
Trastorno al orden habitual de las cosas. Aquí, Ana Teresa, Mari, Sofía y Vanessa piensan y escriben desde su mejor subversión. O travesura. A veces desde la indignación. O la obstinación (emoción, sensación, alteración). Y también melancolía.
sábado, 29 de mayo de 2010
Agridulce

viernes, 28 de mayo de 2010
La muerte escandalosa

“La muerte se sitúa en el umbral…Es el rasgo más humano y cultural del ántropos…en sus actitudes y creencias se distingue claramente del resto de los seres vivos”
Edgard Morin
Vanessa Vilches Norat
De pequeña me horrorizó saber que los caciques taínos eran enterrados con sus mujeres vivas. No podía conciliarme con la idea de que la mujer del cacique no tratara de escapar de su destino. Si me parecía absolutamente salvaje el rito, la aceptación de éste me indignaba. Me costó muchísimo entender la estrecha relación que hay entre el acto funerario y la vida, saber que la manera en que se interactúa con la muerte traduce la cultura. Los ritos funerarios junto al lenguaje, como ha señalado la antropología, son el signo visible de nuestra hominización. Somos humanos porque hablamos y porque enterramos a nuestros muertos. La conciencia de la muerte y de nuestra finitud la evidencia el rito mortuorio.
Los actos funerarios representan además la institucionalización de la muerte y la separación simbólica del muerto de su comunidad. Los inventamos para conciliarnos de la muerte, de nuestra finitud y del dolor que nos produce separarnos de nuestros queridos. He aprendido que los actos mortuorios son para quienes nos quedamos, es la forma digna de procesar el duelo. Aunque siempre parecemos complacer “la voluntad” del muerto, poco le importará al que ya no está el paradero de su cadáver.
La controversia sobre las nuevas modalidades de velorios en Puerto Rico apunta a la centralidad de la muerte en la cultura. En agosto de 2008 la funeraria Marín Funeral Home colocó parado el cadáver embalsamado de Ángel Luis Pedrito Pantojas en la sala de la casa de la abuela. Se necesitó amarrarlo a la pared por la cintura, el torso y la cabeza para lograr tan estrafalaria pose. Aseguran los familiares que esa fue la voluntad expresa del muerto, quien había dejado pago su velorio y estipulado los detalles del mismo. Ángel no quería que lo vieran en un ataúd sino parado en su casa.
El pasado mes de abril también asistimos a otro extravagante velorio. El cadáver del joven mensajero David Morales fue colocado sobre una motocicleta, haciendo honor a su oficio. Esta vez fue su tío quien hizo los arreglos funerarios que han escandalizado al país. No perdamos de vista el cambio de signo que imponen éstos velorios.
Señalan los dueños de la Marín Funeral Home, que desde el velatorio de Pantojas han recibido muchísimas peticiones extravagantes: cadáveres parados, montados en motoras o en carros. Por el periódico supimos que el ufólogo Reinaldo Ríos se presentará ante un notario público para dejar por escrito su último deseo: un velatorio al estilo espacial. Quiere Ríos un ataúd con cúpula de cristal o plástico y base circular u ovalada, que simule un objeto volador no identificado. A mí se me ocurre que lo mejor de la muerte es el descanso garantizado, pero sin duda, la pose horizontal se ha ido abandonando.
El muerto parao y el motociclista han escandalizado a buena parte de los puertorriqueños. Tanto que se ha pedido que el Estado intervenga en la regulación de éstos “velatorios escandalosos”. Exige la Cámara de Dueños de Funerarias de Puerto Rico que como: “El Estado es en última instancia el guardián y custodio de las buenas costumbres y tradiciones que se pueden desarrollar en el diario vivir de los pueblos” se realice una investigación sobre la calidad y los costos de los servicios funerarios en la Isla. El pie de la pesquisa es la supuesta insalubridad de estos nuevos embalsamamientos. Se cuestiona el procedimiento que utilizó la funeraria Marín Funeral Home para mantener ambos cadáveres en poses ¿tan deshonestas? y la adecuada disposición de los líquidos y sustancias tóxicas de los cuerpos. El legislador Jorge Navarro propulsa un proyecto de ley que pretende establecer más regulaciones para los actos fúnebres. A juzgar por el debate, la punta de lanza es la posición de los cadáveres.
¿En qué ofenden a la moral y costumbres puertorriqueñas esos cadáveres? En ser objetos perturbadores por disonantes. Perturba que un muerto pretenda estar vivo. Los cadáveres nos impactan por su semejanza a nosotros. ¿Qué hacer con un cadáver que no yace sino que exhibe una falsa vitalidad? Parecería que se nos asemeja aún más, ¿de ahí el miedo? ¿O acaso será lo contrario, que el simulacro de vida los hace mucho más muertos? Me pregunto si el asombro no es mera cuestión de gusto, siempre determinado por la clase social del observador. Según la sensibilidad moderna, la muerte y la enfermedad deben callarse, esconderse. La dignidad ante el fin de la vida, exige discreción. La muerte y la enfermedad avergüenzan, por lo tanto se censuran, se esconden. El interdicto cultural moderno establece, ante todo, evitar a la comunidad el malestar y la emoción intensa de la muerte. Llevamos a nuestros moribundos al hospital; a nuestros muertos a la funeraria.
Estos cadáveres jóvenes hacen de la muerte cosa pública. Se espera. Se organiza. Se planifica. Se diseña. Se exhibe. Se presencia. Acá, la muerte está muy lejos de ser silenciosa, de pretender ser ese sueño que transporta al más allá. Lo escandaloso no debería ser la posición del cadáver en el velorio , sino la juventud de los cadáveres. Decía Iris Marín, la embalsamadora de ambos cuerpos, que el 40 por ciento de los velorios que prepara su funeraria son de jóvenes entre las edades de18 a 24 años.
Parecería que los jóvenes puertorriqueños se inmortalizan a través de sus velorios. Saben que no tendrán vida para lograr obra, por eso buscan la inmortalidad en el ritual funerario. El velorio es más que un monumento a la vida, es el consuelo de su vida. Así lo verbaliza la prima de Pantojas: “Logró lo que él quería. Está muerto pero haciendo historia”.
Morbosa lección para un fin del mundo
Sofía Irene Cardona
Nou led, nou la.
Seremos feas, pero aún estamos aquí.
Dicho popular haitiano
Hace un rato corrió la noticia de un fuerte sismo en la frontera entre México y Guatemala. Se habla de continuos sacudimientos en Argentina y, de paso, se predice un mega-tsunami para Indonesia. La tierra está inquieta. Hay que prepararse.
¿Será que las noticias están más próximas? ¿De veras el planeta está en trance de reventar como un popcorn? En estos días, confesémoslo, ya pocos se preocupan por la fiebre porcina ni por las víctimas colaterales de las narcoejecuciones. Los temores de la infancia se desperezan y revivimos pesadillas hasta entonces olvidadas: un enorme crucero que vuelca una ola, la huida por un laberíntico edificio en llamas, el tuntun tuntun tuntun de la amezadora silueta de un tiburón blanco.
Con los pies descalzos para confirmar la estabilidad del suelo, miramos con cierta desconfianza la enorme nevera que hace runrún a nuestro lado, el abastecido estante sin atornillar a la pared, las estrechas dimensiones de la puerta de salida. ¿Qué haríamos si nos toca recibir el apocalipsis aquí y ahora? ¿Y, si tenemos suerte después del jamaqueón, a qué mundo cruel sobreviviríamos? Hacemos el morboso ejercicio de fantasía: sin casa, sin agua, sin comida, sin sombra, sin amparo.
A más de una semana del terremoto en Haití, el terror a la barbarie fue sustituyendo el temor a los tremebundos poderes de la naturaleza. Morbosos cibernautas de todas partes del mundo revisaban en la internet las imágenes y relatos de la desesperación. Se figuraban, de igual forma, por un momento, su vecindario en ruinas y, asustados de sí mismos (y de sus vecinos), la pantalla se transformaba en espejo tenebroso. ¿De qué somos capaces en un momento de desesperación? ¿De qué soy, yo misma, capaz, cuando se trata de luchar por sobrevivir?
Entre las primeras noticias del terremoto, un desalentado rescatista contaba de la falta de solidaridad que, para su sorpresa, había descubierto entre los haitianos. “Sólo se ocupan de su familia inmediata”, señaló. A juzgar por el comportamiento del que había sido testigo en otros desastres, le parecía rara esta actitud. Un informe posterior, sin embargo, señalaba que los vecinos de Cité Soleil se habían organizado para evitar el regreso de los tres mil convictos liberados por el terremoto, como si fueran una plaga. Los vigilantes ahuyentaban los hijos pródigos del barrio a tiro y machetazo limpio, así que de vez en cuando, según el reportero, cuando atrapaban a alguno, acababan con él para siempre. En la unión está la fuerza y, de vez en cuando, esa fuerza es inclemente.
Por otro lado, ha habido quien ha apuntado, con cierta ingenuidad, que el desastre en Haití ha sido igual para ricos y para pobres. Ya conocemos la historia de la muerte igualadora. Ponen de ejemplo las víctimas de un vecindario que se han quedado en la calle, aunque, como llega a decir una de las entrevistadas, tienen la opción de, eventualmente, tomar un avión y huir del desastre a casa de familiares en el extranjero. Otro periodista, de hecho, habla de elegantes barrios intactos después del sismo. Allí la mayor tragedia ha sido no poder mandar a los muchachos al colegio, porque, imagínese usted, señor, ¿cómo tomar clases en ese ambiente de desolación? Al menos algunos guardan cierto pudor.
De una y otra forma, este retrato del caos resulta aterrador. A la sombra del pensamiento milenarista, este terrible estado de ánimo es el que han explotado las apocalípticas historias hollywoodenses desde hace décadas. Actualmente, todas las semanas estrena una película sobre las peripecias de un justiciero sobreviviente que lucha con terribles hordas de desquiciados salvajes. Es el miedo al desgobierno, al absoluto descontrol que, como sabemos, impera aún hoy, a cierta distancia, en varios rincones de la Tierra. Pocos guionistas se inventan una historia en la que espontáneamente se organicen grupos para repartir equitativamente lo que se encuentra, para hacer justicia social. En eso la imaginación prevaleciente es pesimista o, para los ambiciosos productores de Hollywood, el optimismo es aburrido.
Yo me crié viendo rudimentarias épicas de trasatlánticos volcados en alta mar, rascacielos incendiados y enormes tiburones blancos, así que me acostumbré a pensar que sufrir alguna de estas catástrofes de dimensiones espectaculares tenía la misma posibilidad que pegarme con un billete de lotería. Sin embargo, como diría mi vecina, en estos días siento que están tirando cerca.
La ficción hollywoodense, sin embargo, tiende a ser muy compasiva. Suele colocar en el grupo desesperado, un líder atribulado y buen mozo, en excelente estado de salud y mejor aptitud física. Este individuo guía a las masas vulnerables hasta su salvación, aunque deje por el camino algunas víctimas propiciatorias y, en algunos casos, hasta su propio pellejo. La gente, por otro lado, termina dejándose llevar, acepta el nuevo gobierno, y combate a los “otros”, cuyas prácticas atentan contra todo sentido de urbanidad.
Pensando en estas cosas, me imaginé como sería sufrir un desastre en mi edificio, usando como modelo las veces que hemos compartido pequeños y breves infortunios, como cuando no hay agua caliente o amenaza con llegar un huracán. Siempre hay quien se encierra con su compra, su calentador portátil y su planta eléctrica (algo terriblemente desconsiderado en un edificio), pero también aparecen hiperactivos agentes solidarios que nos devuelven la fe en la humanidad.
Hace unos días, un amigo hizo este mismo ejercicio de figurarse el desastre en su vecindario: “¡Imagínate el montón de lanchas huyendo de aquí!” Con todo, le respondí para mitigar su desaliento, debe ser lindo ver el espectáculo del éxodo masivo de esa flota de aficionados navegantes. Nosotros, los desposeídos de transporte acuático, nos quedaríamos en la costa, entre los edificios destruidos, víctimas o protagonistas de lo que quede de civilización, según nos vaya. ¿Qué remedio? Sólo ruego que, entre los diligentes hiperactivos que se queden, haya alguien que sepa hacer un fuego y curar heridas. Y si es buen mozo, pues mejor. Como dicen en Haití, seremos feos, pero estaremos aún aquí.
El dulce encanto de ser una chica Almodóvar

Mari Mari Narváez
Obviamente es un trabajo muy solitario el de la escritura. Y sin embargo, nadie nunca escribe una novela, un relato, un guión completamente solo. Porque siempre están los personajes, e incluso antes que ellos, está el cúmulo de gente y de vivencias que lleva a un escritor a crear a esas personas que, siendo ficticias, no lo son.
De primera instancia, alguien, un escritor o escritora, los quiso tanto, o acaso los necesitó lo suficiente como para crearlos. Eso, unido al milagro del lector que -sin saber cómo ni por qué- se ve irremediablemente seducido por esa creación casi incorpórea, ya es suficiente para que tengan vida, incluso a veces un cierto cuerpo imaginario, una manera mental de ocupar un espacio.
Sin embargo, lo más bello de los personajes del cine es que son aún más carnales: existen dos veces porque poseen un cuerpo material. Y más que un cuerpo, poseen una manera de andar, de manifestar su ansiedad, de ocultar su inseguridad. Ahí reside otro misterio. Con la llegada de un buen actor, ese pedazo de vida que ya existía se vierte, se expande, se manifiesta.
Recuerdo lo que dijo Pedro Almodóvar cuando estrenó su penúltima película, Volver, para mí, de sus mejores: “Yo escribí a Raimunda, pero Penélope le dio vida. El modo de andar es suyo, las lágrimas también, y el escote, el corazón, la fuerza animal del personaje y su extrema vulnerabilidad. Y yo le estaré siempre agradecido, y mi tía y mi abuela también, porque las dos se llaman Raimunda”.
No soy fanática febril del director manchego pero muchas de sus películas me han conmovido, se me han atravesado en el buen sentido. Además, personalmente provengo de un universo muy femenino que identifico irremediablemente en sus personajes de mujeres.
Debo admitir que la Raimunda de Penélope Cruz, al igual que su María Elena, de Vicky Cristina Barcelona (Woody Allen) es de mis mujeres contemporáneas favoritas. Y lo digo así adrede. Porque no son sólo un personaje. Existen. Yo las he visto a ambas en tantas otras mujeres.
En María Elena, sin lugar a dudas, está mi hermana Marysol, homicida en potencia, antropófaga, visceral hasta cuando come, brillante y rabiosa, patológicamente insegura.
En Raimunda está Paula, dispuesta literalmente a todo: a escribir un bellísimo relato sobre un cura enamorado que la seduce tocándole guitarra o a montar un negocio de transportación de camiones para sobrevivir en un país completamente desconocido. Paula -como Raimunda y todas esas actrices de las películas italianas de los años cincuenta- madre de todos siempre, hasta el último respiro.
En Raimunda también está Sherley, que cogía siete guaguas diarias con sus nenas y pasaba meses sin agua y sin luz pero nunca dejó de vestirse y maquillarse ni de hacerles chistes y guiñaditas a los clientes más guapos del banco. Están mis hermanas Rosi, Teresa, Inés, mi amiga cubana Mileidis, Wanda, Trista, Ale, todas expertas resolviendo, apaciguando, unificando, sacando pecho como la propia Raimunda. Mi madre, mi tía, mi abuela, las madres de mis hermanas, Carmín, Carmen Ortiz, Alida, todas madres adoptadas, todas defendiéndome con uñas y dientes de las inclemencias de la vida, todas pujando su poquito para que siga pa’lante. Mi tocaya Mercedes (Titi Mer), tía de mi marido, siempre militante y compulsiva en el acto de alimentarme.
En la sensualidad cabal de esas dos mujeres, Raimunda y María Elena, en su dignidad tremenda y en su temeridad, están prácticamente todas las mujeres de mi vida. Y en última instancia, no sólo en ellas sino en todas las demás que también salieron del cine y de la literatura y también son mis favoritas. A vuelo de pájaro, la Teresa de Kundera y de Juliette Binoche, la Blanche de Vivian Leigh, las mismísimas Clarice Lispector, Viginia Woolf, Anjelamaría, Julia. La Matilde de Cristina Rivera Garza y la Melissa Perkins de Sofía Irene; la escritora obsesiva de Vanessa Vilches en su Fe de ratas y la Mujer de rojo sobre fondo gris de Delibes. La Sarah Pierce de Kate Winslet, la ‘Puchi’ de Jennifer López, la Margot de Nicole Kidman y la Alma de Michelle Williams. La Mary Lee de Monique, la mujer con boca de vodka de Rafah Acevedo.
En cada una de esas no sólo están las mujeres de mi vida sino también estoy yo. Esencialmente yo. Y lo más extraño, y al mismo tiempo lo más natural, es que hasta tengo la duda de si estuve en ellas desde siempre o acaso me fui incorporando según cada una iba haciendo su gran acto de aparición ante mis ojos, ante mi vida.
Una fiesta, un país y un salchichón (y no precisamente en ese orden)

I
En aquellos tiempos, las Navidades se inauguraban con la visita de mi tía Catalina, que invariablemente venía cargando de Ponce con una lata de galletas holandesas, un tonelito de dulces marca Fiesta, adornado con los Tres Reyes Magos, y un enorme salchichón que habitaba la nevera por el resto del año. El salchichón había venido, muchas veces, desde España, en las maletas de mi tía, de contrabando. Era un salchichón muy duradero, cuyo cabito se botaba a la basura cuando llegaba el sustituto cada diciembre, como si fuera una encarnación del espíritu perpetuo de la Navidad. Imagínense mi impresión cuando veía en junio aún el salchichón susurrándome cómeme, cómeme, desde el fondo de la nevera.
Cuando rememoro las navidades de mi infancia, cobro conciencia de que, de una manera u otra, siempre ha habido algo desquiciante en esta celebración de fin de año, pero nada tan desconcertante como las señales culturales que se disparan desde cada leyenda familiar.
En mi caso, confieso haberme disfrazado de pastora asturiana para cantar “Alegría, alegría, alegría” y haber comido turrón en Nochebuena. Así las cosas, en mi más tierna infancia, llegué a pensar que Cristo era español y comía salchichones. Después de todo, los curas y las monjas hablaban como extranjeros, Dios usaba el “vosotros” y en el único disco navideño que ponía mi padre, “Venid, pastores, venid”, era de la cantante Marisol, así que amén y olé. No me cabía duda, después de escuchar a Raphael (sic), cantando “El tamborilero”, que Belén era una remota aldea castellana. De más está decir que esta impresión no me duró mucho tiempo.
Mi marido, sin embargo, guarda memorias muy distintas de las Christmas. Para muestra, un botón basta. En su casa llegaron a comprar en Sears una chimenea de cartón, cuyas lengüetas de fuego, unos trocitos de papel luminoso que se meneaban con un abanico eléctrico, le resultaban tan fascinantes como para mí el salchichón perpetuo. En aquella casa se celebraba también el Jalogüín y el Sanguivín, así que la confusión era de distinto acento que la mía, pero al fin, confusión.
A mis hijos les tocó vestirse de jibaritos para las fiestas de la escuela, una indumentaria tan exótica para ellos como mi disfraz de pastora asturiana. Alguna mejoría habrá habido en esta generación que se crió escuchando el “Villancico Yaucano” cantado por Danny Rivera. Aunque, después de un vistazo a mi alrededor, sospecho que deben guardar, como todo hijo de vecino, su correspondiente recuerdo amogollado. A esta casa, hasta hace poco, llegaba una enorme caja desde Texas, repleta de chucherías entre las cuales solía encontrarse una casita de gengibre para armar. El día de Nochebuena, sin embargo, llegaba desde Río Piedras, invariablemente, un platón de arroz con dulce.
II
Si ya de por sí este pueblo vive confundido, en la Navidad botamos la bola. Es, por un lado, el momento de más nacionalismo de cascarita: mucha música jíbara, mucha comida típica, mucho lelolai, pero también es la temporada del más ridículo pitiyanquismo: nieve y trineo, chimenea y botas, nueces y frutas secas.
Es cierto que en diciembre parece exacerbarse el sentido nacional, a pesar de la inquietante presencia de los santacloses y las batuteras disfrazadas de Damitas de la Nieves. Los espontáneos bembés de pandero y trompeta, el chiqui qui chiqui del güiro en el semáforo, la musiquita bailable de la radio, se escuchan por todos lados. Hasta hace poco, la desaparecida Feria Bacardí, concurrida por nacionalistas y asimilistas al igual, iniciaba oficialmente la temporada navideña. Parece como si, por un momento, a la paz, el amor y la solidaridad de postalita, se le sumara también la idea misma de nación, tan noble e inalcanzable como las otras. Tal vez por eso, entre todos los actos políticos del siglo pasado, el que más ha convocado mi imaginación es la entrega de regalos de los Macheteros, disfrazados de Reyes Magos. Lo mejor de los dos mundos.
La Navidad se ha convertido, por accidente o misterioso y tácito acuerdo, en fiesta nacional. Los comercios declaran que tenemos “tradiciones”, auspician la música típica y buscan artistas boricuas para sus felicitaciones navideñas. Es la temporada alta para lechoneras y fondas criollas, empresas pasteleras y artesanos populares. Que valgan las verdes por las maduras. Ya han visto cómo los bancos (más bien, las agencias de publicidad contratadas por ellos) se afanan en transformarse en custodios del legado nacional (el cultural, claro está, que es más inofensivo, según ellos). Aprovechan la ansiedad consumista y el sentimiento puertorriqueñista que trae la brisa de diciembre para capitalizar. Bobos que les dicen.
En este periodo la identidad puertorriqueña parece rebasar líneas ideológicas y montones de personas quedan plenamente convencidas de que ser estadista y puertorriqueñista no es nada problemático. Pero también se manifiesta la paradójica tolerancia de muchos nacionalistas a los signos de una cultura foránea, impuestos, para colmo, desde la tribuna de los manejos comerciales. Todo sea por la fiesta, por compartir y pasarlo bien. El que lo ve de afuera, por supuesto, debe confundirse. No es para menos. Yo misma, desde adentro, me enredo a veces, pero considerando mi prehistoria del salchichón, no es para menos, digo.
III
Esta mañana he visto una horda de niñitos sentados sobre una alfombra roja mirando ansiosamente hacia las alturas. Esperaban, como si de un mágico maná se tratase, la caída de la fingida nieve.
Décadas después de que Doña Fela importara el exótico frío para el júbilo de los niños sanjuaneros, el nuevo rito se ha instaurado con la perversidad de cualquier campaña comercial. Varias generaciones guardarán celosamente en su memoria este paseo como marca de la infancia, en lugar de la misteriosa silueta de los Reyes Magos frente al mar, en la Lomita de los Vientos.
El eslembamiento es unánime. Los nenes sacan la lengua para probar las engañosas pompitas de jabón que descienden, leves y alegres, sobre la multitud. Nadie se ríe del aparatoso ridículo colectivo. Un cerco de maravillados adultos observa desde los balcones la algarabía infantil. Cualquier embeleco vale para escapar de la escuela y la rutina.
Doña Fela debe estar contorsionándose de placer en su tumba. No es casualidad que la alcaldesa de gran moño y abanico se pasee cabezoncísima, cada enero, junto a Toribio, la Puerca de Juan Bobo, Diplo y el General, por las calles de la San Sebastián, para las fiestas desquiciadas, el carnaval del entrevero, el despojo anual. Ella, como tantos embelecadores, ha aprovechado la sed de jolgorio, alucine y novedad que nos invade cada diciembre. Es como si para la fiesta necesitáramos las máscaras, como si se nos exigiera sacar nuestras contradicciones a pasear para elevarlas al rango de mito.
Parece que cada año ensayamos a hacer un país con los pedazos que encontramos, salchichón, chimenea, pandero, arroz con dulce, a ver qué sale.
jueves, 29 de octubre de 2009
Un país fuera del mapa (o una reivindicación de lo minúsculo)

El libro, ese objeto maravilloso

Sofía Irene Cardona
En homenaje a mi padre, que murió en su biblioteca,
rodeado de los suyos, descalzo y sin camisa,
como el hombre feliz de la historia.
En mi casa los libros siempre fueron objetos sagrados. Me enseñaron a amar los libros por fuera y por dentro. Recuerdo a mi padre siempre rodeado de ellos, frente a una mesa de misterioso orden, llena de papeles, iluminada por una bombilla pinchada a la ventana como si fuera un taller de hojalatería. El lugar era una verdadera cueva: oscuro, verdoso - paredes color menta, ventanas que daban al frondoso patio. De esa biblioteca salía a veces el rumor de una voz monótona en swahili o japonés: es la hora de la siesta y la grabadora de dos carretes arrulla el sueño del padre lector.
Mi padre hacía extrañas excursiones a un recóndito taller de la Ramón B. López a buscar telas para encuadernar sus libros con las tapas de nuestras libretas escolares. Este raro pasatiempo explicaba la presencia en la biblioteca de una guillotina color verde oscuro, algo mohosa y rechinante, siempre al alcance de nuestros dedos, siempre prohibida. Con sus manos callosas de agricultor aficionado, mi padre acariciaba los viejos tomos, recomponía sus partes con una aguja, reunía una vez más las hojas, pegaba cartones cubiertos de tela para hacer las tapas y armaba nuevamente el libro varias veces leído: un homenaje a quien armó las palabras que encerraba adentro.
Otra afición suya eran los libros chiquititos. Aún se conservan alineados en una sola tablilla: delicadas artesanías de la encuadernación, minúsculos libritos con lomos ostentosos, una biblioteca liliputense. Me enternecía el esmero que ponía por colocarlos en la pequeña estantería: un rasgo de delicadeza masculina, casi como el paseo de una orquídea por el jardín.
No sólo su ejemplo nos enseñaba la veneración por estos objetos, también era frecuente escuchar sobre su cuidado: los libros, como el árbol de mandarina, no se maltratan; no se les doblan las esquinas de las páginas porque luego se parten; no se sanan con tape porque con el tiempo se mancha el papel; no se subrayan con pluma porque dificulta futuras lecturas; no se tiran a la basura porque siempre puede sacárseles provecho; y botar un libro es como profanar el cadáver de un ser humano.
Curiosamente, la biblioteca de casa era un lugar ajeno para mí. Debido a la afición de mi padre por las lenguas extranjeras, había muy pocos libros que yo pudiera leer, aunque había algunos que podía mirar, unos libros grandes, pesadísimos, con imágenes sagradas o joyas de la pintura universal. Como quiera, sabía que aquél era un espacio de reverencia y los tomos acumulados en las estanterías un mundo por explorar. Muchos años después descubrí que los cuentos que me contaba en las noches eran versiones muy libres de las lecturas de su biblioteca - Esopo, Tolstoi, Maupassant.
La poesía, por otro lado, llegaba a casa a través de la oralidad: los poemas que mi madre había memorizado en su niñez en Adjuntas y las lecturas dramáticas que nos hacía de los dos tomos de Niños y alas, una colección de poesías infantiles preparada por el Consejo de Educación Superior en 1958, bajo la dirección de Ismael Rodríguez Bou, y cuya verdadera compiladora, posiblemente, debió haber sido de doña Dalila Díaz Alfaro. Mi tía Margó completaba la experiencia sacando de su memoria prodigiosa las rimadas pocavergüenzas escolares, para mayor deleite de mi hermana menor: En un cementerio de vivos, a la luz de un quinqué apagado, un ciego leía un libro sin páginas, escrito por un manco.
Pasaron muchos años antes de descubrir, a través de estas memorias, que había tenido una infancia privilegiada. Mis padres, la primera generación de sus familias educada en la universidad, me habían legado, entre otros tesoros, el amor a los libros, a la historia, a los buenos relatos, a la poesía. No sabía yo entonces, que aquel regalo era un fenómeno extraño, un verdadero tesoro.
A mis hijos, naturalmente, desde la cuna y el sillón, los rodeé también de libros: libros duros, libros suaves, libros con colores brillantes y palabras sonoras. Nuestros dedos pasearon por las historias, los versos, las preguntas. Aprendieron a hablar meciéndose ante un libro y aún participan de ese inicial asombro. Me enorgullece la pasión que sienten mis hijos por los libros, el hambre y la alegría con las que los devoran, como quien se zambulle en el agua un día caluroso o con la delicadeza del que no quiere partir el borde de un hermosísimo postre. La casualidad o la intuición habían conspirado para que me enamorara también de un hombre que adoraba las palabras, hijo a su vez de otro que las veneraba, nieto, por vía materna, de un santurcino señor que acumuló montones de diversos libros para cuando pudiera leerlos. De manera que en nuestra casa también creamos una extraña biblioteca de desiguales tomos, un arsenal de palabras que alguna vez será rememorado.
Tal vez por eso cuando veo las filas de agosto para comprar esos libros tan feos - panfletos mongos y predecibles -, tan venidos a menos, los únicos libros que conocen los niños de mi vecindario, me asola una íntima angustia.
¿Qué ideas sobre los libros tendrán estos niños atiborrados de páginas y páginas de lecciones, pruebas para triunfar y fracasar, objetos de intercambio, molestosos rellenos de mochilas? ¿Qué pueden pensar de una biblioteca quienes han conocido el libro sólo como artefacto institucional, llave para el aburrido éxito académico, melancólico texto con fecha de caducidad? ¿Quién los llevará alguna vez a ese lugar de extraño orden, repleto de viejos y cuidados tomos, manoseados, leídos - enigmáticos, reveladores - siempre dispuestos a la maravilla? ¿Quién les enseñará a leer en libertad?
*La niña de la foto es Julia Cardona, hermana de la autora.
viernes, 16 de octubre de 2009
Recuerdo a La Negra

Qué tragedia. Miren lo que ha ocurrido: el día que murió Mercedes Sosa, estaba yo en medio de esa misteriosa conmoción que me provocan los fallecimientos de las personas mayores: una mezcla casi insólita de tristeza y alegría. Tristeza, por lo obvio. Alegría, porque siento que la muerte es una transición hermosa que marca el fin del paso de un ser humano por el mundo material. Cuando se trata de alguien que ha dejado tanta huella como La Negra, el regocijo es aún mayor, algo así como una renovación espontánea de mi fe en la Humanidad.
Ahí estaba, entre la euforia y el llanto, cuando leo las declaraciones de René Pérez, el de Calle 13. Para qué negarles que me parecieron muy de mal gusto. En lugar de concentrarse en la figura de Mercedes, empezó a contar cómo ella había estado tan preocupada por no haber podido enviar un saludo al papá de René en el día de los Padres.
“A quién le importará”, pensé, y aunque seguí con mis asuntos, no se crean que no estuve todo el día despotricando contra el pobre muchacho con todo aquel que yo vislumbraba dispuesto a escuchar mi perorata. (Me dan esas obsesiones absurdas, qué quieren que les diga).
A los pocos días, Alida, la directora de En Rojo, me pide que escriba sobre la Mercedes que conocí mediante su amistad con mi mamá, Evelyn Narváez Ochoa, QEPD.
¡Injusticia editorial!, reclamé. Ahora tengo que hacer lo mismo que René. ¡Qué tragedia!
No sé decirle que no a Alida. Pero quiero que conste que nunca he sido farandulera. Con Mercedes llegué a arrepentirme de no haberlo sido. Pero ese es otro cuento que seguramente no me quepa aquí hoy.
Sin embargo, si hablamos de faranduleras, hay que hablar de mi mamá. Estoy segura de que eso ayudó a que Mercedes y ella se hicieran tan amigas allá para la década del 80, cuando Mami se dedicaba a ejecutar el trámite legal para que se expidieran las visas de trabajo a los artistas que venían a Puerto Rico.
No es mucho lo que puedo decir, escribir, sobre la voz de esta mujer. Es algo que hay que ver, escuchar, vivir aunque sea una sola vez en la vida: un manto cálido y enorme que cae sobre uno, que te arropa con la resolución de cada sílaba. Algo verdaderamente misterioso, poderoso.
Pero sí puedo extenderme dando fe de que Mercedes Sosa fue, ante todo, una mujer de amor. En todo el sentido de la palabra.
Eso no significa que fuera una abuelita inofensiva. Mercedes tenía una personalidad compleja. Era toda una matriarca y, además (porque no es lo mismo) una mujer sumamente maternal. Y sin embargo, al mismo tiempo, era sumamente frágil, necesitada constantemente del cuidado y el cariño más contundente de sus seres cercanos.
Era extremadamente amorosa, una mujer sencilla y humilde. Pero también se sabía toda una Diva, que no quepa la menor duda. Eso la hacía un personaje muy divino, especialmente cuando leemos su biografía, Mercedes Sosa La Negra, escrita por su amigo Rodolfo Araceli, y conocemos la pobreza en que se crió en un campo de Tucumán, y cómo fue abriéndose mundo sin nada más que su voz extraordinaria y una visión generosa y compasiva de cómo debía ser el mundo.
María, su asistente personal, una peruana maravillosa que prácticamente entregó su vida a Mercedes, cuidaba de ella como a una bebé. La Negra enfermaba a menudo y me da la impresión de que, en el fondo, le gustaba su situación ante la enfermedad porque entonces era acogida, cuidada, aún más velada por su gente.
Algo muy similar ocurrió en su vida profesional. Su carrera siempre fue impulsada y protegida por los hombres de su vida: primero, Oscar Matus, su primer marido, papá de su hijo, Fabián y quien profesionalizó su carrera como intérprete. Luego, con su segundo marido, el compositor Pocho Mazzitelli, quien aportó musicalmente a su crecimiento y, eventualmente, con el propio Fabián, que manejaba su carrera.
Con su único hijo tenía una relación extremadamente pasional. Se amaban con delirio y, a veces, como es natural entre familias que trabajan juntas, con esa misma pasión, se peleaban. Ella podía enfurecer con él pero luego no podía casi sostenerse, estar bien, feliz, en paz, hasta que se contentaba nuevamente con su Fabián.
La penúltima vez que Mercedes vino a Puerto Rico (creo que fue en 2001) mi gran amigo Juan Antonio del Rosario se ofreció para servirles de chofer a Mami y a Mercedes mientras iban de compras. Mercedes siempre tuvo una debilidad particular por las sábanas y las toallas. Cada vez que venía a Puerto Rico, le pedía a Mami que la llevara a González Padín a comprar estos artículos. Pero ya en 2001, como González Padín no existía, Mami la introdujo a ese extraordinario pasatiempo nacional: el Marshaleo.
Dice Juan Antonio que ese día fue espectacular. Fueron a Marshalls, compraron sus toallas, luego la llevaron a La Perla para que viera el barrio más ‘cool’ de San Juan y, al final, no sé por qué terminaron comiendo un sándwich en un comivete. Ahí Mercedes se le echó a llorar a Juan Antonio en el hombro, porque él le recordaba a Fabián, con quien estaba medio peleada. “Decía que no aguantaba aquel silencio con su hijo. Lo extrañaba con locura”, cuenta Juan.
Fue en ese mismo viaje que Mercedes grabó su parte en la hermosa Canción para Vieques, escrita por Tito Auger. (“Acurrucando los niños con salmos, al ritmo de detonaciones”).
Mercedes lloraba a la menor provocación porque amaba intensamente. Vi muchas veces cómo se emocionaba al hablar sobre sus amigos, sobre el arte, el exilio, sobre sus canciones, los compositores que las creaban, los dúos que planificaba. En esos momentos, su voz, tan robusta y luminosa, comenzaba entonces a adquirir un aire aniñado que luego se volvía quebradizo, hasta delatarla en toda su debilidad.
En 2003 la visitamos en Buenos Aires. Nos alojó a mi marido y a mí en una casa muy cerca de la suya, donde guardaba todos los miles de premios y obsequios que recibió a lo largo de su carrera. Allí dormimos una semana entre Grammys, Billboards, Discos de Oro, obras de artes de los mejores artistas plásticos de América. Entonces aproveché para entrevistarla. Precisamente esa semana recibió dos Grammys y las celebraciones en Argentina -donde Mercedes era francamente una Diosa- fueron tremendas.
En esa entrevista, ya demostraba su alto nivel de experimentación musical, su gran interés en colaborar con cantautores jóvenes, como lo hizo recientemente con su maravilloso disco Cantora: un viaje íntimo. En aquel entonces, le hablé de Alta fidelidad, un disco en el que grabó canciones de Charly García, a quien ella adoró con locura.
Recostada en su butaca vestida con ropa deportiva y en medias, los pies alzados, terminó cantando Promesas sobre el bidet, una de mis favoritas de ese disco, con una emoción incríble, como si fuera la primera vez. “Por favor, no hagas promesas sobre el bidet… Calambres en el alma…”.
De hecho, también en esa entrevista me admitió algo que yo ya había anticipado: que, en efecto, estaba cansada de cantar Gracias a la vida. Pero, por más que decidía sacarla de su repertorio, siempre terminaba buscando la letra de prisa pues ningún público le permitía jamás bajarse de una tarima sin cantarla.
Mi relación con Mercedes no fue jamás tan íntima como la de Mami. Ambas se adoraron a muerte. A pesar de que Mercedes era muy guardada, Mami se quedaba en su apartamento en Buenos Aires (donde ella vivía, propiamente) cada vez que iba. Tan pronto como llegaba, Mami -que era un torbellino de energía- revolucionaba la tremenda paz de ese recinto. Entonces comenzaban a llegar los maestros de tango, de chacareras, y cuanto bohemio había en esa ciudad (desde cantantes famosos hasta dependientes de tiendas, todos amigos de mi madre) y después de montarla un rato en casa de La Negra, se perdían por las peñas de la ciudad hasta el amanecer. Mercedes no iba con ellos casi nunca. Los despedía a todos con ese amor, como una mamá gallina y se quedaba en la casa pues ella era más de salir a cenar tranquilamente, algo que también hicimos varias veces en aquel viaje.
Yo me preguntaba cómo podía lidiar con tanto barullo siendo ella tan apaciguada y changuita con su salud e intimidad. No me atreví a preguntarle a la propia Mercedes pero un día que Mami no estaba cerca, le pregunté a María, que sabía todo sobre La Negra: “Es que tu madre representa ahora mismo en esta casa la alegría, Mari Mari. La alegría. Y sin eso, Mercedes no puede vivir”.
La vida en fast forward

domingo, 6 de septiembre de 2009
Sobre el libro de aquel gringo

