela supiera que cuando leo sobre las terribles miserias, las tristes fatalidades y las tremebundas crisis que nos asolan por todos lados, su recuerdo frente a los niños, violines al hombro, inclinadas las cabezas y los arcos dispuestos a tocar, me salva de todo pesimismo. Y ya saben, para como están las cosas, la esperanza es la locura más necesaria de los tiempos.
Así de poderosa es una buena maestra. He dicho. Buenas maestras del mundo, saluden.

martes, 26 de abril de 2011

¿Cómo se venga una muerte? Preguntas de después de otra marcha



Mari Mari Narváez

Hablo de ese vacío, esa impotencia, su humillación incorporada y, ante todo, esa pregunta incisiva que se repite, que ataca y ataca y ataca, que se multiplica adentro en la ampliación imaginaria de una escena atroz y bella.

Se sale a la calle (a la calle Chardón) y se escucha esa máxima como si fuera un consuelo: esa de que su muerte será vengada. Cuántas muertes, me pregunto. La venganza no cabe en los corazones de los verdaderos revolucionarios. Y revolucionarias. Queda la oración incierta, queda la ambigüedad de la palabra, si será literal, simbólica o hasta literaria. O pura retórica de piquete.

¿Cómo se venga una muerte? ¿Con un arma que me lleve directamente a un calabozo del Patriot Act? Si es así, tengo que practicar bastante el tiro al blanco, no vaya a ser que me encierren sin siquiera haber rozado al guardia, Capitán. ¿O debe ser un agente, un juez, un marino, algún jefe de algo? ¿Cerraré los ojos cuando dispare? ¿Qué hago con el temblor en las manos? ¿A dónde debo dirigir el tiro? ¿Cómo huyo de la escena, dónde me escondo? ¿Qué hago entonces con mi vida? ¿Espero mi arresto?
¿O se venga una muerte escribiendo? Entre tanta letra que circula por el mundo, ¿hará eso alguna diferencia? ¿Qué se escribe para vengar una muerte? ¿Se escribe de nuestra condición, de uno, dos, cinco, cientos de asesinatos, de una emboscada y su ilegalidad? ¿Se envía un e-mail que solicite su propia continuidad en cadena? “Si usted no reenvía este mail, no tiene corazón”, puedo ponerle en el subject. ¿Y luego qué?

Tal vez sea mejor luchar, esa cosa tan abstracta. ¿Y cómo lucho? ¿Yendo junto a los compañeros y las compañeras a todas las marchas que convoquen, pegando stickers, reuniéndome? ¿Acudo a convencer a alguien en algún residencial, en alguna urbanización, en alguna escuela? Yo nunca he convencido a nadie de nada, ni siquiera a mí misma de muchas cosas de las que me gustaría convencerme, pero, digamos que lo logro en alguna instancia. ¿Qué les digo entonces que hagan? Los convenzo, ¿y qué les pido? ¿Que también acudan a una marcha, al piquete, a la vigilia? ¿Que se miren y se vuelvan a saludar y griten consignas entre sí? Que casi se vuelvan una familia infinita de tanta compartidera y de tanta marchadera y de tanto acto de solidaridad. Que miren los periódicos y se quejen de todo antes de irse a la cama. ¿Y luego de la última marcha qué? ¿Nos tomamos unas cervezas y comemos algo?

Qué se hace cuando se está muy tranquila, muy moderada, muy ponderada; cuando se es una más y se quiere ser una más y, de repente, te declaran una guerra; una guerra que siempre fue de tus padres y sus amigos. Aparte de acudir a la protesta y volver a llorar y tomarse unas cervezas con los amigos ¿qué se hace con aquel llanto imprevisto sobre una lozeta, con el llanto nuevo de Sara Marina, a quien ya le declararon también su guerra; con el llanto de todos y de todas cuando el doctor, allí frente a la Corte Federal dijo que el Comandante Ojeda murió desangrado?

¿Cómo se venga una muerte? ¿Qué se hace? ¿Sigue una montada en su 4 x 4 yendo de tienda en tienda? ¿Le tira el auto al primer transeúnte que se acerque? ¿Lo quema en un acto de indignación, en una respuesta a la gran provocación de la vida? ¿Dejas de pagarlo todo, de limpiarlo todo, de escribirlo todo y te declaras combatiente enemiga? ¿Gritas un poco en el piquete, te subes a un árbol, te amarras ahí y manifiestas así tu cansancio, tu locura, manifiestas así tu rebelión? Tu famosa, tu histórica, tu cíclica rebelión.