Sofía Irene Cardona
“¿Por qué se vive cuando se pasa de los sesenta? Yo no lo sé
Tendría que llegar allá.”
Noel Nicola
Doña Carmelita siempre terminaba sus conversaciones llorando. A mí me parecía simpática aquella matrona de ojos oscuros y melena blanca, siempre frente al televisor, como si hubiera nacido allí y todo le hubiera sucedido en los intervalos de levantarse a tomar agua. El tiempo la había ido sembrando en aquel trono, y, desde aquel sólido e inamovible sillón, reinaba. Si cierta cosa le desagradaba, mandaba a apagar la televisión, si necesitaba algo, la ordenaba a cualquiera de sus súbditos. Desde allí, recibía visitas, vaticinaba triunfos electorales, rememoraba tiempos mejores, preguntaba por los ausentes y, finalmente, lloraba. Nosotras, las jóvenes, nos sonreíamos, condescendientes, como ante una niña majadera. Qué fácil es enfrentarse a esa imagen cuando se tienen veinte años.
La cosa, para quienes vamos llegando a la cincuentena, es distinta. Los truenos anuncian la tormenta final, la nuestra, la inevitable. Los adultos que sostenían el mundo contra el que nos rebelábamos se fueron haciendo cada vez más vulnerables, cercados por las amenazas de la ancianidad. La suerte, la salud, la herencia, ha ido salvando a algunos para una lenta y pesada muerte natural. Sobreviven así a los vigorosos jóvenes que terminan abatidos por la enfermedad, el accidente o el inoportuno golpe. Los vemos reducirse lentamente a cierta inmovilidad que a veces parece sabiduría, y a veces, simplemente, cansancio. Los miramos quietos en sus sillas y, de momento, nos asusta imaginar que aquello es como un espejo. Me los he encontrado en todas partes: en Sabana Llana, en Capetillo, en Baldrich, en Vieques.
Seguramente no fui la única en incorporar a la memoria del paisaje de mi adolescencia, la imagen de otra señora en su umbral. A cualquier hora del día la encontraba allí, como a Carmelita, sentada a la puerta de su casa, una de esas construcciones hechas a retazos, con tablas de distintos colores y cemento sin empañetar. La puerta era tan estrecha y oscura que vista desde la avenida, la mujer parecía una siniestra muñeca en su ataúd. Un aire de tranquilidad, sin embargo, rodeaba a la inmóvil y taciturna anciana. Debió haber sido la sombra del árbol de pana, o la amplitud de su propia mirada sobre el reducido, pero cambiante, panorama que, desde su perspectiva, se presentaba ante sus ojos. Posiblemente, también ella me veía pasar día tras día frente a su casa y tomaba notas de mis transformaciones, paralelas a las suyas, que ya iban concluyendo. Pero qué sabía yo entonces.
Mi madre octogenaria, otrora mujer enérgica y firme, suele en estos días pasar el tiempo como aquella mujer, en silenciosa contemplación, “cultivando la nada”. Con la mirada puesta en otra dimensión, mi madre pasa las horas como si estuviera ahorrando energías para respirar. Ahora adopta la misma actitud, el mismo gesto, de muchos ancianos que he visto desde mi niñez.
Conservo esa imagen repetida en la memoria: la anciana desconocida que vivía vigilando la avenida desde un portal de Capetillo, doña Buena sentada en su balcón frente a mi casa, el anónimo señor siempre sentando en su terraza de la avenida Hostos, la mujer de nombre afrancesado que vigilaba la calle desde su sala en Vieques. Parecen miembros de una misma cofradía. No en balde, en muchas culturas los ancianos tienen a su cargo la comunicación con el más allá. Sin duda no están aquí, la mayoría del tiempo.
Hace unos días, sin embargo, unos amigos me enviaron la noticia del suicidio de Anastasia Khoreva. Contaba el periódico que esta rusa centenaria, debilitada como toda criatura que pasa a la alta ancianidad, harta del cuerpo que se resistía a morir, y abatida por las tristezas que se acumulan por decenios, se ahorcó con una soga. Al parecer, aun tenía habilidad y energía suficientes para tamaña empresa, destreza que muchas ancianas le envidiarían. (Como le escuché decir una vez a la octogenaria Elena Poniatoska, “los botones son crueles después de cierta edad”.) Para colmo, según se informaba, no era la primera vez que Anastasia lo intentaba. Solía decirle a su gente, con cierto retintín, que había vivido lo suficiente, y yo me imagino que los familiares, todavía con la gula de la longevidad, no le harían caso a la pobre Anastasia. Puede parecernos desde acá, ahora que somos saludables, que, cueste lo que cueste, una larga vida puede ser la gran cosa.
Lo curioso es que, a juzgar por lo que leí en la internet, la historia del suicidio de la centenaria Khoreva recorrió el mundo en todas las lenguas como todo un notición. Si Anastasia se hubiera quedado sumisamente esperando la muerte, en lugar de ir a su encuentro con ayuda de la soga, nadie, aparte de su obstinada familia, se habría enterado de su deceso.
Pero no sólo llegan a la prensa historias sobre centenarias suicidas. En aquellos mismos días se publicó la noticia de la proeza de otra mujer centenaria, una tal Mary Hardison, que se lanzó al vacío en parapente para celebrar sus ciento un añitos. La audaz bisabuela, rodeada de cuatro generaciones de descendientes, declaró para los reporteros de Reuters que “solo porque eres mayor no significa que tengas que estar sentada en tu trasero todo el día.” Precisamente por ese desafío, de acento distinto al de la malograda (y, a su manera, también habilidosa) Anastasia Khoreva, fue que el cumpleaños de doña Mary se convirtió en noticia.
Buena parte de los centenarios que la sobreviven, sin embargo – y contrario al consejo de la centenaria aventurera – optan por la melancólica quietud. Desde allí nos ven pasar, como si en lugar de esperar la muerte, esperaran a que el mundo les diera alcance. Posiblemente, con el tiempo y un poco de suerte, algunos tomemos su lugar, pero resignados o desafiantes, no nos libraremos de la crueldad de los botones.
Trastorno al orden habitual de las cosas. Aquí, Ana Teresa, Mari, Sofía y Vanessa piensan y escriben desde su mejor subversión. O travesura. A veces desde la indignación. O la obstinación (emoción, sensación, alteración). Y también melancolía.
jueves, 18 de octubre de 2012
domingo, 14 de octubre de 2012
Marista Boy Meets la Américo Miranda
Mari Mari Narváez
Sé que esto puede sonarles a que me he resignado y no es así. Créanme, estoy muy indignada. Abundaré sobre ello si me sobra el espacio pero ahora quiero desaprovecharlo para decirles que siento ansias locas por pasar cuanto antes al episodio en que Marista Boy meets la Iupi, AKA Memorias del subdesarrollo.
No voy a entrar en las razones que –como antropóloga espontánea– adjudico a Marista Boy para venir a reclamar a rajatabla su puestecito en el Recinto de Ciencias Médicas, y que trascienden su deseo de alcanzar su otro puestecito: el de la gobernación. Ambos le pertenecen por nacimiento pero tanto Time Share en la Florida que ha comprado este país, tanto paquete all-inclusive y coronita de Cinderella y aquí nadie entiende el mundo mágico de los príncipes y sus consortes.
No es lo mismo llamar a la célula madre que verla venir. Quiero ver a Ricky bregando con esa ausencia perenne, el abismal espacio en que nada está en la Universidad de Puerto Rico. El pobrecito, le observo esa mirada de gato del diablo (siempre desorientado) que heredó de su madre, y pienso que todavía no sabe (tal vez nunca lo sepa) lo que es un vuelo non-stop New England - Ave. Americo Miranda, parada Centro Médico.
Cuando el joven hasta ahora asistente de investigación tenga que sacar pecho y, en efecto, montar un banco de células, un laboratorio (algo tendrá que hacer para disimular que se estará usurpando el dinero hasta que Colón baje el dedo), y se dé cuenta de que las cosas no están dadas, hechas, que tiene que montarlo todo desde la nada; cuando se entere de que los científicos que investigan de verdad en la UPR tienen que hacer de tripas corazones para mantener un laboratorio contra todo pronóstico, aparte de pasarse horas largas haciendo el trabajo que nadie quiere hacer para –invariablemente– toparse con la mendicidad de una administración corrupta y mediocre. En ese momento tal vez no lo veremos pero el niñito de papá elevará un pensamiento a las buenas madres del mundo.
Encima, Ricky estará entrando a la Facultad ya severamente desprestigiado. ¿Quién podrá tenerle algún respeto profesional sabiendo que le regalaron el contrato? Yo quisiera verle la cara cuando tenga que enfrentarse a cualquiera de los científicos que llegaron a Ciencias Médicas porque construyeron una carrera académica en las mismas universidades prestigiosas del mundo pero con verdadero sacrificio. Aquellos y aquellas que están entregados a sus investigaciones porque realmente son sus proyectos de vida.
Que el proceso de contratación del niño Rosselló fue completamente deshonesto, irrespetuoso y anti-universitario es obvio y se ha comentado hasta la saciedad. Es un atentado más a la democracia, otro acto de violencia estructural. Que han inflado dramáticamente sus méritos y capacidades para proyectarlo como si fuera un genio, también. Alguna inteligencia debe tener el muchacho, eso no lo dudo. Tanta como tantos otros. Por lo demás, al menos productividad científica se sabe que no tiene todavía. Sólo cuenta con cuatro publicaciones y dos de ellas son sólo ‘reviews’. Tiene un índice H de 2*, que se considera bajo para un chico que ya pasó su etapa post doctoral. Si esto se suma a que él mismo ha declarado tener el anhelo de gobernar a Puerto Rico, entonces la sospecha de que viene a Centro Médico a coger un chequecito para poder mantenerse mientras hace campaña electoral es completamente coherente.
Súmese a esta nefasta historia aquella publicada aquí mismo en CLARIDAD la semana pasada sobre cómo la National Science Foundation ha tenido que congelar 52 millones de dólares destinados a la investigación científica de la Universidad de Puerto Rico porque, en lugar de dedicar los fondos a la producción, los administradores de la Universidad se han dedicado a inflar sus salarios y los de sus investigadores predilectos. Eso es lo más indignante: la hipocresía, no sólo de los administradores de la Universidad sino también del Gobernador y sus allegados.
Por un lado, se proyectan como los defensores acérrimos de las Ciencias como las herramientas más fundamentales para el desarrollo. Se pasan el cuatrienio balbuceando lugares comunes acerca de una economía del conocimiento que en realidad nunca apoyan, a menos que sea para aumentar el avance científico y la productividad de empresas extranjeras que vienen a explotar al País para luego llevarse sus más de 30,000 millones de dólares en ganancias sin invertir un ápice en la Isla, ni siquiera pagando las contribuciones que corresponderían. Han llevado muy lejos su ataque contra las Ciencias Sociales y las Humanidades para favorecer los campos técnicos y científicos que, según ellos, son los únicos importantes para ese desarrollo economómico. Como si el País no estuviera plagado de violencia, desigualdad social y neo-analfabetismo, entre tantos otros padecimientos y como si todo esto no incidiera en la economía y el desarrollo. Administradores y políticos se llenan la boca con discursos clichosos sobre cómo convertirán el Recinto de Río Piedras en uno graduado y especializado en investigación científica. ¿Para qué? ¿Para seguir robándose el dinero, suplementando sus salarios sin producir? (El dinero que la NSF no tiene planes de volver a darles, por cierto) ¿Para seguir invirtiendo en edificios millonarios, en bancos de nada, en laboratorios sin proyectos de investigación?
Yo, tan bruja, fastidiando con este nene y –después de todo– si el pobre no ha publicado algo sobre las células madre ha sido por una noble causa: ha estado sacrificándose todo este tiempo escribiendo esa promesa de libro titulado Un mejor Puerto Rico es posible, para cuya publicación urgente ha revivido la moribunda Editorial de la Universidad.
La verdad, con semejante productividad, ingenio y creatividad; con esa enorme capacidad que ya está demostrando para diferenciarse de su padre, me mata de emoción este muchacho.
domingo, 22 de abril de 2012
La despedida (casi una fábula)
Sofía Irene Cardona
Hay algunas personas que disfrutan la sensación de sentirse a salvo. Se topan con un accidente automovilístico en la carretera y, después de cerciorarse de que no hay ningún conocido, aceleran por el otro carril, aliviados de quedar intactos por la desgracia. Mi tía era una de esas personas hasta que pasó lo que pasó y que a continuación contaré.
Resulta que mi tía tenía tres hijas como tres soles, tal como las que aparecen en los cuentos: una grande, una mediana, una chiquita. Eran tres niñitas timoratas que jamás se metían en líos, pero como la prudencia no es suficiente para espantar los infortunios, mi tía siempre vivía en guardia, esperando la catástrofe.
En asunto de aviones mi tía era un caso antológico. Vivía aterradísima con los viajes aéreos de su parentela y cada vez que alguno de los suyos iba o venía, arrastraba a toda la familia a presentar sus penúltimos respetos, como si el viajero fuera a servir de bala de cañón. Allá iban mis primas, la grande, la mediana y la chiquita, tan avergonzadas como aburridas, a servir de parapeto a la angustia de mi tía.
Sus despedidas solían ser llorosas y solemnes. Ya todos conocían la ceremonia. Primero daba vueltas en silencio, mirando a lontananza, luego le daba los últimos consejos al viajero en cuestión, le echaba la bendición y culminaba el rito con un abrazo tan fuerte que dejaba los riñones estropeados. A manera de epílogo emprendía una sesión de discretos y melancólicos pucheros mientras el susodicho desaparecía en la multitud, cada vez más chiquito, cada vez más lejos de su aura protectora.
Cuentan que en el sesenta y ocho la mayor de mis primas decidió irse a estudiar a Los Ángeles para lo cual, evidentemente, debía tomar un avión. A mi tía no le quedó más remedio que atragantarse la angustia y, como solía, ir a despedirla al aeropuerto. Esta vez el asunto era distinto, pues una de sus polluelas alzaba, literalmente, el vuelo. Supongo que mil cosas pasarían por su mente: cómo encomendar su hija a los espíritus del aire, cómo asegurar la divina intervención en caso de desbalance o desperfecto. Lloró como una Magdalena, jirimiqueó y lagrimeó de lo lindo, pensando en el terror de la caída, en el susto de la distancia entre el cielo y el suelo, pero también en lo lejos que estaría ahora su muchacha, tan vulnerable ahora sin su protección.
Mi tía no podía evitar pensar, por otro lado, en el mundo que para entonces se revolvía asesinando presidentes, golpeando estudiantes, empujando multitudes con chorros de manguera. Era un mundo repleto de nombres impronunciables, de enemigos feroces, de ejércitos cubiertos de maleza y napalm. Su niña, tan inocente, tan empequeñecida en su condición femenina, iría a vivir sola a una ciudad llena de extraños. De cierta forma recreaba su mismo desamparo cuando llegó a Río Piedras veinte años antes con su maleta de cartón para ilustrarse en la Universidad. Tal vez por eso lloraba tanto esa mañana, porque lloraba por ella también, por los riesgos de crecer, por el tiempo jamás recobrado, por su propia fragilidad. En fin, estaba destrozada.
La gente miraba. Esto pasaba siempre. En la mente del público espectador, mi tía solía protagonizar alguna tragedia desgarradora con su expresión desencajada y aquel llanto tan lastimoso que sólo ella, y ninguna otra criatura mortal, producía en las despedidas.
En esas estaba cuando una señora se le acercó al verla tan compungida. Cuentan que la mujer también traía cara de pena. Le puso una mano delicadamente en el hombro, ya dispuesta a unirse al cuadro de virgen dolorosa, le buscó los ojos con la mirada y le dijo muy suavecito, como si le hablara a una niña perdida:
- ¿Qué? ¿Al suyo también se lo llevan?
Todos los que estaban a su alrededor desaparecieron como por encanto. Mi tía volvió a hundir la cabeza en el pecho y dejó de sollozar. La imagen de su muchacha, perdida en las calles de los Ángeles se le confundió tras las imágenes selváticas del noticiero de las cinco. No tuvo valor, sin embargo, para desmentir a la otra doña, de manera que ambas mujeres, una con verdadero dolor y la otra con no menos verdadera vergüenza, terminaron llorando abrazadas por los hijos que les llevaban a Vietnam.
Luego mis primas fueron y vinieron muchas veces hasta que se fueron quedando una a una por allá, la grande, la mediana y la chiquita, cada cual con su vida accidentada, difícil a veces y casi siempre afortunada, como en los cuentos. Mi tía nunca dejó de ir a despedirlas y recibirlas al aeropuerto cada vez, tampoco dejó de velar el peligro en todas las ocasiones, pero jamás, jamás, volvió a llorar en los aeropuertos.
Hay algunas personas que disfrutan la sensación de sentirse a salvo. Se topan con un accidente automovilístico en la carretera y, después de cerciorarse de que no hay ningún conocido, aceleran por el otro carril, aliviados de quedar intactos por la desgracia. Mi tía era una de esas personas hasta que pasó lo que pasó y que a continuación contaré.
Resulta que mi tía tenía tres hijas como tres soles, tal como las que aparecen en los cuentos: una grande, una mediana, una chiquita. Eran tres niñitas timoratas que jamás se metían en líos, pero como la prudencia no es suficiente para espantar los infortunios, mi tía siempre vivía en guardia, esperando la catástrofe.
En asunto de aviones mi tía era un caso antológico. Vivía aterradísima con los viajes aéreos de su parentela y cada vez que alguno de los suyos iba o venía, arrastraba a toda la familia a presentar sus penúltimos respetos, como si el viajero fuera a servir de bala de cañón. Allá iban mis primas, la grande, la mediana y la chiquita, tan avergonzadas como aburridas, a servir de parapeto a la angustia de mi tía.
Sus despedidas solían ser llorosas y solemnes. Ya todos conocían la ceremonia. Primero daba vueltas en silencio, mirando a lontananza, luego le daba los últimos consejos al viajero en cuestión, le echaba la bendición y culminaba el rito con un abrazo tan fuerte que dejaba los riñones estropeados. A manera de epílogo emprendía una sesión de discretos y melancólicos pucheros mientras el susodicho desaparecía en la multitud, cada vez más chiquito, cada vez más lejos de su aura protectora.
Cuentan que en el sesenta y ocho la mayor de mis primas decidió irse a estudiar a Los Ángeles para lo cual, evidentemente, debía tomar un avión. A mi tía no le quedó más remedio que atragantarse la angustia y, como solía, ir a despedirla al aeropuerto. Esta vez el asunto era distinto, pues una de sus polluelas alzaba, literalmente, el vuelo. Supongo que mil cosas pasarían por su mente: cómo encomendar su hija a los espíritus del aire, cómo asegurar la divina intervención en caso de desbalance o desperfecto. Lloró como una Magdalena, jirimiqueó y lagrimeó de lo lindo, pensando en el terror de la caída, en el susto de la distancia entre el cielo y el suelo, pero también en lo lejos que estaría ahora su muchacha, tan vulnerable ahora sin su protección.
Mi tía no podía evitar pensar, por otro lado, en el mundo que para entonces se revolvía asesinando presidentes, golpeando estudiantes, empujando multitudes con chorros de manguera. Era un mundo repleto de nombres impronunciables, de enemigos feroces, de ejércitos cubiertos de maleza y napalm. Su niña, tan inocente, tan empequeñecida en su condición femenina, iría a vivir sola a una ciudad llena de extraños. De cierta forma recreaba su mismo desamparo cuando llegó a Río Piedras veinte años antes con su maleta de cartón para ilustrarse en la Universidad. Tal vez por eso lloraba tanto esa mañana, porque lloraba por ella también, por los riesgos de crecer, por el tiempo jamás recobrado, por su propia fragilidad. En fin, estaba destrozada.
La gente miraba. Esto pasaba siempre. En la mente del público espectador, mi tía solía protagonizar alguna tragedia desgarradora con su expresión desencajada y aquel llanto tan lastimoso que sólo ella, y ninguna otra criatura mortal, producía en las despedidas.
En esas estaba cuando una señora se le acercó al verla tan compungida. Cuentan que la mujer también traía cara de pena. Le puso una mano delicadamente en el hombro, ya dispuesta a unirse al cuadro de virgen dolorosa, le buscó los ojos con la mirada y le dijo muy suavecito, como si le hablara a una niña perdida:
- ¿Qué? ¿Al suyo también se lo llevan?
Todos los que estaban a su alrededor desaparecieron como por encanto. Mi tía volvió a hundir la cabeza en el pecho y dejó de sollozar. La imagen de su muchacha, perdida en las calles de los Ángeles se le confundió tras las imágenes selváticas del noticiero de las cinco. No tuvo valor, sin embargo, para desmentir a la otra doña, de manera que ambas mujeres, una con verdadero dolor y la otra con no menos verdadera vergüenza, terminaron llorando abrazadas por los hijos que les llevaban a Vietnam.
Luego mis primas fueron y vinieron muchas veces hasta que se fueron quedando una a una por allá, la grande, la mediana y la chiquita, cada cual con su vida accidentada, difícil a veces y casi siempre afortunada, como en los cuentos. Mi tía nunca dejó de ir a despedirlas y recibirlas al aeropuerto cada vez, tampoco dejó de velar el peligro en todas las ocasiones, pero jamás, jamás, volvió a llorar en los aeropuertos.
La tentación constante del melancólico profesor
Sofía Irene Cardona
Una vez tuve un profesor atravesado por la melancolía de quien siempre sospeché ciertas aspiraciones literarias. Así le llaman algunos al afán secreto por ingresar en el círculo apretadísimo de las letras.
Era un profesor desinflado. Había sido muy gordo y muy enérgico y, dicen los que lo conocieron trescientas libras antes, de mejor humor. Al parecer, el médico le recetó un régimen de vida o muerte y con la manteca perdió también la risa. Fue entonces que le dio con escribir, porque la pérdida de peso llegó acompañada de una pérdida de vigor juvenil y, tan lejos de su país, no le quedó más que soñarlo. Así que siempre estaba triste.
Caminaba por los pasillos balanceando la ceniza de un cigarillo que cargaba como cirio procesional mientras se desplazaba de oficina en oficina en misteriosas gestiones que debían más a su ansiedad que a verdaderas necesidades. Yo creo que, en realidad, mataba el tiempo para llegar a su hora de almuerzo, aunque el banquete fuera invariablemente una lata de atún con galletas y un puñado de pasas.
Afilaba todos los lápices con la misma angustia que paseaba su colilla y miraba a través de unos espejuelos de concha que casi siempre se balanceaban en la punta de su nariz, pero de vez en cuando le servían de diadema para su abundante pelo lacio. De más está decir que su recuerdo va acompañado del respeto y el cariño que todos sus estudiantes le profesábamos.
Así las cosas, Garriga, que así se llamaba, se encerraba por las tardes a escribir poesía. Muy pocos lo sabían con certeza, pero todos lo sospechábamos.
Sucede que Garriga, cuando hablaba de poesía se encumbraba y se encumbraba y nos trepaba con él a las vertiginosas nubes del lirismo hispanoamericano. Sólo alguien que ha vivido muy de cerca la poesía puede alcanzar tan altas cumbres metafóricas.
Allá arriba solía tropezar con las frases y confundirse de forma espectacular. En pleno éxtasis Garriga no distinguía las p de las b y las doble erres se le descosían en una sarta de lapsus que engordaban la antología de garrigazos que todavía hoy sus exalumnos rememoran divertidos. Eran geniales pero no los reproduzco aquí, porque desviaría la atención del asunto.
Me moría por saber qué poesía escribiría y un día me atreví a preguntarle. Después de todo, él apreciaba mi seriedad intelectual y seguramente me creyó cuando le prometí discreción absoluta. Garriga sacó de una gaveta de su escritorio un cartapacio azul prusia y me enseñó con aire confidencial sus obras completas.
Más bien se trataba de lo que restaba de ellas. Garriga había pasado tres décadas borrando y corrigiendo lo que había traído escrito de su país y le quedaban entonces sólo cuarenta y dos poemas brevísimos. Yo creo que fui la única privilegiada que accedí secretamente a los poemas de Garriga, pero seguramente él se los hubiera enseñado a cualquiera que se lo hubiera pedido.
Eran unos poemas alucinados que trataban de madrugadas y sombras, una oscuridad que se asociaba más a la distancia de la lucidez que a la cercanía de sí mismo. No creo que él pensara que eran la gran cosa, de otra manera los hubiera publicado (amigos editores no le faltaban), pero a mí me parecieron al menos dignos de ser vistos por otros ojos que no fueran los de las cucarachas.
Yo creo que Garriga sufría profundamente su afición a las letras, que hubiera sido más feliz si se hubiera entregado a su impulso creador. El pobre padecía resignado los avatares de la vida académica: la participación en comités, los tribunales de tesis, la asistencia a congresos, las reuniones de facultad. No había más que ver cómo arrastraba los pies los días de asamblea y la mirada de carnero enamorado que, en medio de las discusiones departamentales más memorables, Garriga le echaba al mundo a través de la ventana. Hubiera sido feliz en la biblioteca, atrincherado entre sus libros de Rubén Darío, con una resma de papel virgen y dos cajas de lápices afilados.
Yo recuerdo a Garriga con frecuencia, especialmente cuando debo corregir exámenes. Siempre hay algo mejor que hacer. Me acuerdo de libros que no he leído, de las historias que quisiera escribir, en fin, de las razones originales que me impulsaron a estudiar literatura. Hay veces en las que me escapo, aprovechando el despiste de uno de mis hijos, la fila del banco, la espera en el estacionamiento de la escuela, y escribo tonterías como ésta.
Sucede que hace dos meses me dieron la noticia de que Garriga había sufrido un derrame cerebral y estaba en coma. Lo fui a ver al hospital y lo encontré vagando como dentro de sí mismo, con el movimiento convulso de los que no despiertan jamás. Pregunté a su hija por los poemas, pero al parecer no sabía ella que su padre escribiera nada aparte de los memos de la oficina y las notas de sus estudiantes.
Desde entonces no he podido dejar de pensar en Garriga, pero sobre todo en lo que representa ser profesor de literatura: el gran placer de compartir una lectura, la mirada maravillada del estudiante que por fin entiende un intrincado razonamiento, el aspecto ávido del que desea explicar sus ideas, la tímida inteligencia del que nos ilumina desde su curiosidad.
Entonces entendí porqué Garriga insistía en encumbrarnos en la exégesis poética, porqué se obstinaba en hablarnos con rigor y claridad de las complejidades de Lezama, de la profunda simpleza de Martí, porqué se callaba inquieto a la espera de nuestros vacilantes comentarios. No hacía falta publicar sus cuarenta y dos poemas, porque Garriga publicaba todos los días su lectura. Para profesar la literatura, también se podía ser simplemente un profesor. Si Garriga despertara algún día, me gustaría decirle todas estas cosas y tal vez tendría el valor para preguntarle por sus poemas. Después de todo, el profesor, como solía decir él, también tiene su corazoncito.
Ahora que todos los que fuimos sus alumnos somos profesores, ahora que somos nosotros los que nos enredamos con las dobles erres, entendemos mejor la angustia y los paseos melancólicos de Garriga. Cuando nos avasalla la tentación de la literatura hay veces que nos resignamos a reproducir con nuestros estudiantes la avidez de otro menos melancólico que nosotros, que cedió al impulso y tomó el lápiz.
Una vez tuve un profesor atravesado por la melancolía de quien siempre sospeché ciertas aspiraciones literarias. Así le llaman algunos al afán secreto por ingresar en el círculo apretadísimo de las letras.
Era un profesor desinflado. Había sido muy gordo y muy enérgico y, dicen los que lo conocieron trescientas libras antes, de mejor humor. Al parecer, el médico le recetó un régimen de vida o muerte y con la manteca perdió también la risa. Fue entonces que le dio con escribir, porque la pérdida de peso llegó acompañada de una pérdida de vigor juvenil y, tan lejos de su país, no le quedó más que soñarlo. Así que siempre estaba triste.
Caminaba por los pasillos balanceando la ceniza de un cigarillo que cargaba como cirio procesional mientras se desplazaba de oficina en oficina en misteriosas gestiones que debían más a su ansiedad que a verdaderas necesidades. Yo creo que, en realidad, mataba el tiempo para llegar a su hora de almuerzo, aunque el banquete fuera invariablemente una lata de atún con galletas y un puñado de pasas.
Afilaba todos los lápices con la misma angustia que paseaba su colilla y miraba a través de unos espejuelos de concha que casi siempre se balanceaban en la punta de su nariz, pero de vez en cuando le servían de diadema para su abundante pelo lacio. De más está decir que su recuerdo va acompañado del respeto y el cariño que todos sus estudiantes le profesábamos.
Así las cosas, Garriga, que así se llamaba, se encerraba por las tardes a escribir poesía. Muy pocos lo sabían con certeza, pero todos lo sospechábamos.
Sucede que Garriga, cuando hablaba de poesía se encumbraba y se encumbraba y nos trepaba con él a las vertiginosas nubes del lirismo hispanoamericano. Sólo alguien que ha vivido muy de cerca la poesía puede alcanzar tan altas cumbres metafóricas.
Allá arriba solía tropezar con las frases y confundirse de forma espectacular. En pleno éxtasis Garriga no distinguía las p de las b y las doble erres se le descosían en una sarta de lapsus que engordaban la antología de garrigazos que todavía hoy sus exalumnos rememoran divertidos. Eran geniales pero no los reproduzco aquí, porque desviaría la atención del asunto.
Me moría por saber qué poesía escribiría y un día me atreví a preguntarle. Después de todo, él apreciaba mi seriedad intelectual y seguramente me creyó cuando le prometí discreción absoluta. Garriga sacó de una gaveta de su escritorio un cartapacio azul prusia y me enseñó con aire confidencial sus obras completas.
Más bien se trataba de lo que restaba de ellas. Garriga había pasado tres décadas borrando y corrigiendo lo que había traído escrito de su país y le quedaban entonces sólo cuarenta y dos poemas brevísimos. Yo creo que fui la única privilegiada que accedí secretamente a los poemas de Garriga, pero seguramente él se los hubiera enseñado a cualquiera que se lo hubiera pedido.
Eran unos poemas alucinados que trataban de madrugadas y sombras, una oscuridad que se asociaba más a la distancia de la lucidez que a la cercanía de sí mismo. No creo que él pensara que eran la gran cosa, de otra manera los hubiera publicado (amigos editores no le faltaban), pero a mí me parecieron al menos dignos de ser vistos por otros ojos que no fueran los de las cucarachas.
Yo creo que Garriga sufría profundamente su afición a las letras, que hubiera sido más feliz si se hubiera entregado a su impulso creador. El pobre padecía resignado los avatares de la vida académica: la participación en comités, los tribunales de tesis, la asistencia a congresos, las reuniones de facultad. No había más que ver cómo arrastraba los pies los días de asamblea y la mirada de carnero enamorado que, en medio de las discusiones departamentales más memorables, Garriga le echaba al mundo a través de la ventana. Hubiera sido feliz en la biblioteca, atrincherado entre sus libros de Rubén Darío, con una resma de papel virgen y dos cajas de lápices afilados.
Yo recuerdo a Garriga con frecuencia, especialmente cuando debo corregir exámenes. Siempre hay algo mejor que hacer. Me acuerdo de libros que no he leído, de las historias que quisiera escribir, en fin, de las razones originales que me impulsaron a estudiar literatura. Hay veces en las que me escapo, aprovechando el despiste de uno de mis hijos, la fila del banco, la espera en el estacionamiento de la escuela, y escribo tonterías como ésta.
Sucede que hace dos meses me dieron la noticia de que Garriga había sufrido un derrame cerebral y estaba en coma. Lo fui a ver al hospital y lo encontré vagando como dentro de sí mismo, con el movimiento convulso de los que no despiertan jamás. Pregunté a su hija por los poemas, pero al parecer no sabía ella que su padre escribiera nada aparte de los memos de la oficina y las notas de sus estudiantes.
Desde entonces no he podido dejar de pensar en Garriga, pero sobre todo en lo que representa ser profesor de literatura: el gran placer de compartir una lectura, la mirada maravillada del estudiante que por fin entiende un intrincado razonamiento, el aspecto ávido del que desea explicar sus ideas, la tímida inteligencia del que nos ilumina desde su curiosidad.
Entonces entendí porqué Garriga insistía en encumbrarnos en la exégesis poética, porqué se obstinaba en hablarnos con rigor y claridad de las complejidades de Lezama, de la profunda simpleza de Martí, porqué se callaba inquieto a la espera de nuestros vacilantes comentarios. No hacía falta publicar sus cuarenta y dos poemas, porque Garriga publicaba todos los días su lectura. Para profesar la literatura, también se podía ser simplemente un profesor. Si Garriga despertara algún día, me gustaría decirle todas estas cosas y tal vez tendría el valor para preguntarle por sus poemas. Después de todo, el profesor, como solía decir él, también tiene su corazoncito.
Ahora que todos los que fuimos sus alumnos somos profesores, ahora que somos nosotros los que nos enredamos con las dobles erres, entendemos mejor la angustia y los paseos melancólicos de Garriga. Cuando nos avasalla la tentación de la literatura hay veces que nos resignamos a reproducir con nuestros estudiantes la avidez de otro menos melancólico que nosotros, que cedió al impulso y tomó el lápiz.
jueves, 12 de abril de 2012
Las certezas del profesor Teeuw

Por Mari Mari Narváez
Me conmueven los científicos cuando salen de sus laboratorios para anunciar hecatombes sobre las cuales tienen tantas certezas como incertidumbres. “Ocurrirán cosas terroríficas”, aseguran, y cuando parece que se darán la vuelta para regresar a sus cálculos y fórmulas, levantan el dedo índice levemente como quien recién recuerda un detalle importante, y lanzan su último comentario:
“Es inminente que ocurrirán. Lo que no sabemos cuándo”.
Básicamente eso dijo el profesor británico Richard Teeuw recientemente al avisar sobre la enorme posibilidad de que haya un tsunami en el Caribe: “El detonante probablemente será un gran terremoto tras la temporada de huracanes, que trae fuertes lluvias y una gran erosión costera”. El Inglés explicó que esto ocurriría como consecuencia de un terremoto que anteriormente causó el colapso del antiguo flanco del volcán Morne aux Diables.“Ese terremoto fue probablemente mucho más violento que cualquier otro ocurrido históricamente en el área en torno a Dominica. Si fue así, esto tiene implicaciones muy graves, porque incrementa la posibilidad de un catastrófico tsunami en el Caribe”.
El señor Teeuw subraya su incertidumbre en los momentos más tensos de la noticia, cuando asegura que esto “podría pasar dentro de cien años, o la próxima semana”.
Siempre que los señores científicos hacen una aseveración atroz, de inmediato añaden: “No hay que ser alarmistas” (es una cita del profesor Teeuw quien, en este punto, comienza a demostrar una nueva e inaudita ligereza al hablar). “No hay que pensar en un gran tsunami que alcanzará todo el Caribe”, continúa diciendo, como si a estas alturas pudiera prevenir el pánico. “La isla de Guadalupe actuaría como un frontón y el único efecto añadido podría ser una vuelta de las olas a Dominica”.
En este momento, ya me he comido las uñas y arrancado varios mechones de pelo de raíz. Él lo dice como quien, de hecho, vive a miles de millas de distancia de Guadalupe. Es más, lo dice casi como si Guadalupe no existiera o no fuera a circular esta nota de cable por las páginas de sus diarios. En fin, que después que Guadalupe y Dominica queden destrozadas, todo seguirá muy bien. No entiendo nada pero tampoco es el propósito de esta columna llegar a comprender la compleja psíquis de un geólogo francés. Que diga, inglés.
Estas son aparentemente las circunstancias. O mejor dicho, nuestras circunstancias (que no las del profesor Teeuw). Bien.
He sentido tres temblores fuertes en los últimos meses. En el primero, me metí debajo de la cama. Mientras escuchaba las ventanas retumbando y llamaba a mis familiares para despedirme, me percaté de que podía caer al primer piso de la casa, fracturarme gran parte de mi cuerpo, y tanto la cama como el techo del segundo piso me caerían encima de todos modos.
En el segundo temblor, salí corriendo al patio trasero, que queda junto a un barranco. Allí parada, me preocupó que la casa se nos cayera encima. En el tercero, por aquello de variar la táctica, corrí escaleras abajo, salí frente a la casa y me metí dentro del carro, donde seguramente también podría caerme encima, si no la casa, al menos varios árboles gigantes que la rodean. Ni hablar de los cables eléctricos.
El asunto es que aquí nadie sabe lo que tendría que hacer en caso de un terremoto, empezando por mí, y a pesar de que he buscado compulsivamente información por Internet cada vez que he sentido la tierra moverse. Hasta he llegado al absurdo de pensar que la razón por la que el Gobierno no mueve un dedo por educarnos sobre los pasos a seguir en caso de un terremoto, es porque tal vez no existan tales pasos. Mientras más analizo lo que debería hacer ante una tragedia natural como ésta, más sospecho que será sólo cuestión de suerte pues todas las alternativas me parecen malas. Ni hablar de ese mito de pararse debajo del marco de una puerta. Lo siento, pero no confío. (Nadie nunca ha podido explicarme la lógica de esta medida).
De todos modos, sí tenemos certeza de algo, y es que los servicios de emergencias en Puerto Rico van de mal en peor. El otro día fallecieron dos hombres ahogados en Playa Escondida, Fajardo. La novia de uno de ellos por poco se ahoga también pero pudo liberarse de la corriente marítima que la había atrapado al igual que a su novio y su amigo. Se salvó ella sola, me lo contó un grupo de amigos que se encontraba allí y que fueron los responsables de llamar al 911. Sin embargo, los rescatistas del Gobierno se adjudicaron ante la Prensa el haberle salvado la vida a la joven. Mintieron, no sé con qué propósito.
Cuando la primera unidad llegó a la playa, la muchacha ya estaba fuera. También llegaron tarde. Tardísimo. Y sin los instrumentos adecuados para rescatar gente en el mar. De hecho, la lancha y el helicóptero llegaron una hora después de la llamada, tan sólo a tiempo para recoger uno de los cadáveres (el otro no apareció sino hasta varios días después).
Fueron los paramédicos los primeros en llegar a la escena, treinta minutos después de la llamada al 911 y tras haber llamado de vuelta un par de veces preguntando si los pacientes “se encontraban fuera del agua pues nosotros no podemos mojarnos”.
Cuando finalmente llegaron, a pesar de que eran varios, lamentablemente eran todas personas obesas o en sobrepeso, y apenas podían caminar por la playa pues carecían de la agilidad y condición física para ello. Los paramédicos llegaron a tiempo para observar cómo los dos hombres terminaban de ahogarse. Ninguno se tiró al agua. Quienes único lo hicieron fueron unos empleados de Recursos Naturales que, con una soga y una tabla, se tiraron con todo y mahones (lo que dificulta su movimiento en el agua) pero no pudieron dar con los hombres pues sus cabezas ya no se veían.
Mis amigos, traumatizados, me revelaron sus fuertes sospechas de que, si nosotros los ciudadanos no estamos preparados para un terremoto o tsunami, mucho menos lo están los servicios de emergencias del País.
Ante esta brutal certeza, me pregunto qué tendría que decir el profesor Teeuw.
domingo, 9 de octubre de 2011
Duelo trasnacional

Por Mari Mari Narváez
He hecho un esfuerzo personal brutal en los últimos meses: no ir a Marshall’s. No ir y punto. Ni para la terapia de duelo ni para la reinvención personal ni para la terapia pura (esta última, coger el carrito, repasar minuciosamente toda la tienda seleccionando objetos maravillosos, hasta exóticos, ridículamente económicos y, más tarde, atacuñarlo lleno de chucherías en la esquina más cercana para inmediatamente desaparecer de la tienda con esa ligereza de espíritu, ese sentido de libertad, esa paz interior).
Fue mi mamá quien me introdujo a la cultura Marshall’s hace muchos años. Ella siempre fue una compradora compulsiva y -ahora que soy adulta y analizo mi propio comportamiento irracional- me consuelo pensando que fue su culpa que yo lo heredara. O lo aprendiera, da igual.
Mi madre podía quejarse hasta el cansancio de que no tenía dinero pero su visita al salón de belleza era una constante, por lo menos semanal. Cuando yo era chiquita y no existían los celulares, si no la encontraba en la oficina o en la casa, la llamaba al salón de belleza. Sus uñas siempre estuvieron impecablemente rojas, su pelo siempre sin
signos de crecimiento, y sus productos de la piel y maquillajes jamás eran de farmacia. Podía quejarse de la pelambrera pero sus artículos y rutinas de belleza entraban siempre en el presupuesto de las cosas básicas, casi de primera necesidad.
Era una mujer extremadamente hacendosa con su imagen y de un gusto refinadísimo aunque no era de ninguna manera ni rica ni comemierda. Por el contrario, fue la mujer más gregaria y campechana que yo -y mucha gente- haya conocido jamás; una fórmula de personalidad realmente rica y paradójica. Fue feminista hard core, independentista rabiosa y estudiante radical pero siempre hacía la cómica salvedad de que a ella, en esos tiempos, por más pobre que fue, nadie nunca la vio mal vestida ni despeinada. Nada de chancletas ni mahones ni camisas de franela. Nada de caras sin maquillaje ni uñas cortas ni melenas despeinadas.
Ella, que toda la vida compró –sin quejarse, como felizmente resignada- las cosas del hogar a los precios casi inmorales de Velasco y González Padín, apenas podía creer la oportunidad que se abría con la llegada de Marshall’s y sus "marcas famosas por mucho menos". La misma conducta capitalista de los anteriores pero con los precios competitivos del neoliberalismo y la transnacionalidad. Lo que antes gastaba en una sola vajilla, ahora le daba para decorar la casa entera, vestirse, bañarse, cocinar y hacer regalos.
Para mí, fue toda una experiencia que ella me llevara a esa tienda por primera vez. Yo era universitaria, salía a pasar una temporada en otro país y ella me quería comprar alguna ropa. No fue sólo la breve euforia de poder elegir tantas cosas bonitas por tan poco dinero. Era esa sensación -entonces irreconocible- de tener a alguien en el mundo. Alguien que te cuidaba. Que, sin preguntarte, sabía que necesitabas ropa y zapatos y brasieres y te los compraba como si se
tratara de una gran aventura: "¡Mira qué bello ese color!”, “Nena, vas a matar con ese vestido”, “¡Cristo pelú de las patas largas! ¿Qué a ti te gusta eso?”.
Hace apenas dos años, cuando ya Mami estaba terminantemente enferma, pasando horas en la cama viendo novelas para olvidarse del cáncer, yo la estaba cuidando una noche y tenía que ir a comprarle algo a mi tía, que salía de viaje. "Mami, tengo que ir a Marshall’s”, le dije. “Regreso super rápido". Le di un beso y, saliendo por la puerta de su cuarto, sentí que ella me seguía mirando. Cuando me volteé, en efecto, me sonreía con los ojos bien iluminados. Inspeccioné brevemente la connotación de esa mirada. "¿Tú quieres venir?", le pregunté con extrañeza y complicidad. "Sí", contestó sin pensarlo dos veces. "Pues vámonos que cierran a las nueve", dije, como sin que me preocupara que una persona en su estado saliera a comprar algo al mall más cercano. "Me voy así mismo, ¿verdad?", comentó ella de prisa, señalando su vestimenta de pantalón corto. Se puso unas sandalias, le cambié su tanque de oxígeno por uno portátil y, con una energía nueva, se montó en el auto y nos fuimos contentísimas por la noche como si nada extraordinario estuviera ocurriendo.
Quedaba justo una hora para que cerraran la tienda, cuando nos estacionamos. Mami lo tenía bien claro y por eso, creo, organizó un mapa mental de cómo debía hacer su recorrido para abarcarlo todo en 60 minutos. Tan pronto entramos, comenzó a andar acelerada e independientemente. No parecía que le faltara el aire como de costumbre o, por lo menos, si le faltaba, no le estaba causando un problema mayor. Vi cómo peinaba cada departamento con visión y agilidad, recogiendo objetos estupendos y tirándolos al carrito de compras con un sentido asombroso de liberación. No me cabe duda de que, en esa hora, fue la mujer más feliz del mundo. Lo elegía todo sin medírselo: un vestido que usaría para un homenaje que iba a recibir en esos días; unas sandalias para acompañarlo pues ya le era imposible usar sus tacos altos; una cartera minúscula ahora que las cuentas las llevaba otra persona y no tenía mucho que cargar; varios pantalones y
blusas para ir al médico y a sus laboratorios ahora que estaba tan delgada; jabones, cremas hidratantes y varios regalos para sus hermanas y las mías. Esta vez me di el gran gusto de comprárselo yo todo, como ella había hecho tantas veces en mi vida.
Los objetos adquiridos fueron tema para varios días, mientras se los mostraba a las hermanas y amigas que la visitaban. Llegado el día del homenaje, se vistió y preparó con ese cierto sentido ceremonial y placentero de las ocasiones importantes, de los ajuares planificados con minucia y expectativa. Sé que se sintió bella, exitosa, feliz. Sé que se sintió admirada, amada; que esa noche no le importó el cáncer ni la muerte cercana ni sus inminentes despedidas.
Meses después, cuando habían pasado varias semanas desde su muerte, yo necesitaba un descanso emocional y, al salir del trabajo, me fui a la tienda en cuestión a ver cosas, a pensar en nada y despejarme de tanta intensidad.
Pero qué va. El paseíto fue peor que si me hubiese sentado sola en el mismo medio de su casa inhabitada. En cada departamento había algo que ella hubiese comprado o deseado: una carterita en forma de cajita de tabacos, un gel de lavanda, un set de ropa interior con encajes, una pijama cómoda pero bonita para su vida en la cama.
Ante el reflejo de una cacerola italiana traspuesta en la sección de las alfombras persa, me derrumbé. Había sobrevivido con entereza miles de minutos de agonía, un instante de separación, decenas de discursos hermosos, cientos de pésames, miles de besos y abrazos, y ahora me hacía nada, un pedacito de mujer, una niñita, un frágil animalito ante una cacerola de una tienda por departamentos.
Así ese lugar -a sólo pasos de mi trabajo- se convirtió en mi terapia, ya no sólo de reinvención sino también de duelo. La gente, por supuesto, me miraba extrañadísima cuando las lágrimas empezaban a salírseme en silencio frente a un set de toallas o cortinas de baño (ella me había regalado las mías cuando me fui a vivir por mi cuenta y luego también cuando me emparejé).
Pero ya no voy. Llevo meses sin acudir. No sólo para curarme del consumismo irracional y economizar sino también para no seguir llorando mi duelo y mi orfandad alrededor de las góndolas. Temí que, un día cualquiera, viniera el gerente a sugerirme sutilmente que fuera mejor al cementerio. En última instancia para eso están. ¿O no?
lunes, 19 de septiembre de 2011
La penúltima travesía del almirante

Sofía Irene Cardona
La cara triste y manchada del personaje lleva tantos años sufriendo, dando tumbos por ahí, que tal vez no reconozca jamás su cuerpo. De vez en cuando sale a la luz, como una culpa secreta. De Cataño a Aguadilla, de Aguadilla a San Juan, podría escribirse la crónica de este cuerpo destrozado, como el rompecabezas de nuestro travieso presente.
No quieren ponerla en un lugar discreto. Tiene que ser, dice un alticolocado, “un lugar donde se pueda apreciar”. Se consideran para su emplazamiento el campo de golf (el antiguo vertedero, cómo no, sería apropiado), la laguna del Condado (como un remedo de la Estatua de la Libertad), la emblemática isla de Desecheo.
Los residentes de Moscú, mientras tanto, están locos por desterrar la estatua de Pedro el Grande de las aguas de su río. Ahora domina la línea del cielo moscovita, como dominaría la nuestra, para espanto de los recién llegados a Isla Verde, la estatua de Colón erguida sobre las aguas de la Laguna.
No sé si es la misma cabeza, pero se rumora que uno de los diez adefesios más horribles del mundo, el monumento naval al Zar Pedro el Grande, era originalmente una estatua de Colón que fue rechazada por Estados Unidos y España en 1992.
Dicen las malas lenguas que el ridículo monstruo que domina la línea del cielo moscovita desde 1998, fue originalmente un monumento al Almirante, supuestamente comisionado por los Estados Unidos y España para conmemorar el Quicentenario. Al parecer, el conjunto monumental era tan colosalmente espantoso, que los encargados rechazaron gentilmente el honor, ahorrándose grandes cantidades de dinero y muchos quebraderos de cabeza. Sin amilanarse por el rechazo internacional, el polémico escultor Zurab Tsereteli, se agenció otra comisión conmemorativa en Moscú, decapitó a Colón y colocó en su lugar la cabeza de Pedro el Grande. ¡Voilà! La figura del Zar, vestido de guerrero romano sobre tres calaveras, se colocó en medio del Río Moscova para celebrar los tres siglos de la fundación de la Marina Rusa en la ciudad que el dignatario había rechazado toda su vida. La oposición ciudadana fue tal, que un grupo radical, opuesto al entierro de Lenin, aprovechó el malestar popular para intentar volar el monumento al Zar con tres kilos de dinamita.
El escultor no es poca cosa. Zurab Tsereteli, presidente de la Academia de Artes de Rusia, cuenta, sin embargo, con una lamentable reputación de artista chapucero que, a decir de algunos, se ha dedicado a afear la ciudad de Moscú con sus terribles y grotescos figurines. Los artistas de New Jersey se refieren a él como “one of the world's blantant self-promoters” que le ha regalado homenajes de bronce hasta a Teresa de Calcuta. Para coronar su historia, se rumora que hasta algo tiene que ver con los alocados planes de un Disneyland ruso.
Tsereteli, acostumbrado a mercadear los productos de su imaginación desaforada, se las agenció para ofrecerles a varias administraciones el action figure que le sobraba del conjunto del Zar. Cuentan que cinco estados americanos rechazaron al Colón de Tsereteli por “monstruoso” y “coloso desproporcionado”, según dicen los documentos, hasta que, como saben, por piruetas del destino, uno de nuestros alcaldes, maravillado por las artes seductoras del mercader de bronces, se trajó de Rusia el souvenir del gigantesco Colón para dominar el skyline de Cataño.
Ya recordarán la historia de los tropiezos del desarticulado monumento. Varias veces ha amenazado con erguirse sobre el horizonte en distintos puntos de la isla. Hace poco se discutía la ubicación de la estatua desmembrada y parecía que, contario a los críticos ciudadanos moscovitas, varios políticos del patio consideraban el monumental adefesio un beneficio para su región.
El veterano escultor, sobreviviente del sistema comunista y muy amigo del alcalde de Moscú, conoce bien la necesidad de descollar que tienen algunos políticos: posar para la foto, grabar en letras de acero su firma, nombrar alguna calle, menganito was here. Y estamos en año pre-eleccionario. Hay que levantar algo grande, ya.
Rebuscando el espacio virtual, a ver si encontraba pistas del personajillo en cuestión, di con una entrevista publicada en Uruguay en la que Tsereteli anunciaba hace unos días, con bombos y platillos y sin asomo de dudas, la futura colocación de la polémica pieza en Puerto Rico a comienzos del 2012. Las razones que daba para el atraso eran, además de confusas, dignas de una novela de espionaje: que si había traído a Colón en piezas empacadas por separado, que si la aduana sospechaba contrabando de oro, que si falsas acusaciones contra él, que si infinitas revisiones, que si mucho tiempo perdido. En fin, nada decía del Amolao y los tropiezos del pobrecito Colón en aquella islita perdida en el mapa.
Nada decía tampoco del costo del ensamblaje, pero aseguraba que estaría aquí para atender el asunto personalmente: “Son 2.200 detalles, la estatua alcanza la altura de un edificio de 40 plantas.”
Saquen cuenta, queridos ciudadanos. ¡Artistas de Puerto Rico, alcen sus cabezas! ¡Pronto se levantará Colón sobre el cielo borinqueño! Según averigüé, los moscovitas están decididos a desterrar a Pedro el Grande y sacarlo, literalmente, de su vista, cueste lo que cueste, con crisis global y todo. Han considerado trozarlo en pedacitos, dinamitarlo, regalarlo, rifarlo. Treinta y tres millones de dólares les cuesta el desplazamiento, pero están decididos a salir de él.
Estamos a tiempo, señoras y señores. Tal vez no podamos arreglar muchas cosas, pero a este señor podríamos impedirle que se levantara. Que se quede para siempre en piezas, pasto del salitre y el sol tropical, desvaneciéndose sobre la tierra como suelen desvanecerse todos los mortales.
miércoles, 24 de agosto de 2011
Lo duro que es ser Humphrey Bogart
Sofía Irene Cardona
Es curiosa su foto de 1949, por el fotógrafo Yousuf Karsh: cigarillo en mano, mira al cielo con los ojos apenados bajo su frente amplia. Dan ganas de ir a abrazarlo, pobrecito. El mundo parece que se le viene encima, pero no, él saldrá airoso al final, seguro. No en balde lo imitaba el ingenioso y frentudo canario Piolín, simpre victimario del inocentón gato Silvestre, mi primer contacto con Bogart.
Hay varias versiones de la historia de su cicatriz, como varias fechas para su nacimiento, por obra y gracia de las manipulaciones de los estudios de Hollywood, según cuentan los biógrafos. La cicatriz sobre su labio podría haber sido producto de un honroso incidente de guerra, una torpeza de soldado incauto, un golpe del padre castigador. Épica. comedia o drama, la cicatriz de Humphrey Bogart se disimula en su rostro pero no en su leyenda, como parte de su indumentaria heroica: traje, sombrero, gesto, cigarillo, misterioso pasado. Algo debían inventarse para un hombre que vendría a encarnar uno de los más populares arquetipos de masculinidad en el siglo xx.
El mayor encanto de Humphrey, al menos el que más continuidad tiene en los personajes masculinos de imaginación, es, precisamente, el carácter de hombre misterioso y duro, el cínico que, sorpresivamente, y en el mejor momento de la historia, muestra su lado noble, casi cruzando el límite de lo masculino: el tipo que ilumina con su inesperada ternura la última escena.
Su carácter era perfecto para el cine de entonces: un liberal que detestaba las pretensiones, el falso glamour y la fanfarria del espectáculo, un rebelde elegante que, a pesar de desafiar el comportamiento convencional y la autoridad, lucía nítidos modales, como todo un señorito. Algunos llegarían, sin embargo, a tildarlo de flojo en época del macartismo, pues, después de un primer gesto de solidaridad, reculó a la hora de la verdad y se distanció de sus colegas comunistas para asegurar su lugar en Hollywood, como tantos otros. Para ser héroe, en la vida real, se necesita más que el gesto y la indumentaria.
Como buen hombrecito, mantuvo siempre fama de jaquetón, aparentemente muy a su pesar; así dice: I can't get in a mild discussion without turning it into an argument. There must be something in my tone of voice, or this arrogant face - something that antagonizes everybody. Nobody likes me on sight. I suppose that's why I'm cast as the heavy. La fabricación de su persona parece haber mezclado historia, actuación e imitación de hombres terribles de su época, como el famoso Baby Face Nelson, un bandido colérico que mataba a troche y moche como los bigshotes de nuestros barrios, pero que, paradójicamente (a juicio de sus biógrafos), era un devoto padre de familia que cargaba con sus hijos y su mujer hasta cuando andaba fugado por el quinto infierno. Este personaje histórico fue el que le sirvió de modelo para los gángster que lo llevaron, finalmente, a moldear el equívoco carácter de hombre duro y vulnerable que se convirtió en arquetipo del mismo Bogart. Así pues, Bogart se forjó como el arquetipo del hombre atribulado, cínico, vulnerable, honrado y encantador al que le sigue toda una caterva de héroes masculinos del cine contemporáneo.
Lo irónico es que no vivió lo suficiente para ayudar a hacerse hombre a su primogénito, Stephen, su hijo mayor, que lo recuerda muy vagamente. A los cincuenta y siete años, un cáncer acabó con él. La vida de un alcohólico fumador suele ser corta. El hijo escapó de la familia y del escrutinio que traía su nombre. What a shadow to live in, le dice un entrevistador. El hijo lo recuerda, de hecho, como una sombra y según salía en las películas: con la misma indumentaria, los mismos gestos. A los ocho años se confunden las cosas. Sin embargo, está seguro de que aquel que aparece en la pantalla es genuinamente él, así mismito. El propio Humphrey habría dado la clave de este fenómeno al hablar de la necesidad de verdad en la actuación: “An actor needs something to stabilize his personality, something to nail down what he really is, not what he is currently pretending to be.” Bogart siempre es Bogart.
Ya mayor, después de pasar por los duros años de adolescencia y juventud, el hijo, atribulado por no haber conocido a su padre, decidió investigar su biografía y averiguar quién había sido realmente. Como tantas búsquedas del padre, después de un largo viaje por documentos y testimonios, Stephen terminó por descubrir que era más parecido a su progenitor de lo que él sospechaba, como si siempre hubiera estado allí.
Y tal vez siempre estuviera. Era casi como mirarse en el espejo.
Al menos él, como pocos, pudo reconstruir a retazos el carácter de un padre soñado, hecho más de figuraciones e historias ajenas, que de memorias propias y verdaderas, y, como buen espectador de cine, decidió creer lo que veía.
Lo que nunca sospechó Stephen Bogart fue que muchos otros espectadores también fueron hijos del feo pero sublime Bogart: una raza de varones desencantados que desearían, sobre todo, reivindicar su dureza en un último instante, con un acto sorpresivo de nobleza. Por lo visto, parece decir el fantasma del padre ausente, también es duro ser un hombre como Dios manda, hasta para el mismísimo Bogart.
miércoles, 27 de abril de 2011
Buenas maestras del mundo, saluden

En la foto, Gisela (QEPD), junto a Fermín Segarra Cordero, quien hoy es violinista de la Orquesta Sinfónica de la Escuela Libre de Música.
Sofía Irene Cardona
A Gisela García Casillas (1973-2005)
En muchas ocasiones comparto mi entusiasmo por las clases grupales de violín que toma mi hija Irene en el Conservatorio de Música de Puerto Rico, en particular cuando la conversación llega al tema de la falta de esperanza, la necesidad de compromiso, la educación de las nuevas generaciones. Yo les cuento de una maestra muy especial de mi hija Irene, Gisela García Casillas. Su rigor, su alegría, su compromiso, son ejemplares. Más de una vez he hablado de esta experiencia para demostrar que no todo está perdido; hay modestos proyectos que poco a poco sostienen el espíritu de este país.
Hace unas semanas, mientras la maestra convalecía de una operación, se me ocurrió escribir este pequeño homenaje. Como sucede a menudo, nunca pude compartir este escrito: el pasado jueves 24 de marzo Gisela murió súbitamente a los treintidós años, salvándose de una dolorosa agonía y sumiéndonos a todos en una tremenda pena.
Hay personas que son de veras un regalo para el mundo. Llegan sin avisar, cuando nadie los espera, envueltos en cintas y colores brillantes, sospechosamente abultados y graciosamente dedicados a nuestra felicidad. Son personas que nos sorprenden con el encanto de su buena mano para cosernos una herida, con la elegancia de su perfil, con su magnífica voz. A veces no son curanderos ni actores ni cantantes, a veces son algo más próximo o doméstico: un buen cocinero, una secretaria diligente, una ingeniosa maestra de violín. Conviene recordar este dato tan evidente.
He tenido la suerte de encontrarme últimamente muchos de estos regalos, pero sin duda el más sorpresivo, la más envuelta en cintas, la más brillante y (esto le hará mucha gracia) la más abultada y graciosamente dedicada, es la magnífica Gisela.
Gisela es maestra de violín del Programa Suzuki en el Conservatorio de Música de Puerto Rico. Parece un ser inventado especialmente para encantar a mi hija Irene y su amigo Sebastián: irónica, dramática, talentosa y sabia, no los chiquitea jamás. Es rigurosa y los hace trabajar muchísimo, pero sabe bien cómo hacerlos reir, cómo hacerlos sentir poderosos. Es la maestra que quisiéramos para nuestros hijos en todas las materias. Es un regalo, sin duda.
Los padres tenemos la fortuna de estar obligados a asistir a su clase grupal. Llega Gisela con sus motetes, los niños se alínean para que les afine el violín; ella trajina mientras nos distrae con sus comentarios irónicos, divertidos, algunos destinados a los niños, otros destinados a los padres. Una vez preparados los instrumentos, acomodados los niños, se para frente a ellos con el violín bajo el brazo, los revisa a todos con una mirada silenciosa que simula ser severa: tuerce los ojos para aquí, tuerce los ojos para allá, disimula una sonrisa bajo su pretendida gravedad, arregla la colocación de algún alumno, vuelve a su lugar, toma aire y se inclina: saluden: todos se han inclinado simultáneamente, saludan. Se colocan en posición para tocar: el violín sobre el hombro izquierdo, la cabeza un poco ladeada, el arco sobre las cuerdas, la mirada expectante. Gisela vuelve a tomar aire y comienza la introducción de la pieza en su violín. A un gesto de la maestra los niños aspiran al unísono y comienzan a tocar. Suena un minuet de Bach.
Mi hija de siete años está entre los niños. La veo de espaldas, muy erguida junto a los otros, la mirada concentrada en Gisela; parece que un hilo los mueve a todos a la vez. Mi niña es un arquero dispuesto a embestir contra cualquier calamidad. Los observo, los escucho y siento que el mundo se salva por un instante.
Gisela se sonrojará con este escrito y pensará que escribo esto porque tengo miedo de perderla, porque está muy enferma y la echamos de menos. La verdad es que lo escribo porque quisiera que otros se contagiaran con sus virtudes. Confío en que si aplaudimos suficientemente su ejemplo, tal vez alguna joven talentosa, aún vacilante, decida por fin dedicarse a la enseñanza. Clamo por ellas. Porque si es cierto que quiero para mi hija lo mejor, quiero entonces para ella una legión de Giselas que la instruyan y le demuestren cómo la belleza de lo que hacemos puede servir de antídoto para cualquier hecatombe.
Si Gisela supiera que cuando leo sobre las terribles miserias, las tristes fatalidades y las tremebundas crisis que nos asolan por todos lados, su recuerdo frente a los niños, violines al hombro, inclinadas las cabezas y los arcos dispuestos a tocar, me salva de todo pesimismo. Y ya saben, para como están las cosas, la esperanza es la locura más necesaria de los tiempos.
Así de poderosa es una buena maestra. He dicho. Buenas maestras del mundo, saluden.
martes, 26 de abril de 2011
¿Cómo se venga una muerte? Preguntas de después de otra marcha

Mari Mari Narváez
Hablo de ese vacío, esa impotencia, su humillación incorporada y, ante todo, esa pregunta incisiva que se repite, que ataca y ataca y ataca, que se multiplica adentro en la ampliación imaginaria de una escena atroz y bella.
Se sale a la calle (a la calle Chardón) y se escucha esa máxima como si fuera un consuelo: esa de que su muerte será vengada. Cuántas muertes, me pregunto. La venganza no cabe en los corazones de los verdaderos revolucionarios. Y revolucionarias. Queda la oración incierta, queda la ambigüedad de la palabra, si será literal, simbólica o hasta literaria. O pura retórica de piquete.
¿Cómo se venga una muerte? ¿Con un arma que me lleve directamente a un calabozo del Patriot Act? Si es así, tengo que practicar bastante el tiro al blanco, no vaya a ser que me encierren sin siquiera haber rozado al guardia, Capitán. ¿O debe ser un agente, un juez, un marino, algún jefe de algo? ¿Cerraré los ojos cuando dispare? ¿Qué hago con el temblor en las manos? ¿A dónde debo dirigir el tiro? ¿Cómo huyo de la escena, dónde me escondo? ¿Qué hago entonces con mi vida? ¿Espero mi arresto?
¿O se venga una muerte escribiendo? Entre tanta letra que circula por el mundo, ¿hará eso alguna diferencia? ¿Qué se escribe para vengar una muerte? ¿Se escribe de nuestra condición, de uno, dos, cinco, cientos de asesinatos, de una emboscada y su ilegalidad? ¿Se envía un e-mail que solicite su propia continuidad en cadena? “Si usted no reenvía este mail, no tiene corazón”, puedo ponerle en el subject. ¿Y luego qué?
Tal vez sea mejor luchar, esa cosa tan abstracta. ¿Y cómo lucho? ¿Yendo junto a los compañeros y las compañeras a todas las marchas que convoquen, pegando stickers, reuniéndome? ¿Acudo a convencer a alguien en algún residencial, en alguna urbanización, en alguna escuela? Yo nunca he convencido a nadie de nada, ni siquiera a mí misma de muchas cosas de las que me gustaría convencerme, pero, digamos que lo logro en alguna instancia. ¿Qué les digo entonces que hagan? Los convenzo, ¿y qué les pido? ¿Que también acudan a una marcha, al piquete, a la vigilia? ¿Que se miren y se vuelvan a saludar y griten consignas entre sí? Que casi se vuelvan una familia infinita de tanta compartidera y de tanta marchadera y de tanto acto de solidaridad. Que miren los periódicos y se quejen de todo antes de irse a la cama. ¿Y luego de la última marcha qué? ¿Nos tomamos unas cervezas y comemos algo?
Qué se hace cuando se está muy tranquila, muy moderada, muy ponderada; cuando se es una más y se quiere ser una más y, de repente, te declaran una guerra; una guerra que siempre fue de tus padres y sus amigos. Aparte de acudir a la protesta y volver a llorar y tomarse unas cervezas con los amigos ¿qué se hace con aquel llanto imprevisto sobre una lozeta, con el llanto nuevo de Sara Marina, a quien ya le declararon también su guerra; con el llanto de todos y de todas cuando el doctor, allí frente a la Corte Federal dijo que el Comandante Ojeda murió desangrado?
¿Cómo se venga una muerte? ¿Qué se hace? ¿Sigue una montada en su 4 x 4 yendo de tienda en tienda? ¿Le tira el auto al primer transeúnte que se acerque? ¿Lo quema en un acto de indignación, en una respuesta a la gran provocación de la vida? ¿Dejas de pagarlo todo, de limpiarlo todo, de escribirlo todo y te declaras combatiente enemiga? ¿Gritas un poco en el piquete, te subes a un árbol, te amarras ahí y manifiestas así tu cansancio, tu locura, manifiestas así tu rebelión? Tu famosa, tu histórica, tu cíclica rebelión.
martes, 18 de enero de 2011
Hacer algo inútil

Sofía Irene Cardona
Un día me encontré, convocada por fuerzas mayores que no vienen al caso detallar, con la encomienda de escoger entre una manada de egresados de escuela superior, en consulta con otras dos personas, los merecedores del Premio al Más Virtuoso.
Los aspirantes al galardón debían probar, además de su destacada labor académica, un compromiso cívico. Pasé una jornada completa, en extraño tribunal, escuchando las historias de éxito y filantropía que habían preparado los candidatos para la ocasión. Uno tras otro fueron desfilando con cartapacios llenos de fotos y certificados, mostrando cuán activos habían estado en los últimos cuatro años y qué grandiosas metas tenían para el futuro: “Logré aquello, haré esto otro, seré doctor, salvaré el mundo. ¡Admírenme!” Parecían entrenados por el mismo diabólico funcionario, rey del lugar común, acérrimo defensor de los Valores Mayúsculos, esos que a nada saben ni nada dicen, pero qué bien le suenan los discursos, qué lindo habla, qué profundo. Eran una legión entrenada para el Éxito.
Aburrida de lo mismo y lo mismo, a la tercera hora empezaba a distraerme. Ponía cara interesada y se me iba la cabeza a flotar sobre la escena como cuando morimos en las películas, y me veía pequeña desde arriba, flotando mi conciencia sobre la tediosa realidad. Entonces fue que se me ocurrió la frase: “Quisiera hacer algo inútil.” Deseé que uno, al menos uno, me confesara que, a decir verdad, se dedicaba a hacer lo que le daba la gana y, a pesar de sus talentos para ser abogada, ingeniero o doctor, su mayor aspiración era hacer algo inútil, algo que no sirviera para absolutamente nada, algo que se hace sólo porque sí.
Ya habrán adivinado por dónde voy. Soy profesora de literatura española y, para muchos en estos lares, nosotros, los de Humanidades, sobramos en el Universo. Nuestras disciplinas no sirven más que para adornar la personalidad de los ociosos. Tal vez por eso deseaba que alguno declarara aquello, para abrir los brazos y recibirlo: “¡Ven, joven, te esperamos en la más inútil de las profesiones! ¡Sé catedrático, investiga, delira, piensa! No salvamos a nadie, pero tampoco nadie se nos muere. No hay grandes riesgos y, en treinta años, llegas a la jubilación.”
Pero eso era, como sabemos, en otros tiempos.
Últimamente, las criaturas que viven de las Humanidades, criaturas en peligro de extinción, tienen aspecto de náufragos. Las aguas suben, se agitan y en cada vuelco alguien perece ahogado por el agobio o el desencanto: emigran, cambian de oficio, o, como dicen ahora, “se reinventan”. Otros somos más afortunados y, a menos de una década del retiro, tratamos de pasar inadvertidos por la ola del caos, a ver si llegamos a la fecha cumbre sin caer al agua.
Tal vez por eso mucha gente no entiende que protestemos por las condiciones de trabajo. “¡Son unos quejones, con los tres meses que tienen de vacaciones!” Lo dicen con malévola envidia, sin indignarse por las escasas dos semanas que les conceden a ellos sus patronos, rabiando por la felicidad que imaginan en los dos meses de supuesto asueto. Ellos, esclavos en jornadas de doce horas, sí que producen en dólares y centavos. Tampoco consideran que dar cátedra no es, precisamente, hablar de lo que venga en gana, aunque me consta que hay colegas que, como en todos lados, desprestigian la profesión con prácticas chapuceras. Quemémoslos en la hoguera.
Así pues, algunos consideran a los catedráticos (aquellos con tarea completa, se entiende) como un grupo de “privilegiados”, parásitos de un arcaico sistema. Aunque debe decirse que también hay quien los tiene por venerables sabios, custodios del conocimiento. A saber.
Yo, como soy parte del gremio, no puedo verlo de ninguna de las dos maneras, pero últimamente ciertos vehementes comentarios me han puesto a pensar qué rayos somos nosotros y cuál es nuestro lugar en una institución que, como el mismo país, prefiero imaginar como un dragón amarrado en lugar de como un cerdo a la varita. La alegórica criatura se retuerce y sólo puede ser cochino o quimera según resulten las pretendidas reformas que se avecinan.
Y es que soy de quienes piensa que la UPR es todo lo fuerte y continua que la hagamos quienes la imaginamos: siempre más utopía que realidad, más deseo que fruto. Tal vez en eso es que somos verdaderamente privilegiados. Ése es el secreto que desconocían, en aquel momento, los muchachos talentosos. Queremos hacer algo inútil y sabemos cuán gozoso es el esfuerzo. Apuesto que entre los que entrevistamos ese día, más de uno hizo el viraje y por ahí anda, naúfrago como los otros, o intentando echarse a la mar, a pesar de todo.
Eso prefiero pensar. No tengo remedio.
POST SCRIPTUM
Mientras termino de escribir esto, me llega un email de mi Directora. Tenemos reunión de emergencia el viernes 21 de enero. La Administración Central de la UPR ha decidido poner nuestro Departamento de Estudios Hispánicos “en pausa”. ¡Alto la acción! Ya para cuando salga este artículo publicado habremos pasado los primeros momentos de la histeria. ¡Una gran ola mece con fuerza la barca! Ahora sí que convencer a estos laboriosos muchachos de las virtudes de nuestro oficio costará trabajo. Pero no puedo escribir más, llega la hora del cierre, debo enviar el escrito. A ver a dónde nos lleva el zarandeo...]
jueves, 11 de noviembre de 2010
Historias de pizarras para tiempos de crisis

Sofía Irene Cardona
En el principio era el lápiz. Un palito amarillo relleno de carbón, afilado con un cuchillo o contra la mesa del pupitre. Algunos privilegiados tenían sacapuntas portátiles, con cámara colectora para las falditas tricolores que despedían en el afilamiento. El lápiz boto era un problema, letra ilegible, trazo inseguro, revelaba una actitud displicente y a veces rebelde en la escuela. Las niñas aplicadas solían tener puntas siempre afiladitas, y las más pudientes, lápiz mecánico. Hasta en eso había diferencias de clases. Ésa era toda la tecnología escolar (al menos la que yo alcancé a ver), hasta que empezaron a aparecer las calculadoras portátiles y, décadas después, las computadoras personales y demás cachivaches enchufables.
Ahora no podemos vivir sin ellos. Cuando pensábamos haber llegado a la cumbre del confort, apareció la internet, que ahorra importunos viajes a la biblioteca y engorrosas consultas papeleras, además de tener muchísimo caché. Ilusoriamente acomodados en el futuro, continúan desfilando ante nosotros maravillas que transforman, si no la vida, al menos el salón de clases. Cualquier colegio o institución educativa que se precie, debe contar con una división de tecnología que asegure la potenciación de las habilidades estudiantiles. Un maestro preparado y un buen libro no parecen ser suficientes. Que no. Ahora hasta las pizarras tienen que ser “inteligentes”.
Yo llegué a escribir sobre una pizarra de verdad, brutísima. No sé cómo llegó a casa, me imagino que como subproducto de una de las renovaciones que se hicieron a mediados de siglo pasado de la Facultad de Humanidades. Era una pizarra en ley, una pizarra como dios manda. Es decir, una piedra de pizarra, pesada y granítica, con textura de hierro, negra y lisa. Con ella, llegaron cachitos de tizas (hablo de antes de la crisis de los setenta, cuando el precio del petróleo las hizo escasear en la Universidad) y las larguísimas sesiones de jugar a la maestra. Yo era, por supuesto, la maestra, y mi hermana menor, hoy periodista, mi única estudiante. (Esto explica muchas de mis manías catedráticas, como mi tendencia a la amable tiranía.) Nosotras nos entusiasmamos enseguida con el nuevo artefacto que se colocó en la terraza de arriba, a la sombra de un árbol de mangó, aunque a ciertas horas recibía tanto sol que se calentaba peligrosamente. Allí, en medio de un mimero, hice mis primeros pininos en la cátedra, escribiendo en aquella pizarra primigenia.
Cuarenta años después de mi inicial experiencia pizarrera, cuando ya la ciencia humana había puesto un hombre en la luna, tuve la oportunidad de ver de cerca una pizarra inteligente. A diferencia del imponente pizarrón de mi infancia, esta superficie era pálida y frágil, como cáscara de huevo. Al menos esa impresión me dio. Tuvieron que ponerle notitas a ambos lados para que los profesores más distraídos no la escribieran con vulgares magic markers. Celebré muchísimo el encuentro, ante la mirada lela de mis incrédulos estudiantes. ¡Aquello parecía Ciencias Naturales! ¡Algo que se enchufa! Al otro día, sin embargo, tuve que volver al salón de la verde pizarra de siempre, al polvo familiar de la tiza blanca, a la prehistoria.
Debo confesar, sin embargo, mi escepticismo ante algunos prodigios de la tecnología y aprovechar la ocasión para desahogarme: no hay nada que me aburra más que una presentación en PowerPoint. Tal vez si me explicaran algo verdaderamente complejo agradecería los bosquejos y diagramas que acompañan estas presentaciones, pero suelen ser somníferas sesiones de redundantes discursos que bien podrían resumirse en una conversación de cinco minutos.
Sospecho que lo inventó alguien con fuerte sentido del ridículo. En cierto sentido, me identifico con el inventor. Hablar en público puede ser una verdadera tortura. Cuando más esfuerzo hacemos para explicar algo complejo o pesado, la gente se desconecta y comienza a dibujar en las esquinitas del papel, se contorsiona en las sillas y, lo que es peor, se distrae examinando al conferenciante. Le revisan la vestimenta, las manchas de la piel, los gestos inseguros y hasta los mocos de la nariz. El orador, completamente expuesto a la mirada escrutadora del público, debe hacer, de tripas, corazones, para no perderse también en la mirada estrábica de su interlocutor. El Powerpoint se convierte en tabla salvadora: se entretiene al público, y el conferenciante, mientras tanto: blablablá y ¡chachán! Misión cumplida. Tal vez por eso, cada vez que voy a una de esas presentaciones me parece que me están tomando el pelo.
Pero, en fin, el proceso de renovación tecnológica es irreversible y que para bien sea. Ya en los vetustos pasillos del benemérito cuadrángulo histórico de nuestro primer recinto universitario, comienzan a llegar, aún en plena crisis, algunos de estos portentos. Atrás quedará, no solamente la pizarra primitiva de mi infancia, sino también la verdosa superficie en la que a veces escribo para distraer a mi público.
En algún salón habrá muy pronto, seguramente, una de esas pizarras de cáscara de huevo y nos dirán que han hecho su trabajo. ¿No ven lo mucho que hemos progresado, lo súper modernos que estamos ahora? Es posible que no haya para darles contratos completos a muchos profesores, ni abrir más secciones de los cursos, que se jubilen prematuramente montones de colegas aún productivos, que emigren desencantados algunos universitarios recién doctorados, pero los que queden tendrán donde plasmar las geniales ideas que graviten sobre sus melancólicas cabezas: ahí, en las prodigiosas e imprescindibles pantallas que amueblen el futuro.
Pero, fíjense, aún después de la hecatombre habrá alguien de verdad, como al comienzo de mi historia, lápiz, tiza o puntero mágico en la mano.
El jíbaro y el catedrático (una historia del más allá)

Sofía Irene Cardona
Cuatro años antes de morir, a mi padre de ochenticuatro años lo entrevistó mi prima Patricia, como parte de un investigación sobre la memoria para su curso de psicología. Guardamos la grabación como un preciado tesoro, pues allí narra, por insistencia de mi prima, los datos más remotos de su biografía. Habla de su temprana orfandad, de sus años perdidos y, sobre todo, de cómo, a su juicio, superó sus orígenes campesinos y se convirtió, por esfuerzo propio, pero con la ayuda de gentes generosas que se encontró en su camino, en catedrático de la Universidad de Puerto Rico, donde laboró por cuatro décadas el siglo pasado.
Dice él que la idea de hacerse catedrático le vino de una peregrinación de su padre a Hormigueros. El abuelo, que era muy devoto, regresó contando sobre el elocuente discurso que había dado un catedrático, que después resultó ser el nacionalista Clemente Pereda. Era la primera vez que mi padre escuchaba el término y entonces le pareció la palabra más hermosa para un oficio: catedrático. Yo supongo que, más que al vocablo, su impresión se debería a la reverencia con la que lo habría pronunciado mi abuelo, cuyos planes de estudiar becado en Río Piedras en la Escuela Normal que después se convertiría en UPR, habían sido tronchados por la férrea oposición de su madre campesina. El muchacho se perdería, pensaba mi bisabuela. Mi padre aclara en la entrevista que mudarse, a principios del siglo XX, del Pepino a Río Piedras, era como irse “hoy” (a finales del siglo xx) a vivir a Moscú. Tal vez por eso puso tanto empeño en irse él.
Después de la muerte de su madre, mi padre había abandonado la escuela para “andar por ahí” con sus hermanos mayores hasta que se dio cuenta, a los dieciséis años, de que estaba malgastando el tiempo: “En mis años perdidos de adolescente, yo no pensaba en nada.” Me pregunto a veces qué hubiera sido de él si hubiera vivido en estos tiempos, cuál habría sido su historia si hubiera tenido que enfrentarse a las tentaciones que asechan hoy a los más jóvenes.
Con la ayuda de su maestro de quinto grado, “un tal señor García, que tenía una pierna más larga que otra”, emprendió la tarea de completar la escuela superior a través del Negociado de Estudios Libres y terminó graduándose en Lares, donde conoció al amigo de toda su vida, Juan Bautista Pérez.
Con él consultó, el último viernes del semestre, su futuro académico: “El hoy licenciado Juan Bautista Pérez fue mi compañero, y era tan pobre como yo. El viernes en la noche estábamos sentados en la plaza. Hablamos de dónde íbamos a estudiar. Allí decidimos que yo iría a Río Piedras y él a San Germán, donde se podía trabajar en el campo y estudiar. Yo decidí ir a Río Piedras porque yo quería ser catedrático, ya te lo dije. No sabía qué iba a hacer, pero iba a conseguir una licencia de maestro. Yo iba a hacer lo que mi padre no había hecho, porque mi abuela no lo había dejado.”
Me emociona imaginar esa noche de 1939 en la plaza del pueblo: los dos pobretes pensando a dónde irían a parar, qué sería de ellos. Setenta años después, el apenado Juan Bautista se presentó a darle el pésame a la familia, en el Centro Católico de la UPR. Aquel benemérito señor me abrazó con una pena de muchacho huérfano que no correspondía al duelo de un anciano. ¡Qué lejos habían llegado ambos! No puedo evitar pensar en ellos y su historia cuando escucho a los universitarios de hoy discutiendo sus planes de estudios en el extranjero, como si sólo tuvieran que coger una guagua.
Una vez en Río Piedras, tuvo que lidiar con la inmensa brecha entre su trasfondo campesino y los modos de la ciudad. “Tuve que aprender cómo se sentaba a la mesa, a mirar con el rabo del ojo lo que hacía el otro... la conversación. Tuve que aprenderlo todo. Ese primer año no sólo fue de estudios en la universidad, sino también de sociedad. Llegué, llegué a la universidad.” El recinto era entonces, a su parecer, un lugar poblado de gente adinerada, que escuchaba ópera, viajaba a Europa y vestía con elegancia. Entró a un grupo, según él, “muy distinguido”: Ricardito Alegría, Luisito Muñoz Lee, Gloria Arjona, John Bothwell y tantos otros. No estoy segura de que haya superado nunca esa sensación de estar como cucaracha en baile de gallinas.
En mis años universitarios, mi padre me mareaba con la misma cantaleta: lo privilegiada que yo era (en un sentido muy distinto a como lo entiende Fortuño) de entrar a la Universidad, lo poco que me había costado (y no se refería al dinero), el escaso esfuerzo que me requería (y no hablaba de capacidad intelectual). Tardé mucho tiempo en entender a qué se refería y ahora le repito yo lo mismo a sus nietos (y hasta a mis estudiantes) que me ponen a mí la misma cara de teléfono ocupado que yo le ponía a él. Confío en que ellos, como yo, algún día entenderán.
“Pocos saben de dónde vine”, dice en la grabación. Él se esforzó, hay que señalarlo, en ocultarlo. Sin embargo, al final de su vida, tuvo la suerte de librarse de esas trabas y asumir su identidad campesina como un gesto de liberación, completamente exento de pintoresquismo.
Disfrutaba bromear con eso. Le pasó una vez que, en medio de alguna labor de la finca, tuvo que salir a la carretera todo sudoroso y enfangado, el calzón enrollado sobre unas botas viejas, con un sombrero de paja, machete en mano. Un niño del vecindario se le acercó y le dijo, como si le hablara a un marciano: “Oiga, señor, ¿usted es un jíbaro?” Mi padre, divertido, le contestó que sí, que por supuesto, y se relamió de lo lindo repitiendo después la anécdota muchas, muchas veces, hasta el final de sus días, como lo hace en la entrevista de mi prima.
La historia grabada en la cinta no termina ahí. También cuenta lo que pasó después, de sus inicios como profesor, la vida en los hospedajes de Río Piedras y su primer viaje de estudios a París, en 1946, enviado por la misma Universidad, donde se hizo muy amigo del poeta Francisco Matos Paoli. La suya es la historia de muchos otros que en aquellos tiempos emprendieron la aventura de tales transformaciones, pero todo eso es largo de contar aquí.
Por el momento, escribo este cuento con final feliz, en ocasión de las recientes batallas universitarias, como una forma de convocar los buenos ánimos. Ya nos tocará rememorar la historia de estos tiempos y, con suerte, tal vez encontraremos a alguien escuchando.
El extraño caso de una reinvención

Sofía Irene Cardona
Cansada de dar orejitas gratis a las atribuladas esposas de los colegas de su marido, Colette Young, decidió montar un negocio. Armada de la fuerza de cara imprescindible para estos embelecos y veinte años de experiencia como consorte de un alto ejecutivo de la Dr. Pepper, fundó la empresa “ExecuMate”, dedicada a la preparación de “perfectos cónyuges” de ejecutivos. Vamos, se reinventó, pero, como verán, no demasiado.
Colette se propuso aconsejar, a cambio de un módico precio, a las esposas de mandamases sobre cómo bregar con el ajetreo y las presiones del exigente mundo empresarial. ¿Cómo permitir que el patrono de su marido sea el verdadero dueño del hogar, el indisputado señor mandón de todas las vidas? La nueva empresaria encontró las respuestas, las empaquetó con virtuales cintas de colores y se lanzó al mundo a buscar fortuna. Para sorpresa de muchos, en plena crisis, todo le fue viento en popa. El negocio resultó tan exitoso que poco después la noticia de la gesta de Colette le había dado la vuelta al mundo en los principales diarios del globo, ávidos por noticias de esta naturaleza. Con esto de la crisis, llegan a la prensa las más peregrinas historias de ciudadanos emprendedores, obstinados sobrevivientes de la catástrofe económica que insisten en reinventarse. En contadas y célebres ocasiones, las más disparatadas iniciativas llevan a estupendos resultados como los que obtuvo Colette con Execumate, para fortuna de los reinventados y consuelo momentáneo del resto de los agobiados del mundo.
Cuando supe de este asunto, me soprendió enterarme de que, a estas alturas, existiera gente que pagara hasta $300 la hora para que le dijeran cómo vestirse y comportarse en público. Colette aconseja a las esposas cómo sobrevivir el ajetreo y las presiones del ámbito del traqueteo mercantil, que, como sabemos, es cada vez más dueño de las vidas de los mortales, de una u otra forma. Pero lo que me dejó verdaderamente lela fue enterarme de que existían compañías dispuestas a pagarle $15,000 a Colette por un contrato de consejería a largo plazo y, de esta forma, garantizar la armonía matrimonial de sus empleados.
Imagínense ustedes la situación. Al día siguiente de una aburridísima cena de negocios, un Altísimo Señor reclama la presencia en su oficina de su Todavía Alto Subalterno y le despepita:
- Sr. Todavía Importante, esa esposa suya va siempre hecha una birria. Necesita que alguien la instruya en las artes de la selección de vestuario. Además, si quiere usted progresar en esta compañía, su doña tiene que aprender a obsequiar mejor a los clientes en su casa. ¡Y tendrá que redecorar! Tome esta tarjeta y dígale a Colette que viene de nuestra parte.
Y es que Colette sabe lo difícil que es armonizar la vida familiar con una carrera existosa (la del marido, no la de ella). Según el reportaje, desde que se casó hace veinte años, se ha mudado varias veces por el trabajo de su marido, a Polonia, Chicago, Minneapolis y Dallas. Que conste que al casarse tenía estudios de posgrado en música y consejería. Por lo visto, no contaba con que sería algún día la esposa de un señor exitoso pero tenía dotes naturales y, sobre todo, mucha iniciativa.
Lo notaron sus amigas, bueno, las respectivas consortes de los colegas de su marido, que acudían a ella en búsqueda de útiles orejitas para la feliz sobrevivencia matrimonial y empresarial. Al parecer, en algún momento se dio cuenta de que aquellos favores merecían muy bien una renumeración; es más, eran un capital que ella debía explotar.
Resulta inquietante que como prueba de su eficencia, no cita en su página web a una clienta satisfecha, a la esposa de algún ejecutivo, sino a un tal Peter Pérez que testimonia haber experimentado personalmente la fortuna de tener, gracias a Execumate, una “capable corporate wife”, es decir, según él, una esposa que va más allá de ser solidaria y se convierte en parte del equipo. Valga apuntar, sin embargo, que Colette aclara que no sólo asiste a mujeres-consortes, también tiene clientes varones: aconseja a ejecutivos y directivos sobre cómo encontrar a la mujer ideal para entender su particular modo de vida.
Escrito está: “no es bueno que el hombre esté solo”. Los empleados felices son más eficientes, dice Colette para venderles sus seminarios a las autoridades corporativas. Algo así decían los lecheros de las vacas contentas.
Rebuscando por ahí sobre este tema, me topé con una encuesta, aparecida el 24 de octubre de 1964 en el periódico argentino “La Nación”, titulada “¿Podría ser usted la esposa ideal de un ejecutivo?”
La premisa del encuestador debía ser la misma que animó medio siglo después la filosofía de ExecuMate: “Se ha entendido que una esposa poco social, de desagradable trato, o poco comprensiva hacia los problemas e inquietudes de su esposo, puede convertirse en potencial enemigo de la empresa en la cual el esposo trabaja.” Una esposa inadecuada es, por lo tanto, un saboteador en potencia de la vaca contenta.
Así pues, la encuesta pregunta si la esposa es impertinente (si lo aburre con nimiedades domésticas u ofrece su opinión sin que se le pregunte), antisocial (si está siempre dispuesta a recibir sus “amigos” en la casa, sin previo aviso, y “organizar, en forma simple e inmediata, y sin mal humor, una buena comida y una reunión agradable”), si cuida “su elegancia y buen gusto en el arreglo personal cuando debe alternar con relaciones de su esposo”, si acepta su falta de atenciones, si es controladora y celosa, si “se pone bonita y trata de atraer a su esposo con cariño y dulzura cada vez que éste vuelve de sus ocupaciones” y, finalmente, si le manifiesta al esposo “admiración y reconocimento por sus esfuerzos y sacrificios.” Más claro no canta un gallo.
Tentada de saber si yo cualificaba para consorte de poderoso tomé el quiz y, aunque maticé algunas premisas y contesté aproximadamente, obtuve, no sé si para mi alivio o decepción, una puntuación muy baja. A quien saca altas puntuaciones, el artículo la felicita y propone como “esposa ideal de un ejecutivo, vale decir, hasta del presidente de un país”. A quien lo hace más o menos, le da alguna esperanza de redención: habrá que esforzarse, le dice. A las fracasadas como yo, nos propone trabajar en los cambios y nos recomienda que, por nuestro bien y el del futuro de la empresa en cuestión, procuremos no elegir por esposo a un ejecutivo.
Esto era en 1964. Actualmente, ya se sabe, no tendríamos problemas, las incapaces sólo tendríamos que contratar a Colette por $300. A cambio de esta módica suma podríamos conseguir las condiciones necesarias para pasearnos glamorosamente por los estrechos y aromáticos pasillos del dominio empresarial. En todo caso, si las lecciones no fueran suficientes, siempre nos queda la opción de comprarle a Colette una franquicia y abrir por ahí alguna sucursal. Sería casi como reinventarnos, muchachas.
viernes, 20 de agosto de 2010
El mito del hombre malo
Mari Mari Narváez
Lo más bello es ver cómo la voz de Iker se va cortando con el llanto, y cómo luego gira la cara hacia dentro como escondiéndose un poco de la cámara. Sara (decir nerviosa sería una redundancia) se toca el pelo y musita un “no pasa nada, vamos a hablar un poquito del partido”. Nadie sabe realmente cómo ni por qué lo llevó con su entrevista hasta ese lugar donde tendría que mencionarla. Pero en ese momento, Iker Casillas agarra como un último hilo de aire, una bocanada fina, antes de lanzarse por el río de la euforia.
Entonces el beso fue precioso, no importa si por auténtico, si por espontáneo o tan sólo por romántico. Lo que sí importa es que una, desde la expectación virtual, sabe que el amor es así. Que siempre empieza así. Y que sólo muy excepcionalmente termina así. Hemos visto a Iker. El capitán del equipo español de Fútbol es un buen hombre: luchador, sencillo, sensible. Es bueno y es lindo y parece amar a Sara Carbonero, la periodista de Telecinco. Lo que es difícil de creer es que un día pudiera ser capaz de golpearla. O ella de golpearlo a él.
Una de las cosas que más me angustia cuando una mujer es abusada o muere a manos de su pareja es la especie de mordaza que se impone en los círculos feministas-progresistas. Súbitamente, se vuelve casi inmoral hacer alusión a cualquier cualidad de benevolencia humana que caracterizara al maltratante antes del episodio público de violencia. Es decir, a muchas personas les indigna que los allegados de la pareja hablen bien del agresor; que digan que lo conocían como un buen hombre, excelente padre y profesional, incluso como un buen esposo. La mordaza no escrita implica que, si ese hombre fue capaz de asesinar a su esposa, entonces es imposible (acaso demasiado violento y contradictorio para nuestras sensibilidades) que fuera un hombre bueno. Esta es una de las rutinas sociales que más alimentan lo que llamo el mito del hombre malo.
Si optara por abundar en este artículo acerca de la patología de la violencia, posiblemente terminaría cometiendo algún grado de irresponsabilidad pública pues la violencia es algo mucho más repartido, mucho más generalizado de lo que nos atrevemos a conceder. Esto, por supuesto, no significa que, por ende, deba ser tolerable, y mucho menos en una relación de pareja.
(Claro, habría que empezar por redefinir aquellas cosas que se han ido imponiendo como socialmente “importantes” en las relaciones de pareja. ¿Un contrato? ¿El concepto del amor y el compromiso “hasta que la muerte nos separe”? ¿Compañía, alianzas, solidaridad en la administración de la vida? ¿Contraprestación? ¿Alivio para el dolor? ¿La felicidad misma? Eso, sin embargo, vendría siendo otro artículo).
Freud siempre dijo cosas terribles pero no por eso menos ciertas, o al menos perceptibles. Teorizó acerca de los dos instintos que, según él, rigen al ser humano: el instinto erótico (Eros) o de unión, que tiende -valga la redundancia- a unir y conservar, y el de destrucción, que tiende a destruir y matar. Cientos de años antes que él, ya filósofos como Nicolás Maquiavelo y Freidrich Nietzsche afirmaban que la violencia es algo inherente al género humano, teoría que se ha extendido a lo largo de todos los tiempos.
En una carta muy famosa que Freud contestó al físico Albert Einstein en septiembre de 1932, expresa que el reconocimiento de los dos instintos (unión y destrucción) “no se trata más que de una transfiguración teórica de la antítesis entre el amor y el odio, universalmente conocida y quizá relacionada primordialmente con aquella otra, entre atracción y repulsión, que desempeña un papel tan importante en el terreno de su ciencia (...) Hemos llegado a concebir que este instinto (destrucción) obra en todo ser viviente, ocasionando la tendencia de llevarlo a su desintegración. Merece, pues, en todo sentido la designación de instinto de muerte, mientras que los instintos eróticos representan las tendencias hacia la vida”.
Así como filósofos de importancia han apoyado directa o indirectamente lo anterior, existen muchos otros que los han contradicho, argumentando que la agresividad es un fenómeno social. En su ensayo Teorías de la violencia humana, el escritor boliviano Víctor Montoya explica que “los naturalistas, a diferencia de Freud y (Konrad) Lorenz, sostienen que una de las peculiaridades de la especie humana es su educabilidad, su capacidad de adaptación y flexibilidad; factores que permiten -y permitieron- la evolución de la humanidad desde que el hombre dejó de vivir en los árboles y en las cavernas”.
Creo que nunca estará claro cuál teoría es más correcta. Y creo que, en términos prácticos, tampoco es necesario saberlo. Después de todo, si la violencia no es innata, de todos modos, en sociedades como la nuestra, se adquiere de una manera extremadamente orgánica por vía de la socialización aunque, por supuesto, en diversidad de grados y según los conflictos de clases de cada sociedad y grupo (en consideración del pensamiento marxista).
Sin embargo, lo importante de estas teorías es que demuestran que la violencia no es exclusiva de los agresores probados, de los patológicos ni de los hombres “malos”, “insensibles” o “sin sentimientos” sino que existe potencialmente en cada uno de nosotros. Por un lado, nuestra socialización fomenta la violencia día a día y, por el otro, la mente es posiblemente el órgano más frágil del ser humano y está directamente relacionada con la capacidad de contención ante las frustraciones, ante las cosas que, con razón o sin ella, nos parecen incomprensibles, ante la irracionalidad y la perversidad.
Mucho más allá de esto, lo más peligroso de ‘diabolizar’ al maltratante es que, precisamente, esto impide que las mujeres puedan identificar a sus maridos o parejas como tal. Si no se puede discutir que el agresor en cuestión puede ser también (o ha sido, o fue) un buen padre, un buen profesional, empleado, trabajador, un buen hijo e incluso, en su momento, un buen marido, entonces será cada vez más difícil para las mujeres identificar y aceptar que su pareja es uno de esos maltratantes. Después de todo, nadie se casa con un ogro. Serán pocas las que lo hagan con un abusador y, si lo hacen, es porque ven en ese hombre otras cualidades que le crean la ilusión de que un día puede dejar de serlo.
Todos los amores empiezan con las emociones más placenteras que tiene la vida: el deseo, la empatía, el sentido de felicidad. Si ya de por sí es complejo y muy confuso experimentar episodios de violencia entre parejas, más difícil aún es llegar a aceptar que el marido o la pareja -esa persona con quien decidiste hacer tu vida porque te amaba y tú lo amabas a él- no es que ocasionalmente tenga episodios de violencia sino que es un maltratante.
Si no se explica que un hombre aparentemente “bueno” en muchos aspectos de su vida también puede ser un agresor; si no se comprende que cualquier agresor o cualquier persona que tenga dificultades serias controlando su ira puede llegar a ser homicida , aunque sea el hombre que se supone que te ama, el padre de tus hijos, el empleado ejemplar, el hijo predilecto, no se podrá lograr siquiera lo más básico: identificar a esos agresores domésticos. Y aquí uso la palabra doméstica adrede porque, en este contexto, lo son y por eso precisamente son tan peligrosos, porque no tienen que romper puertas ni hacer escalamientos ni taparse las caras. Son agresores en la domesticidad.
Paradójicamente, Freud decía también a Einstein (y hay que tener presente que, en esta carta, Freud no se refería directamente a la violencia de género sino a la violencia humana en general y especialmente a la que desemboca en la guerra pero el concepto aplica por igual): “No se trata de eliminar por completo la inclinación de los hombres a agredir; puede intentarse desviarla lo bastante para que no deba encontrar su expresión en la guerra. Desde nuestra doctrina mitológica de las pulsiones, hallamos fácilmente una fórmula sobre las vías indirectas para combatir la guerra. Si la aquiescencia a la guerra es un desborde de la pulsión de destrucción, lo natural será apelar a su contraria, el Eros. Todo cuanto establezca ligazones de sentimiento entre los hombres no podrá menos que ejercer un efecto contrario a la guerra”.
Es más que paradójico cómo, en el caso de la violencia entre parejas, los dos instintos de Freud -el de la unión y el de la destrucción- se funden espantosamente. El Eros no necesariamente neutraliza al de la destrucción otro sino todo lo contrario. Precisamente, el afecto, la familiaridad, la unión, la relación sexual, se vuelven móvil de la agresión.
El concepto de ‘entregarse’ al otro en amor sigue tan vivo en el siglo XXI como en el siglo V. Aunque parezca terrible -y lo sea- no es una acción sencilla tomar posesión sexual irrestricta, exclusiva y sostenida de un cuerpo, para luego asimilar que no te pertenece, que el cuerpo de esa mujer (“mi mujer”) o de ese hombre (“mi marido”) no son tuyos y nunca lo fueron. Una vez más, habría que empezar por proponer un lenguaje nuevo. Amar ya no tendría que ser “entregarse” sino compartirse.
Según Montoya, “Sigmund Freud y Konrad Lorenz comparten la idea de que la agresión puede descargarse de diferentes maneras. Por ejemplo, practicando algún deporte o rompiendo algún objeto que está al alcance de la mano. Si Lorenz aconseja que el amor es el mejor antídoto contra la agresividad, Freud afirma que los instintos de agresión no aceptados socialmente pueden ser sublimados en el arte, la religión, las ideologías políticas u otros actos socialmente aceptables. La catarsis implica despojarse de los sentimientos de culpa y de los conflictos emocionales, a través de llevarlos al plano consciente y darles una forma de expresión”.
En este punto, se vuelve imperativo el espacio de la cultura, ya no sólo en la calidad de vida en general sino muy específicamente en la supresión (incluso sustitución) de la violencia.
Como mujeres y como comunicadoras, tenemos que repensar nuestra realidad, cuestionar nuestros métodos, nuestras preconcepciones, tratar de ponernos en el lugar de las mujeres que no tienen que teorizar sino, en efecto, lidiar con parejas maltratantes. Tenemos todas y todos que tomar notas para tomar acción. El hecho de que no crea en adjudicar la violencia únicamente al agresor físico, al público, al sujeto evidente, o que no crea tampoco en la legitimidad de descartar sus otras facetas como hombre, no significa de manera alguna que no crea en la educación contra la violencia de género y en la urgencia que esta tiene en nuestro país. Por el contrario, creo que las campañas deben subrayar que nadie, ni una sola mujer, debe permitir ser destinataria de la violencia de nadie. Mucho menos de un ser amado, de quien -invariablemente- los golpes físicos o emocionales siempre duelen demasiadas veces más. Amar es también crecer, es madurar, aprender a encauzar las frustraciones, evitar el dolor. Creo en un acercamiento que libere a las mujeres de la victimización, imponiéndoles la responsabilidad de “no permitir, bajo ninguna circunstancia”.
Lo dice la sicóloga Silvia Tubert acerca de la feminidad y yo lo aplico también a los procesos de violencia de género, que no son sino “síntomas” de ese “malestar” que es siempre “lo femenino”, según el psicoanálisis.
“En la medida en que no haya una construcción considerada como verdadera o definitiva (aquí coinciden psicoanálisis y postmodernismo) habrá que seguir hablando, y al hablar, las mujeres podrán situarse como sujeto de la enunciación, como sujeto en proceso, definido no por lo que es sino por lo que aspira a devenir”.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



