sábado, 29 de mayo de 2010

Agridulce


Ana Teresa Pérez-Leroux

La última tarde que pasé con mi abuela Celina, Mama Cele, en su casa de la 27 de Febrero, insistió en que aprendiera a cocinar el repollo agridulce. Ella ya había picado el repollo en trozos medianos. Lo puso en una sartén con tapa, y le añadió tomate, ají, cebolla y ajo, esos inevitables participantes de todo plato criollo. Sal, aceite y vinagre, y para mi sorpresa, dos cucharadas gordas de azúcar negra. Me instruyó que le pusiera la tapa, y que lo cocinara a fuego lento. Sólo entonces miré alrededor. La cocina de campo de mi abuela, que tan enorme me parecía a los cinco años, ahora se veía deslucida y vacía. Los esfuerzos de mi tío habían modernizado este espacio, llevándolo desde el uso del carbón de leña, hasta el gas, la cerámica, el acero inoxidable y varias formas de refrigeración.

Aquí sufrí a los dos años mi primer accidente serio, al resbalarse una olla en la que estaban hirviendo trapos. Las mujeres de la familia se lamentaban pensando que las quemaduras de primer grado me mutilarían con cicatrices horribles, que no permitirían florecer mi belleza de mujer. Las cicatrices se desvanecieron con el tiempo, pero no el recuerdo de los cuidados tiernos de Mama Cele. Más tarde, me bebí mi primer café con leche en esa misma cocina, y a los seis me hice aficionada al pan con mantequilla de maní. Esos primeros años íbamos donde los abuelos tres fines de semana al mes, y por eso conocía yo mejor a Puerto Plata que a mi nativo Santo Domingo. Llegábamos por la carretera de la cumbre, a veces hermosa y soleada, a veces gris de lluvia y niebla, amenazadora con los derrumbes que ocasionalmente cobraban la vida de algún camionero. Con los años, y sobre todo después de la muerte del abuelo, y nuestras complicadas y ruidosas adolescencias, comenzamos a ir cada vez menos.

Esa tarde resonaba la finalidad del momento: yo ya planeaba mi salida del país, mi abuela pronto accedería, por fin, a dejar de vivir sola. La demencia que le había debilitado la memoria, hacía muy poca mella sobre su legendaria terquedad. Última residente de la casa de madera en la que crío los cinco hijos, limpiaba su gigantesco patio con un machete feroz, y regañaba a cualquiera que se acercaba a su portón. Insistía en que si trabajaba en el patio lograría escapar el mal del cerebro que afligió a cada uno de sus hermanos en su ancianidad. Había sido la más pequeña, y su demencia constituyó un regreso paulatino a una infancia feliz en los campos de Las Lagunas, por los lados de Navarrete.

Al aumentar su vejez y su desorientación, a todos en la familia nos apremiaba con urgencia su creciente vulnerabilidad. De nada valían las afectuosas ofertas de hijos y nueras. Mama Cele se negaba a aceptar mujer de servicio, cuidadora, o invitación a mudarse con alguien. Las sobrinas iban en misiones individuales, convencida cada una de que ella sí que lograría arreglar la situación. Mama Cele disfrutaba la visita, y las despedía al fin de la semana cariñosa, pero inflexible. Una vez Papá se la trajo con argucias a la capital. Mamá dio fin tajante al episodio el día que la abuela amenazó con cortarse las venas, si no la dejaban regresar a su casa. La enorme mesa cuadrada de su cocina me parecía ahora pequeña para tantos atardeceres con historias. En la psicología budista se piensa que el ego se forma de inicio con la experiencia de distinguir el espacio interno del externo. La cocina de Mama Celina, con vista a la mata de mango, y al platanar de la cañada, fue clave crucial de mi espacio exterior. Allí escuché historias en las que se moldearon juntas mi memoria histórica y la autobiográfica: historias de los tiempos de Concho Primo, cuando los gobiernos no duraban más que meses; historias de cuando los Americanos prohibieron la curandería; y el cuento de la isla de mi abuelo y Plácido Brugal, una que compraron para criar chivos y hacer sal, antes de que a Trujillo se le ocurriera nacionalizar la industria para quedarse con todas las salinas de la isla. El mundo de afuera nunca logró parecerme inhóspito, porque me lo imagino alumbrado por el fuego de las cocinas de los abuelos. Allí siempre me supe querida. Nunca llegué a esa cocina sin que me esperaran un chocolate escondido en la alacena, un huacal de refresco recién traído del colmado, y alguna lata de galletas de soda sin abrir. Cuarenta y pico de años más tarde sólo pensar en estas golosinas me pone tibio el corazón. Inexorablemente, desde la adultez, esos lugares de la primera infancia se estrechan, y se reducen, y pierden la vitalidad que sólo puede conferir la inocencia. Los soles cuyo saber nos orienta al navegar la enormidad del universo, quedan como velitas de cumpleaños al alejarnos por el túnel del tiempo. Esa tarde del repollo me dolió ver que Celina ya no sabía todo lo que había que saber en el mundo. Que ya no lograba domesticar los azares del destino con su sólida y agridulce sensatez. Peor aún, que ahora debía yo de servirle de Lazarillo; recordarle gentilmente que ya no estaba Balaguer en el gobierno, quién era el síndico de Puerto Plata este año, y que su vecino Don Rogelio, hermano de Lilis Hereaux, hacía casi dos décadas que no vivía. “Vamos a ver el repollo. No quiero que se queme.” Abrió la tapa, y lo revolvió. El tomate y el aceite ya se iban convirtiendo en salsa. “Bájame el fuego un poco.” Taque, taque, marcaban el tiempo los ecos del reloj de péndulo de la sala. Hacía cinco años que había dejado de funcionar. Puse la mesa, y abuela nos sirvió una cantidad generosa en cada plato. “No tengo salchichas, ni papas.” “No importa, Mama Cele, está muy rico.” “¿Seguro? últimamente Huberto me trae una cantina, así que ya cocino muy poco.” “Si, Mama Cele, está buenísimo.” Sin exageración. Cada bocado, saboreado lentamente, poseía los sabores más agrios y más dulces de todo el mundo.

Ingredientes:
½ Repollo tierno, cortado en lonjas medianas
1 Ají verde, picado
2 Cebollas pequeñas, picaditas
2 Dientes de ajo, majados
Aceite
2 Cucharadas de vinagre de manzana
2 Cucharadas rebosando de azúcar negra
Sal: la que haga falta.
Historias: para sazonar bien la vida.

viernes, 28 de mayo de 2010

La muerte escandalosa


La muerte se sitúa en el umbral…Es el rasgo más humano y cultural del ántropos…en sus actitudes y creencias se distingue claramente del resto de los seres vivos”

Edgard Morin

Vanessa Vilches Norat

De pequeña me horrorizó saber que los caciques taínos eran enterrados con sus mujeres vivas. No podía conciliarme con la idea de que la mujer del cacique no tratara de escapar de su destino. Si me parecía absolutamente salvaje el rito, la aceptación de éste me indignaba. Me costó muchísimo entender la estrecha relación que hay entre el acto funerario y la vida, saber que la manera en que se interactúa con la muerte traduce la cultura. Los ritos funerarios junto al lenguaje, como ha señalado la antropología, son el signo visible de nuestra hominización. Somos humanos porque hablamos y porque enterramos a nuestros muertos. La conciencia de la muerte y de nuestra finitud la evidencia el rito mortuorio.

Los actos funerarios representan además la institucionalización de la muerte y la separación simbólica del muerto de su comunidad. Los inventamos para conciliarnos de la muerte, de nuestra finitud y del dolor que nos produce separarnos de nuestros queridos. He aprendido que los actos mortuorios son para quienes nos quedamos, es la forma digna de procesar el duelo. Aunque siempre parecemos complacer “la voluntad” del muerto, poco le importará al que ya no está el paradero de su cadáver.

La controversia sobre las nuevas modalidades de velorios en Puerto Rico apunta a la centralidad de la muerte en la cultura. En agosto de 2008 la funeraria Marín Funeral Home colocó parado el cadáver embalsamado de Ángel Luis Pedrito Pantojas en la sala de la casa de la abuela. Se necesitó amarrarlo a la pared por la cintura, el torso y la cabeza para lograr tan estrafalaria pose. Aseguran los familiares que esa fue la voluntad expresa del muerto, quien había dejado pago su velorio y estipulado los detalles del mismo. Ángel no quería que lo vieran en un ataúd sino parado en su casa.

El pasado mes de abril también asistimos a otro extravagante velorio. El cadáver del joven mensajero David Morales fue colocado sobre una motocicleta, haciendo honor a su oficio. Esta vez fue su tío quien hizo los arreglos funerarios que han escandalizado al país. No perdamos de vista el cambio de signo que imponen éstos velorios.

Señalan los dueños de la Marín Funeral Home, que desde el velatorio de Pantojas han recibido muchísimas peticiones extravagantes: cadáveres parados, montados en motoras o en carros. Por el periódico supimos que el ufólogo Reinaldo Ríos se presentará ante un notario público para dejar por escrito su último deseo: un velatorio al estilo espacial. Quiere Ríos un ataúd con cúpula de cristal o plástico y base circular u ovalada, que simule un objeto volador no identificado. A mí se me ocurre que lo mejor de la muerte es el descanso garantizado, pero sin duda, la pose horizontal se ha ido abandonando.

El muerto parao y el motociclista han escandalizado a buena parte de los puertorriqueños. Tanto que se ha pedido que el Estado intervenga en la regulación de éstos “velatorios escandalosos”. Exige la Cámara de Dueños de Funerarias de Puerto Rico que como: “El Estado es en última instancia el guardián y custodio de las buenas costumbres y tradiciones que se pueden desarrollar en el diario vivir de los pueblos” se realice una investigación sobre la calidad y los costos de los servicios funerarios en la Isla. El pie de la pesquisa es la supuesta insalubridad de estos nuevos embalsamamientos. Se cuestiona el procedimiento que utilizó la funeraria Marín Funeral Home para mantener ambos cadáveres en poses ¿tan deshonestas? y la adecuada disposición de los líquidos y sustancias tóxicas de los cuerpos. El legislador Jorge Navarro propulsa un proyecto de ley que pretende establecer más regulaciones para los actos fúnebres. A juzgar por el debate, la punta de lanza es la posición de los cadáveres.

¿En qué ofenden a la moral y costumbres puertorriqueñas esos cadáveres? En ser objetos perturbadores por disonantes. Perturba que un muerto pretenda estar vivo. Los cadáveres nos impactan por su semejanza a nosotros. ¿Qué hacer con un cadáver que no yace sino que exhibe una falsa vitalidad? Parecería que se nos asemeja aún más, ¿de ahí el miedo? ¿O acaso será lo contrario, que el simulacro de vida los hace mucho más muertos? Me pregunto si el asombro no es mera cuestión de gusto, siempre determinado por la clase social del observador. Según la sensibilidad moderna, la muerte y la enfermedad deben callarse, esconderse. La dignidad ante el fin de la vida, exige discreción. La muerte y la enfermedad avergüenzan, por lo tanto se censuran, se esconden. El interdicto cultural moderno establece, ante todo, evitar a la comunidad el malestar y la emoción intensa de la muerte. Llevamos a nuestros moribundos al hospital; a nuestros muertos a la funeraria.

Estos cadáveres jóvenes hacen de la muerte cosa pública. Se espera. Se organiza. Se planifica. Se diseña. Se exhibe. Se presencia. Acá, la muerte está muy lejos de ser silenciosa, de pretender ser ese sueño que transporta al más allá. Lo escandaloso no debería ser la posición del cadáver en el velorio , sino la juventud de los cadáveres. Decía Iris Marín, la embalsamadora de ambos cuerpos, que el 40 por ciento de los velorios que prepara su funeraria son de jóvenes entre las edades de18 a 24 años.

Parecería que los jóvenes puertorriqueños se inmortalizan a través de sus velorios. Saben que no tendrán vida para lograr obra, por eso buscan la inmortalidad en el ritual funerario. El velorio es más que un monumento a la vida, es el consuelo de su vida. Así lo verbaliza la prima de Pantojas: “Logró lo que él quería. Está muerto pero haciendo historia”.

Morbosa lección para un fin del mundo


Sofía Irene Cardona

Nou led, nou la.

Seremos feas, pero aún estamos aquí.

Dicho popular haitiano


Hace un rato corrió la noticia de un fuerte sismo en la frontera entre México y Guatemala. Se habla de continuos sacudimientos en Argentina y, de paso, se predice un mega-tsunami para Indonesia. La tierra está inquieta. Hay que prepararse.

¿Será que las noticias están más próximas? ¿De veras el planeta está en trance de reventar como un popcorn? En estos días, confesémoslo, ya pocos se preocupan por la fiebre porcina ni por las víctimas colaterales de las narcoejecuciones. Los temores de la infancia se desperezan y revivimos pesadillas hasta entonces olvidadas: un enorme crucero que vuelca una ola, la huida por un laberíntico edificio en llamas, el tuntun tuntun tuntun de la amezadora silueta de un tiburón blanco.

Con los pies descalzos para confirmar la estabilidad del suelo, miramos con cierta desconfianza la enorme nevera que hace runrún a nuestro lado, el abastecido estante sin atornillar a la pared, las estrechas dimensiones de la puerta de salida. ¿Qué haríamos si nos toca recibir el apocalipsis aquí y ahora? ¿Y, si tenemos suerte después del jamaqueón, a qué mundo cruel sobreviviríamos? Hacemos el morboso ejercicio de fantasía: sin casa, sin agua, sin comida, sin sombra, sin amparo.

A más de una semana del terremoto en Haití, el terror a la barbarie fue sustituyendo el temor a los tremebundos poderes de la naturaleza. Morbosos cibernautas de todas partes del mundo revisaban en la internet las imágenes y relatos de la desesperación. Se figuraban, de igual forma, por un momento, su vecindario en ruinas y, asustados de sí mismos (y de sus vecinos), la pantalla se transformaba en espejo tenebroso. ¿De qué somos capaces en un momento de desesperación? ¿De qué soy, yo misma, capaz, cuando se trata de luchar por sobrevivir?

Entre las primeras noticias del terremoto, un desalentado rescatista contaba de la falta de solidaridad que, para su sorpresa, había descubierto entre los haitianos. “Sólo se ocupan de su familia inmediata”, señaló. A juzgar por el comportamiento del que había sido testigo en otros desastres, le parecía rara esta actitud. Un informe posterior, sin embargo, señalaba que los vecinos de Cité Soleil se habían organizado para evitar el regreso de los tres mil convictos liberados por el terremoto, como si fueran una plaga. Los vigilantes ahuyentaban los hijos pródigos del barrio a tiro y machetazo limpio, así que de vez en cuando, según el reportero, cuando atrapaban a alguno, acababan con él para siempre. En la unión está la fuerza y, de vez en cuando, esa fuerza es inclemente.

Por otro lado, ha habido quien ha apuntado, con cierta ingenuidad, que el desastre en Haití ha sido igual para ricos y para pobres. Ya conocemos la historia de la muerte igualadora. Ponen de ejemplo las víctimas de un vecindario que se han quedado en la calle, aunque, como llega a decir una de las entrevistadas, tienen la opción de, eventualmente, tomar un avión y huir del desastre a casa de familiares en el extranjero. Otro periodista, de hecho, habla de elegantes barrios intactos después del sismo. Allí la mayor tragedia ha sido no poder mandar a los muchachos al colegio, porque, imagínese usted, señor, ¿cómo tomar clases en ese ambiente de desolación? Al menos algunos guardan cierto pudor.

De una y otra forma, este retrato del caos resulta aterrador. A la sombra del pensamiento milenarista, este terrible estado de ánimo es el que han explotado las apocalípticas historias hollywoodenses desde hace décadas. Actualmente, todas las semanas estrena una película sobre las peripecias de un justiciero sobreviviente que lucha con terribles hordas de desquiciados salvajes. Es el miedo al desgobierno, al absoluto descontrol que, como sabemos, impera aún hoy, a cierta distancia, en varios rincones de la Tierra. Pocos guionistas se inventan una historia en la que espontáneamente se organicen grupos para repartir equitativamente lo que se encuentra, para hacer justicia social. En eso la imaginación prevaleciente es pesimista o, para los ambiciosos productores de Hollywood, el optimismo es aburrido.

Yo me crié viendo rudimentarias épicas de trasatlánticos volcados en alta mar, rascacielos incendiados y enormes tiburones blancos, así que me acostumbré a pensar que sufrir alguna de estas catástrofes de dimensiones espectaculares tenía la misma posibilidad que pegarme con un billete de lotería. Sin embargo, como diría mi vecina, en estos días siento que están tirando cerca.

La ficción hollywoodense, sin embargo, tiende a ser muy compasiva. Suele colocar en el grupo desesperado, un líder atribulado y buen mozo, en excelente estado de salud y mejor aptitud física. Este individuo guía a las masas vulnerables hasta su salvación, aunque deje por el camino algunas víctimas propiciatorias y, en algunos casos, hasta su propio pellejo. La gente, por otro lado, termina dejándose llevar, acepta el nuevo gobierno, y combate a los “otros”, cuyas prácticas atentan contra todo sentido de urbanidad.

Pensando en estas cosas, me imaginé como sería sufrir un desastre en mi edificio, usando como modelo las veces que hemos compartido pequeños y breves infortunios, como cuando no hay agua caliente o amenaza con llegar un huracán. Siempre hay quien se encierra con su compra, su calentador portátil y su planta eléctrica (algo terriblemente desconsiderado en un edificio), pero también aparecen hiperactivos agentes solidarios que nos devuelven la fe en la humanidad.

Hace unos días, un amigo hizo este mismo ejercicio de figurarse el desastre en su vecindario: “¡Imagínate el montón de lanchas huyendo de aquí!” Con todo, le respondí para mitigar su desaliento, debe ser lindo ver el espectáculo del éxodo masivo de esa flota de aficionados navegantes. Nosotros, los desposeídos de transporte acuático, nos quedaríamos en la costa, entre los edificios destruidos, víctimas o protagonistas de lo que quede de civilización, según nos vaya. ¿Qué remedio? Sólo ruego que, entre los diligentes hiperactivos que se queden, haya alguien que sepa hacer un fuego y curar heridas. Y si es buen mozo, pues mejor. Como dicen en Haití, seremos feos, pero estaremos aún aquí.

El dulce encanto de ser una chica Almodóvar


Mari Mari Narváez

Obviamente es un trabajo muy solitario el de la escritura. Y sin embargo, nadie nunca escribe una novela, un relato, un guión completamente solo. Porque siempre están los personajes, e incluso antes que ellos, está el cúmulo de gente y de vivencias que lleva a un escritor a crear a esas personas que, siendo ficticias, no lo son.

De primera instancia, alguien, un escritor o escritora, los quiso tanto, o acaso los necesitó lo suficiente como para crearlos. Eso, unido al milagro del lector que -sin saber cómo ni por qué- se ve irremediablemente seducido por esa creación casi incorpórea, ya es suficiente para que tengan vida, incluso a veces un cierto cuerpo imaginario, una manera mental de ocupar un espacio.

Sin embargo, lo más bello de los personajes del cine es que son aún más carnales: existen dos veces porque poseen un cuerpo material. Y más que un cuerpo, poseen una manera de andar, de manifestar su ansiedad, de ocultar su inseguridad. Ahí reside otro misterio. Con la llegada de un buen actor, ese pedazo de vida que ya existía se vierte, se expande, se manifiesta.

Recuerdo lo que dijo Pedro Almodóvar cuando estrenó su penúltima película, Volver, para mí, de sus mejores: “Yo escribí a Raimunda, pero Penélope le dio vida. El modo de andar es suyo, las lágrimas también, y el escote, el corazón, la fuerza animal del personaje y su extrema vulnerabilidad. Y yo le estaré siempre agradecido, y mi tía y mi abuela también, porque las dos se llaman Raimunda”.

No soy fanática febril del director manchego pero muchas de sus películas me han conmovido, se me han atravesado en el buen sentido. Además, personalmente provengo de un universo muy femenino que identifico irremediablemente en sus personajes de mujeres.

Debo admitir que la Raimunda de Penélope Cruz, al igual que su María Elena, de Vicky Cristina Barcelona (Woody Allen) es de mis mujeres contemporáneas favoritas. Y lo digo así adrede. Porque no son sólo un personaje. Existen. Yo las he visto a ambas en tantas otras mujeres.

En María Elena, sin lugar a dudas, está mi hermana Marysol, homicida en potencia, antropófaga, visceral hasta cuando come, brillante y rabiosa, patológicamente insegura.

En Raimunda está Paula, dispuesta literalmente a todo: a escribir un bellísimo relato sobre un cura enamorado que la seduce tocándole guitarra o a montar un negocio de transportación de camiones para sobrevivir en un país completamente desconocido. Paula -como Raimunda y todas esas actrices de las películas italianas de los años cincuenta- madre de todos siempre, hasta el último respiro.

En Raimunda también está Sherley, que cogía siete guaguas diarias con sus nenas y pasaba meses sin agua y sin luz pero nunca dejó de vestirse y maquillarse ni de hacerles chistes y guiñaditas a los clientes más guapos del banco. Están mis hermanas Rosi, Teresa, Inés, mi amiga cubana Mileidis, Wanda, Trista, Ale, todas expertas resolviendo, apaciguando, unificando, sacando pecho como la propia Raimunda. Mi madre, mi tía, mi abuela, las madres de mis hermanas, Carmín, Carmen Ortiz, Alida, todas madres adoptadas, todas defendiéndome con uñas y dientes de las inclemencias de la vida, todas pujando su poquito para que siga pa’lante. Mi tocaya Mercedes (Titi Mer), tía de mi marido, siempre militante y compulsiva en el acto de alimentarme.

En la sensualidad cabal de esas dos mujeres, Raimunda y María Elena, en su dignidad tremenda y en su temeridad, están prácticamente todas las mujeres de mi vida. Y en última instancia, no sólo en ellas sino en todas las demás que también salieron del cine y de la literatura y también son mis favoritas. A vuelo de pájaro, la Teresa de Kundera y de Juliette Binoche, la Blanche de Vivian Leigh, las mismísimas Clarice Lispector, Viginia Woolf, Anjelamaría, Julia. La Matilde de Cristina Rivera Garza y la Melissa Perkins de Sofía Irene; la escritora obsesiva de Vanessa Vilches en su Fe de ratas y la Mujer de rojo sobre fondo gris de Delibes. La Sarah Pierce de Kate Winslet, la ‘Puchi’ de Jennifer López, la Margot de Nicole Kidman y la Alma de Michelle Williams. La Mary Lee de Monique, la mujer con boca de vodka de Rafah Acevedo.

En cada una de esas no sólo están las mujeres de mi vida sino también estoy yo. Esencialmente yo. Y lo más extraño, y al mismo tiempo lo más natural, es que hasta tengo la duda de si estuve en ellas desde siempre o acaso me fui incorporando según cada una iba haciendo su gran acto de aparición ante mis ojos, ante mi vida.

Tengo la extraña manía de devorarme las entrevistas de actores, escritores, directores, diseñadores de moda y traductores. Las buenas entrevistas siempre tienen un clímax dramático, aparte de breves golpes emocionales que se van enfilando para dar paso a uno final y contundente. Cuando, en esta entrevista que he tomado de ejemplo (realmente es una carta a un periodista) Almodóvar cuenta lo siguiente, yo siempre termino muy conmovida: “La escena en que van a ver a su tía Paula, cieguecilla y muy torpona la pobre (inmensa, como siempre, Chus Lampreave), fue la primera que rodamos. Una vez en el comedor, cuando Raimunda reparte los barquillos y ella misma empieza a comerse uno, parte de ese azúcar se le cae mientras come y Penélope, convertida ya en Raimunda, limpia el azúcar que cae en la mesa con el dorso de la mano, sin dejar de decir el texto de la escena. Yo no le había marcado eso pero cuando vi que lo hacía de motu propio sentí la primera de tantas emociones que el rodaje de 'Volver' me depararía durante meses. Ese detalle, aparentemente banal, distingue a una actriz que está haciendo el personaje de otra que es el personaje, y que se ha fundido con él de un modo indisoluble”.

En ese momento, desde el lugar de mi conmoción, yo me digo: en todo caso, de qué sirve dilucidar el misterio de si ellas llegaron a mí antes que yo a ellas. Si, total, estamos todas fundidas de un modo indisoluble.


Una fiesta, un país y un salchichón (y no precisamente en ese orden)



I

En aquellos tiempos, las Navidades se inauguraban con la visita de mi tía Catalina, que invariablemente venía cargando de Ponce con una lata de galletas holandesas, un tonelito de dulces marca Fiesta, adornado con los Tres Reyes Magos, y un enorme salchichón que habitaba la nevera por el resto del año. El salchichón había venido, muchas veces, desde España, en las maletas de mi tía, de contrabando. Era un salchichón muy duradero, cuyo cabito se botaba a la basura cuando llegaba el sustituto cada diciembre, como si fuera una encarnación del espíritu perpetuo de la Navidad. Imagínense mi impresión cuando veía en junio aún el salchichón susurrándome cómeme, cómeme, desde el fondo de la nevera.

Cuando rememoro las navidades de mi infancia, cobro conciencia de que, de una manera u otra, siempre ha habido algo desquiciante en esta celebración de fin de año, pero nada tan desconcertante como las señales culturales que se disparan desde cada leyenda familiar.

En mi caso, confieso haberme disfrazado de pastora asturiana para cantar “Alegría, alegría, alegría” y haber comido turrón en Nochebuena. Así las cosas, en mi más tierna infancia, llegué a pensar que Cristo era español y comía salchichones. Después de todo, los curas y las monjas hablaban como extranjeros, Dios usaba el “vosotros” y en el único disco navideño que ponía mi padre, “Venid, pastores, venid”, era de la cantante Marisol, así que amén y olé. No me cabía duda, después de escuchar a Raphael (sic), cantando “El tamborilero”, que Belén era una remota aldea castellana. De más está decir que esta impresión no me duró mucho tiempo.

Mi marido, sin embargo, guarda memorias muy distintas de las Christmas. Para muestra, un botón basta. En su casa llegaron a comprar en Sears una chimenea de cartón, cuyas lengüetas de fuego, unos trocitos de papel luminoso que se meneaban con un abanico eléctrico, le resultaban tan fascinantes como para mí el salchichón perpetuo. En aquella casa se celebraba también el Jalogüín y el Sanguivín, así que la confusión era de distinto acento que la mía, pero al fin, confusión.

A mis hijos les tocó vestirse de jibaritos para las fiestas de la escuela, una indumentaria tan exótica para ellos como mi disfraz de pastora asturiana. Alguna mejoría habrá habido en esta generación que se crió escuchando el “Villancico Yaucano” cantado por Danny Rivera. Aunque, después de un vistazo a mi alrededor, sospecho que deben guardar, como todo hijo de vecino, su correspondiente recuerdo amogollado. A esta casa, hasta hace poco, llegaba una enorme caja desde Texas, repleta de chucherías entre las cuales solía encontrarse una casita de gengibre para armar. El día de Nochebuena, sin embargo, llegaba desde Río Piedras, invariablemente, un platón de arroz con dulce.

II

Si ya de por sí este pueblo vive confundido, en la Navidad botamos la bola. Es, por un lado, el momento de más nacionalismo de cascarita: mucha música jíbara, mucha comida típica, mucho lelolai, pero también es la temporada del más ridículo pitiyanquismo: nieve y trineo, chimenea y botas, nueces y frutas secas.

Es cierto que en diciembre parece exacerbarse el sentido nacional, a pesar de la inquietante presencia de los santacloses y las batuteras disfrazadas de Damitas de la Nieves. Los espontáneos bembés de pandero y trompeta, el chiqui qui chiqui del güiro en el semáforo, la musiquita bailable de la radio, se escuchan por todos lados. Hasta hace poco, la desaparecida Feria Bacardí, concurrida por nacionalistas y asimilistas al igual, iniciaba oficialmente la temporada navideña. Parece como si, por un momento, a la paz, el amor y la solidaridad de postalita, se le sumara también la idea misma de nación, tan noble e inalcanzable como las otras. Tal vez por eso, entre todos los actos políticos del siglo pasado, el que más ha convocado mi imaginación es la entrega de regalos de los Macheteros, disfrazados de Reyes Magos. Lo mejor de los dos mundos.

La Navidad se ha convertido, por accidente o misterioso y tácito acuerdo, en fiesta nacional. Los comercios declaran que tenemos “tradiciones”, auspician la música típica y buscan artistas boricuas para sus felicitaciones navideñas. Es la temporada alta para lechoneras y fondas criollas, empresas pasteleras y artesanos populares. Que valgan las verdes por las maduras. Ya han visto cómo los bancos (más bien, las agencias de publicidad contratadas por ellos) se afanan en transformarse en custodios del legado nacional (el cultural, claro está, que es más inofensivo, según ellos). Aprovechan la ansiedad consumista y el sentimiento puertorriqueñista que trae la brisa de diciembre para capitalizar. Bobos que les dicen.

En este periodo la identidad puertorriqueña parece rebasar líneas ideológicas y montones de personas quedan plenamente convencidas de que ser estadista y puertorriqueñista no es nada problemático. Pero también se manifiesta la paradójica tolerancia de muchos nacionalistas a los signos de una cultura foránea, impuestos, para colmo, desde la tribuna de los manejos comerciales. Todo sea por la fiesta, por compartir y pasarlo bien. El que lo ve de afuera, por supuesto, debe confundirse. No es para menos. Yo misma, desde adentro, me enredo a veces, pero considerando mi prehistoria del salchichón, no es para menos, digo.

III

Esta mañana he visto una horda de niñitos sentados sobre una alfombra roja mirando ansiosamente hacia las alturas. Esperaban, como si de un mágico maná se tratase, la caída de la fingida nieve.

Décadas después de que Doña Fela importara el exótico frío para el júbilo de los niños sanjuaneros, el nuevo rito se ha instaurado con la perversidad de cualquier campaña comercial. Varias generaciones guardarán celosamente en su memoria este paseo como marca de la infancia, en lugar de la misteriosa silueta de los Reyes Magos frente al mar, en la Lomita de los Vientos.

El eslembamiento es unánime. Los nenes sacan la lengua para probar las engañosas pompitas de jabón que descienden, leves y alegres, sobre la multitud. Nadie se ríe del aparatoso ridículo colectivo. Un cerco de maravillados adultos observa desde los balcones la algarabía infantil. Cualquier embeleco vale para escapar de la escuela y la rutina.

Doña Fela debe estar contorsionándose de placer en su tumba. No es casualidad que la alcaldesa de gran moño y abanico se pasee cabezoncísima, cada enero, junto a Toribio, la Puerca de Juan Bobo, Diplo y el General, por las calles de la San Sebastián, para las fiestas desquiciadas, el carnaval del entrevero, el despojo anual. Ella, como tantos embelecadores, ha aprovechado la sed de jolgorio, alucine y novedad que nos invade cada diciembre. Es como si para la fiesta necesitáramos las máscaras, como si se nos exigiera sacar nuestras contradicciones a pasear para elevarlas al rango de mito.

Parece que cada año ensayamos a hacer un país con los pedazos que encontramos, salchichón, chimenea, pandero, arroz con dulce, a ver qué sale.

jueves, 29 de octubre de 2009

Un país fuera del mapa (o una reivindicación de lo minúsculo)



Sofía Irene Cardona
A los lejanos y pequeñísimos, Elizabeth Reed Mack y Diego Mueller-Gauf.

Debe tener algún efecto en nuestra personalidad vivir en un lugar aparentemente invisible.  Es posible que esto explique muchas cosas.  Quién sabe si la mezquindad de algunos, el gigantismo de otros, la melancolía del siguiente, estén fuertemente enraizados en la precoz conciencia de nuestra augusta pequeñez.
La primera vez que mi niña no encontró su país fue en un globo terráqueo de sesenta dólares.  En el lugar que debiera estar nuestra silueta había sólo dos palabras: SAN JUAN, pegadas como mosquitos entre la sombra de La Hispaniola y un reguero de manchitas acomodadas en curva.  Juntas revisamos cada uno de los globos, pero no aparecíamos en ninguno.  “Con razón está en especial”, concluyó mi niña, convencida de que aquella omisión bien merecía una cuantiosa rebaja. 

Los efectos de esta traumática experiencia no se hicieron esperar.  Días después de los bombazos de Londres, llegó la voz de mi hija a sacudirme.  Lo soltó - como hace siempre - cuando menos lo esperaba, yo distraída en el camino, ella asomada al mundo por la ventanilla del carro:  “¿Sabes?  Ésa es la suerte de vivir en un país que no aparece en los mapas:  estamos a salvo.  Nadie va a poner una bomba aquí.”  A mi niña le reconforta, como están las cosas, no aparecer en ningún mapa.

Con los ojos puestos en la carretera reflexiono en las extrañas consecuencias de esta revelación.  Tal vez no deba corregirla, tal vez sea mejor que siga pensando que está a salvo, ¿pero cómo rescatarla de los tremendos efectos de la soberbia y la mediocridad del tuerto en tierra de ciegos?  La cosa es complicada.  Me estremezco al pensar que muchos otros - posiblemente adultos - comparten la misma idea de esta niña de nueve años, y por eso pretenden reinar sobre la pequeñez, de espaldas al resto del mundo que no pueden ver desde esta orilla.

Hay quien dice, ahora recuerdo, que se trata de una vasta región inundada que empieza en el estrecho de Mona y desciende hasta el continente en una voluptuosa cordillera, arcada como una onda de vida.  Qué bonito.  “Somos islas, islas verdes, esmeraldas en el pecho azul del mar”, etcétera.  Pero éstos son momentos lúcidos y por lo tanto escasos.  El resto del tiempo cargamos la conciencia de nuestra pequeñez, como un gato que ha clavado sus uñas en nuestra espalda.

Acaso los sicólogos habrán explorado las diferencias entre las criaturas criadas en las inmensidades y las que, como nosotras, nos imaginamos el mundo desde un pedazo de tierra que no aparece en los mapas.  Tal vez no se les ocurra pensar en la libertad que tenemos quienes no contamos para el censo mundial, ni en cuán libres somos para escapar de cualquier responsabilidad.  Si acaso ponemos el nombre de puertorrico en alto qué bajo queda el suelo, caray, qué pasajero es ese vuelo de Miss Universo, del boxeador, del Riquimartin, del dame más gasolina.  Pocos saben dónde queda ese puerto ni el contorno exacto de su figura.

Enviamos una carta desde un continente hacia la casa y el sobre va dando tumbos por los rincones del mundo.  Va a parar a lugares vastos, con grandes cordilleras, volcanes y ríos caudalosos.  Error, ése no es el lugar, es otro, señor cartero.  Después de varios meses llega a su buzón, tan ajada, tan agotada, que apenas puede leerse.

Por otro lado, además de estar habituados al carácter minúsculo de nuestro lugar, estamos acostumbrados a la imprecisión de su dibujo:  una mancha a veces redonda representa su familiar extensión, cien por treinticinco, como un resto de fritura que flota en el aceite, gravitando alrededor de los protagónicos trozos, aquellos de forma definida y presencia contundente, carbonizándose en el triste final del aceite viejo que se vierte en la lata de basura.  Allá va, plin, casi no suena.  Qué triste se imagina esa pelotita saltando solitaria al vacío.

Sin embargo, yo encuentro tan armonioso su dibujo, tan hermosa su configuración cuadrangular - con el verde en el medio y el norte, la parte seca hacia el sur, la orilla del este abriéndose hacia las islas menores, la atalaya de su cordillera central tan mágica y sonora - que, si no fuera por todo el hormigón y los letreros de macdonalds, juraría que es una isla de lo más mona.  Qué preciosura, una isla - como dijo la filósofa española - de juguete; un país de bolsillo, diría yo.

Como efecto de esta observación, en un arrebato de optimismo, declaro que ya es momento de reconciliarse con lo minúsculo.  No sólo encuentro la necesidad de reivindicar lo frágil, lo pasajero;  también me reconcilio con la pequeñez de mi propio mundo doméstico y brevísimo.

Imagínense ustedes cuántos egos se desinflarían, cuántos podrían por fin abandonar sus disfraces, sus inquietudes, sus obligaciones.  Cuántos cederían al placer de lo inmediato y también pequeño:  un buen café, el pan recién horneado, la mirada dulzona del compañero de trabajo; en lugar de aspirar ansiosamente al puesto importante, al reconocimiento público, a la ovación de las grandes masas.  ¿De cuántos vociferantes nos libraríamos?  ¿A quiénes quieren mandar?  ¿En qué memoria quieren instalarse?

¿Qué nos impide entregarnos a esta regalada libertad de vivir el momento, de no esperar más gloria que la de un día recorrido del amanecer a la noche?  ¿Qué nos impele a protagonizar la historia de un brevísimo e insignificante universo?

Convendría, en el momento de más melodrama, de mayor dramatismo, en medio del escarnio o la euforia multitudinaria, recordar esta bienaventurada pequeñez para recogernos como el caracol en su casa y dejar un rastro baboso, también ligero, como muestra de nuestro nitidísimo pasaje entre la historia y el día, siempre dispuesto a repetirse.

Habría que aprovechar ahora que nadie nos ve, que nadie sabe dónde estamos, para escapar completamente de la obligación de definirnos y quedar así, acurrucados en el centro de nuestro cascarón inmóvil, como si estuviéramos muertos.  De todas formas, nadie notará nuestra ausencia.
Sería el momento de inventar qué hacer con tan vasta libertad.




El libro, ese objeto maravilloso


Sofía Irene Cardona

En homenaje a mi padre, que murió en su biblioteca,

rodeado de los suyos, descalzo y sin camisa,

como el hombre feliz de la historia.


En mi casa los libros siempre fueron objetos sagrados.  Me enseñaron a amar los libros por fuera y por dentro.  Recuerdo a mi padre siempre rodeado de ellos, frente a una mesa de misterioso orden, llena de papeles, iluminada por una bombilla pinchada a la ventana como si fuera un taller de hojalatería.  El lugar era una verdadera cueva: oscuro, verdoso - paredes color menta, ventanas que daban al frondoso patio.  De esa biblioteca salía a veces el rumor de una voz monótona en swahili o japonés: es la hora de la siesta y la grabadora de dos carretes arrulla el sueño del padre lector.

Mi padre hacía extrañas excursiones a un recóndito taller de la Ramón B. López a buscar telas para encuadernar sus libros con las tapas de nuestras libretas escolares.  Este raro pasatiempo explicaba la presencia en la biblioteca de una guillotina color verde oscuro, algo mohosa y rechinante, siempre al alcance de nuestros dedos, siempre prohibida.  Con sus manos callosas de agricultor aficionado, mi padre acariciaba los viejos tomos, recomponía sus partes con una aguja, reunía una vez más las hojas, pegaba cartones cubiertos de tela para hacer las tapas y armaba nuevamente el libro varias veces leído: un homenaje a quien armó las palabras que encerraba adentro.

Otra afición suya eran los libros chiquititos.  Aún se conservan alineados en una sola tablilla:  delicadas artesanías de la encuadernación, minúsculos libritos con lomos ostentosos, una biblioteca liliputense.  Me enternecía el esmero que ponía por colocarlos en la pequeña estantería: un rasgo de delicadeza masculina, casi como el paseo de una orquídea por el jardín.

No sólo su ejemplo nos enseñaba la veneración por estos objetos, también era frecuente escuchar sobre su cuidado:  los libros, como el árbol de mandarina, no se maltratan; no se les doblan las esquinas de las páginas porque luego se parten; no se sanan con tape porque con el tiempo se mancha el papel;  no se subrayan con pluma porque dificulta futuras lecturas; no se tiran a la basura porque siempre puede sacárseles provecho; y botar un libro es como profanar el cadáver de un ser humano.  

Curiosamente, la biblioteca de casa era un lugar ajeno para mí.  Debido a la afición de mi padre por las lenguas extranjeras, había muy pocos libros que yo pudiera leer, aunque había algunos que podía mirar, unos libros grandes, pesadísimos, con imágenes sagradas o joyas de la pintura universal.  Como quiera, sabía que aquél era un espacio de reverencia y los tomos acumulados en las estanterías un mundo por explorar.  Muchos años después descubrí que los cuentos que me contaba en las noches eran versiones muy libres de las lecturas de su biblioteca - Esopo, Tolstoi, Maupassant.

La poesía, por otro lado, llegaba a casa a través de la oralidad:  los poemas que mi madre había memorizado en su niñez en Adjuntas y las lecturas dramáticas que nos hacía de los dos tomos de Niños y alas, una colección de poesías infantiles preparada por el Consejo de Educación Superior en 1958, bajo la dirección de Ismael Rodríguez Bou, y cuya verdadera compiladora, posiblemente, debió haber sido de doña Dalila Díaz Alfaro.  Mi tía Margó completaba la experiencia sacando de su memoria prodigiosa las rimadas pocavergüenzas escolares, para mayor deleite de mi hermana menor:  En un cementerio de vivos, a la luz de un quinqué apagado, un ciego leía un libro sin páginas, escrito por un manco.

Pasaron muchos años antes de descubrir, a través de estas memorias, que había tenido una infancia privilegiada.  Mis padres, la primera generación de sus familias educada en la universidad, me habían legado, entre otros tesoros, el amor a los libros, a la historia, a los buenos relatos, a la poesía.  No sabía yo entonces, que aquel regalo era un fenómeno extraño, un verdadero tesoro.

A mis hijos, naturalmente, desde la cuna y el sillón, los rodeé también de libros:  libros duros, libros suaves, libros con colores brillantes y palabras sonoras.  Nuestros dedos pasearon por las historias, los versos, las preguntas.  Aprendieron a hablar meciéndose ante un libro y aún participan de ese inicial asombro.  Me enorgullece la pasión que sienten mis hijos por los libros, el hambre y la alegría con las que los devoran, como quien se zambulle en el agua un día caluroso o con la delicadeza del que no quiere partir el borde de un hermosísimo postre.  La casualidad o la intuición habían conspirado para que me enamorara también de un hombre que adoraba las palabras, hijo a su vez de otro que las veneraba, nieto, por vía materna, de un santurcino señor que acumuló montones de diversos libros para cuando pudiera leerlos.  De manera que en nuestra casa también creamos una extraña biblioteca de desiguales tomos, un arsenal de palabras que alguna vez será rememorado.

Tal vez por eso cuando veo las filas de agosto para comprar esos libros tan feos - panfletos mongos y predecibles -, tan venidos a menos, los únicos libros que conocen los niños de mi vecindario, me asola una íntima angustia.  

¿Qué ideas sobre los libros tendrán estos niños atiborrados de páginas y páginas de lecciones, pruebas para triunfar y fracasar, objetos de intercambio, molestosos rellenos de mochilas?  ¿Qué pueden pensar de una biblioteca quienes han conocido el libro sólo como artefacto institucional, llave para el aburrido éxito académico, melancólico texto con fecha de caducidad?  ¿Quién los llevará alguna vez a ese lugar de extraño orden, repleto de viejos y cuidados tomos, manoseados, leídos - enigmáticos, reveladores - siempre dispuestos a la maravilla?  ¿Quién les enseñará a leer en libertad?

 *La niña de la foto es Julia Cardona, hermana de la autora.

viernes, 16 de octubre de 2009

Recuerdo a La Negra



             Mari Mari Narváez

Qué tragedia. Miren lo que ha ocurrido: el día que murió Mercedes Sosa, estaba yo en medio de esa misteriosa conmoción que me provocan los fallecimientos de las personas mayores: una mezcla casi insólita de tristeza y alegría. Tristeza, por lo obvio. Alegría, porque siento que la muerte es una transición hermosa que marca el fin del paso de un ser humano por el mundo material. Cuando se trata de alguien que ha dejado tanta huella como La Negra, el regocijo es aún mayor, algo así como una renovación espontánea de mi fe en la Humanidad.

Ahí estaba, entre la euforia y el llanto, cuando leo las declaraciones de René Pérez, el de Calle 13. Para qué negarles que me parecieron muy de mal gusto. En lugar de concentrarse en la figura de Mercedes, empezó a contar cómo ella había estado tan preocupada por no haber podido enviar un saludo al papá de René en el día de los Padres.

“A quién le importará”, pensé, y aunque seguí con mis asuntos, no se crean que no estuve todo el día despotricando contra el pobre muchacho con todo aquel que yo vislumbraba dispuesto a escuchar mi perorata. (Me dan esas obsesiones absurdas, qué quieren que les diga).

A los pocos días, Alida, la directora de En Rojo, me pide que escriba sobre la Mercedes que conocí mediante su amistad con mi mamá, Evelyn Narváez Ochoa, QEPD.

¡Injusticia editorial!, reclamé. Ahora tengo que hacer lo mismo que René. ¡Qué tragedia!

  No sé decirle que no a Alida. Pero quiero que conste que nunca he sido farandulera. Con Mercedes llegué a arrepentirme de no haberlo sido. Pero ese es otro cuento que seguramente no me quepa aquí  hoy.

Sin embargo, si hablamos de faranduleras, hay que hablar de mi mamá. Estoy segura de que eso ayudó a que Mercedes y ella se hicieran tan amigas allá para la década del 80, cuando Mami se dedicaba a ejecutar el trámite legal para que se expidieran las visas de trabajo a los artistas que venían a Puerto Rico.

No es mucho lo que puedo decir, escribir, sobre la voz de esta mujer. Es algo que hay que ver, escuchar, vivir aunque sea una sola vez en la vida: un manto cálido y enorme que cae sobre uno, que te arropa con la resolución de cada sílaba. Algo verdaderamente misterioso, poderoso. 

Pero sí puedo extenderme dando fe de que Mercedes Sosa fue, ante todo, una mujer de amor. En todo el sentido de la palabra. 

Eso no significa que fuera una abuelita inofensiva. Mercedes tenía una personalidad compleja. Era toda una matriarca y, además (porque no es lo mismo) una mujer sumamente maternal. Y sin embargo, al mismo tiempo, era sumamente frágil, necesitada constantemente del cuidado y el cariño más contundente de sus seres cercanos.

Era extremadamente amorosa, una mujer sencilla y humilde. Pero también se sabía toda una Diva, que no quepa la menor duda. Eso la hacía un personaje muy divino, especialmente cuando leemos su biografía, Mercedes Sosa La Negra, escrita por su amigo Rodolfo Araceli, y conocemos la pobreza en que se crió en un campo de Tucumán, y cómo fue abriéndose mundo sin nada más que su voz extraordinaria y una visión generosa y compasiva de cómo debía ser el mundo.

María, su asistente personal, una peruana maravillosa que prácticamente entregó su vida a Mercedes, cuidaba de ella como a una bebé. La Negra enfermaba a menudo y me da la impresión de que, en el fondo, le gustaba su situación ante la enfermedad porque entonces era acogida, cuidada, aún más velada por su gente.

Algo muy similar ocurrió en su vida profesional. Su carrera siempre fue impulsada y protegida por los hombres de su vida: primero, Oscar Matus, su primer marido, papá de su hijo, Fabián y quien profesionalizó su carrera como intérprete. Luego, con su segundo marido, el compositor Pocho Mazzitelli, quien aportó musicalmente a su crecimiento y, eventualmente, con el propio Fabián, que manejaba su carrera.

Con su único hijo tenía una relación extremadamente pasional. Se amaban con delirio y, a veces, como es natural entre familias que trabajan juntas, con esa misma pasión, se peleaban. Ella podía enfurecer con él pero luego no podía casi sostenerse, estar bien, feliz, en paz, hasta que se contentaba nuevamente con su Fabián.

La penúltima vez que Mercedes vino a Puerto Rico (creo que fue en 2001) mi gran amigo Juan Antonio del Rosario se ofreció para servirles de chofer a Mami y a Mercedes mientras iban de compras. Mercedes siempre tuvo una debilidad particular por las sábanas y las toallas. Cada vez que venía a Puerto Rico, le pedía a Mami que la llevara a González Padín a comprar estos artículos. Pero ya en 2001, como González Padín no existía, Mami la introdujo a ese extraordinario pasatiempo nacional: el Marshaleo.

Dice Juan Antonio que ese día fue espectacular. Fueron a Marshalls, compraron sus toallas, luego la llevaron a La Perla para que viera el barrio más ‘cool’ de San Juan y, al final, no sé por qué terminaron comiendo un sándwich en un comivete. Ahí Mercedes se le echó a llorar a Juan Antonio en el hombro, porque él le recordaba a Fabián, con quien estaba medio peleada. “Decía que no aguantaba aquel silencio con su hijo. Lo extrañaba con locura”, cuenta Juan.

Fue en ese mismo viaje que Mercedes grabó su parte en la hermosa Canción para Vieques, escrita por Tito Auger. (“Acurrucando los niños con salmos, al ritmo de detonaciones”).

Mercedes lloraba a la menor provocación porque amaba intensamente. Vi muchas veces cómo se emocionaba al hablar sobre sus amigos, sobre el arte, el exilio, sobre sus canciones, los compositores que las creaban, los dúos que planificaba. En esos momentos, su voz, tan robusta y luminosa, comenzaba entonces a adquirir un aire aniñado que luego se volvía quebradizo, hasta delatarla en toda su debilidad.

En 2003 la visitamos en Buenos Aires. Nos alojó a mi marido y a mí en una casa muy cerca de la suya, donde guardaba todos los miles de premios y obsequios que recibió a lo largo de su carrera. Allí dormimos una semana entre Grammys, Billboards, Discos de Oro, obras de artes de los mejores artistas plásticos de América. Entonces aproveché para entrevistarla. Precisamente esa semana recibió dos Grammys y las celebraciones en Argentina -donde Mercedes era francamente una Diosa- fueron tremendas.

En esa entrevista, ya demostraba su alto nivel de experimentación musical, su gran interés en colaborar con cantautores jóvenes, como lo hizo recientemente con su maravilloso disco Cantora: un viaje íntimo. En aquel entonces, le hablé de Alta fidelidad, un disco en el que grabó canciones de Charly García, a quien ella adoró con locura.

Recostada en su butaca vestida con ropa deportiva y en medias, los pies alzados, terminó cantando Promesas sobre el bidet, una de mis favoritas de ese disco, con una emoción incríble, como si fuera la primera vez. “Por favor, no hagas promesas sobre el bidet… Calambres en el alma…”.

      De hecho, también en esa entrevista me admitió algo que yo ya había anticipado: que, en efecto, estaba cansada de cantar Gracias a la vida. Pero, por más que decidía sacarla de su repertorio, siempre terminaba buscando la letra de prisa pues ningún público le permitía jamás bajarse de una tarima sin cantarla.

Mi relación con Mercedes no fue jamás tan íntima como la de Mami. Ambas se adoraron a muerte. A pesar de que Mercedes era muy guardada, Mami se quedaba en su apartamento en Buenos Aires (donde ella vivía, propiamente) cada vez que iba. Tan pronto como llegaba, Mami -que era un torbellino de energía- revolucionaba la tremenda paz de ese recinto. Entonces comenzaban a llegar los maestros de tango, de chacareras, y cuanto bohemio había en esa ciudad (desde cantantes famosos hasta dependientes de tiendas, todos amigos de mi madre) y después de montarla un rato en casa de La Negra, se perdían por las peñas de la ciudad hasta el amanecer. Mercedes no iba con ellos casi nunca. Los despedía a todos con ese amor, como una mamá gallina y se quedaba en la casa pues ella era más de salir a cenar tranquilamente, algo que también hicimos varias veces en aquel viaje.

Yo me preguntaba cómo podía lidiar con tanto barullo siendo ella tan apaciguada y changuita con su salud e intimidad. No me atreví a preguntarle a la propia Mercedes pero un día que Mami no estaba cerca, le pregunté a María, que sabía todo sobre La Negra: “Es que tu madre representa ahora mismo en esta casa la alegría, Mari Mari. La alegría. Y sin eso, Mercedes no puede vivir”.

 

La vida en fast forward



Mari Mari Narváez
El mercado insiste en cambiar la naturaleza de las cosas. O cómo se explica esa manera de querer forzar el transcurrir del tiempo, de querer imponernos una nueva temporada sin siquiera habernos recuperado de la anterior.
Una entra a una tienda a finales de septiembre y se encuentra con una especie de mundo mágico donde conviven el regreso a clases con Halloween, Acción de gracias y Navidad. ¡Navidad! Si usted acude a las tiendas con cierta periodicidad sabrá que no estoy exagerando.
Entro. De primera instancia, me invade esa sensación de bienestar, de nostalgia y reinvención que provocan los adornos navideños y el olor a pino. Pienso muy fugazmente que mi vida volverá a cambiar, que el trabajo y las presiones cederán a ese espacio carnavalesco y melancólico; lleno y vacío, cálido y frío que trae consigo ese momento del año. Diez segundos después, sin embargo, me doy cuenta de todo. ¡Es un racket! Podrá oler a pino pero es un sentido absolutamente artificial de bienestar. Aún hay que trascender emocionalmente el verano, escribir y escribir cuanta cosa se les ocurre a las jefas para que los clientes estén felices; escribir para que la gente quiera a una más, para librar batallas campales con el ángel en la casa, ese demonio que nos paraliza ante la computadora y no nos deja ser.
Es un insulto que los comerciantes pretendan acelerar el tiempo con tal de vender bolas brillosas y copos de nieve plásticos. Confunden, alteran, frustran. No se detienen a apreciar las bondades del tiempo transcurrido naturalmente, simultáneo al paso mismo de la vida.
Para mí, la época navideña apenas comienza a anunciarse un día que siempre llega de la misma forma y siempre cuando menos me lo espero. Salgo a tiempo de la oficina con algo de apuro y obstinación. La mayor nimiedad se tiende entre mis pasos. Llevo las llaves en la mano y pienso en ese trayecto necesario hasta el hogar: reunión, supermercado, correo, farmacia; acaso un restaurante o la casa de un familiar. Abro la puerta hacia el estacionamiento y entonces la noticia me golpea la frente: El sol ha vuelto a cambiar. Literalmente, de un día para otro. Aquella claridad brillante de ayer y de los últimos meses a las seis en punto de la tarde ya no existe; comienza lenta pero consistente esa feliz oscuridad que siempre culmina en una gran fiesta de Navidad.
Ese día del cambio soy feliz de una extraña manera. De golpe viene primero esa tenue melancolía del tiempo transcurrido. Hay miles de formas de observar el tiempo, de atraparlo, de extrañarlo. Saber el día exacto en que el sol ha cambiado es una de ellas. Ayer ha cambiado. A las seis en punto de la tarde ya no era el mismo. Desde ayer, el sol es diferente y lo será hasta ese día en que, cuando menos me lo espere, volveré a tomar las llaves, volveré a entrar al ascensor como todos los días de mi vida. Volveré a dirigirme al estacionamiento pensando en el trayecto al hogar, en la cena, en las cuentas, en esas ganas de regresar a alguna parte. Ese día iré ensimismada en la nimiedad cuando abriré la puerta y sentiré una luz mucho más brillante que el día anterior. La tarde estará clara, un tanto caliente y ruidosa como si la ciudad entera no supiera la hora que es. Ese día, de golpe, volverá la tenue melancolía del tiempo transcurrido. Y luego de nuevo la alegría incierta de una nueva temporada.
Quién dice que no hay cambios de estación en Puerto Rico. Y cómo se le llama a ese cambio de luz, de actitud, de propósitos. Cómo se le llama a ese deseo, a esa familiaridad, a esas bondades que se intensifican en noviembre, diciembre y enero para luego regresar lenta, obstinada, renuentemente al tedio de la noticia diaria, a la escena de la economía privada, a la muerte súbita, a la alegría de imprevisto.
Pero no hay derecho. En un mundo en el que cada vez hay más regulaciones, más responsabilidades y menos ayuda y compasión para el individuo, sólo faltaba que también le quitaran a una el pasar del tiempo, que en última instancia es la medida de la vida.
Por suerte ahora sí, sin lugar a dudas ni probabilidad artificial, se acerca diciembre. Me dijo una amiga que en los primeros días de noviembre se quedó boba cuando, pasando por una calle, vio que, en un apartamento, una pareja montaba su árbol de Navidad con luces y todo. Cada quien hace lo que quiere, nada más faltaba que también fuéramos a prohibirles montar su árbol el día después de Halloween. Qué importa si son víctimas de los comerciantes precipitados. Seré sensata y me limitaré a desearles que les salga bueno el pino. Que el día del pavo no tengan que prohibir el paso alrededor del arbolito por aquello de que no se caigan las ramitas. Que el pobrecito no se les queme. Por lo menos no hasta que sea Nochebuena de verdad de verdad. El 24 quiero decir.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Sobre el libro de aquel gringo




Por Sofía Irene Cardona







“Smart people suffer!”
Irene Alberty
 Ya me habían parecido curiosas las alusiones en aquella novela en inglés a San Juan y el Caribe Hilton, pero el colmo fueron los insultos en español boricua del personaje de un bar en Nueva Orleans:  “¡Ay, qué pato!”.  Eso me lucía sospechoso.  Pocos días después de terminar la lectura de A Confederacy of Dunces, averigüé que su autor, John Kennedy Toole, había sido maestro de inglés en Buchanan entre 1961 y 1963.  Ah, eso lo explica todo, bueno, casi.
Fue en esos años, según testimonia su amigo Dave Kubach, que Ken comenzó a idear las aventuras del protagonista de esta novela, Ignatius Reilly.  Pantagruélico don Quijote, más bien sanchizado por glotón, avaro, embustero y pedorrero, deambula por las calles de Nueva Orleans, atrapado en la pequeñez de, entre muchas otras cosas, la apretada ideología anti-comunista norteamericana y el estrecho recinto hogareño que comparte con su apabullante mamá.  El Caballero de la Triste Figura aparece bastante pervertido, transformado en un enorme y cínico bambalán sureño.  Ni hablar de lo que hace el autor con la Dulcinea, esa Myrna Minkoff cuya voz se intercala en varias cartas a lo largo de la historia.  La “Minx”, una caricatura de las intelectuales feministas de la época, se pasa achacándole a traumas sexuales las dificultades de Ignacio.  Nada más lejos de la indescifrable amada del libro de Cervantes.  Por ahí rondan también otros personajes pintorescos, atravesados en el habla sureña de Nueva Orleans, para júbilo de los desocupados lectores que llegan a sus líneas, como el fracasado policía Angelo Mancuso y el cínico muchacho negro, Burma Jones, que enfrenta con divertida lucidez su inevitable destino.
Después de haber disfrutado la lectura de este libro, me resultó inquietante que un melancólico maestrito de inglés distrajera sus lecciones a reclutas puertorriqueños con el sardónico relato de las extravagantes peripecias de un intelectual incomprendido.  Ken habría comenzado a tecletear esta alucinante historia en la maquinilla de su amigo Dave Kubach, en las barracas de Buchanan.  Si afilamos un poco el lápiz (bueno, bastante) hasta podríamos convalidárnosla como una novela puertorriqueña.
Piensa, sin embargo, su más reciente biógrafo, Cory MacLauchlin, en su blog [kentoole.blogspot.com], que las cartas en las que habla de Puerto Rico no serían del agrado de los puertorriqueños.  A saber qué es lo que cuenta en ellas.  No debe ser un dechado de corrección política.  No hay más que pensar en el humor mordaz de Kennedy Toole, que derriba todo arquetipo a su paso, y sumarle la actitud de muchos jóvenes militares que vienen a hacer turismo a Puerto Rico, como para figurarse lo que hubiera hecho su ironía agringolada en las bases militares y los bares populares de la década del sesenta.  ¿Qué habrá pensado de aquel país a medias que se asomaba tras la ventana?  Como muchos jóvenes militares, no sabría ni siquiera por dónde andaba.  A mí, como me cae bien el ingenioso e infortunado Ken, mejor que no me revelen el contenido de esas cartas.  Aunque algo contará al respecto MacLauchlin en su libro, Butterfly in the Typewriter, de próxima aparición.
Pero bueno, lo que más lamento de esta historia, no es la opinión que pudo haber tenido el maestro de inglés de los reclutas puertorriqueños, sino su desastrada fortuna.

Sucedió que, una vez terminada la novela de la cual hablo, Ken se lanzó a buscar un editor y sólo encontró críticas y desaliento, como les pasa a muchos escritores.  Incapaz de enfrentar el rechazo y la soledad, entre otros conflictos personales largos de contar, se rindió para siempre, a los treintiun años de edad.  De vuelta de uno de sus viajes, se estacionó cerca del mar, escribió la usual nota de despedida y conectó con una manguera el mofle del carro al interior.  No esperó más.  Se había dado por vencido.  Once años más tarde, su madre logró, después de muchos esfuerzos, la publicación de su libro, galardonado con el Pulitzer en 1981.  Dicen que había encontrado una copia al carbón del manuscrito.  Chamba y empeño conspiraron a su favor.

En el verano de 1982, leía yo en Madrid una reseña de la traducción de A Confederacy of Dunces, La conjura de los necios, publicada por Anagrama.  Decidí que con ese libro inauguraría mis vacaciones.  Disfruté muchísimo esa primera lectura y recuerdo haber compartido el libro después con mis condiscípulos de entonces, en la Universidad de Massachusetts.  Tal vez el hecho de que la sociedad conservadora norteamericana, y en particular el mundo académico gringo, fuera la más importante de las víctimas de su ironía, tuvo mucho que ver con el gozo de aquella lectura.  Era aún perceptible en la traducción la aguda ironía crítica de la voz original. 

Este verano, en busca, precisamente, de un libro para las vacaciones, reencontré la novela, esta vez en inglés, extraviada en los anaqueles de una megalibrería en Bloomington, Indiana.  Habían pasado veintisiete años desde mi primer encuentro con el texto y yo misma había atravesado hacía poco el desesperante proceso de creación y edición de una obra de ficción.  Me conmovió sobremanera releer también sobre las peripecias del manuscrito, la impaciencia de su autor, la soledad de su empresa.  Traté de imaginar cómo habría sido su trabajo de escritura, el cuidado que habría puesto en sus descripciones, en la elaboración de los divertidos diálogos.  En fin, pensé en cómo habría juntado allí experiencias e intuiciones, vuelto su corazón en aquellos papeles, para después lidiar con la indiferencia de los editores, el ninguneo de los altos señores de los libros.

Los muy imbéciles de aquellos mandamases que vieron por primera vez la novela, decían que no había nada detrás de aquella historia.  Malos lectores al fin, veían sólo la cáscara, lo burdamente cómico y no la estela de melancolía que había detrás.  Tampoco vieron la aguda crítica que hace A Confederacy of Dunces al conservadurismo gringo que aún sirve de ancla a las expectativas más sublimes de esa sociedad.  En otras palabras, no vieron cómo aquel libro picaba y se extendía, aún más allá de la década del sesenta.  Pero ya quedaba dicho por Swift, en la misma frase que abre el libro:  “Cuando un verdadero genio aparece en el mundo, lo reconocerán por este signo:  todos los necios se conjuran contra él.”

Allí estaba, pues, la conjura nuevamente, esperándome para darme una nueva lección sobre la mirada extranjera, los intelectuales, el azar y la perseverancia.  Todo a la vez, como suele suceder.  El arte, me convenzo cada vez más, es para los obstinados.  Aunque a veces, ya sabemos, un desdichado se nos cuela.